3 CLASE DE ANTROPOLOGÍA
FILOSÓFICA
EL SER DEL HOMBRE:
PERSONA HUMANA,
NATURALEZA,
VALOR-DIGNIDAD
La pregunta por el hombre reviste una enorme complejidad,
constituyéndose en un problema permanente de la filosofía, de la ciencia y del
arte. Como es sabido, el hombre se abre en múltiples dimensiones, por lo que se
niega a ser estudiado desde una perspectiva particular. Antes bien, su estudio
responde a la totalidad como ser personal, de manera que no es posible concluir
acerca de su existencia como se hace con los objetos o las cosas particulares
que son estudiadas por las diferentes ciencias positivas.
En ese orden, se puede afirmar que el hombre no es solamente
una entidad física sino que, gracias al soporte del ethos que le presta
sentido, se constituye en persona humana, en el sentido de que posee libertad,
responsabilidad, dignidad y demás suerte de valores inmanentes y trascendentes
que lo distinguen y lo sitúan en el mundo de la naturaleza, de la historia y de
la sociedad. Asimismo, posee unas capacidades cognoscitivas, comunicativas y
afectivas que le permiten relacionarse humanamente con el mundo, con los
hombres y con Dios, haciendo de él una criatura compleja e inconmensurable.
1. LA CIENCIA DE LO HUMANO
Se ha dicho que el hombre ha creado la filosofía y la
ciencia para comprender mejor el mundo y a sí mismo; sin embargo, no ha habido
tanta dificultad en la comprensión del mundo con la comprensión de la propia
interioridad humana. Al respecto, el hombre ha intentado sistematizar distintos
saberes que abordan la condición humana y que se constituyen en ciencias y
disciplinas. A continuación, se presentan tres disciplinas representativas:
1.1. Antropología
física o etnográfica: es el estudio del hombre desde el punto de vista físico.
Esto es, que estudia los rasgos corporales, morfológicos y fisiológicos de los
individuos y de los grupos humanos, según las diversas localizaciones
geográficas y climáticas. En ese orden, realiza el tratamiento sistemático de las
razas humanas y el origen de las mismas. Esta disciplina aporta datos muy
reveladores sobre la dimensión corpórea del hombre, pero resulta insuficiente
para la comprensión total porque por su perspectiva metodológica no puede
acceder a los aspectos espirituales del hombre. Ello conduce a recordar que se
debe evitar el peligro de una visión estrecha del hombre en la pretensión de
agotar la realidad humana, reduciéndola a un aspecto de la misma. Como ya se
hizo referencia, este carácter reduccionista sólo es posibles desde los
presupuestos y concepciones cientificistas positivas.
1.2. Antropología
cultural o etnología: Esta disciplina centra su análisis en la historia, la
estructura y el desarrollo de las diversas culturas humanas. Es la ciencia que
estudia los modelos típicos de comportamiento de un grupo humano para descubrir
los códigos o reglas de hábitos o tendencias, tanto en el lenguaje, en las
acciones, en las técnicas y en las creaciones como en sus normas
socio-políticas, su filosofía, su arte su religión. El objeto de estudio de la antropología
cultural son los efectos y obras “objetivadas” del espíritu humano, pero no
estudia directamente la naturaleza y esencia del ser humano. No obstante, proporciona datos muy
importantes que corresponde a la antropología filosófica tratarlos desde la
perspectiva metafísica.
1.3. Antropología
filosófica o Filosofía el hombre: Es un estudio sistemático del hombre, desde
sus causas últimas y los principios esenciales del ser y del obrar humanos. Se
propone estudiar al hombre en su globalidad.
A través de ella se puede establecer un fundamento último y unas metas
unitarias a esa serie de disciplinas especiales que hoy se ocupan del hombre y
que suelen denominarse Ciencias Humanas y Sociales.
2. SER VIVO Y MATERIA INERTE
La Psicología experimental argumenta que uno de los primeros
conocimientos que adquiere el niño de pocos meses de vida es la distinción
entre los seres vivos y los demás objetos. En ese sentido, vale la pena hacerse
la pregunta acerca de cuál es la diferencia esencial entre el ser vivo y el
inanimado. El conocimiento espontáneo advierte algunas diferencias entre estos
dos mundos, aunque en ocasiones la frontera entre lo inerte y lo animado no es
del todo clara ni convincente. Para delimitar la frontera entre lo inanimado y
lo animado se suele acudir a la descripción de una serie de rasgos que
caracterizan al ser vivo. Véase el siguiente esquema descriptivo:
1. AUTOMOVIMIENTO
El movimiento es un hecho que afecta a todo ser material;
puede proceder de otro ser (agente que mueve la cosa movida) o de un principio
intrínseco (auto movimiento). Vivir es
moverse a sí mismo. Lo vivo es lo que tiene en sí el principio de su
movimiento, lo que se mueve solo, sin necesidad de un agente externo. Vivir es un
modo de ser, dado que el auto movimiento afecta a quien lo tiene: para los
vivientes vivir es ser.
2. UNIDAD La cohesión interna entre las
partes es una propiedad que poseen todos los seres. En perspectiva metafísica,
el ente, en cuanto es, posee una unidad intrínseca. Esta unidad admite grados.
Si bien se admite la existencia de substancias en el mundo no viviente, esta
noción se realiza de modo primario en los vivientes, porque su unidad e
individualidad especialmente fuertes. Así, las piedras poseen unidad, pero es
pequeña, pues si se le da un golpe podría tornarse en dos o más piedras. En los
seres vivos esa unidad entre las partes es mayor. Si se fragmenta a un ser vivo
no se obtiene dos seres vivos. Las piedras son “unas” en mucha menor medida que
los animales, porque no se cuentan por su número sino por su peso. En cambio
los seres vivos, se cuentan por su número, por individuos, porque el individuo
es todo el.
3. ORGANICIDAD
La unidad de los seres vivos no es uniformidad ni sus partes
son homogéneas, a diferencia de los seres inertes. Éstos poseen escasa
diferenciación interna: cada parte de la sustancia material tiene
características semejantes. Al partir una roca, los pedazos son piedras
sustancialmente iguales, en cambio los seres vivos son organismos porque poseen
una organización interna no homogénea: cada parte cumple una función en el
todo. Los seres vivos son sujetos claramente diferenciados de otros.
4. INMANENCIA Procede del latín in-manera, que significa
“permanecer en“, quedar dentro”, “quedar guardado”. Aristóteles en su Metafísica indica dos tipos
de operaciones:
a. Las operaciones transeúntes: su fin y efecto permanecen
fuera del sujeto de la acción, ésta perfecciona a un objeto exterior y no al
sujeto que la hace.
b. Las operaciones inmanentes: su causa y efectos permanecen
en el sujeto y la acción perfecciona el sujeto y no a la cosa. Por ejemplo el
conocer. La inmanencia de los vivientes
significa que actúan teniéndose a sí mismos como fines, siendo beneficiarios de
sus propias acciones.
3. PRINCIPIO VITAL, OPERACIONES VITALES Y FACULTADES
Vivir no es idéntico a obrar, sino que es su condición de
posibilidad. Si la esencia del ser vivo fuese inmediatamente operativa, el ser
vivo estaría realizando siempre en acto todas las operaciones que le convienen.
Pero no ocurre así, pues el viviente no está siempre en acto de las operaciones
de que es capaz, y, sin embargo, siempre posee esa capacidad a merced de su
alma.
Aristóteles y Santo Tomás distinguen cuatro operaciones
vitales: alimentarse, sentir, traslación de lugar y entender. La vida no es ninguna
de esas operaciones, pero es el principio operativo que hace posible esas
operaciones. La vida es un predicado esencial para el ser vivo, puesto que sin
este principio el ser no sería de ningún modo. Sin embargo, las operaciones
vitales son predicados accidentales, dado que el ser vivo continúa siendo tal a
pesar de no estar actualmente realizando estas operaciones.
El viviente siempre está vivo, pero no siempre está
realizando operaciones vitales. La
distinción entre estar vivo y estar muriéndose o estar conociendo nos lleva a
distinguir entre EL ALMA (principio vital o acto primero del ser vivo) y las
facultades o potencias operativas (principios del obrar y de sus operaciones o
actos segundos). El alma es el principio
remoto de operaciones, mientras que las distintas facultades son el principio
próximo de las mismas.
Desde el punto de vista metafísico y en términos
aristotélicos, se puede decir que el alma es forma sustancial del cuerpo,
mientras que las potencias operativas son formas accidentales. Esto significa
que propiamente el que obra es la sustancia completa y no sus potencias. Por
ejemplo, el ojo, en cierto sentido no ve, sino más bien es el hombre el que ve
a través de la facultad visiva. Cuando se trata de potencias orgánicas, la sustancia
opera por medio de la parte del cuerpo en la cual se localiza la potencia
orgánica. Por esta razón, la lesión del órgano correspondiente puede llegar a
impedir la operación.
La forma de los seres vivos, o alma, está siempre informando
al cuerpo. Sin embargo, el alma posee pluralidad de capacidades, funciones u
operaciones que no siempre se están ejerciendo en acto. A esas capacidades las
llamamos potencias, facultades o capacidades operativas. Así, pues, las
potencias se clasifican de la siguiente manera:
ORGÁNICAS
Cuando dependen intrínsecamente de algún órgano corporal,
como el tacto o la vista
ESPIRITUALES
Cuando no hay una dependencia intrínseca al cuerpo, como la
inteligencia o la voluntad
Síntesis de la primera división de las facultades del alma:
A. Funciones orgánicas o corporales
FUNCIONES VEGETATIVAS Nutrición,
crecimiento y generación
FUNCIONES SENSITIVAS Sentidos
externos e internos
FUNCIONES APETITIVAS O INSTINTIVAS Deseos o impulsos
FUNCIONES MOTORAS Movimientos
de traslación
B. Funciones no orgánicas o intelectuales
Esta diversidad de facultades proviene de la diversidad de
fines. Hay orden y subordinación de los fines y facultades entre sí. Se puede
decir que las facultades inferiores nacen de las superiores y las superiores
son el fin de las inferiores. En efecto, la nutrición está al servicio del
crecimiento y ambas se ordenan a la generación del individuo. A su vez, las
vegetativas se ordenan a las sensitivas; las funciones orgánicas se ordenan a
las intelectuales.
4. LAS OPERACIONES VITALES BÁSICAS
Tales operaciones se denominan de esta forma porque son
comunes a todos los vivientes. No quiere decir que sólo las posean lo vegetales
o las plantas, sino que es la única modalidad de vida que manifiestan esos
seres. El hombre y todos los demás seres vivos poseen estas funciones, aunque
en el hombre el modo de realizar las operaciones vegetativas viene modulado por
la razón y por la libertad. De esta manera, la satisfacción de estas
necesidades básicas es de orden cultural. Entre las diversas formas de vida
vegetal hay también grados: desde formas muy cercanas a los compuestos químicos
no vivientes hasta tipos muy básicos de vida animal (bacterias, virus, animales
unicelulares). Pero lo que caracteriza propiamente la vida vegetativa es que se
desarrollan tres tipos de operaciones bien diferenciadas: la nutrición, el
crecimiento y la generación.
NUTRICIÓN CRECIMIENTO DESARROLLO
Operación vital por la que el ser vivo preserva la vida;
capacidad de mantener la integridad substancial mediante el cambio y
sustitución de los materiales constitutivos del ser vivo. Función suya operación y objeto
es permanecer en el ser, sustituyendo los elementos que lo integran. En el hombre al desarrollo de las facultades
orgánicas y espirituales. Facultad,
cuyo fin es la transmisión de las características típicas de cada especie
mediante la producción de uno o varios individuos. Tal transmisión constituye
la base de las mutaciones que posibilitan la evolución de las especies: se
mantiene la especie aunque el individuo concreto desaparezca.
5. LA PERSONA HUMANA
El término latino persona proviene del verbo personare, que
significa “resonar, hacer eco, sonar con fuerza”. La raíz de este significado hay que buscarla
en el término griego prósopon (literalmente significa aquello que se pone
delante de los ojos) que era la máscara utilizada por los actores en el teatro
para hacer más sonora la voz del actor: con esta carátula la voz del personaje
sobresalía, se hacía oír. Pero además,
la máscara del teatro servía para identificar a los personajes en la acción
teatral, tenía la función de dar a conocer la identidad del personaje dentro de
la representación.
Una derivación de este sentido de persona es per se sonnas,
es decir quien posee voz por sí mismo. De aquí deriva la definición propia del
Derecho Romano para quien la “persona es sujeto de derecho e incomunicable para
otro”. En este sentido específicamente
jurídico, se habla de “persona” cuando un individuo humano en virtud de su
nombre es reconocido y puede desempeñar su papel en la sociedad como sujeto de
derechos y deberes. Pero ese
reconocimiento estaba subordinado a condiciones exteriores, como el linaje o la
familia de la que procedía. Un hombre
que no perteneciera a una familia noble no tenía voz propia y se le designaba
con le nombre de capuz, es decir, un individuo indeterminado. Lo interesante de
esta concepción jurídica es que subraya el hecho de que se es persona para
alguien.
En estas dos acepciones se advierte que el vocablo persona
se halla emparentado en su origen, con la noción de lo prominente o relevante,
es decir, con la idea de dignidad, aunque esta dignidad no era claramente
aplicable a todos los hombres.
En el pensamiento cristiano propio de la Edad Media, y
recogiendo la enseñanza de la revelación cristiana, se dice que el hombre es
“imagen y semejanza de Dios”. Cada
individuo humano posee una espacialísima valoración intrínseca porque es fruto
de un acto creador, libre y amoroso de Dios.
La especulación teológica llevada a cabo por lo Padres de la
Iglesia hizo posible una comprensión más profunda de la noción de persona
aplicada al estudio de los problemas trinitarios y cristológicos. Ese esfuerzo
especulativo cristalizó en Boecio, haciendo célebre una definición que pasó a
toda la escolástica posterior: “la persona es el supuesto individual de
naturaleza racional”. La descripción de Boecio trataba de delimitar una noción
de persona válida contra los nestorianos (que sostenían que en Cristo había dos
naturalezas y dos personas) y contra los monofisitas (proponían que Cristo sólo
se encontraba presente en la naturaleza divina). Como se puede observar, se
trata de una definición eminentemente ontológica, en la que se utilizan unas
categorías filosóficas procedentes del aristotelismo.
a. La persona es una substancia Lo que es substrato de los accidentes (el peso, el
color, la medida, la figura, etc.). La
substancia existe en sí misma (posee en sí mismo el ser), mientras que los
accidentes sensibles existen en el sujeto subsistente. Al ser sustancia es
incomunicable (el ser de cada uno no puede pasar a otro).
b. Esa substancia es individual
Es a lo que Aristóteles llamó “substancia primera”. De esta manera se hace referencia a la
sustancia con aquellas particularidades que la distinguen de los otros
individuos de la misma especie.
c. La persona posee una naturaleza
La esencia (“aquello por lo cual una cosa es lo que es”) es
principio de operaciones.
d. Esa naturaleza posee racionalidad
Por ello que “se abre” cognoscitivamente al mundo que la
rodea mediante ideas universales. El hombre, por su entendimiento y voluntad,
es, en cierto sentido, todas las cosas.
Tomás de Aquino recoge esta definición, pero define a la
persona como un “subsistente racional” y de manera más precisa la define como
“todo ser subsistente en una naturaleza racional o intelectual”. De esta manera se puede aplicar también a
Dios (la racionalidad en sentido estricto no le compete), al tiempo que con el
término “subsistente” se subraya la individualidad y la incomunicabilidad del
ser (propio de la sustancia).
Las aportaciones del pensamiento cristiano en la delimitación
de la noción de persona son importantes.
La dignidad personal se extiende a todos los hombres y no sólo a
algunos. Así, “persona” es algo que se
es; no es un título que se adquiere o se “tiene” por linaje familiar. La persona posee su propio ser, pero se trata
de un ser comunicado por Dios, el acto de ser personal es un acto de ser
derivado. La persona humana no es el
fundamento del ser (nadie se comunica el ser a sí mismo), sino que es un ser
fundado en Dios que lo comunica a la persona mediante un acto creador y libre.
La escolástica nominalista y la filosofía empirista
propician la crisis del pensamiento metafísico. Las categorías aristotélicas de
sustancia, naturaleza o esencia son rechazadas o, al menos cuestionadas. La
clásica definición de persona se abandona, puesto que al entrar en crisis el
pensamiento metafísico se hace imposible acceder intelectualmente a la noción
de sustancia. Sólo se admite como válido el conocimiento accesible a la
observación directa de los sentidos y en consecuencial, el “yo” personal es
incognoscible, por tanto sólo cabe postular su existencia pero, no
afirmarla.
En el racionalismo la persona no se puede comprender como
una unidad. La doctrina cartesiana, llevaba a afirmar que la sustancia es el
pensamiento mientras el cuerpo es otra sustancia. La persona humana no se
fundamenta en el ser racional, sino en una facultad suya y en su
correspondiente operación. Se puede afirmar que la persona se entiende en
términos de autoconciencia.
En la filosofía contemporánea se sigue afirmando la
radicalidad personal no en el ser sino en el obrar. Es el pensamiento y no la
voluntad la que ocupa un papel hegemónico en la comprensión del hombre. Se
trata de una explicación voluntarista del hombre, pero se trata de una voluntad
autónoma desligada del bien y de la verdad. El hombre no posee un ser fundado
(en Dios), sino que se trata de un sujeto fundante de la verdad y el bien.
En la filosofía del siglo XX nacen ideologías colectivistas
y materialistas que tienden a reducir e
incluso anular la dignidad personal.
Desde el materialismo, el individuo humano es una especie más
evolucionada de su mundo que se explica en términos materiales. No existe una
preeminencia sobre otros seres naturales. Desde el colectivismo la individualidad
humana sólo cobra valor y sentido en el todo del Estado. Por consiguiente la
persona ha de subordinar sus propios intereses al fin superior del Estado.
El personalismo al que Moner se refería diciendo “llamamos
personalista a toda doctrina y a toda civilización que afirma el primado de la
persona humana sobre todas las necesidades materiales y sobre los mecanismo
colectivos que sostienen su desarrollo”, surge como reacción a una concepción
materialista y colectivista del hombre, que tiende a disolver a la persona
humana en un engranaje más del proceso de producción. La recuperación de la noción de persona se
realiza desde el método fenomenológico (descripción de los estados de
conciencia) y no metafísico. La
definición sustancia lista de persona tiende a ser cuestionada por el
personalismo como insuficiente, puesto que la sustancia individual connota
individualidad e incomunicabilidad, mientras que la persona es apertura,
relación y diálogo (con los demás y con Dios). Además, reducir la persona a substancia
(mero substrato de accidentes materiales) será equivalente a “cosificarla”.
Cuando se habla de persona humana desde la fenomenología y
desde la metafísica, se debe evitar considerar estas dos perspectivas como si
se tratara de estudiar dos tipos de realidades diversas. Se trata de ver a la persona humana en su
dimensión ontológica (en su ser más íntimo), a través de su obrar, que es
susceptible de ser descrito mediante la fenomenología. La acción de ver sirve como un momento
particular de la aprehensión –es decir de la experiencia- de la persona. Una acción presupone una persona. La acción revela a la persona y miramos a la
persona a través de su acción.
Es preciso distinguir dos planos cuando se habla de la
persona humana:
Plano ontológico La
persona es la sustancia individual (soporte óptico), cuyo ser es incomunicable,
aunque se abre intencionalmente a toda la realidad. Ella subsiste como
substrato último y raíz de las operaciones y los actos libres. Este substrato
subsiste en el tiempo a través los cambios.
La persona es siempre “la misma”, aunque no siempre sea lo mismo.
Plano dinámico-existencial Aspecto
dinámico de la persona que implica un crecimiento del ser personal y se
determina mediante sus acciones libremente asumidas. Ella no es sólo lo que ya
es (no es sólo lo dado), sino también lo que todavía “no es” o lo que puede
llegar a ser.
6. LA UNIDAD SUSTANCIAL DE LA PERSONA HUMANA
6.1. La negación de la unión sustancial de la persona
La persona humana se presenta en la perspectiva metafísica
como una sustancia individual, es decir, un ser subsistente. De su acto de ser
personal se deriva la especificidad y dignidad de la persona humana manifestada
en la racionalidad y en la libertad. A lo largo de la historia de la filosofía
se ha negado el carácter substancial de la persona humana de muy diversas
maneras. El problema fundamental consiste en explicar cómo es posible la unidad
sustancial de la persona, admitiendo a la vez la existencia de dos elementos
heterogéneos como son el cuerpo y el alma.
a. La
primera negación del carácter sustancial del hombre proviene de la admisión de
diversas almas o principios últimos de actividad. Cuando Platón plantea que en el hombre hay un
alma nutritiva, otra concupiscible y otra cognoscitiva, asume uno de los
orígenes de esta negación. También en Filón de Alejandría se evidencia esta
noción, pues él admite que existe un alma sensitiva y una racional. En la tradición aristotélico-tomista se
reconoce en el hombre un alma única, la intelectiva, provista, sin embargo, de
la virtualidad necesaria para la vida sensitiva y la vegetativa. La conciencia
de cada hombre ofrece la mayor prueba a favor de la tesis que mantiene la
unidad esencial del alma humana. Cada hombre es el centro de un sistema
vital. Nuestro “yo” se presenta como el
sujeto único de toda su actividad viviente.
Pero esto sería imposible si cada hombre fuese no una unidad sustancial
sino un simple agregado. A esta última condición se reduciría, no obstante,
nuestro ser, si se admitiera en él más de una sola alma, porque toda forma
sustancial implica un ser esencialmente distinto. El ser de cada hombre estaría
entonces dividido en tantas unidades sustanciales como distintas almas se
admitieran en él.
b. La
principal negación del ser substancial del hombre proviene en la actualidad del
fenomenismo psicológico, de la teoría actualista y del asociacionismo. Para estas teorías psicológicas no hay
substancias permanentes, sino tan sólo acontecimientos, hechos o situaciones, carentes
de sujeto de inhesión. Estas corrientes
coinciden en negar que haya en ningún hombre algo permanente a través de sus
múltiples estados y operaciones. Desde
esta corriente se plantea que la persona no es lo que es, sino lo que se va
haciendo con su obrar. La perspectiva
psicológica advierte que la base de esa teoría consiste en entender que una
sustancia permanente en la vida del hombre es algo incompatible con la fluidez
y el dinamismo propios de la vida. Este
argumento desconoce que la permanencia de nuestro ser no es contradictoria con
el dinamismo de éste. Permanecer, es en
el hombre, seguir siendo hombre a través de los cambios de la vida; y en cada
hombre concreto y singular, seguir siendo ese hombre singular y concreto. Negar
la sustancialidad en nombre del dinamismo de nuestro ser, supone, en la
práctica, rechazar que la sustancia es precisamente principio de
actividad. Y creer que la permanencia de
este principio es contradictoria con el dinamismo humano es no tener en cuenta
que uno y el mismo ser puede ser esencialmente permanente y accidentalmente
mutable, porque el sujeto del cambio no es la esencia no ningún accidente, sino
aquello en lo que esencia y accidentes se dan en la realidad, es decir, la
sustancia individual.
c. Otra manera
de negar la unidad sustancial del ser humano es la concepción dualista, que
consiste en entender alma y cuerpo como dos sustancias completas que se unen de
un modo accidental. Poco importa, en
efecto, que se reconozca en cada hombre un alma única y permanente, si luego se
la piensa como accidentalmente unida al cuerpo humano. Tal es la teoría que sustentan, por una
parte, Platón y por otra, Descartes. Para Platón el alma es en comparación con
el cuerpo, como el artífice en relación a su instrumento, o como el marino
respecto a la nave; de manera que el hombre no es el concepto de su cuerpo y su
alma, sino tan sólo su alma, que se vale de un cuerpo. En otro momento Platón parece extremar su
postura, y habla de que el alma humana está encerrada en un cuerpo del que debe
liberarse. Por otro lado, el dualismo de
Descartes parte del principio “pienso, luego existo” y la lleva a definir al
hombre como una sustancia cuya total esencia o naturaleza es pensar, y que no necesita
para ser de lugar alguno, ni depende de ninguna cosa material. Como en la teoría Platónica, el hombre es
identificado con su alma, concretamente con una de sus facultades: el
pensamiento, mientras que el cuerpo no es otra cosa que la extensión que más
inmediatamente actúa sobre nuestra alma, a la que halla unida en la glándula
pineal.
d. Frente a
este dualismo hay un monismo psicológico que no reconoce diferencia esencial
entre el cuerpo y el alma, o entre los fenómenos físicos y los psíquicos.
Cuerpo y alma son solamente aspectos de una misma realidad. El monismo adquiere diversas formas, puede
tratarse de un monismo “espiritualista” (donde sólo se reconoce la sustancia
espiritual), de un monismo “materialista” (sólo hay materia) o un monismo “trascendente”,
según el cual el alma y el cuerpo no son sino manifestaciones o “modos” de una
tercera sustancia (para Spinoza es la misma sustancia divina). En el monismo, a diferencia del dualismo,
queda a salvo la unidad sustancial de nuestro ser, pero a costa de eliminar la
distinción entre el cuerpo y el alma, por negar la existencia del primero
(monismo espiritualista), o por rechazar, tanto la una como la otra a la
existencia de una sustancia que no es ni corpórea ni anímica (monismo
trascendente) y respecto a la cual tanto el cuerpo como el alma son sólo
modalidades.
6.2. La unidad sustancial en la tradición aristotélica
El pensamiento aristotélico y medieval entiende que el
hombre es una unidad compuesta de dos co-principios inseparables: alma y
cuerpo. ¿Cómo se explica esta
unidad? La noción de alma (psiqué) en la
tradición aristotélica, es un concepto fundamentalmente biológico, pues designa
lo que constituye a un organismo vivo como tal, diferenciándolo de los seres
inertes, inanimados o muertos.
Aristóteles en su tratado Sobre el alma da tres definiciones del alma,
que son complementarias: “Alma es el acto de un cuerpo físico organizado que
tiene la vida en potencia”. Completando
esta definición añade “Alma es el acto primero de un cuerpo orgánico”. Por último, para distinguir lo que es el alma
y sus operaciones afirma; “Alma es aquello por lo que primariamente vivimos,
sentimos, nos movemos y entendemos”
El concepto básico aristotélico de alma no se aplica sólo al
hombre, puesto que los seres vivos poseen también un principio vital, que se
puede decir que poseen “alma”. Pero,
además, el alma de los vivientes no racionales difiere esencialmente del alma
espiritual de los seres racionales.
El alma es, en principio, un concepto operativo, que sirve
para comprender qué es un ser vivo en tanto que “un organismo vivo o un cuerpo
animado, no es un cuerpo más un alma, sino un determinado tipo de cuerpo”. Según esta concepción, el alma no se opone
al cuerpo. El ser vivo tiene dos dimensiones: una materia orgánica y un
principio vital que organiza y vivifica esa materia. Ese principio vital, aquello por lo cual un
ser vivo está vivo, su principio de determinación y de operación, es el
alma. Lo que diferencia a un perro vivo
de un perro muerto es que el primero “tiene” alma, está vivo, y el segundo no,
y por eso se corrompe.
El alma no es un elemento inmaterial, preexistente que haya
de unirse a un cuerpo preexistente, aunque inerte, sino que el cuerpo sin el
alma no es tal cuerpo, porque no llega a constituirse y a estar formalmente
organizado como tal. Es en este sentido
que se hace necesario reconstruir la tendencia imaginativa al dualismo, que
induce a combinar un cuerpo preexistente con un espíritu que se introduce
“dentro” de él y lo vivifica, como si fuera un ”duende”. En realidad, sin alma no hay cuerpo alguno.
Los escolásticos resumían esta doctrina en la siguiente fórmula: anima forma corporizó,
“el alma es la forma del cuerpo”.
La explicación aristotélica no es otra cosa que una
aplicación al ser humano del hilomorfismo, según el cual el hombre es un ente
inmóvil, esto es, un ente susceptible de cambios. Según la concepción hilemorfista, todo ente
móvil consta de materia prima y forma sustancial. Cada una de ellas es un ser incompleto, es
decir, no propiamente un ser, sino sólo un principio entitativo. La sustancia completa es la resultante de la
forma sustancial y la materia prima, cada una de las cuales, por lo tanto, es
una realidad incompleta, o sea, algo que no existe aisladamente, sino que está
esencialmente unido con el otro “coprincipado”
sustancial. Es la sustancia
entera la que en rigor existe.
La materia y la forma no deben concebirse como entidades
plenas, sin que por ello dejen se de ser los dos algo real y manifiesta también
que ambos principios no se unen por contacto, ya que, esto supondría la
existencia de dos entes completos.
Tampoco son la forma y la materia fragmentos integrantes de un todo
continuo, porque ninguno de los dos principios está en una sola porción o trozo
de él. La unidad de la forma y la
materia no es ni de la de un contacto, ni la de una continuidad; y sin embargo,
es algo efectivo. La forma substancial
configura esencialmente a la materia prima que, como algo entitativamente
determinable, hay en todos los cuerpos.
La interpretación hilemorfista de los entes corpóreos no es, pues, ni un
mero dualismo ni un monismo estricto.
En un sentido estricto y riguroso, el alma no se une con el
cuerpo, sino con la materia prima y de su unión con ella “resulta” el cuerpo
vivo. De manera que el alma, más que
unirse al cuerpo, lo que hace es unir, estructurar a éste o, lo que es lo
mismo, informar de tal modo a la materia prima que el compuesto sea un
“organismo” corpóreo apto para la vida.
En el caso del hombre, la forma sustancial que por su unión a la materia
prima determina ese cuerpo organizado es el alma espiritual, capaz no sólo de
sus capacidades específicas, sino también de las que corresponden a la vida
sensitiva y vegetativa. El alma es la que,
al establecer la estructura esencial y unitaria del ser humano, posibilita que
todos los actos sean actos de un único ser, de un único “yo” que se realiza en
la historia de manera espiritual – personal.
7. EL CUERPO HUMANO Y SU CARÁCTER PERSONAL
A través del cuerpo es posible socializar e identificar a
las personas. También es posible
“experimentar” que las funciones vitales humanas son posibles por la existencia
de una serie de órganos que se unifican en un cuerpo determinado. El cuerpo que cada hombre llama “suyo”
aparece como algo constitutivo de su entidad personal. El cuerpo no tiene un
carácter extrínseco como los trajes que se visten, sino que posee un valor
intrínseco, su relación con la persona es algo más que una simple adherencia.
Desde una perspectiva dualista, podría decirse que el cuerpo
humano no se diferencia esencialmente del cuerpo del resto de los animales más
evolucionados. El hombre podría
entenderse de manera esquemática como un cuerpo meramente animal unido a un
principio espiritual al que se le denomina alma. El cuerpo humano, gracias a su unión
sustancial con el alma espiritual, adquiere unos caracteres únicos que lo hacen
irreducible al cuerpo meramente animal.
La corporeidad es el modo de hacerse presente la persona
entera (cuerpo y alma) en el mundo y en el tiempo. Es decir, para la persona humana su modo de
vivir es en el cuerpo, y a través de su cuerpo.
La corporeidad no es un accidente que le sucede a una persona. No se puede pensar en la persona (al menos en
esta vida terrena) si no es con su cuerpo.
Incluso es el cuerpo el que hace posible reconocer a la persona
concreta. No sólo sucede esto en lo que
tiene que ver con el reconocimiento, sino también en el plano del amor. No se puede amar a una persona sólo en su
alma, prescindiendo de su cuerpo, ni se puede decir con verdad que sólo se ama
al cuerpo de la otra persona, pero no su alma.
Se ama a la persona entera que se presenta ineludiblemente como una
totalidad unificada.
El cuerpo no es un soporte rígido del alma, más bien parece
ser una manifestación dinámica de la persona misma. Los hábitos corporales adquiridos libremente
muestran que el movimiento del cuerpo humano no responde al mero azar ni a
fuerzas instintivas incontroladas. En
efecto, aprender a conducir un coche, tocar un violín, bailar una danza, son
hechos que muestran que los movimientos corporales son educados por la persona
y su libertad. En cierto sentido el
cuerpo está a nuestra entera disposición.
Una de la primera toma de conciencia de la libertad se hace
posible gracias al cuerpo. Ser dueños
del cuerpo, implica una expresión de un poder más general del ser dueños de la
vida. “La capacidad de objetivar el
cuerpo y de emplearlo al actuar es un importante factor de la libertad personal
del hombre. Gracias a este momento
somático (…) de la subjetivación personal, se consigue y manifiesta la
estructura específica del autogobierno y la auto posesión de la persona
humana. El hombre en cuanto persona se
posee a sí mismo en la experiencia de su materialización precisa, porque
implica la sensación de poseer su cuerpo, y se gobierna a sí mismo, porque
controla su cuerpo”.
Se es dueño del cuerpo, pero no dueño total. El hombre no se da el cuerpo a sí mismo y no
es capaz de modificarlo sustancialmente.
El peso se puede controlar, pero no ocurre igual con la estatura, ni la
fealdad o la belleza, tampoco el color de la piel; esto parece estar más allá
del alcance de la libertad de la mayor parte
de los mortales. El dominio del
hombre de su propio cuerpo manifiesta por un lado la libertad propia de la
persona, mientras que su carácter finito expresa el carácter de humana. “Persona humana” implica siempre “libertad
limitada”.
La persona no puede vivir y expresarse al margen de su cuerpo. La vida terrena es vivir según el cuerpo y no
fuera de él. Por eso los gestos y
palabras exteriores manifiestan a la persona, sus sentimientos y su querer. La
expresión corporal son formas de expresar lo que uno lleva dentro. De ahí la importancia de las reglas de
educación y urbanidad. Estas son las
convenciones sociales que pueden variar (y varían de hecho con el tiempo y las
culturas), pero no por ello son despreciables.
8. LA DIGNIDAD PERSONAL Y SU FUNDAMENTACIÓN
Con la palabra “dignidad” se designa principalmente una
cierta “preeminencia o excelencia por la cual algo resalta entre otros seres
por razón del valor que le es exclusivo o propio” . Según esto la persona humana está revestida
de una especial dignidad gracias a la cual sobresales o destaca sobre el resto
de la creación, de tal modo que el hombre, cada hombre, posee un valor
insustituible e inalienable, muy superior a cualquier criatura del
universo. Cualquier manera de considerar
o tratar al hombre como una realidad de rango inferior atenta directamente
contra su dignidad como persona.
Si bien existe un acuerdo universal a este respecto,
reflejado en la declaración Universal de los Derechos Humanos, vale la pena
preguntarse si la dignidad que fundamenta los derechos de la persona ¿es algo
que el hombre posee por el mero hecho de ser hombre o es más bien una
reivindicación que nos concedemos recíprocamente?
La explicación kantiana Kant
subraya el valor de la persona como un fin en sí mismo. La humanidad misma es
una dignidad. Ser digno equivale a ser libre puesto que la libertad es aquello
en virtud de lo que destaca sobre los seres no racionales. Es por esta razón
que no puede ser tratado como medio sino como un fin en sí mismo.
La fundamentación jurídico-positiva El positivismo jurídico dice que los valores sociales
determinan la sociedad, así que una conducta no se castiga porque sea mala sino
que es mala porque se castiga. El positivismo hace pensar que los derechos
humanos de ligan a una determinada situación histórica, social o cultural, y
por tanto no son universales. La idea de dignidad humana inspira la
promulgación de leyes y derechos de las personas; estas leyes serían unos
complejos mecanismos de defensa que el hombre inventa para protegerse ante los
individuos de su misma especie.
La fundamentación ontológica y geocéntrica La persona humana es digna por el ser un
individuo de la especie humana. Esta dignidad no es un logro ni una conquista,
sino una verdad derivada del modo de ser humano. Lo que sí se conquista es el
re-conocimiento por la sociedad del valor y dignidad de la persona humana. La
persona tiene un carácter absoluto o un “yo” absoluto”: es un fin en sí misma,
y no se la puede usar como un medio instrumental para otros fines.
Para la tradición cristiana la única forma de afirmar la
dignidad humana es el reconocimiento explícito de que el hombre está hecho a
imagen y semejanza de Dios. El carácter absoluto de la persona está supeditado
al reconocimiento de una instancia superior. No obstante, existen comportamientos
que están en armonía con la naturaleza y otros que son contrarios a ella y en
consecuencia son indignos. Por esta razón es importante distinguir una DOBLE
DIGNIDAD:
A. Una
dignidad ontológica o natural que deriva de su índole de persona, “imagen y
semejanza de Dios” y que se manifiesta en su actuar libre, es decir, ser dueño
de sí mismo y dominar su mundo circundante.
B. Una
dignidad moral, que depende del uso que se haga de la libertad.
BIBLIOGRAFÍA
RODRÍGUEZ, Angel. Ética General. 5ª. Ed. Pamplona: EUNSA,
Ediciones Universa de Navarra, S.A., 2004.
GARCÍA, José. Antropología Filosófica. Una introducción a la
filosofía del hombre. 2ª. Ed. Pamplona: EUNSA, 2003.
CRITICA PERSONAL:
El ser humano tiene la dignidad de persona, no es solamente
algo, sino alguien. Y por ello el hombre es un fin en sí mismo, es persona. La
persona prescinde de cualquier realidad exterior directamente para tener valor
en sí. La definición de persona como valor absoluto, que
Abordaremos, es en parte una defensa de la persona, puesto
que las tendencias antropológicas actuales son reducir al hombre, alienar su
ser, negar su singularidad, su valor personal-individual y trascendente.
Para comenzar con este ensayo sobre la persona como valor
absoluto, nos preguntamos: ¿Qué significa ser persona? Definamos un poco el
concepto de persona. Tendremos que distinguir entre hombre y persona. «Hombre»
es un término más genérico o indeterminado, que linda con el «mundo zoológico»
(decimos hombre de las cavernas pero sería ridículo decir persona de las
cavernas); «persona» es un término más específico que tiene que ver con el
«mundo civilizado» o, si se prefiere, con la constelación de los valores
morales, éticos o jurídicos propios de este mundo (Sierra, 2008).
Sobre la dignidad de ser persona afirmamos que el hombre
tiene dignidad porque es persona. Los griegos antes de Cristo lo usaban para
designar las caretas usadas en el teatro. También significa en latín,
personare, sonar con intensidad, tiene menos sentido que en griego, pero indica
algo interior que se hace notar hacia fuera con fuerza. El hombre piensa, ama,
quiere. Tanto el alma como el cuerpo son semejantes a todos los hombres, pero
cada hombre y cada mujer son únicos y dignos de respeto por algo más que por
tener cuerpo, por pensar mejor o peor, o por cualquier otra cualidad. Son
sujetos con dignidad porque son alguien, porque son " persona".
Lo que hace ser persona a alguien es lo más íntimo, lleno de
luz y fuerza que hay en cada ser humano. La fuerza personal íntima da a esa
alma, ser humana y a ese cuerpo, ser el cuerpo de una persona. Esa intimidad no
es algo difuso, sino que es un ser real, un ser que depende y participa del Ser
del mismo Dios. Alma y cuerpo manifiestan la naturaleza humana, pero el ser
íntimo es lo que hace que este hombre sea persona, sujeto de dignidad, y que su
alma, su cuerpo y sus relaciones con el resto de los ser.
Es sean personales.
Ser persona es ser uno, único, distinto a otros, individual
y singular, es ser libre, auto determinado, ser cultural y Teo morfo. “La
experiencia de la vida demuestra que los hombres originales no solo no son
escasos, sino tan comunes que podría decirse que la cosa más rara que puede encontrarse
es un hombre que verdaderamente no sea original. Así lo expresan la
afirmaciones: “Cada uno es cada uno”, “todo ser humano resulta único e
irrepetible”, “cada perdona es un mundo”*1. Se persona es ser un individuo con
dignidad. Y la palabra persona precisamente hace referencia a un individuo en
su individualidad y con ello a su originalidad y dignidad. Aclarando un poco
este apartado, decimos que la persona valer por ser, como lo ha dicho Boecio,
sustancia individual de naturaleza racional. Pero también, ser persona es ser
libre, la persona es causa de sí misma, y vivir bien su libertad es la grandeza
de la persona. Y agregando, la formulación de San Agustín: “cada hombre
singular y concreto es… una persona”.
La persona es absoluta
¿Qué es absoluto? Cuando usamos el término absoluto no debe
pensarse que se hace referencia únicamente a independencia y contraposición al
Absoluto. Al decir absoluto no se pretende separar a la persona de las
relaciones que la hacen ser lo que realmente es: persona. Absoluto se refiere
más al individuo como ser completo, único, entero en sí mismo y no a uno
excluyente de lo “otro” o los otros. Este término (absoluto) indica no tanto
una característica de la persona, sino un modo de predicar a la persona como
valor en sí y no en referencia con lo que ella misma no es, o con lo que está
fuera de ella. El hombre-persona es absoluto en cuanto se encuentra de-ligado,
ab-suelto, de las condiciones empobrecedoras de la materia, en cuanto la
materia no configura su medida.
La persona como valor absoluto.
La estructura del hombre, inteligente y libre, ofrece
afirmar el carácter absoluto de la persona; pues la misma inteligencia y
voluntad está abierta al Absoluto. La persona abierta al Absoluto es fin en sí
misma y tiene valor y dignidad.
La dignidad de la persona se muestra directamente, para una
mirada atenta, en la experiencia ética. La persona es en sí misma completa, un
pequeño absoluto, pues es fin en sí misma. A diferencia de los animales la
persona es un ser de valor por lo que es y no por lo que puede o no puede
hacer. Pues es capaz de autodeterminación.
Al definir la persona como absoluto, afirmamos que ella “es
insustituible e irreductible.” (Pérez, 2005). La persona no debe ser
considerada como parte de un todo, o en forma general como sucede con el
término hombre. No se piense que la enunciación de “persona como valor
absoluto” es un mero juego de palabras. Hay una base práctica para mostrar que
la persona es valor absoluto, “es la experiencia histórica de la reducción de
la persona a un ámbito que no es el suyo”*2, al de la animalidad, o pura
materialidad. Es la experiencia humana de la alienación de la persona. Esta
alienación destituye a la persona como valor para
Llenarla de valor por la referencia a elementos exteriores y
ajenos a ella. Esta experiencia de alienación es la aportada por el
materialismo.
Para rescatar a la persona de la despersonalización debemos
recuperar el sentido que esta posee de valor absoluto, devolverle a la persona
su derecho al desarrollo personal. Debe denunciarse cualquier clase de
despersonalización: como la cosificación (persona como realidad sólo material)
y la idealización (persona como sólo idea). Estas dos clases de
despersonalización constituyen peligros que históricamente han atentado contra
el valor integral de lo humano, estos son el materialismo y el idealismo.
Recordamos que la persona vale por lo que es y no por lo que
tiene, la esencia de persona no está en lo que como hombre poseo (tengo dos
manos, cabello corto, ojos cafés), sino en lo que soy: persona, ser singular,
ser libre (dotado de voluntad y razón). Más que “tener” la persona es “ser”.
Ejemplificando un poco más, podemos decir que al hablar de una persona no nos
referimos a ella como “ser que tiene un cuerpo”, sino como “ser que es un
cuerpo”, esto porque el cuerpo personal no es un añadido a la persona, es la
persona misma, el cuerpo no es un instrumento carente de valor o un impedimento
de la persona, y mucho menos una cárcel; es por el cuerpo humano que soy, que
soy persona. Lo mismo puede decirse del alma. No decimos de una persona que
tiene un alma, sino que debemos decir que, de la misma manera que somos cuerpo
(nuestro cuerpo) somos también nuestra alma. Por ambos, somos lo que somos, y
por ambas valemos como personas. Si restamos el alma, se deja de ser persona;
si, por otra parte, restamos el cuerpo, tampoco podemos ser llamados “persona.
Es una falta contra la persona, una despersonalización,
reducir a la persona a puro espíritu o a pura materia, o reducir a la persona a
una de sus características como la inteligencia, (idealizando a la persona), o
a definirla por la utilidad que puede dar (como proletariado), cosificándola.
En base a las afirmaciones anteriores, podemos concluir que
la persona es un bien absoluto, un valor absoluto, en el sentido de que ella no
es objeto, sino un sujeto, un individuo libre que existe en sí mimo. Pero este
valor de la persona, es posible gracias a su relación con otras personas. Es
decir que, la persona es persona como tal en función al uso su persona con
otras personas.
En conclusión sobre este apartado puede decirse que la
categoría de absoluto tal y como lo presenta el personalismo, centrada en
evitar la reducción de la persona. Se traduce de modo exacto como la afirmación
de la irreductibilidad de la persona a cualquier otra categoría de pensamiento.
Esta irreductibilidad se funda en la dignidad de ser propia de la persona, y
pretenden defenderla del reduccionismo materialista y racionalista. No puede
considerarse a la persona como objeto, sino que debe considerarse como sujeto.
No como algo que vale por sus relaciones con otros elementos materiales, si
como un ser que vale por sí mismo, por su singularidad, y por su única y no
repetida existencia.
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