6 CLASE DE HERMENEUTICA
HERMENÉUTICA DEL LENGUAJE
Todos los fenómenos del entendimiento, del comprender y el
malentender, que forman el objeto de la llamada manifiestan una forma de
aparecer lingüística. No sólo el procedimiento interhumano de entendimiento,
sino que el proceso del comprender mismo representa también un acontecer
lingüístico cuando se dirige hacia un objeto extralingüístico o escucha la voz
en sordina de las letras escritas, un acontecer lingüístico de la misma índole
de la conversación del alma consigo misma, tal y como caracterizó Platón la
esencia del pensamiento. Gadamer reconocía que esas afirmaciones eran exigentes
y, hasta cierto punto, desafiantes. Este escrito trata de explicarlas. Lo
primero que había que considerar (y para eso hay que seguir a la inversa el
curso expositivo de Verdad y método) es en qué descansa la conexión entre
comprensión y lenguaje que plantea Gadamer. Respecto a esa conexión se
encuentran en dicha obra numerosas alusiones, por ejemplo: “la comprensión
tiene una relación fundamental con la lingüisticidad”; “el comprender está
vinculado al lenguaje”; “hay conexión esencial entre lingüisticidad y
comprensión”; “el lenguaje es el medio universal en que se realiza el
comprender mismo”. Así, a distancia matizada de Heidegger, Gadamer parece
devolver la atención al fenómeno del lenguaje, retoma la sensibilidad para el
lenguaje que había mostrado la hermenéutica romántica. Sin embargo, el concepto
de lingüisticidad plantea una toma de posición ontológica de una radicalidad,
no sólo incompatible con las concepciones del lenguaje nacidas de aquella
sensibilidad, sino a la que ni siquiera el propio arranque de la línea
argumental de Verdad y método hace del todo justicia. Lo indicado con esa
palabra no es simplemente que el objeto primordial de la experiencia hermenéutica,
la tradición en su conjunto, tenga carácter lingüístico, esto es, se dé bajo la
forma de un acceder-a-lenguaje que se ofrece a la interpretación. Esto es más
bien una consecuencia de la lingüisticidad. El alcance de ese concepto no se
reduce a la afirmación de que la comprensión, además de otras cosas, se dé
también en el lenguaje y como lenguaje (incluso cuando lo que hay es un gesto,
una imagen o una planta). Gadamer piensa lo lingüístico en clave
onto-existencial. Comprensión y lenguaje no pueden reducirse a “un hecho que
pueda investigarse empíricamente”, ambos “no son sólo un hecho, sino que
abarcan todo lo que puede llegar a ser objeto”. La dirección hacia la que se
orienta el concepto de lingüisticidad no es el problema de la delimitación del
campo hermenéutico, sino que responde a la pregunta por lo que constituye el
ser-hombre. No se trata de caracterizar a los objetos que se comprenden o que
pueden acceder a la comprensión. Gadamer nos plantea la conexión entre comprensión
y lenguaje como una tesis de rango ontológico, no sólo y específicamente
hermenéutico; o, mejor, como fundamento de la unidad entre hermenéutica y
ontología. De ahí el título “Lenguaje como horizonte de una ontología
hermenéutica”. Gadamer escribe en Verdad y método: “La relación esencial entre
lingüisticidad y comprensión se muestra en que la esencia de la tradición sea
existir en medio del lenguaje, de modo que el objeto preferente de la
interpretación es de naturaleza lingüística”. La conexión esencia de comprender
y lingüisticidad”, aludida por Gadamer se funda en su interpretación de la
noción heideggeriana de ser. En el artículo de 1991 “La hermenéutica y la
escuela de Dilthey” resume esa interpretación con las palabras siguientes: No
alude precisamente a un ente, tampoco a lo auténtico o a lo divino, sino que es
más bien como un acaecer, un abrir el espacio en el que la hermenéutica –sin
fundamentación final- se convierte en el nuevo universal. Ese espacio es la
dimensión del lenguaje. El lenguaje sería en ese sentido lo que constituye el
“da” de nuestro dasein, el claro (Lichtung) que abre el acaecer del ser para
nuestra existencia como seres dentro de un mundo. Gadamer piensa la estructura
existencial ser-en-el-mundo lingüísticamente. Mundo y lenguaje, o
mundo-lenguaje, son lo abierto por el acaecer del ser en el que se da la
humanidad de nuestra existencia. Lingüisticidad es lo que caracteriza al mundo
y al ser de nuestro da-sein. A través de ese concepto se piensa el “da” en el
que somos y que nos constituye como lingüístico, un mundo-lenguaje. En Verdad y
Método escribe Gadamer: El lenguaje no es sólo una de las disposiciones que le
corresponden al hombre que está en el mundo, sino que sobre esa disposición
descansa, y en ella se expone, el que los hombres tengan mundo en general. El
mundo es para el hombre como mundo ahí de un modo que no existe para ningún
otro ser vivo. Esa existencia del mundo está constituida lingüísticamente. El
lenguaje no afirma ninguna existencia frente al mundo que accede con él al
lenguaje. No sólo es mundo el mundo en cuanto accede al lenguaje: El lenguaje
tiene su ser auténtico sólo en que en él se expone el mundo. La humanidad
originaria del lenguaje significa, por tanto, a la vez, la lingüisticidad originaria
del ser-en-el-mundo. La tesis expuesta en ese pasaje sobre la lingüisticidad de
nuestra experiencia del mundo constituye, como afirmaba anteriormente, una
contribución original y diferenciada de Gadamer a la filosofía hermenéutica. En
el texto se muestra palpablemente la familiaridad con el respecto al lugar que
Ser y tiempo concede al “habla” (Rede). Gadamer sitúa mundo y lenguaje en un
mismo nivel ontológico, y mantiene constantemente esa continuidad entre ambos,
lo que implica a la vez la irreductibilidad de uno al otro. En el lenguaje se expone el mundo mismo. La
experiencia lingüística del mundo es la lingüisticidad de nuestra experiencia
del mundo es previa frente a todo lo que es conocido y aludido como ente. La
referencia fundamental de lenguaje y mundo no significa, por tanto, que el
mundo se convierta en objeto del lenguaje. Lo que es objeto de conocimiento y
el enunciado está más bien siempre ya englobado en el horizonte del mundo del
lenguaje. La lingüisticidad de la experiencia humana de mundo no quiere decir
como tal la objetivación del mundo. La afirmación ontológica de la
lingüisticidad, de la interconexión entre mundo y lenguaje, y también el que
ambas cosas se encuentren al mismo nivel y ninguna absorba y agote a la otra,
estos son puntos fundamentales de la hermenéutica de Gadamer. El mundo es
articulado y aparece lingüísticamente, pero eso no implica que sea algo
“relativo” respecto al lenguaje. Mundo no es simplemente objeto del lenguaje.
El acento que pone en este aspecto se debe a la necesidad de evitar la mala
interpretación instrumental de la lingüisticidad como una afirmación de la
disponibilidad del mundo. La interpretación del lenguaje como un instrumento se
sustenta, según Gadamer, en la falsa representación de que los hombres encuentran
primero el mundo frente a sí, y, a partir de un estado carente de palabras, echa
mano de la herramienta del habla para entenderse entre sí acerca de aquél. Sin
embargo, escribe Gadamer, “hablar no significa en modo alguno hacer calculable
y disponible”. A la inversa: es más bien el horizonte mundano abierto
lingüísticamente lo que hace posible todo comportamiento objetivador. Los
juicios y enunciados que exponen nuestro conocimiento de los objetos serían una
parte de la multiplicidad del comportamiento lingüístico, y una parte que
permanece integrada en el todo de nuestra experiencia vital. El aspecto
“absoluto” del mundo respecto al lenguaje se debe, escribe Gadamer, a que “en
cuanto el todo abarcante que es, nunca se da [completamente] en la experiencia”.
Empero, el momento “absoluto” del mundo tampoco supone que el lenguaje sea
simplemente algo así como un medio de comunicación o un orden simbólico en el
que los hombres somos socializados y dentro del que tenemos que vivir.
Gadamer escribe: En todo saber de nosotros mismos, y en todo saber
del mundo, estamos ya siempre envueltos por el lenguaje que es el nuestro
propio. Crecemos, aprendemos a conocer el mundo, aprendemos a conocer a los
otros hombres y, finalmente a nosotros mismos, en tanto aprendemos a hablar.
Aprender a hablar no es ser introducidos en el uso de una herramienta, ya
presente, para la caracterización del mundo que nos es ya familiar y conocido,
sino adquirir la familiaridad y conocimiento del mundo mismo y de cómo él nos
sale al paso”. Ser-hombre vendría a significar, por tanto, tener lenguaje y
tener mundo, donde ese “tener” significa algo bien diferente de “disponer de” o
“dominar”. Y esa condición fundamental implicaría a su vez el
ser-unos-con-otros como determinante del ser-hombre. Como se indicaba en el
pasaje que acabo de citar, el lenguaje que nos sustenta es en cada caso la
lengua propia, aquella que aprendemos a hablar y, al hacerlo, ganamos la
familiaridad con lo que nos sale al paso.
IMPORTANCIA DE LA HERMENEUTICA EN NUESTRO S TIEMPOS:
Nuestro tener mundo se realiza como pertenencia a una comunidad
vital articulada por un lenguaje común. Así, escribe Gadamer: El mundo es el
suelo común, por nadie hollado y por todos reconocido, que vincula a todos los
que hablan unos con otros. Todas las formas de la comunidad humana de vida son
formas de comunidad lingüística, más aún: ellas forman lenguaje. Pues el
lenguaje es, por su esencia, el lenguaje de la conversación. Él mismo se forma
por vez primera su realidad por medio de la realización del entendimiento. Por
eso no es un mero medio para el entendimiento. El concepto de lingüisticidad
nos lleva, pues, al pensamiento del mundo como un proceso vital común que se
realiza en la forma del entendimiento lingüístico. El mundo en el que somos es
un mundo de vida lingüístico común. Lo dicho conduce a la representación del
ser-común, de la existencia en comunidades, como un contenido implicado en el
concepto de lingüisticidad. Una característica fundamental de la ontología
hermenéutica de Gadamer consiste, precisamente, en la interpretación
lingüística del ser-con heideggeriano, del ser-unos-con-otros. En su artículo:
“Patria y lengua”, escribe lo siguiente: Lenguaje no es las palabras que
poseemos y administramos libremente. Es un dar y un tomar en el que se forma
lenguaje. Hablar tiene su sentido en la realización y sólo puede ser donde uno
se aproxima al otro para asegurar la comunidad del experimentar. Este pasaje
resume su peculiar interpretación lingüística de la estructura del ser-con
indicada por la analítica existencial. En la época de la hermenéutica de la
facticidad, Heidegger distinguía los tres ámbitos siguientes de la experiencia
mundana: el mundo circundante (medio), el mundo-con (los otros) y el mundo de
Sí mismo. Sin embargo, en su discurso no se encuentra ni una jerarquización
clara de esos tres ámbitos ni una explicación de su relación mutua.
Ese ser-con dialógico no puede ser entendido ya sólo desde la
estructura del ser lanzado, como si el otro (los otros que nos interpelan y con
los que hacemos el lenguaje que nos hace) fuera sólo una cosa más entre las que
nos salen al paso en nuestra experiencia del mundo. No hay Sí mismo alguno que
no deba constituirse por mediación de la interpelación de los Otros. La forma
en que el lenguaje hace presente al otro en el mundo no es la de una presencia
frente a la que nos veamos lanzados como frente a un obstáculo, sino que
constituye un ser-unos-con-otros.
El vigoroso movimiento hermenéutico, que se perfila en
la aurora del tercer milenio como una de las más importantes tendencias del
pensamiento filosófico, atribuye al representante del romanticismo alemán,
Friedrich Schleiermacher (1768-1834), la paternidad de la sistematización y la
consiguiente autonomización de la moderna disciplina que se presenta como arte
de la comprensión. A decir verdad, es desde autores que precedieron a
Schleiermacher que el planteamiento filosófico de la hermenéutica tiene como
centro de gravedad no el aspecto técnico-metódico del problema, sino el de disciplina
epistemológica que indaga sobre las condiciones de posibilidad
del acto de la comprensión. De hecho, como tal la palabra hermenéutica data
del siglo XVII y da ya título a obras que se escriben en la época: Institutiones
hermeneuticae sacrae, cuyo contenido es la exposición de los métodos de la
correcta interpretación de la Sagrada Escritura.
Conviene asentar que es precisamente en el siglo XVIII
que se impone la distinción entre el vocablo hermenéutica y el término afín
exégesis, que por mucho tiempo se tomaron como intercambiables (explicación,
interpretación), criterio que hasta fecha muy reciente gozó de generalizada
aceptación: exégesis es el acto mismo de interpretar y hermenéutica es la
teoría de la interpretación. En la hora actual sigue en pie la distinción entre
exégesis y hermenéutica, únicamente se ha modificado la connotación asignada a
las mismas: “Hoy se prefiere llamar ‘exégesis’, a aquel análisis del texto
bíblico destinado a descubrir lo que quería decir el autor a sus
contemporáneos, y ‘hermenéutica’ a lo que el mismo texto nos dice a nosotros en
un contexto distinto y en un lenguaje comprensible al hombre moderno”. El texto
citado encierra tal importancia al revelar el impacto en el campo bíblico del
planteamiento filosófico de la hermenéutica.
DEL RIESGO PERMANENTE DEL MALENTENDIDO AL ARTE DE LA
RECTA COMPRENSIÓN:
Pues bien, aunque en el intento de establecer lo
pensado mediante el decir que lo expresa el texto reserva lugar privilegiado al
lenguaje escrito, Schleiermacher extiende el cometido de la hermenéutica al
terreno más frecuente del diálogo en el que el hablante atribuye un sentido
particular a las palabras que contienen el mensaje dirigido al oyente. De cara
a la palabra hablada, la comunicación verbal de la escritura presenta la enorme
desventaja de no satisfacer el requisito implícito en el acto de la
conversación que, apelando al procedimiento de preguntas y respuestas
sostenidas con el interlocutor contemporáneo, promueve la interpretación
directa. El sello dialógico de la hermenéutica revela la íntima conexión de
pensamiento y lenguaje en términos de razón en el lenguaje que apunta a la
compleja mediación de este último entre la razón y el sentimiento, pero, sobre
todo, a la falta de correspondencia (causada por la interferencia de la
subjetividad) del lenguaje con el pensamiento. Es preciso siempre tener
presente que el emisor al comunicar el mensaje debe ejercer una capacidad
singular al hablar y escribir, de suerte que los destinatarios comprendan lo
que de él oyen o leen. Sin embargo, dado que las palabras ostentan
multiplicidad de significados, con frecuencia las personas que manejan los
mismos vocablos entienden ideas completamente distintas. Circunstancia que
induce a los interlocutores resolver el equívoco acudiendo a la aclaración del
término en juego desde el contexto determinado de su uso. Muchas veses se
convierte en ideal inalcanzable, toda vez que aun cuando el esfuerzo parece
compensado por el éxito, el resultado más bien es incompleto, traduciéndose, en
el mejor de los casos, en estímulo para reiniciar con tesón el trabajo de
comprender algo, sin disponer jamás de la certeza de haberlo entendido
plenamente. Piénsese, por lo pronto, en los coloquios familiares de la
cotidianidad en los que, a despecho de coincidir muchas veces el signo y el
significa, en otra cantidad no menor de casos experimentan la ruptura de la
relación inmediata de la expresión con lo expresado. Por mencionar unos pocos
hechos que ilustran lo que se quiere explicar acerca de los niveles de inefable
densidad que puede llegar a conocer la palabra alteridad humana, indiquemos la
situación embarazosa del que con frustración contempla cómo otra persona es
incapaz de entender lo que le quiere decir o el estado de confusión del que no
acierta a salir el sujeto que ha recibido un paliza, luego de gesticular una
señal que interpretada de forma suplicante en su propia cultura se toma como
insulto en la extraña que en ese instante visita. Ni que decir del que finge
aceptación o complacencia por la información que se le brinda pero que para sí
mismo sospecha que le estén engañando. Dicho lo cual, la realidad viviente que
el dinamismo de la lengua entraña, demanda el tratamiento de un proceso sujeto
a la búsqueda sin término de la interpretación sobre el significado del que un
discurso es portador. Sea de ello lo que fuere, la finura inherente al arte de
la explicación de un producto que es creación del espíritu humano remite de
continuo inevitablemente al arte de la comprensión del referido proceso que lo
ha creado.
Evidentemente, los escollos que separan al emisor del
receptor en la comprensión del mensaje ensanchan abismalmente las grietas al
agregar a la distancia psicológico-lingüística de la comunicación oral que
intercambian hablantes contemporáneos, la histórica de una cultura y época tan
diversas que debe sortear el lector al abordar un texto con el fin de descifrar
los signos escritos ahí vertidos. Cabe recalcar, no obstante, que el lenguaje
escrito de un texto representa nada más un segmento de las diversas formas de
expresión que adopta la naturaleza esencialmente abierta de la estructura
interpretativa del existir humano.
Schleiermacher dirige el ingenio de sus talentosas
facultades a las condiciones comunes, generales, universales de la vida del
intérprete, desde las cuales queda en franquía para unificar la tarea de la
comprensión de textos que se dispersa en el laberinto de obras disímiles con
arreglo al marco literario (clasicismo grecolatino), exegético (libros
sagrados), teológico y jurídico en el que se inscriben, igual que de las más
dispares reglas que aplican.
Doctrina de la con genialidad
Para Schleiermacher la comprensión es una operación
mental mediante la cual el lector-intérprete procura determinar la intención,
lo que se quiere decir, a través de lo expresado por el autor en el lenguaje.
De esta suerte, el intérprete se remonta desde el plano gramatical
(semántico-sintáctico) hasta el nivel de las ideas. Gracias a este
procedimiento el lector tiene acceso a la intuición original que inspiró al
autor a escribir un libro. En el proceso referido, entretanto, se ha producido
el fenómeno de la congenialidad (Kongenialitätslehre), por el que el
intérprete, alcanzando la identificación psicológica con el autor, derivado de
la totalidad del contexto sentimental de vida que funde espíritus afines, capta
con la inmediatez de la intuición, el sentido del pensamiento contenido en cada
expresión.
Ahora bien, es el Infinito, el Espíritu, el Absoluto,
la Naturaleza (fuerza divina y vida creadora) lo que inconscientemente dirige
el proceso creador de los individuos de genio. En este orden de ideas,
Schleiermacher decía del filósofo Baruch de Spinoza que “el sublime Espíritu
del mundo lo penetraba, el Infinito era su principio y su fin, el Universo era
su único y eterno amor. Con santa inocencia y con profunda humildad él se
reflejaba en el mundo eterno y consideraba que también él era el espejo más
amable del mismo.
En definitiva, el ars intelligendi o ars
interpretandi, en el que la hermenéutica consiste, hunde sus raíces en la
dialéctica como práctica del entendimiento recíproco, por medio del cual, en
diálogo con el autor, el intérprete procura evitar el error, la falsa
interpretación y alcanzar más bien el genuino sentido del texto. Dos, pues, son los
momentos que constituyen el ejercicio de la comprensión. En primer lugar, el
gramatical-filológico (recibe también el nombre de comparativo), con el que el
intérprete-lector reconstruye el pensamiento, la intención, la intuición, la situación
en un orden inverso al del autor que compone un libro, a saber, de los signos
al pensamiento y no viceversa. En su virtud, el intérprete lector, como ya se
asentó más arriba, parte de los elementos semánticos, sintácticos que
garantizan el carácter objetivo de la comprensión, puesto que
emplea formas comunes a toda cultura y, por tanto, existen independientemente
del autor. “El comparativo, afirma nuestro autor,
coloca primero al que hay que entender como algo general y encuentra después lo
peculiar en cuanto es comparado con lo otro bajo lo mismo general comprendido.
Lo primero es la fuerza femenina en el conocimiento del hombre, lo segundo la
masculina”. Por lo demás, estos aspectos semánticos son de índole negativa en
el sentido que circunscribe su cometido a determinar la mal comprensión que
proviene del uso erróneo de los términos. El otro momento del comprender es el
psicológico llamado también adivinatorio que une al lector con el autor por
medio de la con genialidad o de la empatía (Einfühlung). Es lo que
afirma claramente Schleiermacher en un paso de Hermeneutik: “El
método adivinatorio es aquél en que el hombre se transforma en otra persona
para poder aferrar directamente su individualidad”. Por cierto que, a
diferencia del aspecto comparativo, el adivinatorio es subjetivo,
orientado como está a penetrar en la individualidad y a participar de la
genialidad del escritor. Por otra parte, el elemento adivinatorio es positivo por
cuanto logra asir el pensamiento que genera en la estructura lógico-gramatical
del discurso. Los dos momentos de la comprensión son complementarios y
presentan la unidad de una estructura circular en la que la primacía
corresponde al aspecto adivinatorio, en razón de que éste, al anticipar
proyectivamente una precomprensión, guía el momento comparativo que, a su vez y
en reciprocidad, amplía y profundiza, confirma y justifica al anterior por la
refundición diferenciadora de una multiplicidad de datos aislados. En palabras
de Schleiermacher, “dos métodos, el adivinatorio y el comparativo, los cuales,
sin embargo, tal como uno retro alude al otro, no pueden ser separados entre
sí”. El círculo hermenéutico contiene, por tanto, la relación entre lo singular
de la individualidad del intérprete y el todo formado por los signos comunes
que entretejen la universalidad del discurso, o bien lo especial de la
individualidad del lector y lo general del fenómeno de la comprensión. “Por
todas partes, indica Schleiermacher, que el saber perfecto está en este círculo
aparente: que cada cosa particular sólo puede ser entendida a partir de lo
general cuya parte es, y viceversa”.
COMENTARIO:
El Lenguaje con el pensamiento. Es preciso
siempre tener presente que el emisor al comunicar el mensaje debe ejercer una
capacidad singular al hablar y escribir, de suerte que los destinatarios
comprendan lo que de él oyen o leen. Sin embargo, dado que las palabras
ostentan multiplicidad de significados, con frecuencia las personas que manejan
los mismos vocablos entienden ideas completamente distintas. Circunstancia que
induce a los interlocutores resolver el equívoco acudiendo a la aclaración del
término en juego desde el contexto determinado de su uso. Menudo problema
porque nada más se convierte en ideal inalcanzable, toda vez que aun cuando el
esfuerzo parece compensado por el éxito, el resultado más bien es incompleto,
traduciéndose, en el mejor de los casos, en estímulo para reiniciar con tesón
el trabajo de comprender algo, sin disponer jamás de la certeza de haberlo
entendido plenamente. Piénsese, por lo pronto, en los coloquios familiares de
la cotidianidad en los que, a despecho de coincidir muchas veces el signo y el
significado (por vía de ejemplo, la indistinción entre el susto y el gesto que
lo representa), en otra cantidad no menor de casos experimentan la ruptura de
la relación inmediata de la expresión con lo expresado. Por mencionar unos
pocos hechos que ilustran lo que se quiere explicar acerca de los niveles de
inefable densidad que puede llegar a conocer la apalabrada alteridad humana,
indiquemos la situación embarazosa del que con frustración contempla cómo otra
persona es incapaz de entender lo que le quiere decir o el estado de confusión
del que no acierta a salir el sujeto que ha recibido un paliza, luego de
gesticular una señal que interpretada de forma suplicante en su propia cultura
se toma como insulto en la extraña que en ese instante visita. Ni que decir del
que finge aceptación o complacencia por la información que se le brinda pero
que para sí mismo sospecha que le estén engañando.
La hermenéutica del lenguaje de Gadamer constituye, pues, una crítica de la
metafísica, bien que asumiendo su pertenencia a esa tradición. Dicha crítica consiste
en una especie de «cura de humildad» filosófica que aplaca la hybris del
entendimiento metañsico (y, por tanto, de la doctrina teológica cristiana) asumiendo
desde dentro sus propios límites, su parcialidad, su relatividad, es decir,
su carácter «humano». Hay que entender en este sentido la sustitución del clásico
razonamiento abstracto, necesario e incuestionable, por la interpretación, así
como el desplazamiento del motivo de la reflexión desde el ser hasta el lenguaje.
No hay propiamente renuncia a la razón, sino un descubrimiento de su condicionalidad
lingüística: la razón no está más allá del lenguaje sino que, al igual
que el propio ser, es lenguaje. «El ser que puede ser comprendido es lenguaje»^.
En este sentido el lenguaje no debe ser pensado desde la metáfora del espejo
que devuelve, como copiando, la imagen de lo que se le pone enfrente. Pues,
según Gadamer, lo esencial de la copia consiste en que «no tiene otra finalidad
que parecerse al original, al modelo copiado» , con la consiguiente cancelación
de su propio ser para sí en favor de la mera presentación de lo copiado. Frente a
la copia, la representación que el lenguaje instaura es concebida por nuestro autor
tomando como modelo la relación que vincula a la obra de arte pictórica (cuadro)
con la realidad. La obra de arte auténtica tiene, a diferencia de la mera copia,
un ser propio en tanto que es la imagen en la que la realidad que le sirve
de modelo se representa a sí misma, realizándose. Un cuadro no ha de ser examinado
atendiendo a lo que el autor tomó como modelo, pues entonces no verí-
amos lo que en el cuadro se esta representando sino tan sólo una porción de material
aún no transformado o transfigurado (así, si pudiéramos poner a la Gioconda
«real», en carne y hueso, frente al retrato de Leonardo, seguramente no encontraríamos
en ella nada del misterio de su sonrisa que se «transparenta» en el cuadro).
Precisamente lo que importa en la obra de arte es «cómo se representa en
'' H.-G. GADAMER, Verdad y método. HERMENÉUTICA DEL LENGUA, ella lo representado, ganando en ella una plena presencia» , es decir, aconteciendo
así su verdad articulada.
La hermenéutica del lenguaje de Gadamer constituye, pues, una crítica de la
metafísica, bien que asumiendo su pertenencia a esa tradición. Dicha crítica consiste
en una especie de «cura de humildad» filosófica que aplaca la hybris del
entendimiento metañsico (y, por tanto, de la doctrina teológica cristiana) asumiendo
desde dentro sus propios límites, su parcialidad, su relatividad, es decir,
su carácter «humano». Hay que entender en este sentido la sustitución del clásico
razonamiento abstracto, necesario e incuestionable, por la interpretación, así
como el desplazamiento del motivo de la reflexión desde el ser hasta el lenguaje.
No hay propiamente renuncia a la razón, sino un descubrimiento de su condicionalidad
lingüística: la razón no está más allá del lenguaje sino que, al igual
que el propio ser, es lenguaje. El ser que puede ser comprendido es lenguaje.
La ciencia va a pasar a un segundo plano. En vez de interpretar desde
ella nuestra racionalidad, ahora es la ciencia la que va a ser contemplada como
una de las modalidades de la interpretación humana. La neo-hermenéutica se
centra así sobre el problema de la interpretación, para volver a elaborar desde ahí
toda la reflexión filosófica. Ahora bien, la interpretación ya no es considerada
“el lenguaje es el medio universal en que se realiza el
comprender mismo”5
. Así, a distancia matizada de Heidegger, Gadamer parece
devolver la atención al fenómeno del lenguaje retoma la sensibilidad para el
lenguaje que había mostrado la hermenéutica romántica. Sin embargo, el
concepto de lingüisticidad plantea una toma de posición ontológica de una
radicalidad, no sólo incompatible con las concepciones del lenguaje nacidas de
aquella sensibilidad, sino a la que ni siquiera el propio arranque de la línea
argumental de Verdad y método hace del todo justicia.
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