5 CLASE DE
ANTROPOLOGIA
DOS CONCEPTOS
ANTROPOLÓGICOS: REALISMO DE LOS SANTOS Y CIENCIA DE LOS SANTOS
Autor: Luis Alonso Ramos Franco
INTRODUCCIÓN
El presente ensayo tiene como propósito analizar dos
conceptos antropológicos: Realismo de los santos y ciencia de los santos. Estos
conceptos fueron formulados por Edith Stein en la introducción de Ciencia de la
Cruz, texto en el cual la autora analiza el pensamiento y el espíritu de San
Juan de la Cruz con ocasión del 400 aniversario de su nacimiento.
La riqueza de estos conceptos será evaluada a partir de su
capacidad para describir la auténtica potencialidad y realización de la persona
humana. Esta capacidad será propuesta en este ensayo como un modelo o paradigma
antropológico apto para desarrollar eventualmente una psicoterapia, ya que
permite comprender la originalidad de la naturaleza humana y su disposición
primigenia hacia la comprensión y expresión del auténtico sentido de la
realidad, es decir, permite comprender también la auténtica realización de la
persona.
1.- LA PÉRDIDA DE LA
IMPRESIONABILIDAD Y EXPRESIVIDAD ORIGINARIAS DE LA NATURALEZA HUMANA
La naturaleza humana ha sido herida por el pecado[1]. Con
ello, las potencialidades de realización de la persona humana se han visto
afectadas. Edith Stein comenta brevemente esta situación existencial analizando
algunos «signos reconocibles naturalmente que indican que la naturaleza humana,
tal como realmente es, se encuentra en un estado de corrupción»[2]. Para ello,
la santa se enfoca primordialmente en los impedimentos para percibir y
comprender la realidad cabalmente, y poder responder a ella, es decir «la
incapacidad de comprender el estado de las cosas conforme a su verdadero valor
interior y de responder»[3]. Aparentemente, el ser humano, por una suerte de
«”estupidez” congénita», por «un embotamiento que a lo largo de la vida se ha
ido formando» o por «un embotamiento frente a ciertos estímulos determinados
como consecuencia de una rutinaria repetición», se hace incapaz, en su
naturaleza, de percibir el significado y el valor de la realidad, haciéndose
insensible a ella y teniendo a las cosas como inaccesibles a su ser. Además,
–agrega Stein– esta experiencia no es neutra, sino que genera sufrimiento,
especialmente en relación al campo religioso, ya que para el creyente resulta
particularmente doloroso experimentar una insensibilidad frente a los
acontecimientos salvíficos: éstos «nunca (o ya no) les han impresionado como es
debido, y no muestran en su vida la fuerza formadora que debían»[4].
Lo dicho plantea la siguiente interrogante: ¿cuál es la
auténtica y originaria manifestación de la naturaleza humana? Como se puede
notar, el enfoque del análisis sobre la corrupción por el pecado apunta al
hecho de que el ser humano debería tener, en su estado primigenio, una natural
impresionabilidad frente a lo real, así como una correspondiente fuerza
formadora, ya sea como expresión de la vitalidad de esta misma realidad que se
percibe y actúa en la persona, como también por el hecho de que la persona que
la acoge tiene la disposición correcta para dejarse formar por ella y
responder. La naturaleza humana debería permitir que se exprese la persona,
pero al mismo tiempo, debería consentir que la realidad se manifieste a través
de ella. Para comprender esto es necesario tener un concepto de "realidad”
amplio, es decir, lo real no debe identificarse con lo cuantificable
únicamente, como erróneamente tiende a pensarse[5]; lo real significará en este
ensayo, principalmente, el ser en su expresividad de sentido y en su eficacia
vital que transforma a aquel que lo acoge, y que, en esa dinámica, lo realiza,
es decir, hace que la persona sea más real en la medida en que su ser exprese
más cabalmente toda la riqueza de su significado existencial.
Desde una perspectiva creyente afirmamos que la persona
tiene en su existir un fundamento teológico: en su constitución original la
persona humana está sostenida en la existencia por una relación originaria, es
decir, el acto continuo de la creación que expresa la relación original de amor
sobreabundante que sostiene a la persona en su existencia. En este estado
natural de las cosas, lo normal para la persona humana sería el poder disponer
de su naturaleza para que esta relación originaria perfeccione todas sus
facultades y se exprese indefectiblemente en su libre actuar[6]. En otras
palabras, si tomamos a la Relación Trinitaria como la Realidad por antonomasia,
la dinámica original de las realidades creadas debería consistir en dejarse
permear por la Realidad y expresarla. Sin embargo, sabemos que el curso de la
historia no fue este, y que el ser humano cometió un acto de rebeldía contra
Dios y contra sí mismo, introduciendo en la naturaleza una distorsión que, como
hemos visto según el análisis de Edith Stein, se manifiesta principalmente por
una incapacidad para reconocer e impresionarse por lo real, y dejarse
transformar (o realizar) por ello.
2.- EL REALISMO DEL
SANTO COMO RESPUESTA A LA CORRUPCIÓN DE LA NATURALEZA HUMANA, Y COMO
PREPARACIÓN PARA LA CIENCIA DE LOS SANTOS
Con lo señalado surge una nueva interrogante: frente al
estado actual de corrupción de la naturaleza humana, ¿cómo es posible
realizarse? No nos detendremos a comentar la iniciativa de Dios en la historia
de la salvación de la humanidad[7], pues no es el objetivo de este ensayo. Sin
embargo, analizaremos la dinámica o el curso que debería seguir una persona en
este proceso de realización.
Por oposición a la falta de sensibilidad ante lo real, Edith
Stein presenta el concepto de "realismo del santo”. Ella lo formula con
las siguientes palabras: se trata de «la receptividad interior original del
alma renacida en el Espíritu Santo»[8]. Lo primero que hay que notar es que la
condición imprescindible para que se dé tal realismo es el renacimiento en el
Espíritu Santo, es decir, implica necesariamente la actuación de la gracia, y
este renacimiento puede interpretarse de distintas maneras análogas: ya sea
como un sacramento (Bautismo) o como una conversión religiosa en un momento
específico de la historia personal o como estado permanente de una constitución
religiosa de la vida. Se debe descartar, por lo tanto, que el "realismo
del santo” sea una suerte de técnica gnoseológica o epistemológica, ya que
presupone un renacimiento, una nueva vida, es decir, dado que el principal
impedimento es la corrupción de la naturaleza, sólo la reconciliación de la
misma le devuelve su forma original.
Por otro lado, en cuanto a la "receptividad interior
original del alma”, Edith describe lo siguiente: «lo que en ella entra, lo
acoge en la forma adecuada y en la correspondiente profundidad; y encuentra en
ello –no impedida por ningún falso entumecimiento ni entorpecimiento– la fuerza
viva, móvil y dispuesta a ser formada, y que se deja dirigir y moldear fácil y
alegre por lo recibido»[9]. Se puede observar la oposición tangencial con el
estado de corrupción de la naturaleza que previamente se ha descrito.
Teóricamente, si la persona es regenerada por la gracia y coopera con ella,
tendrá a su disposición una fuerza natural que le es propia en cuanto creatura.
En este estado podemos notar, primeramente, que la naturaleza de la persona
posee una permeabilidad adecuada para percibir y acoger lo que en ella entra.
Esa adecuación es tal en la medida en que lo acogido se percibe en la
correspondiente profundidad, es decir, cada realidad tiene una profundidad y un
valor que le corresponde, y no será lo mismo dejarse "tocar” por la
contemplación de un atardecer que por las palabras sabias de un maestro en la
vida espiritual. Cada realidad puede ser percibida rectamente en la medida en
que se la ubique en relación a un horizonte de sentido pleno.
Además de ello, esta realidad que "entra en contacto”
con la persona a través de su naturaleza, la debe dirigir y moldear, es decir,
se presupone una vitalidad propia presente en todo lo que es real, y esto
resulta un tanto evidente si se recuerda que el concepto de "realidad”
está íntimamente unido al concepto de "significado”. Todo lo que posee
significado tiene por sí mismo la capacidad de indicar también un sentido que
dirige y, por lo tanto, moldea o da forma al que lo acoge. En otras palabras,
la condición de la naturaleza humana "sanada” por el renacimiento en el
Espíritu Santo, hace a la persona capaz de "resonar” proporcionalmente al
"toque” de la realidad que se le manifiesta. Nótese el paralelo analógico
con un instrumento musical que, estando bien afinado, resuena perfectamente
según la frecuencia de onda propia de cada nota, y según la habilidad del
músico que lo interpreta. Edith Stein utiliza sus propios ejemplos para
explicar lo dicho: el realismo del niño y el realismo del artista. En cuanto al
primero, la santa resalta la ductilidad o maleabilidad propia del alma de un
niño: ésta «es blanda y dúctil. Lo que en ella penetra puede fácilmente estar
dándole forma de por vida». Respecto al segundo caso, ella compara esta
impresionabilidad con la del artista: «Por la fuerza inquebrantable de su
impresionabilidad, el artista se emparienta con el niño y con el santo». Es un
intento de describir lo propio del artista, es decir, su espontaneidad para
sentirse conmocionado por una realidad contemplada, la cual no permanece
indiferente a él, sino que de cierto modo lo forma interiormente y lo impulsa a
expresarla exteriormente con alguna obra de arte: «Es propio del artista, que
aquello que interiormente le conmociona, exige ser formado en él en
"imagen” y, también, ser formado hacia afuera».
Es interesante notar, especialmente en el caso del realismo
del artista, cómo Edith explica que, dicha impresionabilidad que forma a la
persona, también "la utiliza” a ella misma como instrumento para hacer
resonar el horizonte de sentido pleno. Recuérdese que se explicó que cada
realidad posee un valor y una profundidad propia en la medida en que se
relaciona a este horizonte absoluto. En el caso del artista, la santa hace
alusión a una especie de experiencia o condición simbólica que sería algo
propio de la naturaleza humana en su estado primigenio o reconciliado por la
gracia. Así, el artista (o la persona humana), «de la plenitud infinita del
sentido hacia la que avanza todo conocimiento humano, capta algo y lo hace
manifiesto y lo expresa; y, ciertamente, de tal manera que hace resonar
misteriosamente la totalidad de la plenitud de sentido, inagotable para todo
conocimiento humano». Se trata de un acto de revelación, una suerte de epifanía
que es constitutivamente inherente a la naturaleza creada de la persona humana,
pero, al mismo tiempo, es algo propio de sus obras, como debería serlo toda
auténtica creación artística. También se ha de notar que estas mismas obras de
las manos del ser humano, al portar en sí un valor y un significado que revela
o hace resonar el horizonte de sentido pleno, apela redundantemente a la misma
persona que lo crea. Para explicar esto Edith utiliza el ejemplo de un artista
que elabora una imagen de la Cruz: «el Crucificado espera también del artista
algo más que una imagen. Él le exige, como a todo hombre, el seguimiento: que
se convierta él mismo en imagen de Cristo cargado con la cruz y crucificado, y
conforme a ella se deje modelar». Esto significa hipotéticamente que la persona
humana renacida en el Espíritu Santo también se hace sensible a sus propias
obras, descubriendo en ellas su propia imagen, la cual, a su vez, es imagen de
Dios, y por ello mismo, se siente apelada por Él. Con otras palabras, la imagen
externa se hace forma interior de la conducta de la persona en la medida en que
se acoge en su correspondiente profundidad. Esta conducta informada por el
significado de la realidad contemplada y actuada, «impulsa al camino del
seguimiento», e introduce a la persona en la dinámica del segundo concepto que
se analizará en este ensayo: "la ciencia de los santos”.
La Ciencia de los
santos como expresión del camino de seguimiento.
Dice Edith Stein, refiriéndose al concepto del realismo del
santo: «Cuando la fuerza de un alma santa acoge de esta manera las verdades de
la fe, entonces ella llega a la "ciencia de los Santos”. Cuando el
misterio de la cruz se convierte en su "forma interior”, entonces alcanza
la "ciencia de la cruz”». De todas las realidades que la persona puede
percibir en este estado de "realismo”, las verdades de la fe tienen una
fuerza particularmente significativa para su realización personal. Cuando estas
verdades adoptan un carisma determinado, como por ejemplo el carisma de la Cruz
para los Carmelitas Descalzos, entonces esta ciencia adopta su forma
específica.
Cabe indicar que el concepto de "ciencia” es explicado
por la santa de tal forma que no se malinterprete y confunda con la noción más
coloquial del término, es decir, como un cuerpo teórico de conceptos
estructurados orgánicamente y con sentido: «no se trata de una simple
"teoría”, es decir, ni de una pura relación –verdadera o pretendida– de
proposiciones auténticas, ni de una construcción ideal en base a pensamientos
coherentes». Este es el significado más usual según los cánones hodiernos del
mundo científico. Tiene, además, un claro matiz idealista y, por lo tanto, no
sería extraño ver en esto una crítica al pensamiento alemán ilustrado. Aun así,
el significado de ciencia que Stein utiliza no se opone directamente a esto,
sino que más bien lo amplía y extiende.
Ella señala: «Se trata de una verdad bien conocida –una
teología de la cruz–, pero verdad viva, real y operante: como un grano de trigo
que se siembra en el alma, echa raíces y crece, así da al alma un sello
característico y la determina en sus acciones y omisiones, de tal modo que por
ellas resplandece y se manifiesta»[18]. Naturalmente, la palabra ciencia hace
alusión a los conceptos de "conocimiento” y de "verdad”: podríamos
decir que la ciencia es el conocimiento de la verdad. Sin embargo, agrega la
santa, esta es una verdad viva, real y operante. Se puede notar el paralelo con
el concepto de "realidad” que estamos empleando, sin embargo, la salvedad
aquí es que se trata de las verdades de la fe propiamente. Éstas actuarían en
la persona con la dinámica de una semilla que va echando raíces y germinando
desde el interior. Lo interesante aquí es notar que esta vitalidad que anida en
el interior del hombre y va desarrollándose, impregna al alma de un sello
característico. Podríamos atribuir a esto una comparación con el "sello”
ontológico que se imprime por el sacramento del Bautismo, sin embargo hace
referencia propiamente a una determinación en las acciones y omisiones de la
persona. Eso significa que, de alguna manera, esta "semilla” de verdad
viva anida en la sede de la conciencia, desde donde la persona dispone de su
libertad para actuar. Aquí se puede comprender claramente por qué este concepto
de ciencia no es meramente teórico, sino que tiene necesariamente una
implicancia moral. Por último, se puede notar cómo, al igual que en el realismo
del santo, la verdad que se acoge en la conciencia, y que tiene una vitalidad
propia, resplandece y se manifiesta por medio de las acciones de la persona.
Como ya se puede ir percibiendo, el realismo del santo no es
enteramente distinto de la ciencia de los santos. Son más bien dos momentos que
se unifican y retroalimentan en la persona humana. Se puede decir que el
realismo de los santos es disponer la naturaleza humana para acoger la Palabra
de Dios y resonar apropiadamente con Ella; mientras que la ciencia de los
santos es la expresión vital de la Palabra de Dios en el ser humano. El
realismo de los santos es la condición que lo hace posible. Esto también se
puede comprender al notar que Edith Stein indica que la ciencia de los santos
es algo a lo que se llega, es decir, implica un seguimiento, y este seguimiento
se hace posible auténticamente cuando la naturaleza humana está bien dispuesta
(o preparada) para el mismo. Teóricamente se podría reconocer que una persona
está apta para la iniciación en la ciencia de los santos en la medida en que
tenga reconciliadas o sanadas sus facultades naturales de impresionabilidad y
expresividad ante la realidad según su profundidad y valor correspondiente. De
no ser así, las verdades de la fe no podrán ser percibidas rectamente y tampoco
encontrarán en la persona una naturaleza que le permita "resonar” y
expresarse externamente. Si la persona se iniciase en esta ciencia, podría
luego descubrir qué carisma particular de las verdades de la fe se ajusta más
propiamente a su identidad y vocación, como por ejemplo el carisma de la Cruz
para la vocación carmelita de San Juan. Así, indica nuestra santa: «En este
sentido se habla de una "ciencia de los santos” y nosotros hablamos de
ciencia de la cruz».
Finalmente, para recapitular el sentido "teórico” de la
ciencia, que no queda abolido por esta noción, sino que se reconfigura, es
oportuno señalar que Edith, de cierta forma, podría estar refiriéndose a él
como una "cosmovisión” de la persona: «De esta forma y energía vital
brota, también, desde la más profunda interioridad, la concepción de la vida,
la imagen de Dios y del mundo del hombre, y así puede encontrar su expresión en
una concepción, en una "teoría”». Naturalmente, para que una verdad se
exprese vitalmente, primero debe ser comprendida e interiorizada. La ciencia de
los santos implica una labor de asimilación de las verdades de fe de tal forma
que vayan configurando la concepción que la persona tiene de todas las
dimensiones fundamentales de la realidad, como por ejemplo la concepción de la
vida, Dios, el mundo, el hombre, y se podrían mencionar otras. Por esto mismo,
en la conceptualización de "ciencia”, Edith también agrega que se trata de
una teología, pues implica un conocimiento de las verdades divinas.
DISCUSIÓN
Existen aún muchos aspectos que valdría la pena seguir
analizando en relación a los dos conceptos tratados en este ensayo. Sin embargo
se postergará tal labor a fin de poder sintetizar algunos puntos de discusión
que permitan una mejor profundización en estas realidades.
En primer lugar, al notar la semejanza entre los dos
conceptos, surge el siguiente interrogante: Si el realismo de los santos
presupone un renacimiento en el Espíritu Santo, y éste a su vez presupone una
acogida de las verdades de la fe, ¿se puede decir en verdad que el realismo de
los santos es la preparación para la ciencia de los santos? ¿No podría ser al
revés? Parece necesario mantener la tensión propia que surge entre ambas
nociones sin entrar en oposición alguna. Para ello es de gran ayuda recordar
que la iniciativa no es del hombre, sino de Dios, y que si se debe identificar
el inicio de este proceso, éste debe ubicarse en Él. No obstante, Dios es
principio y fin, y por lo tanto, sin dejar de ser el iniciador, es también el
objetivo final del proceso. Es más, Él es también quien sostiene a la persona
en este camino de seguimiento. Por lo tanto, parece lícito tomar al realismo de
los santos como una preparación, pues hace referencia principalmente al momento
de la iniciativa divina en que el hombre lo acoge para iniciar una vida nueva;
mientras que la ciencia de los santos hace alusión al proceso de seguimiento y
conformación con Cristo. Evidentemente quedaría por señalar qué es aquello que
hace posible que la persona se inicie en el realismo de los santos.
Un segundo punto que hay que discutir es si se puede hablar
de la posibilidad de que exista un modo de aprender y enseñar tanto el realismo
como la ciencia de los santos. Como se indicó en la introducción de este
ensayo, al analizar estos dos conceptos se busca explorar la posibilidad de
utilizarlos como modelo o paradigma de una eventual psicoterapia. Nuevamente es
oportuno hacer hincapié en la iniciativa divina. El primer agente de este
proceso de realización personal es Dios mismo, y el hombre coopera. Si de
alguna manera se formulase un "método” de enseñanza o de terapia, se ha de
tener a Dios como principal referencia. Esto significa que el terapeuta que
busca identificar el nivel de "operatividad” de los rasgos de
impresionabilidad y expresividad para evaluar el "nivel” de realismo del
paciente, tendría que hacerlo a la luz de la acción de Dios en la vida de esta
persona. De ser así, aún quedaría por investigar si existe un modo de
sistematizar este proceso. Dado que aquí la materia sobre la que se trabaja es
fundamentalmente una relación personal (entre Dios y la persona), debe tomarse
en cuenta que cada caso será único y distinto, por lo tanto se descarta un
único método para todos los casos. Sería necesario abordar el "caso” desde
todas las particularidades que le dan significado propio al "nivel” de
realismo del sujeto. De esta forma podría catalogarse a los impedimentos del
realismo según su causa o naturaleza, por ejemplo si se ubica en un rasgo constitutivo,
si se trata de un rasgo del temperamento o del carácter, si es más bien un
evento (o varios) de la historia personal del paciente, o si se trata de una
pedagogía divina que se ha de esclarecer con el tiempo. Por ello mismo,
mientras no quede claro si se puede sistematizar una metodología acorde a cada
caso, lo más recomendable es tener a la virtud de la prudencia como criterio
principal de discernimiento.
CONCLUSIÓN
Luego de este análisis preliminar de los conceptos de
realismo del santo y ciencia de los santos en pos de explorar un posible modelo
para una psicoterapia, podemos concluir que la naturaleza humana sí posee una
dinámica originaria propia que explica la relación fundamental y primordial
entre la persona humana y la realidad. La realidad es un concepto análogo y
gradual, según la jerarquía de los seres. Por ello, la realidad por antonomasia
es Dios mismo. Esto también permite concluir que en la constitución originaria
de la persona humana existe una relación fundamental con Dios que nunca
desaparece, ya que sostiene el ser la persona. El realismo de los santos
vendría a expresar esta condición originaria en dos aspectos principales: la
impresionabilidad y la expresividad de esta Realidad y las demás realidades.
La ciencia de los santos, propiamente, se refiere a un
estado habitual de la persona que, estando bien dispuesta, ha acogido las
verdades de la fe y las expresa en su conducta. Es una ciencia tanto en sus
aspectos teóricos como morales, y su característica principal es que la Verdad
viva adquiere cierta primacía y autonomía en la medida en que se expresa en la
persona que la ha acogido.
Si se pudiese formular una psicoterapia con estas premisas,
ésta se presentaría bajo la forma de una realización personal. Otros conceptos
análogos que también podrían expresar la dinámica propia de este proceso son:
enseñar la ciencia de la vida, enseñar el arte de vivir, tener maestría
personal, despertar a la realidad, despertar a la vida, conformarse con la
realidad, etc. En otras palabras, esta psicoterapia consistiría en enseñar a la
persona humana la ciencia de los santos a partir de la educación en el realismo
de los santos. Se buscaría disponer su naturaleza para que la persona, en su
relación originaria, pueda dejarse permear por la Realidad y expresarla en su
vida y misión.
Aún quedan puntos importantes por evaluar, así como también
recursos de la misma autora que necesariamente deben ser tomados en cuenta.
Entre ellos señalamos especialmente su escrito sobre El castillo interior,
donde Edith Stein hace una categorización sistemática del proceso por medio del
cual la persona humana se relaciona de forma cada vez más real con el
fundamento de su existencia, Dios mismo en su interior.
CRITICA PERSONAL:
"Realismo es el nombre que se da a una posición
adoptada en la teoría del conocimiento o en la metafísica. En ambos casos, el
realismo no se opone al nominalismo, sino al idealismo". El realismo a su
vez concede un lugar a la duda en la vida intelectual, pero considera la vida
universal como la muerte de la inteligencia.
Para el realismo el espíritu humano puede conocer al ser
"en sí", y la verdad no es otra cosa, que la conformidad del juicio
con la realidad.
REPRESENTANTES
1. Aristóteles
a. Vida. Nació en el 384 a.C. en Estagira (hoy Stauros), fue
hijo de Nicómaco, médico de Amintas III, rey de Macedonia. Siendo Aristóteles
muy niño murieron sus padres, estudió en la academia de Platón durante veinte
años, más tarde contrajo matrimonio Pythias con la cual tuvo una hija, la cual
recibió el mismo nombre de su madre.
En el 343 Filipo de Macedonia le hizo la invitación para que
se encargara de la educación de su hijo Alejandro. Aproximadamente en el 334
regresó a Atenas donde fundó su escuela. Finalmente murió en la isla de Eubea
en el 322.
b. Obras. Al parecer Aristóteles escribió dos tipos de
libros: los llamados Esotérico , de gran valor literario y otros Filosóficos o Acromáticos,
dirigidos sólo a los núcleos del Liceo. Los diálogos se han perdido todos. El Órganon
de Aristóteles es un compendio de varios tratados. Sus obras principales son:
"Ética a Nicómaco", "Ética a Eudemo",
"Gran Ética".
c. Pensamiento. Según Aristóteles existen dos rasgos que
caracterizan la ciencia: "es ella un conocimiento fundado, puesto que
aquello de lo que se tiene, ciencia estricta, no puede ser de otra manera de
cómo se conoce".
El realismo aristotélico, es un realismo natural. El conocimiento
para este sistema se puede entender como una reproducción de la realidad. Para
Aristóteles la inteligencia del hombre está dotada de una capacidad grande de
llegar hasta las cosas y obtener de ella los contenidos del conocimiento.
"Aristóteles explica la percepción mediante que del
objeto percibido y a través de un ‘medium’, llega al órgano, y en la que se
recibe la ‘forma sensible del objeto sin materia’. Por eso es necesario que lo
percibido exista realmente".
Aristóteles plantea la cuestión del saber que es
precisamente lo que él llamó Filosofía Primera, y dice que todos tienden por
naturaleza a saber. También para Aristóteles todo conocimiento arranca de una
percepción sensible. El alma no puede pensar sin representaciones sensibles, y
según él, si falta un sentido, también faltan los correspondientes
conocimientos. Por ejemplo, un ciego de nacimiento no tiene conocimiento de los
colores. Es así como Aristóteles demuestra que todo conocimiento tiene su
origen en lo sentidos.
Pero a su vez "establece una estrecha relación entre el
conocimiento sensible y el intelectivo. En el conocimiento las facultades
tienen sus límites, porque mientras las facultades sensibles están sometidas a
lo singular, la facultad intelectiva puede llegar hasta la naturaleza de las
cosas".
2. San Anselmo de Canterbury
a. Vida. Nació en 1033, es oriundo de Aosta, Norte de
Italia; fue abad del monasterio de Bec en la Normandía y luego Arzobispo de
Canterbury. Con él comienza la primera escolástica. No se limitó durante su
vida a estar sólo en su país de origen, sino que vivió sobretodo en Francia e
Inglaterra. Murió en 1109.
b. Obras. Sus obras son bastante numerosas, muchas de un
interés predominantemente teológico, numerosas cartas llenas de sustancia
doctrinal. Los que más importan para la filosofía, son estas:
"El Monologion", "Meditaciones sobre fe y
razón", "Praslogium", que lleva como primer título la frase que
resume el sentido de su filosofía entera.
c. Pensamiento. Para San Anselmo "el conocimiento que
adquirimos de las cosas supone la cooperación de los sentidos y de la
inteligencia, pero San Anselmo no precisa el modo de esta cooperación y se
contenta con tomar sin profundizar en ellas, algunas expresiones agustinianas
sobre la iluminación del alma por Dios".
San Anselmo hace del realismo una condición necesaria para
la sana doctrina teológica, pues si no se comprende el hecho de que varios
hombres reunidos pueden formar un solo hombre, menos se comprenderá cómo un
solo Dios puede consistir en tres personas distintas.
No dice también, que "si las ideas son cosas, cada
grado de perfección es un grado de realidad, y la idea del ser más perfecto que
se puede concebir nos introduce sin tropiezo en un determinado orden de
realidad. El paso de la idea al ser tenía que tentar al pensamiento de San
Anselmo, porque para él las ideas son ya seres".
Él incurre en un realismo exagerado, atribuyendo a los
universales un cierto modo de realidad extra mental. La verdad de un
conocimiento consiste en su "rectitud", es decir, en que es como debe
ser la captación correcta de su objeto. Al igual que el conocimiento aprehende
el objeto, este objeto conocido tiene su verdad.
3. Pedro Abelardo
a. Vida. Nació en Pallet, cerca de Nantes en Bretaña en el
1079. Estudió dialéctica en Santa María de Lonches y más tarde en París con
Guillermo de Champeaux, por ser demasiado altanero se enfrentó con su maestro.
Ingresó a la escuela de Anselmo para estudiar allí teología. Contrajo
matrimonio en secreto con Eloísa. Murió en 1142 a los 63 años.
b. Obras. Las obras de Pedro Abelardo se dividen en
filosóficas y teológicas. Entre las filosóficas tenemos: "Lógica",
"Ingredientibus", "Glosas a Porfirio". Las teológicas son:
"Theología Summi Boni", "De Unitate et Trinitate Divina",
"Theologia Christiana".
c. Pensamiento. El significado filosófico de Abelardo está,
sobretodo en su oposición frente al tan debatido problema de los universales,
tema clásico el tiempo.
Para determinar el contenido de los universales en el
pensamiento debemos partir de nuestros órganos sensoriales y de los objetos que
percibimos. Ejemplo: a nosotros se nos forma una imagen de cada objeto, y esta
imagen existe desde entonces independientemente del objeto; si la torre en
cuestión se destruye, todavía podemos imaginarla.
"Pedro Abelardo establece relaciones precisas entre la
filosofía y la religión. No se pueden demostrar y conocer experimentalmente los
misterios, sólo se pueden entender o creer según analogías o semejanzas. Según
él, el intelecto aprehende las semejanzas de los individuos mediante la
abstracción, el resultado de esta abstracción fundada siempre en la
imaginación, porque el conocimiento empieza por lo individual y lo
sensible".
Al igual que Descartes, Pedro Abelardo, proclama la
necesidad de una crítica previa de nuestros conocimientos, aplicando la duda
para llegar más seguramente a la verdad. Contra el realista exagerado, niega
que los universales sean cosas ni que existan fuera de las cosas individuales,
sólo existen los individuos.
El entendimiento no se engaña cuando se piensa separadamente
la forma o la materia, pero sí se engaña si se pensara que tanto la materia
como la forma existen por separado. Finalmente nos dice Pedro Abelardo que
"el verdadero conocimiento de las cosas es el que nos proporcionan los
sentidos y la imaginación, mientras que la inteligencia solamente nos llevaría
a la opinión".
4. Santo Tomás de Aquino
a. Vida. Nació a fines de 1224 en Roccasecca, de noble
familia napolitana. A los cinco años es llevado al monasterio de Monte Casino.
Es iniciado en la filosofía griega por su maestro Pedro de Hiberna. Desde 1239
a 1243 estudia en la Universidad de Nápoles. En 1244 toma el hábito de Santo
Domingo. Al año siguiente va a París, donde conoce a Alberto Magno, y estudia
con él en esa ciudad y después en Colonia.
Es convocado por Gregorio X para asistir al Segundo Concilio
de Lyon, pero su salud no pudo soportar la abrumadora labor intelectual a que
se sometía: cayó enfermo en el camino y murió en Bossa-nova el 7 de marzo de
1274.
b. Obras. Su obra más importante es la "Summa Teológica".
También se destacan dentro de sus obras "Comentarios a Aristóteles",
"A la metafísica", "A la física", "A la ética",
"A Nicómaco", "A la política". Además hace parte de sus
obras, los opúsculos, tratados breves de filosofía y teología como son:
"De Veritate", "De Potentia", "De anima", y por
último tratados teológicos: "Summa Contra Gentiles".
c. Pensamiento. Sin duda alguna "el influjo de
Aristóteles en Santo Tomás lo apreciamos al punto de una nueva valoración del
saber natural frente al conocimiento de la fe". Santo Tomás sigue a
Aristóteles en la cuestión del origen de nuestro conocimiento y apoyado en él
dice que es natural al hombre llegar a lo suprasensible a través de lo sensible.
"Se rechaza expresamente la idea de que Dios es lo primero conocido, tal
como supone la teoría del conocimiento en las razones eternas". Pues lo
primero que en la vida conocemos es la esencia de las cosas materiales que
conforman el objeto propio de nuestro entendimiento.
También nos dice que "el alma humana está situado en el
último grado de los seres inteligentes; es la más alejada de todas las
perfecciones del entendimiento divino". A cada forma de ser corresponde
una manera propia de conocer. El entendimiento que poseemos todos, es aquel por
el cual más nos aproximamos a los ángeles.
Santo Tomás ha tomado en consideración el hecho de que el
conocer humano sólo es posible mediante un volverse del entendimiento hacia los
datos de la fantasía emanados del conocimiento sensible.
Así pues, afirma Santo Tomas: "El Origen de nuestro
conocimiento se halla en los sentidos; explicar el conocimiento humano es
definir la colaboración que se establece entre las cosas materiales, los
sentidos, y el entendimiento".
CLASES DE REALISMO
1. Realismo Inmediato. Toda tentativa para superar la
oposición entre el realismo y el idealismo, está condenada al fracaso. Nos
queda el interrogante de si no podríamos llegar al realismo partiendo del
idealismo. Toda la cuestión consiste en saber si podemos encontrar el ser
partiendo del pensamiento, no hay duda de que es posible, pero hallaremos el
ser ideal del idealismo, no el ser real del realismo. De hecho, podemos afirmar
que el realismo no se demuestra y tampoco necesita demostrarse.
sostiene que la
noción de realismo crítico es tan contradictoria como la círculo cuadrado. Pues
una crítica del conocimiento, dice, tiene como fin fundamentar a priori el
conocimiento limitándolo a los fenómenos".
2. Realismo Crítico. El realismo crítico "pretende
superar el realismo ingenuo y el natural. Concibe la diferencia ente re los dos
miembros, sujeto – objeto. Cada uno de ellos tiene su función propia". Los
realistas críticos trataron de responder diciendo que los datos inmediatos de
la percepción apuntan a objetos físicos fuera de sí mismo.
El realismo crítico piensa que incluso después de la
investigación de Kant sobre la participación que la facultad cognoscitiva del
hombre tiene en la imagen de la realidad objetiva, se puede mantener la
posición fundamental del realismo.
3. Realismo e Idealismo. El realismo idealista admite que
buen número de objetos no existen más que en le pensamiento. "En algunos
casos lo que conocemos existen en sí, independientemente de nuestro conocimiento,
de nuestro pensamiento, de toda actividad de nuestro espíritu".
Podemos ver, pues, entre el realismo y el idealismo una
verdadera contradicción, y es necesario elegir uno de los dos términos y
excluir el otro.
La intención declara Bergson "es no dar la razón ni al
realismo, ni al idealismo".
ACTUALIDAD DEL PENSAMIENTO
El realismo es una de las disciplinas filosóficas que más
conservan su esencia en cuanto al planteamiento del conocimiento, es una de las
que menos se ha vulgarizado y continúa perteneciendo al plano intelectual. Para
saberse realista hay la necesidad de indagar, cuestionar e investigar el
sistema filosófico como tal, difícilmente se llega a ser realista por
accidente.Sabiendo que el realismo despoja de toda interpretación u opinión,
podría afirmarse que el hombre de hoy está lejos de serlo, porque especula más
que nunca, se apersona de planteamientos y da con carácter de mucha certeza
visiones que pueden responder solamente a impresiones.
Del realismo se desprende la subjetividad concebida, como la
manera neutral de mostrar la verdad, y que para muchos otros sistemas
filosóficos no responde más que as una utopía, porque con el avance de los
medios de comunicación la hominización del mundo, de la ciencia y de la
sociedad la vida aparece cada vez más fragmentada, las cosas que ayer eran
reales para el hombre, hoy aparecen viables de otra manera en otra cultura
distinta.
El realismo ha podido ser columna del conocimiento en tanto
que sin permitir la interpretación sostiene principios y postulados que
habiendo sido suficientemente argumentados sostienen. La ventaja está en que el
conocimiento no depende del ir y venir del tiempo y de la psicología humana,
sino que se ancla en verdades universales, la desventaja se encuentra en que al
parecer ortodoxa no permite un proceso ágil de conocimiento.
La pérdida del realismo ha hecho que el conocimiento sea
condicionado por la cultura y el folklore y se pase al relativismo.
Filosóficamente el realismo también fundamentado hipotéticamente convence mucho
a la actualidad, pero en el sentido práctico ha perdido fuerza y ha pasado a
ser un ideal de conocimiento.
Hoy el hombre se inclina más por visiones que le permitan
mayor apertura, menos academicismo y más pragmatismo.
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