11 BLOQUE DE HERMENEUTICA
HERMENÉUTICA BÍBLICA Y
TEOLÓGICA
El presente trabajo se inscribe en el marco concreto de un
conjunto de estudios sobre las discusiones actuales acerca del método
teológico. Las reflexiones que siguen se centran en el modo de articular los
saberes y métodos del exegeta bíblico y del teólogo sistemático a la hora de
realizar la tarea que es propia de la teología. Ahora bien, si queremos dar a
esta pregunta una respuesta pertinente, no podemos olvidar la cuestión que está
en el trasfondo y es necesariamente previa: cómo ha de leerse e interpretarse
la Biblia, para que sea posible una relación adecuada con la elaboración
teológica. De la respuesta a ambas cuestiones, que afectan de manera muy
directa al método teológico, se derivan posiciones y actitudes decisivas en
orden a una reflexión teológica, que en nuestro caso se sitúa claramente dentro
de la órbita de la Iglesia católica. En consecuencia, este trabajo se
estructura en los siguientes apartados, algunos ya estudiados por mí en
diversas ocasiones, lo que evitará el que me entretenga demasiado en
ellos: Tras una breve aclaración
terminológica sobre lo que aquí se entiende por hermenéutica bíblica y lo que
se quiere aquí decir con la palabra «teología», haré una sucinta exposición de
las relaciones entre interpretación bíblica y elaboración teológica a lo largo
de la historia, tratando de presentar los problemas planteados y los modelos
que se han ido usando. Inmediatamente
nos centraremos en exponer las bases de una hermenéutica bíblica católica, que
responda tanto a los planteamientos de la actual filosofía hermenéutica, como
sobre todo a las orientaciones de la Constitución Dei Verbum del Vaticano, sin
olvidar el más reciente documento de la Pontificia Comisión Bíblica sobre la
interpretación de la Biblia en la Iglesia... A partir de estos datos, intentaré
establecer las relaciones entre interpretación de la Biblia y elaboración
teológica. a la luz de un modelo adecuado.
Finalmente, añadiré alguna reflexión sobre determinadas orientaciones
teológicas que se perciben en la actualidad y el modelo hermenéutico que
subyace a ellas. 1. ALGUNAS NOTAS SOBRE Terminología Por lo que se refiere a la
terminología, el primer término que debe aclararse es el de interpretación. No
olvidemos que la palabra es ambigua y se ha usado con significados variados,
tanto a lo largo de la historia como en este momento'. Aquí uso la palabra para
significar la elucidación del texto (bíblico) en su perspectiva y significado
tanto histórico como actual. Supone siempre la aceptación explícita o implícita
de unos principios hermenéuticos y de unos criterios de actuación. En este
trabajo se utiliza para significar tanto la elaboración de principios y
criterios hermenéuticos, de los cuales hablaré enseguida, como la tarea
exegética concretamente aplicada al texto. En cuanto al significado de Biblia,
debo puntualizar que, aunque lo que aquí diré tiene aplicación a la Biblia en
general, por tanto también a la Biblia judía, me refiero de un modo concreto a
la Biblia cristiana, tal y como ha sido recibida en la Iglesia católica.
Aunque, naturalmente, se parte del canon bíblico recibido y aceptado en el
Concilio de Trento, este aspecto no tiene demasiada importancia en el presente
trabajo, por lo que puede aplicarse cuanto diga a la Biblia de cualquier
confesión cristiana. La palabra Teología se usa aquí con el significado de
reflexión sistemática sobre la revelación y la fe. No se trata, por tanto, de
una forma de conocimiento que se limita a constatar datos, sino que busca el
porqué de las cosas, que intenta presentar los contenidos de la revelación de
manera estructurada y coherente en relación con las cuestiones siempre nuevas
que cada cultura y cada época plantean al hombre creyente. De aquí la
imprescindible evolución de la teología, su necesaria relación con los
documentos que contienen la revelación, la articulación que busca con ayuda de
diversos sistemas filosóficos; de aquí también los distintos sistemas y
escuelas existentes, la tarea constante e in acabada que siempre tiene delante
de sí el teólogo. Véase lo que digo a este propósito en Introducción al Estudio
de la Biblia. Biblia y Palabra de Dios,
así como la bibliografía allí aducida. Cito siempre este manual universitario
por esta edición y con el nombre Biblia y Palabra de Dios. 2. Véase, por
ejemplo, el artículo clarificador de H. FRIES en H. FRIES (ed.), Conceptos
Fundamentales de Teología, IV, Madrid 1967, 313-327; más ampliamente, véase el
completo estudio de A. GONZÁLEZ MONTES, Fundamentación de la fe, Salamanca
1994, quien además se refiere, desde otra perspectiva, a los problemas que aquí
hemos de tratar (cf. HERMENÉUTICA BIBLICA Y TEOLOGICA 209 Una última
aclaración. Cuando hablo de biblistas o de exegeta en este trabajo me estoy
refiriendo al exegeta bíblico profesional, sin prejuzgar que él también pueda o
no calificarse de teólogo. Y cuando hablo de teólogo, me estoy refiriendo al
teólogo sistemático profesional, tomando la expresión «teólogo sistemático» en
sentido amplio, es decir, incluyendo en ella tanto al especialista en teología
fundamental y dogmática, como al moralista o al teólogo espiritual. Por
supuesto, tampoco se excluye la inevitable tarea exegética bíblica que
todo logo debe asumir, sea de primera
mano o a partir de estudios bíblicos.
BIBLIA y HERMENÉUTICA
EN EL PASADO
Hace algunos años publiqué una reflexión sobre las relaciones
entre la teología sistemática y la exégesis bíblica. De ella resumo algunos
planteamientos, que me parecen todavía pertinentes. 1. El modelo hermenéutico
bíblico-patrístico Es un hecho admitido que la interpretación de los textos
bíblicos se detecta ya en el interior mismo de la Biblia, tanto en el AT como
en el Nuev04 • Normalmente estas interpretaciones ponen de relieve como
factores determinantes la acogida de las raíces identificadoras que están
presentes en los textos interpretados, el diálogo con la cultura del tiempo del
nuevo intérprete y una propuesta de esperanza y de futuro. Por lo que se
refiere a las interpretaciones que el NT hace de textos del AT, hay que añadir además
la relectura e concretamente de la misma obra. La descripción básica de lo que
es teología la dio el Concilio Vaticano 1; según éste, la razón, iluminada por
la fe... llega a conseguir, con la ayuda de Dios, una cierta inteligencia muy
fructuosa de los misterios, bien sea por analogía con lo que conoce por vía
natural, bien sea por la conexión de unos misterios con otros y con el fin
último del hombre (OS 3016). Se trata, pues, según la expresión clásica de la
inteligencia y Hermenéutica Bíblica, «Revista Española de Teología» 49 (1989)
185-208 = Escritura y Teología, en L. ALONSO SCHOKEL/A.M. ARTOLA (eds.), La
Palabra de Dios en la historia de los hombres. Comentario Temático a la
Constitución «Dei Verbum ¡del Vaticano JI sobre la Divina Revelación, Bilbao
1991, 607-629; esta última obra la citaré siempre con el título La Palabra de
Dios. 4. Véanse L. ALONSO SCHOKEL, La Biblia como primer momento hermenéutico
en Jo., Hermenéutica de la Palabra 1. Hermenéutica bíblica, Madrid 1986;
original italiano, trabajos, con la bibliografía en ellos señalada, son los que
están en la base de cuanto se dice en este apartado. 210 JOS~ MANUEL SÁNCHEZ
CARO interpretación de las tradiciones neo testamentarias a la luz del nuevo
acontecimiento, Cristo. La interpretación bíblica que los escritores
eclesiásticos antiguos y los Padres de la Iglesia llevan a cabo se mueve dentro
de las mismas coordenadas, aunque condicionados esta vez por el necesario
diálogo con la cultura helenística del tiempo e incluso por las circunstancias
políticas de los seis primeros siglos de nuestra era. De un modo especial, se
plantean en este momento algunos de los problemas constantes de la reflexión
teológica cristiana, a saber, la posibilidad de una lectura cristiana del AT,
la traducción del mensaje cristiano a las categorías culturales del momento, la
necesidad de un canon bíblico de referencia y el problema de los límites de las
diversas interpretaciones de la Escritura. Tanto la interpretación de textos
bíblicos que se detecta en el interior mismo de la Escritura, como la que
llevan a cabo los escritores y Padres de la Iglesia en los seis primeros siglos
de nuestra era, utilizan una serie de instrumentos metodológicos que provienen
del mundo judío y de la cultura helenista. Estos métodos, sin embargo, no son
puros procedimientos técnicos neutros, sino que se consideran instrumentos al
servicio de la interpretación de un texto que tiene características especiales
-es palabra de Dios y palabra humana escrita- y que no solamente cuenta
historias del pasado, sino que tiene vigencia para cada generación. De aquí las
distintas especulaciones sobre los sentidos de la Escritura, elaboraciones que,
desde Orígenes hasta hoy, están siempre al servicio de una interpretación
actualizada de la Biblia. En una palabra, son métodos al servicio de un
proyecto hermenéutico concreto. Es precisamente este proyecto concreto
hermenéutico y no los métodos, que pueden ser los mismos en todos los
intérpretes, el que diferencia las interpretaciones bíblicas de judíos y cristianos,
de gnósticos y pertenecientes a la ortodoxia. Por otra parte, durante estos
siglos -prácticamente hasta el siglo XI-XII- no se distingue entre hermenéutica
bíblica y hermenéutica teológica. Tanto en el interior de la Biblia, como en el
mundo patrístico, la teología nace de la interpretación de los textos de la
tradición en diálogo con las nuevas preguntas que plantea la situación cultural
del momento. Dicho de otra manera, hermenéutica bíblica y hermenéutica
teológica caminan unidas, se identifican en muchos casos, nunca van separadas.
Eso es lo que he llamado en trabajos anteriores el modelo hermenéutico
bíblico-patrístico.
HERMENÉUTICA BI BLICA
YTEOLOC!A 211 2.
El modelo hermenéutico
dogmático Esta situación cambia, cuando
la Biblia pasa a la «Escuela» medieval. La Escritura es entonces concebida como
el testimonio cualificado de la revelación, y la finalidad teológica de la
interpretación de la Escritura, que en ese momento se concibe como la verdad de
la doctrina revelada para instrucción de los hombres, conduce a primar de modo
especial el sentido literal, tal como se establece en la famosa teoría de los
cuatro sentidos. Sólo a partir de este sentido literal puede encontrarse la autócrata,
sobre la que construir la posterior reflexión teológica. El sentido espiritual
ya no es válido para hacer teología, por más interesante que resulte para la
vida espiritual. La teología se elabora mediante una reflexión racional,
llevada a cabo con instrumentos filosóficos y apoyados o confirmados en
«autoridades», la principal de las cuales es naturalmente la Sagrada Escritura.
Nada de extraño tiene que, en el Renacimiento, Erasmo clame por una vuelta a la
teología que sea verdadera y, después,
Lutero y la reforma protestante aboguen por una vuelta a la sola
desgraciadamente condicionada por el rechazo a toda Tradición. A partir de aquí
se inicia la ruptura entre Biblia y Teología. Desde el punto de vista
protestante, la derivación del protestantismo ortodoxo hacia una concepción de
la inspiración como puramente verbal y centrada en la inherencia bíblica,
preparará el choque inevitable con la crítica bíblica, que se inicia en los
tiempos del racionalismo con Spinoza y alcanza su estatuto propio durante los
tiempos de la ilustración con la obra, y la aparición posterior de los métodos
histórico críticos con H. Gunkel. Por una parte, tendremos las tendencias
fundamentalistas protestantes y, por otra, la teología y exégesis racionalista
y liberal, que prácticamente reducirá la teología a reflexión sobre la historia
de las religiones. Desde la perspectiva católica, la controversia pos
tridentina acentúa el valor de las tradiciones en teología y elabora un método
teológico en el que la Sagrada Escritura es un «lugar teológico», ciertamente
el primero, pero con la única finalidad de proporcionar argumentos que
justifiquen las doctrinas propuestas, con lo que la interpretación de la Biblia
se convertirá prácticamente en una ciencia auxiliar, que prepara los materiales
para la reflexión de la teología sistemática o la preparación de argumentos en Las palabras de Melchor CANO no dejan duda… lo
mismo que Aristóteles en sus Tópicos propuso unos lugares comunes como sedes de
los argumentos y notas, a partir de los cuales se encontrase toda argumentación
para cualquier disputa, así nosotros propone- Si a esto añadimos la
complicación exegética reciente, la sospecha de racionalismo e historicismo
que, con razón, arrastran los métodos histórico-críticos y la complejidad
creciente de las modernas lecturas o acercamientos a la Biblia desde las
distintas ciencias humanas, nada de particular tiene que el teólogo sistemático
tienda a desconfiar de los variadísimos y cambiantes resultados de la exégesis
histórico-crítica, sintiendo la tentación de refugiarse en una exégesis
tradicional o en una teología bíblica que considera todos los textos del canon
al mismo nivel. Por su parte, la tentación del exegeta, también del católico,
es la de refugiarse en su condición de especialista filólogo o historiador, de
estudioso de datos positivos, pensando inocentemente que él no hace
construcciones ideológicas ni depende de ellas y prescindiendo de lo que él
considera -no sin un cierto desdén teología. Esta era la situación general en
las vísperas del Concilio Vaticano 11. Esto es lo que he denominado el modelo
hermenéutico dogmático. III.
UN MODELO DE HERMENÉUTICA
Bíblica Algunos presupuestos Las relaciones entre el Biblísta
y el teólogo y sus diversos trabajos han sido objeto de estudio también después
de que el Vaticano II reafirmase que la Sagrada Escritura es el alma de la
teología". De estos trabajos puede aprenderse mucho. Lo más relevante es
que se descubre siempre una cierta insatisfacción por la situación actual y,
casi más unos lugares peculiares o propios de la teología, como domicilios de
todos los argumentos teológicos, a partir de los cuales los teólogos encuentren
todas sus argumentaciones tanto para confirmar como para refutar a propósito de
esta última y de su autor comenta: «Con ella elabora por primera vez de manera
completa las cuestiones del método teológico; y todavía estamos sin haber
esbozado alto proyectó que signifique para la comprensión teológica y cultural
de nuestro siglo lo que el suyo significó para el siglo XVI y siguientes. Sobre esta expresión, que se encuentra en Notas sobre el origen y procedencia.
HERMENÉUTICA BIBLICA Y
TEOLOGICA:
Siempre, el deseo de encontrar un modelo que pueda compartirse
mutuamente y que ayude a superar la excesiva separación de biblistas y teólogos
en la construcción de la reflexión teológica actual. Un modelo de este tipo
debe tener en cuenta la historia recorrida, reconocer las dificultades que
tienen los teólogos y biblistas actuales a la hora de coordinar su trabajo como
especialistas en la Iglesia, asumir las orientaciones del Concilio Vaticano,
permitir el diálogo con la filosofía y las ciencias humanas contemporáneas y no
olvidar las orientaciones del último documento de la Pontificia Comisión
Biblísta, sobre la interpretación de la Biblia en la Iglesia. En cuanto a las
dificultades que tienen los teólogos y biblistas actuales a la hora de
coordinar su trabajo como especialistas en la Iglesia , sin querer ser
exhaustivos, pueden describirse de este modo: -Dificultades del teólogo con
respecto al exegeta: complejidad e impenetrabilidad de los métodos
histórico-críticos; diversidad de conclusiones a que se llega con ellos;
incapacidad para juzgar adecuadamente de las distintas hipótesis; dificultad
para abarcar la inmensa bibliografía existente; queja de que el Biblísta
prescinde en demasiados casos de toda perspectiva transcendente; queja de que
su lenguaje demasiado técnico se hace inutilizable a la hora de comunicar los
resultados de su trabajo al pueblo cristiano. -Dificultades del Biblísta en
relación con el teólogo: no partir básicamente de los textos bíblicos para
construir su teología, sino de otros presupuestos; usar los textos bíblicos sin
tener demasiado en cuenta el contexto particular y general en que se sitúan; no
tener en cuenta adecuadamente los diversos estratos de cada texto o las
distintas épocas de composición de pasajes diversos de la Biblia; orientar la
interpretación de textos bíblicos a partir de presupuestos dogmáticos;
prolongar el significado de los textos bíblicos más allá de lo que en sí
permiten. Por lo que se refiere al Concilio Vaticano. Es claro que tanto el Biblísta
como el teólogo han de asumir las grandes orientaciones que 7. Sobre lo que
aquí entiendo por modelo cf. L. ALONSO SCHOKEL, Modelos y métodos, en
Hermenéutica de la Palabra, I, Madrid 1986,177-193 = «VTS» 36 (1985) 3-13, así
como las precisiones que se hacen en La Palabra de Dios, 615. 8. Sobre esta
cuestión cf. los trabajos que se citan en La Palabra de Dios, 607, nota 1;
además, F. DREYFUS, Exégesis in Sorbona, exégesis in Enlise, «RB» 80 (1975)
321-359; ].M. ROVIRA BELLOSO , Lectura teol6gica de la Biblia, en F. GARCfA
LÓPEZ-A. GALINDO GARCfA (eds.), Biblia, literatura e Iglesia, Salamanca 1995,
195-214; W.G. ]EANROND, Introducción a la Hermenéutica teológica París 1995; original inglés 1991; P. TOINET, Por una teología
de 'exégesis, París 1983. 9. La Pontificia Comisión Bíblica, en su documento de
1993, La interpretaci6n de la Biblia en la Iglesia, Madrid 1994, I1ID, pp.
104-109, enumera algunas de esta dificultades sobre interpretación de la Biblia nos ha
dejado la Constitución Dei Verbum, especialmente, porque son las decisivas,
cuantas. Básicamente se refieren a la naturaleza de la Biblia como libro
inspirado y a las consecuencias que esto tiene a la hora de elaborar una teoría
de su interpretación. En cuanto al diálogo del Biblísta con la filosofía y las
ciencias humanas contemporáneas se trata de un dato adquirido por la
hermenéutica filosófica actual. En efecto, la hermenéutica bíblica es un
capítulo especial de la hermenéutica general, que elabora la teoría general de
las operaciones de la comprensión, especialmente en su relación con la
interpretación de textos bíblicos. En este punto la Pontificia Comisión Bíblica
ha reflexionado en concreto sobre la necesidad y los límites de este diálogo.
Según ella, cualquier teoría hermenéutica bíblica se ha de hacer en diálogo con
la filosofía hermenéutica contemporánea. Además, se consideran como adquiridos
los siguientes elementos: la pre comprensión, la no aceptabilidad de la hermenéutica
existencial, la distancia entre el texto y su intérprete, así como la teoría
del círculo hermenéutico. En este último punto, aunque ambos datos se ponen en
relación con Gadamer y Ricoeur, en realidad se trata de conceptos hermenéuticos
anteriores a estos filósofos; sin embargo Gadamer sí ha puesto de relieve el
papel de la tradición como elemento necesario de comprensión del texto y
Ricoeur ha estudiado con resultados interesantes las distintas distancias entre
texto y lector actual, así como la importancia del lenguaje simbólico de la Biblia
lo Por otra parte, y siguiendo con las mismas orientaciones del documento de la
Pontificia Comisión Bíblica sobre la interpretación de la Biblia en la Iglesia,
conviene anotar aquí su afirmación de que es necesaria una teoría hermenéutica
para interpretar la Biblia. Según ella, debe ser una teoría que permita
incorporar los métodos de crítica literaria e histórica en un modelo de
interpretación más amplio, necesidad que se apoya en la Biblia misma y en la
historia de su interpretación. En el documento, como era de esperar, no se
expone ni se ratifica una teoría hermenéutica concreta, aunque se rechazan
aquellas que suponen una contradicción con la naturaleza misma de la Biblia,
vaciándola de su mensaje religioso y cristiano específico. Por otro lado, se
afirma, como he dicho, que la hermenéutica bíblica pertenece al ámbito de la
hermenéutica general de todo texto literario e histórico, pero se añade que
tiene unas características especiales que la hacen única. «Sus características
específicas le vienen de su objeto». La interpretación de la Biblia en la
Iglesia II Un intento de dialogar con
estas y otras teorías filosóficas hermenéuticas, véase en Biblia y Palabra de
Dios. (Con bibliografía), y en las aplicaciones que se hacen más adelante. HERMENÉUTICA
Bíblica Y Teología 215 que son los acontecimientos de salvación y su
cumplimiento en la persona de Jesucristo en cuanto dan sentido a toda la
historia humana. Además deben tenerse en cuenta ciertos presupuestos
particulares, como la fe vivida en la comunidad eclesial y la luz del Espíritu;
ambos presupuestos dirigen su interpretación 11. Este mismo documento, al
referirse concretamente a la hermenéutica católica12, afirma que ésta no se
distingue por un método exegético científico particular. Su característica es
que «se sitúa conscientemente en la tradición viva de la Iglesia». Tal es la pre
comprensión básica del intérprete católico, que, sin olvidarse nunca del tiempo
y de la cultura en que vive, se ubica en la dinámica interpretativa perceptible
ya en el interior de la Biblia misma, prolongada después en la vida de la
Iglesia. Por otra parte, concluye este apartado recordando que la
interpretación de la Biblia debe ser, para las comunidades eclesiales, fuente
de consenso sobre los puntos esenciales; que ha de ser necesariamente plural y
debe hacerse en el seno de la Iglesia en su pluralidad y su unidad, y en la
tradición de fe; que el exegeta debe participar en toda la vida y la fe de la
comunidad creyente de su tiempo y que su interpretación de la Biblia ha de
estar en continuidad con las tradiciones bíblicas y con la vida de la comunidad
en la que actualmente se lee, por lo que puede haber un trabajo de verificación
y selección de estas tradiciones. Así pues, de cuanto acabamos de decir, está
claro que las relaciones entre hermenéutica bíblica y teología no se
solucionan, sin más, con el establecimiento de un método que permita a teólogos
y exegetas coordinar sus actividades. No es cuestión de puro método. El
problema, como acabo de indicar se sitúa más en el fondo, en la raíz. Lo que es
preciso buscar y encontrar es un modelo hermenéutico para nuestro tiempo, en el
cual se incluyan aquellos elementos que son propios e imprescindibles para el
exegeta y el teólogo católico, así como aquellos otros que permitan dialogar
con la cultura contemporánea y que son, por su propia naturaleza, cambiantes.
Teniendo en cuenta estas exigencias, expondré a continuación las condiciones o
cualidades que debería tener a mi juicio este modelo hermenéutico común; luego
intentaré exponer brevemente los principios y criterios de hermenéutica bíblica
que podría dar lugar a un nuevo modelo de entendimiento mutuo entre exegetas y
teólogos, para pergeñar brevemente cómo podría ser ese modelo. 11. La
interpretación de fe Biblia. A Sobre todo esto. Véase lo que he dicho más
ampliamente en Criterios de interpretación del a fe Biblia en fa Iglesia. En
todo lo que sigue, naturalmente, mi perspectiva es la del Biblísta que intenta
dialogar con su colega teólogo. Digo esto, porque el diálogo en este importante
punto debería ser mutuo y requeriría probablemente no pocas puntualizaciones
por parte del teólogo sistemático. 2. Condiciones para un modelo hermenéutico
común Si queremos superar el modelo tradicional de Biblísta o exegeta que
prepara los materiales para su posterior desarrollo por el teólogo, el Biblísta
católico -pues de éste fundamentalmente hablo, aunque lo que sigue es válido en
gran parte para todos-o debe tener en cuenta lo siguiente: a) Al enfrentarse
con un texto bíblico y someterlo a análisis mediante los métodos
histórico-críticos, no sólo ha de evitar los prejuicios filosóficos
racionalistas, inherentes a estos métodos a causa del contexto en que nacieron
-cosa que parece hoy suficientemente adquirir. Sino que debe también superar su
pretensión de objetividad pura. No debe olvidarse, que también en el uso de
estos métodos entra en juego la particular visión filosófica y teológica del Biblísta,
por más que quiera ignorarlo. Ni él, ni el teólogo pueden prescindir, según nos
advierte la misma Pontificia Comisión Bíblica, de su propio pre comprensión. Lo
importante no es prescindir de ella, lo cual es imposible, sino ser consciente
de cuál sea. b) En consecuencia, el Biblísta necesita a la hora de hacer
exégesis de una teoría hermenéutica. Tal teoría, para la cual necesitará la
ayuda del teólogo, debe integrar el diálogo con la filosofía contemperó- nea y
con las ciencias humanas, debe ser capaz de integrar los métodos históricos
críticos y las relecturas o acercamientos a la Biblia desde esas ciencias
humanas, así como las peculiaridades de la comprensión católica de la Biblia.
La necesidad de esta tarea se impone, si se quiere superar la peligrosa
ingenuidad de que el exegeta es un puro «científico», que trabaja con textos
sin tomar posturas ideológicas previas, mientras que todo el trabajo ideológico
es cosa de teólogosl5 • Ade- 14. Así La interpretación de la Biblia en la
Iglesia 1 A ,
4, pp. 38-39, aunque siempre quede el peligro de sucumbir a aquellas ideologías
subyacentes, como subraya P. TOINET, Pour une théologie de l'exégese, op. cit.,
31-59; véanse también las cautelas de J. RATZINGER, Biblical Interpretation in
Crisis: On the Question 01 the Foundations and Approaches 01 Exegesis Toda], en
R.J. NEUHAUS (ed.), BiblicalInterpretation in Crisis: the Ratzinger Conference
on Bible and Church, Gran Rapids 1989, 1-23. 15. Dentro de la reflexión
metodológica teológica moderna, pueden verse las advertencias fundamentadas
contra esta peligrosa ingenuidad de B. LONERGAN, que habla del re- HERMENÉUTICA
Bíblica Y Teológica 217 más, esta teoría debe dar razón de algunos problemas
importantes planteados a la interpretación bíblica: la unidad y diversidad de
la Escritura, la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento y la necesidad
de actualizar el significado del texto bíblico, que es diálogo actual de Dios
con los hombres (DV 21.25), así como formular en su dimensión hermenéutica las
relaciones Escritura-Tradición y Escritura-Magisterio, tal como figuran en la
conciencia católica. 3. Propuesta de un modelo de hermenéutica bíblica En
consecuencia de todo lo dicho, el biblista debe hacer consciente su
hermenéutica bíblica dentro de las condiciones ya mencionadas. De manera
esquemática, pues el tema ya lo he desarrollado en varias ocasionesl6 ,
presento ahora mi propuesta. Cualquier hermenéutica católica de la Biblia ha de
ser consciente de los principios en que se apoya. Ésta es la precomprensión del
exegeta católico. Dos son a mi juicio los principios básicos, a partir de los
cuales deben elaborarse los criterios de interpretación de la Biblia en la
Iglesia. Y ambos tienen que ver con la inspiración de la Biblia. El primero
deriva de la encarnación del Verbo, el segundo de la iluminación del Espíritu.
a) El principio de la encarnación El principio básico para fundamentar una
adecuada interpretación de la Biblia es el que establece la naturaleza de este
libro que llamamos Biblia. Si aceptásemos que la Biblia es un libro religioso
sin más, los criterios de interpretación de ese libro serían los comunes para
interpretar cualquier libro religioso antiguo. Sin embargo ésta no es la
conciencia que los cristianos tienen de la naturaleza de la Biblia. Para un
cristiano, la Biblia es Sagrada Escritura inspirada por Dios. Y para un
católico, concretamente, la naturaleza de la Escritura chazo al principio de la
cabeza vacia; cf. Método en teología, Salamanca 1988; traducido de la segunda
edición inglesa de 1973, 149-167; o las observaciones de A. GONZÁLEZ MONTES,
Fundamentación de laje, Salamanca 1994,421-435, que analiza agudamente el componente
ideológico de los métodos histórico-críticos y hace una propuesta para
complementarlos -discutible en algunos puntos- a partir de lo que él llama la
exégesis espiritual. 16. He aquí algunos de los trabajos en que ya he tratado
la cuestión: La lectura eclesial de la Biblia, en La Palabra de Dios, 643-668 =
Communion. "RevCatInt» 8 (1986) 269-91; Introducción al Estudio de la
Biblia. 2. Biblia y Palabra de Dios, 315-363; Criterios de interpretación de la
Biblia en la Iglesia, en Biblia, Literatura e Iglesia, op. cit., 133-154. 218
JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ CARO se expresa en la afirmación dogmática de su
inspiración por el Espíritu Santo. Del modo como se explique esta afirmación
básica, se deducirán criterios concretos de interpretación. Por eso no está de
más que dediquemos unas palabras a esta cuestión. Comencemos diciendo que no
siempre se ha entendido de la misma manera la inspiración bíblica, como
demuestran estudios históricos recientes? Sobre todo, durante finales del siglo
pasado y hasta el Concilio Vaticano ll se puso el énfasis de manera casi
general en la inspiración como carisma del hagiógrafo, que garantizaba la inherencia
bíblica, buscando para su explicación diversos modelos derivados sobre todo del
carisma de la inspiración profética. Esto hizo que se indagase preferentemente en
los aspectos psicológicos de la inspiración, es decir, en lo que pasa en el
autor sagrado para que se pueda producir un texto inspirado. Dios debía
intervenir en los momentos esenciales de esa producción. El esquema más clásico
de esta intervención fue el propuesto por León XIII en la encíclica
Providentissimus Deus de 1893 (EB 125)18, según la cual Dios debía intervenir
iluminando la inteligencia del hagiógrafo, fortaleciendo su voluntad y
asistiéndole en el momento de escribir, para que no cometiese errores. Por otra
parte, la connivencia de la acción de Dios y de la acción humana se explicaba
generalmente mediante una aplicación de la teoría de la concurrencia entre la
causa eficiente principal y la causa instrumentaP9. El resultado fueron muchas
especulaciones y una separación total entre las explicaciones teológicas del
dogma de la inspiración y la exégesis real que llevaban a cabo los exegetas,
tanto protestantes como, de hecho al menos, católicos Pero la inspiración tiene otra dimensión que
afecta directamente al texto bíblico. Mientras que la inspiración del
hagiógrafo, según la doctrina tradicional, se lleva a cabo mediante un carisma
transitorio, que habilita al hagiógrafo para producir un texto escrito que es a
la 17. Así puede verse en las clásicas historias del dogma de la inspiración;
cf. J. BEUMER, La inspiración de la Sagrada Escritura, en M. SCHMAUS-A.
GRILLMEIER-L. SCHEFFCZYK (eds.), Historia de/os dogmas. Madrid 1973; J.T.
BURTCHAELL, un resumen con bibliografía
en Biblia y Palabra de Dios, , Bolonia 1993. 19. En la misma línea se movía la
encíclica de Pío XII Divino, quien sin embargo añadía que el autor humano del
que se servía Dios para la composición de la Escritura, debía actuar con plena
libertad. La Escritura inspirada,
HERMENÉUTICA BIBLICA Y TEOLOGICA. vez palabra de Dios y palabra humana,
la inspiración de la Biblia es una cualidad permanente del texto bíblico, por
la cual estamos ante un libro que es a la vez palabra de Dios y palabra humana.
Desde la primera perspectiva, el carisma de la inspiración se ha tratado de
explicar mediante el modelo paralelo de la profecía. La dificultad es que la
profecía es un fenómeno básicamente oral, mientras que la inspiración es un
fenómeno de escritura, que produce un resultado permanente, cosa que no ocurre
en el fenómeno de profecía, donde lo que puede permanecer es el efecto causado
por la profecía, pero no la profecía misma, que se agota en el momento de ser
pronunciada. No olvidemos que la profecía escrita posteriormente es ya un
fenómeno de inspiración, no propiamente de profecía. Para el fenómeno de la
inspiración bíblica referido al libro no se elaboraron modelos hasta más tarde.
Ya no vale el modelo de la profecía, sino que debemos inspirarnos en la reflexión
humana sobre el fenómeno de la escritura. En esta línea han sido de especial
interés, aunque desde perspectiva algo diferentes, los trabajos de autores como
L. Alonso Schükel, A. Paul, T. A. Hoffman y A.M. Artola21 Puesto que lo que se lee e interpreta es un
texto bíblico, es decir, el libro y no la pura intención del autor o autores
que lo escribieron (a la cual, por otra parte sólo puede llegarse a través del
libro), es a partir de la cualidad de libro inspirado, de donde se deben
deducir los criterios de interpretación, dejando las discusiones sobre cómo
explicar el carisma de la inspiración bíblica del hagiógrafo. Es decir, se debe
reflexionar a partir de la naturaleza de la Biblia, para establecer unos
criterios de interpretación de la Biblia. Y, por tanto, el primer principio es
el que establezca la naturaleza de la Biblia. Por otra parte, dado que la
Sagrada Escritura es en la fe de los creyentes aquel libro en el que se
encuentra escrita una palabra que es a la vez palabra de Dios y palabra humana,
pronto se estableció una comparación entre la encarnación del Verbo y la
encarnación de la palabra escrita. La formulación tradicional de san Juan
Crisóstomo (In Gen 3,8, homilía 17,1; PG 53,134), ha sido recogida por el
Concilio Vaticano JI, que se expresa del siguiente modo: 21. Cf. el artículo
premonitorio de L. ALONSO SCHOKEL, Preguntas nuevas acerca de la inspiraci6n,
en XVI Semana Bíblica Española, Madrid 1955, 273-290; además, su clásico libro
La palabra inspirada, Barcelona 1966; A. PAUL, Inter testamento, Cuadernos
Bíblicos, 12, Este Ba 1983, original de 1975. La inspiraci6n y el canon de las Escrituras,
Cuadernos Bíblicos. «Dios autor de los libros sagrados» a «La Escritura como
obra literaria». Reflexiones sobre un siglo de teología inspiracioncita, «En La Escritura inspirada
119-135; ID., Biblia y Palabra de Dios, 139sg., especialmente 183-192. 220
Jase. MANUEL SÁNCHEZ CARO «La palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se
hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre, asumiendo
nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres» (DV 13). El
principio básico de la encarnación, tal y como lo expresa la DV, lo recoge el
papa Juan Pablo II en su discurso sobre la interpretación de la Biblia en la
Iglesia, dirigido a los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica el 23 de
abril de 1993, con motivo del centenario de la encíclica Providentissimus Deus,
para justificar la necesidad de usar los métodos científicos en la
interpretación de la Escritura, Tanto aquí, como en el Concilio se dice
prácticamente que el misterio de la inspiración bíblica, que condiciona los
criterios de interpretación de la Biblia, no es más que una variante del
misterio de la encarnación. Si queremos formular ahora este principio básico,
podríamos hacerlo de la siguiente manera: La Biblia es un libro inspirado, es
decir, se realiza en él un misterio paralelo al de la encarnación del Verbo.
Esto quiere decir, que la Biblia es verdadera palabra de Dios escrita y
verdadera palabra humana escrita. Cualquier criterio de interpretación de la
Biblia que se elabore ha de partir necesariamente de este principio. En
resumen, la Biblia, como libro inspirado, es un misterio equivalente al de
Cristo como Hijo de Dios y verdadero hombre. Ambas cualidades, la humana y la
divina, son inseparables tanto de Jesucristo, como de la Biblia, aunque puedan
tratarse separadamente por razones metodológicas. La historia de la
interpretación de la Biblia no es otra cosa que la historia de la aplicación de
unos criterios a partir de unos presupuestos o principios y corre paralela en
gran parte a la historia de la interpretación de la figura de Jesucristo
(Cristología). b) Criterios derivados del principio de la encarnación A partir
de este principio, definidor de la naturaleza de la Biblia cristiana, podemos
ahora elaborar una serie de criterios, normas de tipo general que orientan la
exégesis bíblica para llegar a conocer el sentido verdadero de un texto
bíblico, en los cuales pueden integrarse muchos de los elementos de la exégesis
bíblica, que antes hemos indicado. 22. Véase el discurso en Pontificia Comisión
Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, especialmente la Hermenéutica BIBLICA Y TEOLOGIA 221 La pre
comprensión básica La pre comprensión básica del intérprete católico de la
Biblia deriva necesariamente de su comprensión previa de lo que es la Biblia,
es decir, está relacionada directamente con su comprensión de la Escritura. Por
una parte, y como sucede ante cualquier texto que se interprete, el exegeta
católico debe ser consciente de que participa del conocimiento y los prejuicios
habituales en los demás intérpretes: una cultura determinada, una visión
concreta de la vida, una circunstancia socio-cultural determinada en cada
momento de la interpretación. Pero hay algo más. El intérprete cristiano en
general, y el católico en particular, sabe que la Biblia es un libro inspirado,
palabra humana y palabra de Dios escrita. Por tanto pertenece a la pre comprensión básica de la interpretación de
la Biblia en la Iglesia la apertura a la dimensión transcendente de la vida, la
aceptación de que en ese libro Dios habla. Por otra parte, el intérprete
cristiano sabe que la Biblia es un libro que nace en la Iglesia, al mismo
tiempo que la constituye y se constituye en reflejo y espejo de ella, en norma
para su actitud constante de reforma. De aquí que pertenezca a la pre
comprensión básica de la interpretación de la Biblia en la Iglesia el situarse
en el corazón mismo de la Iglesia y no independientemente de ella. Este
criterio general se concreta en los que siguen. La palabra humana de la Biblia
Sólo hay acceso posible a la Palabra de Dios, que es la Biblia, a través de la
palabra humana que ella es. El principio de la doble naturaleza de la Escritura
es un reflejo del principio de la doble naturaleza de Jesucristo. No tenemos
acceso a Jesucristo si no es a través de su humanidad, de su inserción en la
historia. Igualmente, no podemos entrar a interpretar la Biblia, si no es a
través de su dilucidación como libro. Este criterio es el que justifica que se
empleen todos los métodos actuales de exégesis, siempre naturalmente que se
eviten presupuestos filosóficos o ideológicos que sean contrarios a los
contenidos mismos de la Biblia, pues en este caso ya no estamos en la pre
comprensión justa y necesaria. El criterio viene formulado en Dei Verbum 12b,
acentuando sobre todo, debido a la historia inmediatamente previa, el uso de
los géneros literarios. Este criterio es el que usa la Pontificia Comisión
Bíblica para justificar el uso de los métodos histórico-críticos y de los
acercamientos de todo tipo a la Biblia. Así en lA (30): «Puesto que la Sagrada
Escritura, en cuanto "Palabra de Dios en lenguaje humano", ha sido
compuesta por autores humanos en todas sus
partes y todas sus fuentes, su justa comprensión no solamente admite como
legítima, sino que requiere la utilización de este método». y de manera
igualmente clara, al describir las dimensiones características de la
interpretación católica, se afirma: «La exégesis católica no procura distinguirse
por un método científico particular. Ella reconoce que uno de los aspectos de
los textos bíblicos es ser obra de autores humanos, que se han servido de sus
propias capacidades de expresión y de medios que su tiempo y su medio social
ponían a su disposición. En consecuencia, ella utiliza sin segundas intenciones
todos los métodos y acercamientos científicos que permiten captar mejor el
sentido de los textos en su contexto lingüístico, literario, socio-cultural,
religioso e histórico, iluminándolos también por el estudio de sus fuentes y
teniendo en cuenta la personalidad de cada autor La exégesis católica contribuye así
activamente al desarrollo de los métodos y al progreso de la investigación»
(III, 79)23. La intención del autor Conocer la intención del autor bíblico ha
sido uno de los objetivos tradicionales de la exégesis y, ciertamente, no se
debe prescindir de intentar un acceso a lo que él intenta comunicar. Pero esto
no es tan fácil ni tan claro como a veces se presenta La insistencia en este punto se debe sobre
todo a una comprensión de la inspiración casi exclusivamente como carisma del
hagiógrafo: puesto que el haga- grafo ha sido inspirado por el Espíritu Santo,
si queremos saber lo que el Espíritu nos quiere decir, debemos conocer la
intención del hagiógrafo. Esta manera de razonar hay que matizarla. En primer
lugar por la complejidad que supone el término aparentemente claro de autor bíblico.
¿Quién es el autor bíblico: el primero, el último, el redactor final, el
traductor, todos ellos? Además, la reflexión hermenéutica contemporánea nos ha
puesto en guardia frente a una aceptación in- 23. Lo mismo afirma el Papa Juan
Pablo II en el discurso en que se presentó este documento, nn. 8-9. 24. F . DREYFUS dedica un
largo párrafo (concretamente el n. 5) a esta cuestión en su artículo. En él
defiende la necesidad de centrarse en la intención del autor, si lo que se
quiere es conocer el mensaje del texto y no tanto el texto mismo. El autor
polemiza, con razón, con la exégesis de tipo estructuralista, que considera un
texto inmanente, es decir, cerrado en sí mismo. Lo que yo afirmo no es que se
descuide la intención del autor, sino que esa intención es viable sólo a partir
del texto mismo y siendo consciente de la complejidad de esta tarea. Bíblica Y Teóloga
la lengua de este criterio. Como explico
en otra parte2 5, hay ya una primera distancia entre lo que un autor quiere
decir y lo que escribe para decirlo; además, entre la obra y un lector
determinado hay todavía una distancia mayor, puesto que el lector no comparte
necesariamente la mayoría de los elementos que componen el universo cultural
del escritor. Por otra parte, una concepción de la inspiración bíblica más
centrada en ser cualidad de un libro, que carisma temporal de un hagiógrafo,
nos ayuda a matizar la tarea de conocer la intención del autor bíblico. Si a lo
que tenemos acceso es al libro inspirado y -sólo a través de él- al autor
inspirado, lo importante es estudiar lo que el texto dice, no lo que pudo haber
querido decir el autor. Esta parece ser la manera de pensar. Aquél párrafo tan
complejo de 12a, en cuyo trasfondo se encuentra la famosa discusión sobre el
sentido pleno de la Escritura: el intérprete de la Escritura, para conocer lo
que Dios quiso comunicarnos, debe estudiar con atención lo que los autores
querían decir y Dios quería dar a conocer con las palabras de ellos». En
consecuencia, se impone aquí una primacía del texto para conocer lo que el
autor quiere decir a una indagación de tipo psicológico acerca de la conciencia
del autor sagrado. Tengamos en cuenta que el problema es en gran parte paralelo
al de la doble o única conciencia de Jesús. Sea cual fuere la solución de ese
espinoso punto de la Cristología, es claro que sólo llegaremos a comprender el
pensamiento de Jesucristo a través de lo que él nos ha comunicado, es decir, a
través de lo que humanamente, si bien con la ayuda del Espíritu, podemos saber
de su vida y de sus palabras. Por tanto, deberíamos recordar en este punto que
la intención del autor sólo nos es accesible a través del texto escrito y que,
aún en este caso, para conocer lo que Dios quiere decir y dice en la Sagrada
Escritura es necesario conocer tanto los condicionamientos e intención de su
autor o autores humanos, como los de su lenguaje, que no siempre dependen de la
intención de los autores humanos. Sobre el uso de los métodos bíblicos
científicos Ya está dicho lo sustancial. De la naturaleza de la Biblia se
deduce que todos los métodos bíblicos científicos en principio son utilizables,
siempre que cumplan las condiciones que ya hemos expuesto. Una de las
condiciones básicas es que se elimine de ellos todo compo- 25. ef. Biblia y
Palabra de Dios, 322-324. 224 JOSÉ MANUEL SANCHEZ CARO nente ideológico que
excluya una apertura a la transcendencia. Así lo expresa con razón el documento
de la Pontificia Comisión Bíblica. Baste releer el texto que hemos reproducido
más arriba, al hablar de la palabra humana de la Biblia. c) El principio de la
iluminación del Espíritu Hay un segundo principio, que también tiene que ver
con la naturaleza de la Biblia, es decir, con la inspiración. Es el principio
de la interpretación de la Biblia en el Espíritu. A.M. Artola ha llamado la
atención con acierto sobre la conexión que existe entre la inspiración y la
interpretación de la Escritura «en el Espíritu», que propone Dei Verbum 12, y
M.A. Malina Palma la ha desarrollado a fond0 2G • En efecto, el número 12 de la
Constitución Dei Verbum afirma que la Escritura ha sido escrita «en el Espíritu
Santo» y, por tanto, sólo en el mismo Espíritu puede leerse e interpretarse.
Que la Escritura ha sido escrita en el Espíritu Santo, quiere decir que ésta ha
sido escrita bajo la acción del mismo Espíritu de Dios que actuó en las etapas
del Antiguo y Nuevo Testamento, el mismo que dio a conocer al pueblo de Israel
la revelación de Dios mediante hechos y palabras, el mismo que Jesucristo deja
a su Iglesia para que reconozca en sus obras y en su palabra la plenitud de la
revelación de Dios, el mismo que guió a la Iglesia para reconocer en esos
escritos la definitiva revelación de Dios y le condujo a someterse a ellos como
normativos y canónicos. La consecuencia es que, igualmente, el mismo Espíritu
que habita y vive en la Iglesia como palabra interna a ella es el que sigue
dándole a conocer la palabra externa que es la Escritura, haciendo posible su
interpretación auténtica, convirtiéndola en palabra eficaz hoy y siempre. Este
principio pone de relieve con claridad que la Escritura, por ser obra del
Espíritu de Dios y de la acción del hombre iluminada por él, sólo puede ser
leída e interpretada adecuadamente en el mismo Espíritu que sigue actuando hoy
en medio del mundo y de la historia. La interpretación de la Escritura queda
así abierta a todo aquél que se abre al Espíritu de Dios, sin ningún otro
límite, salvo el establecido por el primer principio, es decir, atenerse a la
naturaleza propia de la Biblia, pues nadie puede poner límites al Espíritu.
Ahora 26. Cf. A.M. ARTOLA, La Escritura inspirada, PALMA, La interpretación de la Escritura en el
Espíritu. Estudio histórico y teológico de un principio hermenéutico de la
Constitución "Dei Verbum», Burgos 1987. Sobre el tema cf. también J.M.
SÁNCHEZ CARO, La lectura eclesial de la Biblia, Comunión "RevlnrCat» (ed.
española) 8 (1986) 269- 91; Biblia y Palabra de Dios, 330-51. HERMENEUTICA BIBLICA Y TEOLOGIA 225 bien, aunque el
Espíritu no tiene límites en su actuación, puesto que tenemos la certeza de que
el Espíritu actúa en la Iglesia, como sabemos por la promesa de Cristo, sólo en
la Iglesia tenemos la garantía de una verdadera lectura de la Biblia en el
Espíritu. Como he tratado de probar en otro lugar, la lectura en el Espíritu es
sobre todo la lectura eclesial de la Biblia. Criterios derivados de la lectura
en el Espíritu El principio de la lectura de la Biblia en el Espíritu debe ser
concretado, pues podría interpretarse en el sentido de una lectura «espiritual»
de la Biblia realizada individualmente, al estilo de no pocas teorías
hermenéuticas de matriz protestante. Este principio significa dos cosas básicas.
La primera es que no basta con los métodos científicos de exégesis bíblica para
conocer verdaderamente el contenido de la Sagrada Escritura. La Biblia es un
libro de una naturaleza especial. No accederemos a su dimensión espiritual
profunda (y aquí utilizo la palabra espiritual sin referirme necesariamente al
llamado sentido espiritual de la Biblia), si no nos ponemos en la tesitura de
poder acogerla. Si la Biblia ha sido escrita en el Espíritu, sólo puede ser
rectamente comprendida en el Espíritu, tal como he tratado de explicar más
arriba. La segunda es que, por supuesto, el Espíritu no está limitado a la
Iglesia, pero sólo en ella tenemos la garantía de saber que se nos da el
Espíritu. Por ello este principio general se explicita en tres clásicos criterios
de exégesis en la Iglesia, que ofrecen una perspectiva en la que encontramos
algunas de las observaciones más interesantes de la hermenéutica católica de la
Biblia y que brevemente paso a exponer 28. Además, abre nuevas perspectivas
para una integración de la dimensión actual de la Escritura y nos ayuda a
comprender mejor cuáles son las relaciones del exegeta con la Tradición de la
Iglesia y con el Magisterio. Brevemente expongo los criterios, bien conocidos,
subrayando su conexión con la apertura al Espíritu. El contenido y unidad de la
Escritura Leer la Escritura en el Espíritu significa leerla en la perspectiva
de un contenido global y de una unidad básica. Por supuesto, el contenido La lectura eclesial de la Biblia, Comunión
"RevlntCat» (ed. española) 8 (1986) 269-91. 28. En este punto cf. el
estudio antes señalado de M.A. MOLINA PALMA, así como Biblia y Palabra de Dios,
338-51. 226 JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ CARO do global de la Escritura exige que se
estudie teniendo en cuenta la dimensión histórica y dinámica en que han ido
naciendo y se han ido desarrollando los textos. No basta con acumular sin más
textos bíblicos para poder comprenderlos. Por otra parte, la unidad de la
Escritura, que tiene un punto de partida claro en la pertenencia de todos los
escritos a una cultura que, con todas sus variantes, mantiene una clara
coherencia global a lo largo de la historia -coherencia que se manifiesta hoy
día también en las diversas tradiciones de las confesiones judía y cristianas
que siguen leyendo la Biblia-, se manifiesta de muy diversos modos. Uno de
ellos, puesto de relieve ampliamente por una línea de hermenéutica moderna, es
la unidad canónica. En efecto, la integración de un texto o un libro completo
en un determinado canon bíblico, ilumina necesariamente su comprensión2Y • En
todo caso se trata de una unidad que se percibe a la luz del Espíritu, la cual
nos ayuda a descubrir la única dimensión histórico-salvífica del contenido de
la Escritura. Como he escrito en otra parte, «la atención al contenido y unidad
de la Escritura se lleva a cabo no por mera yuxtaposición de textos, ni
eliminando las diferencias existentes entre el AT Y el NT o entre libros y
textos concretos, sino tratando de descubrir cómo esos libros y textos expresan
dinámicamente distintas etapas y perspectivas de la única historia de la
salvación, y por tanto todos ellos están orientados hacia lo que constituye su
plenitud, Cristo y su evangelio. En consecuencia, se exige una consideración
global y dinámica del conjunto literario e histórico en que sitúa cada texto,
así como una apertura al Espíritu en cuyo ámbito los textos fueron escritos»30.
La Tradición viva de toda la Iglesia En esta perspectiva se integra también el
criterio de la lectura de la Biblia desde la Tradición viva de la Iglesia, que
no es otra cosa sino 29. Cf. en este aspecto las obras pioneras de B.S. CHILDS,
Introducción el Testamento as Escritura, Londres 1979, 84-108; The New
Testamento as Canon: En la Introducción, Londres 1984, 518-30; y la obra
más reciente, en la que presenta el estado de la discusión sobre este tema, Bíblica
Teología y el Testamentos, Londres 1992, 53-94. De interés para este apartado
es también, en la misma línea, basta aquí
la Biblia y Palabra de Dios, 343; un
intento de leer así los textos bíblicos, en este caso referidos a la cuestión
de la unidad y diversidad de la Iglesia, lo llevó a cabo la misma Pontificia
Comisión Bíblica, Ciudad del Vaticano 1989; texto francés y traducción
castellana, sin los trabajos de los componentes de la Comisión, en. (ed.),
Pontificia Comisi6n Bíblica. Comisi6n Teol6gica Internacional, Biblia y
Cristología. Unidad y diversidad en la Iglesia. La interpretaci6n de los
dogmas, Murcia 1992,127-183.
HERMENÉUTICA BIBLICA Y TEOLOGIA:
la presencia viva
del Espíritu en la Iglesia, el Espíritu que va haciendo a la Iglesia releer
constantemente la Escritura en cada nueva circunstancia de la vida de la
Iglesia, realizando una correcta fusión de horizontes y un adecuado crecimiento
de los efectos del texto. Por eso un exegeta en la Iglesia no podrá prescindir
sin más de la tradición interpretativa de la Iglesia, de las enseñanzas de la
historia de la exégesis. No es éste el lugar para ahondar en la exposición de
estos criterios Pero sí me interesa subrayar aquí un aspecto a veces descuidado
y que, a mi juicio, está muy relacionado con este criterio. Se trata de la
confrontación que el exegeta debe hacer entre su exégesis y la explicación de
ésta al pueblo cristiano. Es una manera concreta de ponerse en contacto con el
conjunto de la Iglesia y de abrirse a una posible crítica desde el modo como
percibe la Escritura ese pueblo. Este aspecto, aunque desde un punto de vista
más bien pastoral, ha sido señalado por Juan Pablo II en el discurso de
presentación del documento de la Pontificia Comisión Bíblica. La analogía de la
fe Igualmente, en este horizonte hay que situar la lectura e interpretación de
la Biblia teniendo en cuenta la analogía de la fe, es decir, el mensaje global
de la fe de la Iglesia. Se trata en este caso de interpretar la Biblia en el
contexto del misterio total de la revelación de Dios, que es la verdad del
Evangelio, es decir, el misterio revelado en Cristo, el mismo que nos
transmitió la fe apostólica, el mismo que la Iglesia de cada tiempo asimila y
profundiza bajo la luz del Espíritu a lo largo de la historia. Y, puesto que la
interpretación de la Escritura se ha de hacer en el contexto global del
misterio de Cristo, que no puede agotarse en formulaciones literarias, aquella
está siempre abierta a nuevas profundizaciones de significado, capaces de
percibir nuevas perspectivas del único misterio de Cristo. Por consiguiente, la
tarea de la interpretación no se agota nunca, es una tarea sin fin. 31. Cf.
Biblia y Palabra de Dios, 343-47, donde se apunta la relación de este principio
con alguna de las propuestas hermenéuticas de H.G. GADAMER Y se da la
bibliografía esencial. 32. "Para realizar mejor esta tarea eclesial tan
importante (penetrar y exponer el sentido de la Sagrada Escritura), los
exegetas se deben mantener cerca de la predicación de la palabra de Dios, ya
sea dedicando una parte de su tiempo a este ministerio, ya sea relacionándose
con quienes lo ejercen y ayudándoles con publicaciones de exégesis pastoral»,
Discurso de S.S. Juan Pablo JI sobre la interpretación de la Biblia en la
Iglesia, n. 11, en PCB, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, La
actualización de la Escritura Teniendo en cuenta lo dicho hasta aquí, se
debería intentar la formulación de otro criterio general, que nos ayudase en la
tarea de la actualización de la Biblia en la Iglesia. Tengamos en cuenta que la
realidad de la Escritura es algo constatable y siempre la misma. Pero las
explicaciones de ella han variado constantemente. La lectura en el Espíritu,
tal como la hemos expuesto, nos ayuda a comprender cómo el texto es inagotable,
cómo las subsiguientes lecturas de las diversas épocas han enriquecido el texto
bíblico con nuevas luces, cómo las distintas preguntas al texto pueden
ayudarnos a descubrir nuevas respuestas. Probablemente, todo cuanto se ha dicho
a lo largo de la historia de la exégesis sobre actualización del Antiguo
Testamento, todas las teorías sobre los sentidos de la Biblia, tanto las
antiguas acerca del sentido espiritual y de los cuatro sentidos, como las
modernas sobre el sentido típico y el sentido pleno, puedan unificarse en este
tipo de lectura en el Espíritu, que en parte encuentra una confirmación de tipo
filosófico hermenéutico en teorías como las de Ricoeur sobre el diálogo
lector-texto y la polisemia y autonomía del texto, o en las de Gadamer sobre la
historia de los efectos del texto. Es esta una tarea que queda lejos de nuestro
objetivo en este momento, pero que merece la pena intentar y en la que,
posiblemente, se salvase lo mejor de las teorías hermenéuticas de los sentidos
de la Biblia, permaneciendo siempre fieles en la base al sentido literal de la
Escritura. Quede aquí simplemente apuntado como una de las tareas que tiene la
hermenéutica católica, si quiere dar respuesta adecuada a los esfuerzos
notables que se han hecho a lo largo de tantos siglos con las diversas teorías
sobre los sentidos bíblicos. En este punto, como ya he señalado, las
aportaciones del documento de la comisión son interesantes, pero no logran una
explicación sintética, es decir, una teoría hermenéutica que englobe cuanto en
la Iglesia se ha elaborado sobre los sentidos espiritual, típico y pleno de la
Escritura. Sobre el Magisterio de la Iglesia y la lectura de la Biblia en la
Iglesia Las relaciones Magisterio-Escritura no son fáciles nunca de presentar y
más en campo ecuménico. Pero, a mi manera de ver, siempre situarse en la
perspectiva de los criterios que acabo de enumerar. El Magisterio de la Iglesia
es una realidad constitutiva de ella y asistida por el mismo Espíritu que hizo
nacer la Biblia. Nunca puede estar por encima de la Escritura. Y sin embargo
tiene la capacidad de su interpretación auténtica (Dei Verbum,). No se debe
interpretar el Magisterio de la Iglesia como una especie de cualidad de la
Iglesia que ésta utilice arbitrariamente. Está el sujeto Hermenéutica BIBLICA y
TEOLOCIA a la Escritura, como lo está
toda la Iglesia. No está por encima de ella. Cuando interpreta auténticamente
un texto -cosa que hace con sobriedad, sobre todo por lo que se refiere a
interpretaciones dogma- ticas- no se está imponiendo a la Escritura, sino que
la está leyendo en el Espíritu en comunión con la Tradición Viva de la Iglesia,
en conexión con el mensaje general de la Escritura, y en armonía con la
analogía de la fe. Cómo esto se pueda explicar en cada caso, no entra dentro de
nuestro objetivo en este momento. Baste aquí indicar que cualquier explicación
que se haga ha de ponerse en relación con la lectura e interpretación de la
Biblia en el Espíritu y con el criterio de tener en cuenta la Tradición viva de
toda la Iglesia3l• 4. Un modelo de relaciones entre la hermenéutica bíblica y
la teología A partir de los datos expuestos, llega el momento de presentar un
modelo de relación entre el Biblísta y el teólogo, que nos ayude a situar la
perspectiva y el trabajo de cada uno de ellos en el campo de la teología
católica. Los principios en que se basa este modelo son los dos ya formulados:
el principio de la naturaleza divino-humana de la Escritura y el de la lectura
de la Escritura en el Espíritu. Ambos principios han de ser aceptados por
biblistas y teólogos. Sus consecuencias se establecen ahora en forma de
orientaciones o criterios34 • A partir de ellos podremos pergeñar un modelo de
relación entre biblistas y teólogos. a) Los criterios El Biblísta y el teólogo
han de ser conscientes dela pre comprensión necesaria para entender los textos
bíblicos: aceptación de la doble naturaleza de la Escritura. Este es el primer
criterio, válido tanto para el exegeta como para el teólogo. Esto supone que el
exegeta católico es teólogo siempre, incluso cuando se limita a aplicar
estrictamente los métodos histórico críticos. La razón es que no puede
prescindir de su pre comprensión de la Biblia, que le viene dada por su propia
naturaleza. Pensar que el exegeta pueda prescindir de ella es ilusorio, como ya
he indicado. En caso de hacerlo, utilizará otra pre comprensión, consciente lo que sobre este punto he dicho en Biblia y
Palabra de Dios. Sigo, con algunas modificaciones, la exposición que hice en Palabra
de Dios, rientemente. Además, por ser
teólogo, la tarea del exegeta no puede terminar -salvo casos de trabajos
parciales que forman parte de una obra continuada- en una pura explicación del
texto. El Biblísta no es sólo exegeta (explicador), sino también hermeneuta
(actualizador). Un Biblísta que se quiera sólo exegeta, por más que suponga que
su trabajo es ideológicamente neutro, está cayendo en el error de separar
historia y fe, lo cual conduce a una inevitable actitud ideológica
inmanentista35 y a una comprensión no correcta de la Escritura. Por otra parte,
este principio exige por parte del teólogo un conocimiento suficiente de la
Biblia, la capacidad al menos para leer el texto con espíritu crítico, para
conocer las grandes corrientes exegéticas y, sobre todo, el conocimiento de las
grandes obras exegéticas. También el teólogo puede pecar de ingenuo a la hora
de acercarse al texto bíblico, suponiendo que en él todo es claro y que los
trabajos exegéticas son una jerga ininteligible y poco fiable, de la que en
último término es mejor prescindir. Dicho de otra manera, si el exegeta es
necesariamente teólogo por la imprescindible pre comprensión con que debe
abordar el estudio de la Biblia, el teólogo no puede prescindir de ser exegeta,
a la hora de acercarse a los textos bíblicos que son elemento básico de
cualquier reflexión teológica. Si tenemos en cuenta esto, podremos entender de
un modo nuevo la tarea del exegeta con relación al teólogo. No es simplemente
un proveedor de materiales para la reflexión teológica, sino que también el
teólogo proveerá de materiales al exegeta, para clarificar su pre comprensión
teológica. Hasta bien entrado el medievo, ser Biblísta y ser teólogo eran una
misma tarea y la teología se hacía a partir de la reflexión sobre la Escritura.
Esta tradición, que proviene de la misma época patrística, ha sido continuada
en muchos casos en el ámbito de la teología protestante. Hoy la especialización
exegética requiere dividir el trabajo, pero esta división metodológica no
supone que sean tareas diferentes, realizadas en marcos hermenéuticos
distintos. Lograr esta conciencia de que se realiza la misma tarea, aunque de
forma diferente y en estadios distintos, nos ayudará a reconstruir el modelo
hermenéutico patrístico, sin perder un ápice de la especialización
afortunadamente 10grada36 • 35. Así lo indica ampliamente P. TOINET, Por une, pero
sobre todo cuando analiza la obra de BLONDEL, Historia del Dogma, nacida en el
contexto de las discusiones con la obra exegética de A. LOISY, 70-80. 36. A la luz de cuanto digo,
podrá entenderse que, estando de acuerdo básicamente con la exposición de
Rovira Belloso sobre el modo de usar la Biblia en la teología sistemática,
consideré sin embargo insuficientes sus observaciones, que se centran más en
buscar un método de colaboración e integración de las tareas de biblistas y
teólogos, que en trazar un modelo hermenéutico que ambos puedan compartir; no
me parece suficiente afirmar que HERMENÉUTICA Bíblica Y Teología. El Biblísta y
el teólogo necesitan el imprescindible trabajo histórico crítico, pues esto
equivale a tomar en serio la naturaleza humana de la Escritura. Es una primera
puntualización del criterio anterior. Una puntualización necesaria, porque es
el fundamento de cualquier estudio crítico de la Biblia y, al mismo tiempo, la
salvaguarda contra cualquier tentación de interpretación fundamentalista de la
Escritura. Si un abandono del primer criterio podría conducir a una especie de
nestorianismo bíblico -hablando con el lenguaje de las herejías cristológicas-,
un olvido de éste llevaría asimismo a una especie de monofisismo bíblico,
igualmente rechazable. Desde el punto de las relaciones entre el exegeta y el
teólogo, este criterio nos advierte de que el teólogo no puede prescindir en su
elaboración teológica de los resultados razonables e incluso de las hipó- tesis
-siempre que se tomen como tales- de la exégesis crítica. Por su parte, es
función del exegeta ejercitar una crítica constante sobre los fundamentos
bíblicos en que se apoya el teólogo sistemático, colaborando a una comprensión
más exacta de los textos. Asimismo, es tarea del exegeta la formulación en un
lenguaje contemporáneo de las conclusiones a que ha llegado en su trabajo y la
colaboración con el teólogo sistemático para trasladar al lenguaje teológico
actual lo que la Biblia expresa con lenguaje propio de la época y cultura en
que cada texto fue escrito. El Biblísta y el teólogo sólo pueden comprender
adecuadamente la Escritura si la leen e interpretan en el mismo Espíritu en que
fue compuesta, lo cual equivale a tomar en serio la naturaleza divina de la
Escritura. Es la segunda y última puntualización del primer criterio, a la vez
que consecuencia del segundo principio formulado. Pertenece también al pre
comprensión necesaria para entender la Escritura, pues se trata de leer e
interpretar un escrito, que ha nacido como Escritura cristiana, en la Iglesia y
proviene en último término de Cristo mismo. Nos recuerda, pues, que Cristo y la
Iglesia son anteriores a las Escrituras -también al AT como Escritura
cristiana- y que, por tanto, una interpretación adecuada de las Escrituras sólo
puede hacerse allí donde está garantizada la efusión del Espíritu y la conexión
con la persona y la palabra de Cristo, es decir, en la Iglesia. Éste lo que
aporra el exegeta al teólogo sea, desde e! punto de vista de los contenidos, un
conocimiento más preciso de! texto y contexto bíblicos; ni me parece suficiente
afirmar que, desde e! punto de vista formal, corresponde al teólogo asumir los materiales
que le ofrece la exégesis y la teología bíblicas, para establecer un estado de
la cuestión desde la perspectiva de los estudios bíblicos recientes; Lectura teológica de la Biblia, es, en
consecuencia, el lugar hermenéutico de la interpretación de la Escritura. Desde
el punto de vista de la relación entre teología y exégesis, este criterio nos
recuerda que tanto la tarea del teólogo como la del Biblísta son tareas que se
realizan en el seno de la comunidad cristiana, en la Iglesia, no un estudio independiente,
ni mucho menos algo que se hace frente a ella. Por lo demás, este principio se
diversifica en tres criterios bien conocidos, que enuncio brevemente a
continuación. Leer la Escritura en el Espíritu significa leerla teniendo en
cuenta el contenido y la unidad de toda la Escritura. De cuanto hemos dicho
acerca de la interpretación de este criterio, se sigue que es tarea del exegeta
estar atento a la tradición cultural y religiosa en que están inmersos los
textos de la Escritura, pero sobre todo ser capaz de interpretarlos en el
contexto de una historia dina- mica de la salvación, animada por el mismo
Espíritu que dirige esta historia, bajo cuyo influjo la historia de la
salvación se materializa en textos escritos y se convierte en un conjunto de libros
normativos, cuya plenitud es Cristo y su Evangelio (canon bíblico). El Biblísta
ayudará de esta manera al teólogo a usar la Escritura de manera no parcial, con
referencia no sólo a todos los posibles textos paralelos, sino teniendo siempre
en cuenta la historia dinámica de la salvación, que se expresa en diversas
etapas, manifestadas por las diferentes cronologías de los textos, tal como nos
ayuda a descubrir el método histórico crítico; por tanto, haciendo referencia
también a las diferencias reales existentes entre el AT Y entre textos del
mismo NT, diferencias que no se deben disimular, sino que encontrarán una
unidad superior en el conjunto del canon yen la perspectiva de la única
historia de salvación, cuya culminación es Cristo. El Biblísta debe ayudar
asimismo al teólogo a descubrir que no todos los textos bíblicos tienen la
misma importancia, que hay una jerarquía entre ellos, como expresamente afirma
la Dei Verbum al referirse a los evangelios (cf. DV 18), pues no todos se
refieren con la misma fuerza al Evangelio de Jesucristo, aunque todos orienten
a él. Ésta es la convicción central que permite una lectura cristiana del AT Y
que hace posible, con las variantes que sean oportunas la existencia de una
teología bíblica. Así pues, el Biblísta ayudará al teólogo a situar cada texto,
cada libro, en su contexto histórico e ideológico concreto, mediante el estudio
crítico cuidadoso de cada uno de ellos, ofreciendo al teólogo un contexto
amplio en el que situar los textos bíblicos que maneja, así Hermenéutica Teóloga 233 como elaboraciones parciales de
teología bíblica que el teólogo pueda integrar en su pensamiento y reflexión.
Por su parte, el teólogo ayudará al Biblísta a perfilar los grandes ejes a
partir de los cuales puede elaborarse esa lectura coordinada y completa de la
Escritura. Leer la Escritura en el Espíritu significa también tener en cuenta
la Tradición viva de toda la Iglesia. Desde esta perspectiva, el exegeta no se
limitará a descubrir lo que un texto quería decir en el pasado o a descubrir
sólo los estratos más antiguos del texto, señalándolos como los estratos cuyo
significado es normativo, porque han sido menos afectados por la elaboración
«ideológica» posterior de Israel o de la Iglesia. Los textos han de ser leídos
en la tradición entra bíblica total de la Escritura, pues toda ella es
Tradición viva guiada por el Espíritu. Es más, han de ser leídos e
interpretados en consonancia con las relecturas que de esos textos ha hecho
posteriormente la Tradición viva de la Iglesia. Esta última tarea, sin embargo,
desbordará muchas veces la capacidad del Biblísta y será el teólogo quien tenga
que continuarla y llevarla a cabo, descubriendo las relecturas posteriores que
la Tradición viva de la Iglesia ha hecho de un texto a lo largo de los siglos.
En estas relecturas es donde interviene el trabajo de los escritores
eclesiásticos, de los Padres de la Iglesia y del Magisterio eclesiástico. Desde
el punto de vista de la actual filosofía hermenéutica, puede interpretarse esta
lectura de la Escritura a la luz de la Tradición viva de la Iglesia como una
lectura de los efectos del texto a lo largo de la historia (Gadamer) o como una
profundización en el diálogo de los distintos intérpretes con el texto a partir
de las nuevas preguntas que suscita la realidad concreta de cada momento (P.
Ricoeur). Es desde aquí, me parece, desde donde puede intentarse una
explicación actual del sentido que los exegetas llaman «pleno» y que es tan
discutido. Naturalmente, este crecimiento de la comprensión del texto se apoya
siempre en el sentido literal e histórico originario y es posible porque se
hace en contacto con la Tradición viva de la Iglesia, es decir, en contacto con
el Espíritu que Cristo dejó a su Iglesia y que constantemente la guía hasta
llegar a la verdad completa (cf. Jn 16,13). La tarea del teólogo, en último
término, no es otra cosa que esta relectura constante del texto bíblico a la
luz de la Tradición viva de la Iglesia, para responder a los interrogantes de
los hombres de su tiempo. El resultado final -siempre provisional-- de esta
lectura e interpretación constante del texto acontece, cuando en el curso de
esas relecturas formulamos al texto las preguntas que la realidad contemporánea
nos plantea. El teólogo tiene aquí la misión de plantear nuevas cuestiones al Biblísta,
que intentará responderlas -aunque no 234 JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ CARO siempre y en
cada momento sea posible hacerlo- desde una nueva relectura bíblica hecha en la
perspectiva que el teólogo le ha propuesto y que este mismo continuará. De nuevo,
la relación exegeta-teólogo se convierte en un diálogo mutuamente fecundante y
estimulador, que ayuda a descubrir nuevas dimensiones del texto, dimensiones
sin fin, porque la Escritura es Palabra de Dios inagotable y don escatológico
de Dios a su Iglesia, según la feliz formulación de H. Schlier37 • Leer la
Biblia en el Espíritu significa asimismo tener en cuenta la analogía de la fe.
Como ya hemos indicado, hacer esto significa leer e interpretar la Escritura en
el contexto del misterio total de la revelación de Dios, que es la verdad del
Evangelio, tal como fue formulada por la tradición apostólica y nos es
transmitida en el seno de la Iglesia de cada tiempo. Esto significa para el
exegeta que su interpretación debe hacerse en el contexto de la fe de la
Iglesia, tal como se expresa en cada tiempo y momento. Aquí el teólogo es ayuda
indispensable para el exegeta, al ayudarle a formular la fe apostólica con
categorías contemporáneas bien concretas. Y significa también que el exegeta
deberá contrastar su interpretación constantemente mediante el diálogo con sus
colegas teólogos y con el pueblo cristian038 • b) El modelo Consecuencia de
cuanto he dicho hasta ahora es que no existen dos diferentes modelos
hermenéuticos para el exegeta y el teólogo sistemático católicos con relación a
la interpretación del texto bíblico. Ambos participan del mismo modelo
hermenéutico, pues ambos son intérpretes de la Escritura en las condiciones que
acabamos de esta- 37. H. SCHLIER, Was heisst Auslegung der
Heiligen Schrift?, en Besinnung auf das Neue Testament. Exegetische Aufiiitze und Vortriige,
n, Friburgo B. '1964, 35-62; nótese en este punto la bellísima expresión de san
Gregario, "Scriptura crescit cum legente» (In Ez!, 7,8), que 1. de la
Potterie pone en relación, muy oportunamente, con la Wirkungsgeschichte
gadameriana y con este criterio que estamos exponiendo; así en el prólogo a la
obra de P. TOINET, Pour une théologie de texégese, op. cit., 23. 38. Aquí se
inserta la acertada formulación de Juan Pablo n en el discurso introductorio al
documento de la P. Comisión Bíblica, a la que ya nos hemos referido: «Para
realizar mejor esta tarea eclesial tan importante (ayudar a madurar el juicio
de la Iglesia, n. 10), los exegetas se deben mantener cerca de la predicación
de la palabra de Dios, ya sea dedicando una parte de su tiempo a este
ministerio, ya sea relacionándose con quienes lo ejercitan y ayudándoles con
publicaciones de exégesis pastoral», La interpretación de la Biblia en la
Iglesia, op. cit., Discurso introductorio, n. 11, p. 15.
HERMENÉUTICA BIBLICA Y
TEOLOCIA
235 blecer. La actitud hermenéutica ante los textos bíblicos de uno y
otro es idéntica. La diferencia estriba en una diferencia de método,
simplemente. La tarea hermenéutica que los antiguos escritores eclesiásticos,
los santos Padres y tantos autores medievales tenían delante a la hora de hacer
teología -ellos eran exegetas y teólogos en una misma persona- es la misma que,
a mi juicio, han de tener el exegeta moderno y el teólogo actual. Ambos son
teólogos ante la Biblia y ambos han de respetar sus condicionamientos humanos,
teniendo en cuenta los métodos histórico-críticos y otros existentes. Sólo hay
una diferencia de acento, impuesta por la necesaria especialización: el Biblísta
será más perito en metodología exegética, el teólogo se centrará en prolongar
el trabajo del exegeta, para responder desde el conjunto de la Tradición viva
de la Iglesia a las preguntas actuales que el hombre de hoy plantea a la
Escritura. Pero ni una ni otra tarea son exclusivas, ni excluyentes. Se trata
de un trabajo integrador y en diálogo. Ambos han de leer e interpretar la
Escritura en el Espíritu, y ambos deben hacerlo teniendo en cuenta el contenido
y la unidad de la Escritura, la Tradición viva de la Iglesia y la analogía de
la fe. Desde el punto de vista metodológico, el trabajo del exegeta será
ciertamente continuado en gran medida por el del teólogo, pero sin perder nunca
la perspectiva de un diálogo mutuo corrector, a la vez que enriquecedor. Sólo
desde esta perspectiva puede afirmarse que el exegeta prepara los materiales
para la elaboración teológica posterior. Y es en este contexto donde puede
afirmarse que el teólogo ayuda al exegeta a formular con más claridad el pre
comprensión básica desde la que trabaja, que es la fe de la Iglesia. Cómo esto
se pueda hacer, es cuestión de establecer una metodología concreta que, por lo
demás, puede ser muy variada, dependiendo de las distintas especializaciones
exegéticas y teológicas de cada uno. Sin duda, surgirán tensiones, pues son
inevitables, pero, en cualquier caso, éste me parece el modelo interpretativo
hermenéutico que se deduce de la Constitución Dei Verbum y que subraya con
razón el reciente documento de la Pontificia Comisión Bíblica39 • 39. Esto es
lo que significa. a mi juicio. la expresión de que la Sagrada Escritura ha de
ser como el alma de la teología (DV 24); y a esto parece referirse la
recomendación de que «los exegetas católicos y los demás teólogos han de
trabajar en común esfuerzo y bajo la vigilancia del Magisterio para investigar
con medios oportunos la Escritura y para explicarla •• (DV 23). Por otra parte.
el modelo hermenéutico propuesto. con sus diferencias de método. Me parece
responder adecuadamente a las recomendaciones de la Pontificia Comisión Bíblica
en La interpretación de la Biblia. Algunas consecuencias La propuesta que acabo
de presentar y que, por supuesto, requiere todavía más precisiones y más
trabajo, tiene sin duda consecuencias a la hora de enfocar problemas
importantes de la teología. En este punto bastará, para mostrarlo, presentar
brevemente algunas orientaciones teológicas que se perciben en la actualidad y
que no parecen del todo correctas, precisamente a causa del modelo hermenéutico
que subyace a ellas. A modo de ejemplo, diré una palabra sobre algunas
reconstrucciones histórico-ideológicas de la vida y personalidad de Jesús,
sobre reconstrucciones eclesiológicas a partir sólo de la Escritura, sobre las
teologías a partir del magisterio de la Iglesia y sobre los integrismos y
fundamentalismos que vuelven a reaparecer en la actualidad. Lo que sigue no es,
ni puede ser una presentación detallada de estas propuestas teológicas, sino
sólo un apunte, que permita una primera valoración, a partir del modelo
hermenéutico propuesto, de ciertas iniciativas actuales, que ahora indico sólo
de manera esquemática. Algunas reconstrucciones histórico-ideológicas de la
figura de Cristo Escojamos como ejemplo un libro reciente, el Jesús de , aunque
podríamos tomar cualquier otro intento de reconstruir la figura histórica de Jesús
a partir exclusivamente de modelos supuestamente «científicos», es decir,
basados únicamente en métodos históricos y literarios. Con todo el aparato
científico del libro de, su método y su resultado podrían caer también bajo la
crítica demoledora que en su día hiciera a las vidas de Jesús de la época de la
exégesis liberal. A mi modo de ver es altamente discutible que sea más
científico reconstruir una vida de Jesús, elaborada a base de hipotéticas
fuentes reconstruidas y apoyada en un simple estudio estadístico de los datos
que aparecen en estas fuentes, que no hacerlo a partir de un estudio de los
textos, que, sin renunciar a ninguno de los estudios de fuentes evangélicas
existentes, intente integrar también en la comprensión de esos textos los
logros conseguidos a lo largo de veinte siglos de historia de la Iglesia. En
cualquier caso, no me parece científico prescindir sin más de ello. Por otra
parte, con relación a tomas de postura concretas, como por ejemplo la recepción
del evangelio gnóstico de Tomás como el más primitivo y original de todos los
documentos históricos, la hipótesis es tan discutible y tan poco fundamentada,
que sólo eso valdría para poner en duda gran parte de 40. J.D. CROSSAN, Jesús:
vida de un campesino judío, Barcelona 1994; original norteamericano de 1991.
HERMENÉUTICA BIBLICA Y TEOLOGICA. los resultados. Más
decisivo aún es la asunción de un modelo hermenéutico de tipo cultural y
sociológico, discutible como tantos otros, y aplicarlo prácticamente sin
corrección alguna y como único elemento directivo de la investigación. Por
supuesto, reconstrucciones como la de Cosas suponen mucho trabajo y son siempre valiosas
como intento de estudio de las fuentes. Pero tienen dos grandes defectos:
utilizan la Biblia de un modo que no responde a su naturaleza y prescinden de
la pre comprensión que esa misma naturaleza exige, sustituyéndola, consciente o
inconscientemente por otra. La figura que resulte dependerá de las hipótesis
históricas y del pre comprensión con que se analicen las fuentes. El resultado
será siempre parcial y con mucha frecuencia sesgado ideológicamente. El
problema de estas reconstrucciones no es por tanto un mero problema de método,
sino un problema hermenéutico. Reconstrucciones de la Iglesia pura y verdadera
En la misma línea hay que situar todas aquellas reconstrucciones de la Iglesia
supuestamente «pura» de los inicios, después pervertida por estructuras
sacramentales y jurídicas, que se consagran con la oficialización del
cristianismo en tiempos de Constantino. Por supuesto, no debemos olvidar que la
Iglesia se ha contaminado constantemente de estructuras humanas impuras, que
deben reformarse constantemente. Pero lo que ahora nos interesa es subrayar
cómo el fundamento de estas construcciones teológicas se encuentra también en
una labor exegético-crítica que considera, en e! mejor de los casos, que los
estratos más primitivos de! Nuevo Testamento nos dejan ver una Iglesia de tipo
carismático y sin estructura jerárquica ni sacramental alguna. Digo «en el
mejor de los casos», porque, como bien sabemos, esas reconstrucciones pueden
llevarse hasta e! límite de negar legitimidad a la Iglesia de hoy, ya que no
aparece en los estratos primeros de los textos neo testamentarios ninguna
expresión directa atribuible a Jesús, por la cual este hubiera manifestado su
intención de crear una comunidad estable que continuase su mensaje, al menos
tal como hoy existe: Jesús habría anunciado e! Reino y lo que vino fue la
Iglesia, según la clásica expresión de Líos. En cualquiera de estos casos, se
proponen como normativos esos estratos supuestamente primitivos, frente a las
evoluciones posteriores, que no serían sino fruto de una carga ideológica y
organizativa, impuesta por la ortodoxia triunfante. La institución habría
triunfado sobre e! carisma, la ley sobre e! espíritu, e! sacramento sobre la
palabra. Vuelvo a decir lo mismo. La reconstrucción histórico-crítica de los
estratos primitivos de la organización eclesial es muy útil y nos puede ayudar a comprender mucho mejor a la
Iglesia y a buscar adecuadas líneas de reforma, que siempre necesita. Pero el
exegeta y el saben que la Sagrada Escritura es un todo y que se ha de construir
teológicamente desde un canon concreto, pues esas son las Escrituras que han
nacido en la Iglesia y en las que tenemos garantizada la acción del Espíritu.
Además, saben perfectamente que no se pueden borrar de un plumazo veinte siglos
de lectura e interpretación de la Biblia. Recuérdese lo que hemos dicho de la
lectura de la Biblia teniendo en cuenta la Tradición viva de la Iglesia y de lo
que significa la consideración de los efectos del texto a lo largo de la
historia. Así pues, también en este caso el problema no es puramente un
problema de método, sino una cuestión de hermenéutica. Teologías a partir del
Magisterio Ante estos riesgos, una tentación posible es construir la reflexión
teológica desde la seguridad de las declaraciones magisteriales de la Iglesia
y, a partir de aquí, interpretar los textos bíblicos. La intención puede ser
buena. El procedimiento es teológicamente inadecuado. El resultado es una
teología inmovilista, incapaz de dar respuesta a las cuestiones actuales de
nuestros contemporáneos. Esta postura renuncia a ayudar a la maduración de las
decisiones del Magisterio (DV 12c) y a ella le afecta también un déficit
hermenéutico: se renuncia a una verdadera interpretación de la Escritura y se
somete ésta al Magisterio de la Iglesia, cuando la realidad es al revés, pues
nunca el Magisterio puede estar sobre la Escritura, sino a su servicio. En el
fondo se ha renunciado a la tarea de interpretar la Escritura, que así nunca
podrá ser alma de la teología. Estos teólogos no son verdaderos teólogos, según
el modelo hermenéutico propuesto, puesto que han renunciado a interpretar la
Escritura ya dialogar con sus colegas biblistas. La tentación fundamentalista
Es otra de las grandes tentaciones actuales. El fundamentalismo se distingue
por ser una lectura de la Escritura que se hace individualmente, desde fuera de
la institución eclesial, con la pretensión de poseer directamente el Espíritu y
percibir con claridad la inmediatez de la letra de la Escritura, que sería
directamente accesible al creyente sobre
este punto, además de la clásica obra de J. BARR, Fundamentalismo, Londres
1977, el conocido artículo del fundamentalismo.
Los trabajos más recientes Hay muchas cosas en esta actitud, que ahora no
son del momento. Para nuestra finalidad baste subrayar que aquí también hay un
dé hermenéutico: se renuncia a la
naturaleza humana de la Biblia, al esfuerzo de la exégesis histórico-crítica,
basándose en una concepción de la inspiración bíblica centrada en la letra de
la Biblia y garantizadora de un tipo de inherencia sin matices. Pero, además,
se renuncia a la comunidad eclesial, que es la verdadera destinataria de la
Escritura, en cuyo seno ha nacido, la única que garantiza la luz del Espíritu y
se sustituye, por lo general inconscientemente, por la doctrina del líder en
quien se confía, imposibilitando así cualquier apertura a los métodos
histórico-críticos y cualquier diálogo ecuménico. De nuevo, el problema no es
metodológico, sino hermenéutico. Llega
el momento de concluir esta larga reflexión sobre las relaciones entre hermenéutica
bíblica y teología. No quisiera olvidar que se ha desarrollado en el marco de
una discusión sobre el método en teología. En este contexto nos hemos
preguntado por las relaciones entre teólogos y exegetas bíblicos. Mi respuesta
es que no se trata de una mera cuestión de método. Hay que ir más al fondo de
la cuestión. Tanto el exegeta, como el teólogo son intérpretes de la Escritura
en el ámbito de la Iglesia. Si no se tiene en cuenta esto, el exegeta queda
reducido a mero filólogo o experto de los métodos histórico críticos y el
teólogo a mero filósofo de la religión. Ambas tareas son muy importantes, pero
claramente insuficientes para lo que de ellos tiene derecho a esperar la
comunidad cristiana, a la que en último término sirven.
COMENTARIO:
En nuestro artículo anterior, donde introdujimos el concepto de teología bíblica, decíamos que, a diferencia de los diccionarios, que contienen un glosario de palabras ordenadas alfabéticamente e incomunicadas entre sí, la lectura de la Biblia debe ser integral. Cada versículo está cruzado y enlazado con los demás para entre todos dar el significado canónico de la revelación del único Dios vivo y verdadero. También hablamos sobre la necesidad y la autoridad de la Biblia. El hombre, al ser creado a imagen y semejanza de Dios, necesita la autoritativa e infalible revelación escrita de Dios para poder entender correctamente la realidad de este mundo. Y esto es importante a la luz de lo que vamos a tratar en este artículo. Nuestra visión de la Palabra de Dios, de Dios mismo, y del ser humano, juegan un papel fundamental en la interpretación del texto bíblico.
Usted lo crea o no, cada persona tiene una hermenéutica. Nadie puede negar el hecho de que en cada intento de leer la Biblia hay un ejercicio de interpretación, lo que técnicamente se llama hermenéutica. Los problemas vienen cuando nuestra hermenéutica niega lo que afirmamos sobre la Biblia. Muchas personas que se hacen llamar cristianas, leen e interpretan la Biblia en una forma que niega la verdad del texto y desmantelan su autoridad. Es común escuchar a individuos decir yo soy cristiano o cristiana, “pero no estoy de acuerdo con esto que dice la Biblia”. El problema es que quien dice eso automáticamente se coloca como autoridad por encima de la Palabra de Dios. Es por eso que si decimos que la Biblia es la revelación escrita de un ser infinito a seres finitos, y nos colocamos como críticos y evaluadores de dicha revelación, estamos diciendo que nosotros podemos ser jueces sobre Dios.
El famoso escritor inglés, C. S. Lewis reflexionando sobre las motivaciones de esa actitud, decía: “el hombre antiguo se acercaba a Dios como el acusado se acerca al juez. Pero para el hombre moderno [y postmoderno] los roles han sido reversados. Él es el juez, y Dios está en el banquillo de los acusados. En ese juicio es probable que Dios termine condenado. Pero lo importante es que en la realidad el hombre está en el banquillo y Dios es el Juez”. [1] Muchas veces el “problema hermenéutico” no es entender el significado del texto, sino la aplicación del mismo. Entienden lo que Dios dice en el texto, pero tratan de darle la vuelta al texto o justificarse ante el texto, porque en él, el Señor demanda algo que ellos no están dispuestos a obedecer. Y hay otros que leen la Biblia como si fuera un libro mágico que provee soluciones para problemas personales y terminan creando un “dios” que genera emociones y pasiones, pero no corrige, no enseña, no habla, y no salva.
En este sentido es bueno recordar la palabras de Dios a través del profeta Isaías: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos” (Is. 55:8)”. Es por eso que afirmamos que la función del cristiano (una persona que se ha arrepentido de sus pecados y ha puesto su fe en la obra salvadora de Jesucristo), no es decidir qué acepta o qué no acepta de la Palabra de Dios, tampoco quitarle o añadirle (Dt. 4:2; Ap. 22:19), sino someterse a su autoridad con la ayuda del Espíritu Santo.
Pero también debemos ser cuidadosos entendiendo que no hacemos hermenéutica en el vacío. Vivimos en sociedades diversas donde interactuamos con diferentes cosmovisiones contrarias al texto bíblico. La mayoría de los miembros de nuestras iglesias no leen libros de filosofía, pero sí ven películas como “Avatar”, o series de televisión como “The Big Bang Theory”, o música de Joaquín Sabina o Lady Gaga, a través de las cuales son bombardeados con ideas panteístas, wiccas, naturalistas, unitarias, relativistas, y llenas de misticismo. [2] De ahí surgen múltiples formas de sincretismo que corrompen y distorsionan la Verdad escrita de Dios. Y es por tal razón, que muchas veces imponemos en el texto bíblico ideas y significados que no están en el texto. Nuestra interpretación debe ser intra-texto, no extra-texto; debe surgir del texto no venir de fuera del texto.
Con esto en mente, pasamos a discutir algunos puntos importantes para nuestra hermenéutica
la sagrada biblia representa a cristo como palabra y encarnación