6 CLASE DE METAFÍSICA
METAFISÍCA JUAN DUNS ESCOTO

El
pensamiento Juan Duns Escoto es de los más relevantes de toda la época
medieval, especialmente en los tiempos actuales. No resulta difícil entender,
tras breve lectura de alguno de los pasajes de Escoto, el motivo por el que le
llamaban el doctor sutil. Sus argumentos disponen de la fuerza de la razón,
pero de la delicadeza del sentido profundo de lo real, único medio para acceder
a lo que ocurre más allá de la percepción humana y más allá aún de lo que el
propio sentido común podría atisbar. No de otro modo podríamos comprender cómo
este pensador, en una época donde los medios materiales al alcance eran
escasos, pudo llegar a barruntar lo que hoy la ciencia nos da por seguro: los
genes como medio de reproducción de los seres y los quantos como transferencia
de la energía. Estas dos son realidades que los niños aprenden en el colegio
hoy, pero que a la humanidad le ha llevado siglos poder comprender. Sin
embargo, Duns Escoto las vio mediante su análisis metafísico de la realidad. La
metafísica era así, un arma poderosa puesta en manos de un ser capaz de
blandirla y Escoto lo era.
El Instituto Teológico de Murcia
tiene como patrono, es decir, como guía y protector en su hacer teológico, al
más grande entre los grandes de todos los metafísicos de todos los tiempos.
Duns Escoto, el verdadero tigre celta, en los escasos años que
vivió, puso en pie un armazón de pensamiento que a la humanidad le ha llevado
siete siglos aprehender y que el Magisterio aún anda dubitativo, atento como
está siempre a no escandalizar a los débiles en la fe. Pero, la Iglesia lo
reconoció beato y Benedicto XVI, en su famoso discurso de Ratisbona lo cita
como una puerta abierta a otra manera de entender el mundo desde la perspectiva
cristiana: de Dios, dice el papa tomando a Escoto, conocemos la voluntas
ordinata, más allá está su libertad, por la cual podría haber creado un
mundo muy diferente al que vemos.
Pues bien, aquí radica la actualidad de Escoto, justo en lo que la Iglesia tiene dificultades en aceptar, pero que si lo hiciere se pondría a la cabeza del mundo actual en cuanto a entendimiento del mismo. Dios creó este mundo tal como lo conocemos, pero pudo crear cualquier otro mundo, pues todos los mundo son posibles lógicos en Dios, más no en lo real. En la realidad, lo que existe y es comprensible metafísicamente, es el mundo efectivamente creado por Dios, no los mundos lógicos posibles. Esta libertad de Dios a la hora de crear, paradójicamente, asegura nuestra comprensibilidad del mundo. Si Dios no es libre al crear este u otro mundo, crea por necesidad y por tanto, Dios está sometido a algo externo a Él, la necesidad creadora. Dios no necesita crear, es libre, pero al crear este mundo, reduce los infinitos posibles lógicos a este mundo real, que es, de este modo y solo de este modo, contingente. Lo contrario sería un mundo necesario, es decir, no habríamos salido de Grecia, de Aristóteles y de Platón. Ese mundo necesario de los filósofos griegos es el mundo que da como resultado el deísmo y el ateísmo. El mundo contingente escotista, es necesariamente contingente, luego Dios es libre.
Todos los problemas del ateísmo moderno y del deísmo cientifista, se disolverían por sí mismos si accediéramos al pensamiento profundo y sutil de Duns Escoto.
Pues bien, aquí radica la actualidad de Escoto, justo en lo que la Iglesia tiene dificultades en aceptar, pero que si lo hiciere se pondría a la cabeza del mundo actual en cuanto a entendimiento del mismo. Dios creó este mundo tal como lo conocemos, pero pudo crear cualquier otro mundo, pues todos los mundo son posibles lógicos en Dios, más no en lo real. En la realidad, lo que existe y es comprensible metafísicamente, es el mundo efectivamente creado por Dios, no los mundos lógicos posibles. Esta libertad de Dios a la hora de crear, paradójicamente, asegura nuestra comprensibilidad del mundo. Si Dios no es libre al crear este u otro mundo, crea por necesidad y por tanto, Dios está sometido a algo externo a Él, la necesidad creadora. Dios no necesita crear, es libre, pero al crear este mundo, reduce los infinitos posibles lógicos a este mundo real, que es, de este modo y solo de este modo, contingente. Lo contrario sería un mundo necesario, es decir, no habríamos salido de Grecia, de Aristóteles y de Platón. Ese mundo necesario de los filósofos griegos es el mundo que da como resultado el deísmo y el ateísmo. El mundo contingente escotista, es necesariamente contingente, luego Dios es libre.
Todos los problemas del ateísmo moderno y del deísmo cientifista, se disolverían por sí mismos si accediéramos al pensamiento profundo y sutil de Duns Escoto.
- Scoto no se preocupa por una sistematización, sino por el contrario, busca de hacer su alto ideal de la ciencia, como criterio para terminar la discusión de los problemas que se trataban en la época (medioevo): teología, ciencia, fe, metafísica, universales.
- Admite que la fe, no es un hábito especulativo, ni el creer, ni la visión, sino la práctica.
- Todo lo que traspasa los límites de la razón humana, no la ciencia, sino acción o conocimiento práctico.
- Los límites del conocimiento humano, no son accidentales, para el mismo convencimiento, sino constitutivos.
- La fe es imposible de demostrar.
- La metafísica la admite como la ciencia teorética por excelencia, y la Teología como la ciencia práctica por excelencia.
- Admite el Hilemorfismo en el hombre o sea el dualismo alma y cuerpo. Además el alma inmortal.
- El sujeto del pensamiento debe ser el alma y distingue entre cuerpo, materia y forma.
- En cuanto a la materia admitió 3 clase de materia:
- Dios es inteligencia y voluntad y estos son idénticos en su esencia. La inteligencia humana se distingue de la divina, por cuanto ésta última no tiene necesidad de intermediarios. En ella está presente la realidad misma y su objeto es la realidad misma y su objeto es la realidad conocida. La idea del mundo real no es otra que el mundo inteligible. Esto es el mundo en su ser conocido.
- Scoto afirma la primacía de la voluntad, sobre el conocimiento y esto en todos los ordenes.
- La voluntad no es pasiva, sino activa, no se determina por una necesidad, su importancia moral es superior a la fe y por lo tanto vale más amar a Dios que conocerlo.
- En cuanto al principio de Individuación, sostiene que él mismo está constituido, por una forma nueva y distinta, que se sobrepone a la esencia especifica, llamada “Hacceitas” por sus discípulos “Hacceitas es “esta” cosa y no “tal” otra”.
- En sicología admite la pluralidad de las formas aplicadas hasta en el hombre, en quien además del alma, existiría la forma de corporeidad.
- Admite que en Dios si hay distinción entre la esencia y la existencia.
- Para la demostración de la existencia de Dios, admite el argumento del “Proslogium” de San Anselmo. Y dice: “si Dios es posible, existe, este se prueba por la imposibilidad de contradicción.
- Rompe el equilibrio que existía entre la fe y la razón (Teología y Filosofía) afirmando que estas se diferencia por su objeto material y formal.
- Fue el más fiel defensor del dogma de la Inmaculada Concepción.
- Compartió con Aristóteles el concepto de ciencia y lo amplió, El conocimiento de las cosas por sus causas”.
- Admitió que el método inductivo deja dudas, puede conducir al error.
Entre sus obras se destacan sus Comentarios a las Sentencias de Pedro Lombardo (teólogo italiano cuya obra Sentencias era un manual básico de Teología), algunos escritos sobre Lógica, Cuestiones sobre Metafísica, Cuestiones Quodlibetales y el tratado De primo principio.
Al explicar la abstracción lo hace por medio de su teoría de la natura communis (unidad común, específica, de esencia o de inteligibilidad): para que nuestro entendimiento pueda relacionar lo universal con lo concreto, debe haber una fundamentación de dicha relación que sea de carácter neutro respecto a ambos “términos”. La natura communis es, gracias a su carácter neutral, el fundamento para que nuestro entendimiento pueda relacionar lo universal con lo concreto. En este sentido puede decirse que nuestro entendimiento agente confiere a la natura communis un modo peculiar de ser.
Pero, Escoto está ante todo defendiendo que nuestro entendimiento puede conocer de modo intuitivo; es decir, además de un conocimiento abstracto posee también la capacidad de un conocimiento del singular. Aunque en nuestro estado actual conozcamos de modo abstracto (no intuitivo), la orientación fundamental de nuestro espíritu es el conocimiento intuitivo de lo singular. La propia naturaleza de nuestro entendimiento comprende una apertura y orientación al ser, se trata de una concepción dinámica de nuestro entendimiento heredada de la tradición agustiniana, sin olvidar que Escoto se inspira también en la noción aristotélica de abstracción.
En opinión de Escoto, desde la metafísica se puede acceder a Dios de modo racional. A partir de la noción de ente, donde filosofía y teología se encuentran, podrá demostrarse de modo ontológico la existencia de Dios. Para trascender el orden físico es necesario situarse en el orden de la metafísica u ontología, pues el ente común es lo que une a lo creado e increado, a lo finito e infinito.
Un capítulo importante en la teología natural de Escoto es el que se refiere a la demostración de la existencia de Dios. Escoto concibe a Dios, ante todo, como el ser infinito; éste sería el concepto más perfecto y más simple que podemos tener de Él.
El proceso de demostración prosigue la vía a posteriori; y en él se pueden distinguir dos partes: 1ª) en la primera se cuestiona si es posible el ente infinito; 2ª) en la segunda, si tal ente existe. Ambas cuestiones responden correlativamente a la negación de la posibilidad del infinito actual, en la tradición agustiniana; y al estado de inevidencia en relación a Dios, por nuestro estado actual de viadores. Planteada de este modo la cuestión de la existencia de Dios y de su demostración, veamos la respuesta de Escoto.
En principio no hay argumentos mayores para descartar la posibilidad; además, la experiencia sensible nos hace ver que existen cosas, luego éstas son posibles. Estos seres deben tener una causa distinta a ellos, ya que si no habría que concebirlos como produciéndose a sí mismos o como hechos por la nada, ambas cosas absurdas. El razonamiento nos lleva ante la necesidad de admitir un ser que fuese “productor improducido”, luego es posible una effectivum non effectibile.
En lo referido a la comprensión escotista de la naturaleza de Dios debe destacarse la libertad divina, comprendida como causa de todo ser contingente. Escoto distingue entre una potentia absoluta y una potentia ordinata. Por la potentia absoluta Dios puede querer todo cuanto no implique contradicción; por la potentia ordinata, una vez que Dios quiere algo esto se convierte en ley inmutable.
Escoto destaca además el atributo de la omnipotencia, y distingue entre la omnipotencia filosófica y teológica. Aquella sería la infinita potencia divina que admite la colaboración de otras causas segundas; ésta significa que Dios puede obrar sin necesidad de otras causas.
Escoto distingue distintos modos de ser, de entre los
cuales los dos primeros son lo finito y lo infinito. Esta división es anterior
incluso a la de las diez categorías de Aristóteles, puesto que las categorías,
al implicar determinación (limitación), corresponden al ámbito de lo finito.
Para demostrar la existencia de Dios, el metafísico debe probar la existencia
del ser infinito.
Al abordar la relación entre el ser infinito y los
seres finitos, se distancia de Avicena, quien sostenía que lo posible procedía
de la necesario por necesidad. Escoto sostendrá que lo finito procede de lo
infinito por un acto de libertad. La libertad divina la entiende como
limitada sólo por el Principio de No Contradicción y no por el bien, que
depende de la voluntad de Dios. Lo que es bueno, es bueno porque Dios lo quiere
y lo manda. Si él lo hubiese querido, otras podrían haber sido las leyes
morales. A excepción de los dos primeros mandamientos del decálogo, que Dios no
podría haber cambiado sin contradicción, todos los demás se fundamentan tan
sólo en la su voluntad. Con esto se hace evidente que en Escoto el voluntarismo
a desplazado al intelectualismo. También
con el fin de ubicar a Dios por encima de toda necesidad, y considerando que
todo entendimiento es una naturaleza, afirma que Dios está por encima de sus
ideas.
Respecto de los universales, se pregunta qué
diferencia habría entre la Metafísica (cuyo objeto es el ser) y la Lógica (cuyo
objeto son los conceptos) si sólo fuesen un producto del entendimiento. Para
salvar esta dificultad, Escoto considera a la esencia como indiferente respecto
de la individualidad y la universalidad. Ella contiene virtualmente a ambos
modos de ser. El universal es la esencia captada en los individuos por el
entendimiento. El individuo, por su parte, se explica por la
"hecceidad", acto último que concreta en lo singular la forma de su
especie.
Como el objeto de la Metafísica no es Dios sino el ser
en cuanto ser, la esencia de Dios queda en la oscuridad para la sola razón. Es
muy poco lo que podemos decir de Dios más allá de que existe. También escapa a
la sola razón conocer si hay o no providencia divina y saber si el alma es o no
inmortal. Es más, la razón no puede alcanzar por sí sola nada de lo que Dios a
revelado. Ello no impide que, siguiendo a Anselmo, intentemos dar razones del
dato revelado partiendo de la misma Revelación. Pero para ello necesitamos de
la fe y la Teología. Escoto entiende, al igual que Anselmo, que es posible una
"Metafísica Cristiana" que, partiendo de las verdades reveladas sobre
Dios y la inmortalidad del alma, las analice y piense filosóficamente.
En cuanto al obrar del hombre, Duns Escoto sostiene
que la voluntad es la causa total de los actos voluntarios. No niega la
intervención del intelecto, porque debemos conocer algo para quererlo, pero
afirma que, si bien las ideas determinan la voluntad, previamente la voluntad
determina la selección de esas ideas.
En febrero de 1308, Escoto era
Lector de Sagrada Teología en Colonia, por lo que su traslado se debió de
realizar a inicios del curso académico 1307-1308. El 8 de noviembre de 1308,
fecha asignada de modo tradicional, muere sin que sepamos de qué enfermedad; es
enterrado El epitafio de su tumba dice: “Scotia
me genuit; Anglia me suscepit. Gallia me docuit; Colonia me tenet”
(“Escocia me engendró; Inglaterra me recibió. Francia me enseñó; Colonia me
custodia). Diversos documentos de finales del siglo XIV y principios del XV,
presentan ya su muerte como ejemplar, y en una especie de éxtasis. También, a
semejanza de otros personajes de la historia, se vio envuelto en diversas
invenciones en torno a su muerte. Debemos destacar además que recibe el nombre
de Doctor Sutil, concedido ya por sus
contemporáneos; más tarde se le denominará también Doctor Mariano.
En
líneas generales, puede decirse que Escoto no polemiza directamente con el
Aquinate, aunque obviamente conociera las correcciones
de su orden; en cambio, sí que ataca con frecuencia a Enrique de Gante (ca.
1240-1293) quien admitía un agustinismo de corte aviceniano. La síntesis que
alcanza el pensamiento de Escoto es original, por ello se distancia tanto de
Tomás de Aquino como de Buenaventura. Por ello, debemos ser prudentes en los
juicios generales, ya que nos encontramos en una época convulsa y rica de
matices importantes; además, cada cuestión debería evocar un detallado análisis
y argumentación. Con palabras de Pablo VI, en la Carta Apostólica “Alma parens”, podemos decir: “Junto a
la majestuosa catedral doctrinal de santo Tomás de Aquino, se eleva al cielo,
entre otros, el templo, también glorioso –aunque distinto por su mole y
estructura– construido por Juan Duns Escoto. Basado sobre cimientos sólidos,
está adornado con atrevidos pináculos por la ardida especulación e ingenio del
Doctor Sutil.
Las
obras de Duns Escoto es una tarea muy compleja. El siguiente testimonio nos
habla sobre esta dificultad: “Como ha sucedido generalmente a los autores medievales,
tanto la clarificación de obras auténticas como la fidelidad de los verdaderos
códices y la veracidad de las diversas ediciones ha sido un tema muy complejo y
difícil de evidenciar y de documentar. La situación de las diferentes ediciones
sobre las obras de Escoto no se ha librado de estas dificultades históricas y
de los juicios de valor tanto a favor como en contra”. Trataremos, no obstante,
ahora de hacer alguna indicación sobre esta cuestión; para ello seguiremos el
siguiente itinerario: haremos una referencia a las ediciones de la obra
escotista, en especial a la edición crítica; después una indicación sobre sus
obras filosóficas y teológicas; por último, la clasificación de las obras
espurias y de las auténticas.
Según
la Comissio Scotistica, en su primer
volumen de 1950, muchas de las obras que se contenían en la primera edición de
Wadding no son auténticas. Entre las obras claramente espurias se encuentras
las siguientes:
Escoto
queda definido de la siguiente manera: “Autor difícil pero no escabroso,
abstracto pero no evasivo, sutil pero no serpenteante. Hombre de mente lúcida,
de pensamiento penetrante y de dialéctica contundente. Filósofo y teólogo que
piensa y razona desde la problemática concreta de su época, pero trascendiendo
su propia circunstancia cultural para embarcarse en la permanente problemática
humana”. Veamos ahora su pensamiento fundamental tanto en filosofía como en
teología; para ello subdividiré, tanto la cuestión filosófica como la
teológica, en dos epígrafes: sobre su carácter general y sobre las cuestiones
centrales.
Escoto
se sumerge en la herencia de las importantes figuras franciscanas de finales
del siglo XIII: Alejandro de Hales, Buenaventura, Pedro Juan Olivi, Roger Bacón.
Sus adversarios intelectuales son sobre todo: Enrique de Gante, Godofredo de
Fontaines y Gil de Roma. Toda su reflexión se desarrolla desde el contexto
vital que otorga la espiritualidad franciscana, de la que brotó un pensamiento
filosófico que se define ante todo por ser una filosofía del hombre y por un
conjunto de características comunes entre sus pensadores (en las que ahora no
podemos detenernos), destacando además por su modo de reflexionar que puede
resumirse diciendo que “poseen un acentuado sentido práctico del estudio,
piensan y reflexionan desde lo cotidiano y desde la vida misma en toda su
problemática… Es un pensar inquieto y que constantemente busca. Por ello nos
encontramos con la reflexión de un pensamiento inacabado, pero ahí reside su
propia fecundidad… Sin duda que trata de buscar la razón de las cosas, pero
principalmente la verdad de las cosas”.
Después
de las condenas de 1277, Escoto destaca en la teología franciscana y será el
encargado de dirigir la reflexión metafísica hacia nuevos caminos. De hecho, se
considera que fue Escoto el primero que concibe a la metafísica como una
“ciencia trascendental”, en quien aparece la expresión de scientia trascendens en su comentario a la Metafísica; aunque ya otros, como Alberto Magno, mostraran que la
“primera filosofía” trata de los prima
y los transcendentia.
Al
mostrar las condiciones de posibilidad de la metafísica señala también sus
límites; por ello se le considera también a Escoto como el iniciador de la
metafísica como “ontoteología” es decir, nuestra relación con Dios no habría de concebirse tanto como
resultado de nuestro conocimiento intelectual, sino más bien como una
iniciativa gratuita, sobrenatural, de Dios, al que nosotros, a través de la fe
y del amor, nos unimos.
Pero
la clasificación intelectual de Escoto no está del todo clarificada. La gran
mayoría de los autores mantienen que se trata sobre todo de una síntesis
agustiniana, a pesar de sostener también doctrinas aristotélicas. Otros
prefieren hablar de un aristotelismo agustiniano. De todos modos sería más
acertado definirlo, si prestamos atención a la originalidad de su especulación,
como “escotista”, en vez de tratar de encasillarlo en algunas de las dos
grandes corrientes filosóficas de su tiempo (aristotelismo y agustinismo). En
mi opinión, esta parece ser la mejor clasificación ya que hace justicia a la
profundidad y al valor especulativo de la reflexión de Escoto.
Si
este es el contexto histórico en el complejo mundo de la historia del
pensamiento, podríamos describir ahora, de modo gráfico y general, el carácter
especulativo de Duns Escoto, y en particular filosófico, en los siguientes
términos:) El pensamiento filosófico de Escoto remonta en su fundamentación
hasta la capacidad racional de la persona en el conocimiento de la verdad.
Su
reflexión, tanto filosófica como teológica, se desarrolla a partir de
cuestiones concretas, para trascenderlas en la perenne cuestión humana.
Su
pensamiento está al servicio del Evangelio y de la fe cristiana, bajo el
primado de la caridad: compatibiliza la praxis evangélica con la especulación y
el pensamiento meditativo.
Por
ello, bajo el primado de la caridad, su reflexión tiene una clara intención
práctica: Dios y el hombre, la Encarnación y la creación, se trata de orientar
a la humanidad y procurar que no se desvíe en el amor.
El
carácter filosófico de Escoto, inmerso en el aristotelismo heterodoxo de Paris,
manifiesta la fragilidad que la perspectiva filosófica posee en la comprensión
del misterio divino y, a su vez, del misterio del hombre. La filosofía sólo
puede concebir a Dios bajo la razón de ente; en cambio, la teología nos lo
presenta como un Dios personal. Razón y fe se encuentran en planos distintos,
pero es posible un encuentro entre ambas. ¿Dónde? En opinión de Escoto ese
encuentro se produce en la reflexión metafísica. En este encuentro no se trata
de que la filosofía deje de ser filosofía sino que, al recibir una nueva luz,
ensancha su mismo campo. Con palabras de Pablo VI, en la Carta Apostólica “Alma parens”, podemos decir: “Frente a
las pretensiones de racionalismo, advierte Duns Escoto que la inteligencia
humana y la reflexión filosófica son insuficientes y tienen sus limitaciones
cuando se trata de conocer las verdades por Dios reveladas. Verdades que, sin
embargo, le es necesario conocer al hombre, para conseguir el fin último para
el cual ha sido creado, como subraya Escoto. Con la noble intención de
encontrar la armonía entre las verdades naturales y sobrenaturales, de realizar
una unión íntima y estable entre la fe y la filosofía, pone a la vista el
peligro que puede existir de caer en los errores de los filósofos paganos. Y,
como dice san Buenaventura –con quien Duns Escoto está de acuerdo– mezclar
tanta «ciencia filosófica» con el «vino de la Sagrada Escritura, que el vino se
convierta en agua»”.
Para
ello presentaremos una numeración temática, voluntariamente descriptiva. Desde
el inicio se ha de tener presente que los principios de la filosofía escotista
han de entenderse desde la perspectiva propia que adopta tanto el autor como su
filosofía; cualquier otra interpretación ajena a esta hermenéutica debe ponerse
en duda. Esta originalidad se muestra en la estructuración de su reflexión:
“Escoto, partiendo de la física como ciencia del movimiento que se entiende y
se explica según la dialéctica potencia-acto, pasa a la metafísica como la
ciencia del ser, y a la lógica como ciencia de los predicables, concluyendo en
la teología como ciencia divina de lo humano. En toda esta trayectoria, el hilo
conductor y vinculante entre las diversas ciencias (física, metafísica, lógica,
teología) es la univocidad metafísica del ser”.
Según
Escoto la metafísica como ciencia del ente en cuanto ente es el lugar de
encuentro entre la filosofía y la teología; pero para ello el ente objeto de la
metafísica debe ser considerado unívoco. Sólo de este modo la metafísica
(ciencia del ens) será distinta de la
física aristotélica, y también de la
teología. Podría decirse que la metafísica adquiere entonces el carácter propio
de una ontología.
Veamos
ahora la noción escotista de ente, sobre la cual puede afirmarse más bien poco.
Para ello debemos remontarnos a sus antecesores cronológicos. Avicena mantenía
que en nuestra primera impresión el ser (ens),
la cosa (res) y ser necesario (necesse) se imprimían en el alma sin
necesitar para ello de otras nociones anteriores; de este modo divide al ser en
posible y necesario
Santo
Tomás matizó esta postura (cfr. De
veritate dividiendo al ser en modo general del ser (trascendentales) y en
modo especial del ser (predicamentos o categorías). Escoto también propone una
nueva división que será la de ser infinito y ser finito (trascendentales
disyuntos).
Santo
Tomás sostiene una analogía del esse
desde la cual Dios podía ser estudiado por la filosofía. Escoto se distancia de
esta postura dirigiéndose hacia una comprensión muy peculiar sobre la
univocidad del ser: “Se trata de una noción comunísima, absolutamente
indeterminada y unívoca a todos los entes; el denominador común más general
posible de todo cuanto es. Para llegar a esta noción es preciso seguir un
proceso abstractivo, que va más allá que la abstracción aristotélica. Consiste
en negar todas las diferencias formales que diversifican los seres, hasta
obtener la pura ratio entis quidditativa”.
Se trata de una noción, la de ente, que por su univocidad parece no contener
nada pero que en realidad es lo más común incluido en cualquier inteligible
(esencial o virtualmente).
La
noción unívoca de ente no se reduce en la mente de Escoto a una simple
comprensión lógica; este camino lo recorrerá Guillermo Ockham. Tampoco
encontramos, según Escoto, un fundamento de la noción de ente en la realidad
(lo que llevaría a una especie de pan-entismo o pan-teísmo). Escoto define con
precisión su noción de univocidad:
“Hay, en efecto, una doble univocidad; la una es lógica, que según ella muchos
entes se encuentran en un solo concepto común. La otra es natural, que según
ella algunos se encuentran en una sola naturaleza real (…) Además de esas dos
univocidades hay otra, metafísica, según la cual algunos están unidos en el
género próximo; y ella es intermediaria entre las dos. Es, de hecho, menor que
la primera y mayor que la segunda .
Según nuestro autor, ante nuestro intelecto se presenta el ser en toda su
amplitud como un todo que puede ser explorado; de este modo, lo que se quiere
indicar en el pensamiento escotista es que el ente común funda la objetividad
del conocimiento, sin que él mismo se presente como objeto.
Dentro
de la metafísica de Escoto es fundamental también la teoría de la
contingencia y de la creación. En este
sentido, Escoto utiliza una expresión propia para indicar la relación activa de
Dios con las criaturas: praxis, que
vendría a mostrar el vínculo libre y amoroso de Dios con la creación; por eso,
nos debemos acercar al mundo, no sólo con la inteligencia, sino también con la
voluntad; no sólo como realidad inteligible, sino también como realidad amada.
En
el conocimiento tiene lugar un encuentro entre el sujeto y el objeto, entre
nuestro pensamiento y la realidad. Escoto describe una fenomenología de la
experiencia, tanto en su aspecto interno como externo, para concluir que
cualquier acto cognoscitivo supone un paso de la potencia al acto; una
conclusión a la que también llegaron los platónico-agustinianos y los
aristotélico-tomistas. Pero Escoto les critica su postura en tanto que, en su
opinión, los conceptos de “sujeto” y “objeto” los han integrado de modo
impreciso en la reflexión filosófica, ya que: o bien no daban importancia
suficiente a la experiencia (objeto), o bien no se la daban a la subjetividad
(sujeto). Escoto define entonces una teoría
de las causas eficientes parciales.
Al
explicar la abstracción lo hace por medio de su teoría de la natura communis (unidad común,
específica, de esencia o de inteligibilidad): para que nuestro entendimiento
pueda relacionar lo universal con lo concreto, debe haber una fundamentación de
dicha relación que sea de carácter neutro respecto a ambos “términos”. La natura communis es, gracias a su
carácter neutral, el fundamento para que nuestro entendimiento pueda relacionar
lo universal con lo concreto. En este sentido puede decirse que nuestro
entendimiento agente confiere a la natura
communis un modo peculiar de ser.
Pero,
Escoto está ante todo defendiendo que nuestro entendimiento puede conocer de
modo intuitivo; es decir, además de un conocimiento abstracto posee también la
capacidad de un conocimiento del singular. Aunque en nuestro estado actual
conozcamos de modo abstracto (no intuitivo), la orientación fundamental de
nuestro espíritu es el conocimiento intuitivo de lo singular. La propia
naturaleza de nuestro entendimiento comprende una apertura y orientación al ser,
se trata de una concepción dinámica de nuestro entendimiento heredada de la
tradición agustiniana, sin olvidar que Escoto se inspira también en la noción
aristotélica de abstracción.
En
opinión de Escoto, desde la metafísica se puede acceder a Dios de modo
racional. A partir de la noción de ente, donde filosofía y teología se
encuentran, podrá demostrarse de modo ontológico la existencia de Dios. Para
trascender el orden físico es necesario situarse en el orden de la metafísica u
ontología, pues el ente común es lo que une a lo creado e increado, a lo finito
e infinito.
Un
capítulo importante en la teología natural de Escoto es el que se refiere a la
demostración de la existencia de Dios. Escoto concibe a Dios, ante todo, como
el ser infinito; éste sería el
concepto más perfecto y más simple que podemos tener de Él.
El
proceso de demostración prosigue la vía a
posteriori; y en él se pueden distinguir dos partes: 1ª) en la primera se
cuestiona si es posible el ente infinito; 2ª) en la segunda, si tal ente existe.
Ambas cuestiones responden correlativamente a la negación de la posibilidad del
infinito actual, en la tradición agustiniana; y al estado de inevidencia en
relación a Dios, por nuestro estado actual de viadores. Planteada de este modo
la cuestión de la existencia de Dios y de su demostración, veamos la respuesta
de Escoto.
En
principio no hay argumentos mayores para descartar la posibilidad; además, la
experiencia sensible nos hace ver que existen cosas, luego éstas son posibles.
Estos seres deben tener una causa distinta a ellos, ya que si no habría que
concebirlos como produciéndose a sí mismos o como hechos por la nada, ambas
cosas absurdas. El razonamiento nos lleva ante la necesidad de admitir un ser
que fuese “productor improducido”, luego es posible una effectivum non effectibile.
En
lo referido a la comprensión escotista de la naturaleza de Dios debe destacarse
la libertad divina, comprendida como causa de todo ser contingente. Escoto
distingue entre una potentia absoluta
y una potentia ordinata. Por la potentia absoluta Dios puede querer todo
cuanto no implique contradicción; por la potentia
ordinata, una vez que Dios quiere algo esto se convierte en ley inmutable.
Escoto
destaca además el atributo de la omnipotencia, y distingue entre la
omnipotencia filosófica y teológica. Aquella sería la infinita potencia divina
que admite la colaboración de otras causas segundas; ésta significa que Dios
puede obrar sin necesidad de otras causas.
Ética: teoría de la voluntad
Antes
haremos un apunte sobre un aspecto importante de la psicología y antropología
de Escoto. Destaca su valoración del individuo: el hombre es una individualidad
singularísima y no un mero particular de una esencia universal. Detrás de esta
concepción, cercana a un pensamiento personalista, se encuentra la noción
filosófica de materia prima.
Su
teoría ética es peculiar también. La distinción establecida en la voluntad
divina entre potentia absoluta y ordinata quería significar que el poder
absoluto de Dios no equivale a una arbitrariedad ciega. Esta doctrina tiene un
aspecto fundamental para la ética. En efecto, según Escoto, Dios podría haber
establecido otras leyes morales diversas al Decálogo, a excepción de los
mandatos de la primera tabla de la ley; pero una vez establecidos los preceptos
son leyes inmutables. Escoto considera un principio moral natural inmutable:
Dios debe ser amado; de ahí sólo se pueden deducir con total necesidad los
mandamientos de la primera tabla. Los de la segunda tabla, aunque “consonans”
con la naturaleza humana, no son totalmente necesarios, como se ve por ejemplo
en el hecho de que en el Antiguo Testamento Dios, a veces, los derogó
(sacrificio de Isaac; matrimonio polígamo de los patriarcas). Pero tampoco esto
significa una arbitrariedad total.
Teniendo
en cuenta la moralidad de los actos humanos, éstos se dividen en buenos, malos
e indiferentes. Hay que distinguir entre bondad natural y bondad moral. De esta
manera todo acto moral es bueno naturalmente (porque es ser); pero en cuanto a
su bondad moral se divide en: acto moral en general (en sí mismo considerado);
acto virtuoso (cuando se realiza por inclinación natural –hubiera sido el caso
de la inocencia original); y, acto meritorio (cuando se realiza impulsado por
la caridad de Dios).
El
acto moral, además de definirse por su fin, es “circunstanciado”; es decir,
queda definido por sus términos. Entre las circunstancias más importantes se
encuentra la condición libre de la voluntad: sólo la libertad asegura la
libertad del acto, aunque sea el entendimiento el que discierna y califique los
objetos. El carácter moral del acto queda otorgado por el acuerdo de la
voluntad y el juicio recto del entendimiento (libre arbitrio): “El
entendimiento presenta aquello que es verdadero o falso en el orden especulativo
y práctico, pero no constriñe a obrar de un determinado modo, ya que esto
corresponde a la voluntad”.
carácter
teológico
Duns
Escoto considera el dato de la revelación a lo largo de su obra. De este modo,
Escoto entiende que el hombre, en el estado que se encuentra después de la
caída original, no puede atender única ni exclusivamente a su facultad racional
para sobreponerse a esta situació. Esta situación de caída no significa que
nuestro conocimiento acerca de Dios no deba avanzar por el camino de la
comprensión conceptual; sólo se subraya que nuestro conocimiento de Dios no es
intuitivo, como sucede en los bienaventurados.
Más
en concreto por lo referido a la reflexión teológica, el autor distingue entre
una “teología en sí” y una “teología en nosotros”. La primera se refiere a un
conocimiento perfecto del objeto, es decir, a una evidencia que sólo se da en
el conocimiento que Dios tiene de su propia esencia.
La
segunda se comprende como un conocimiento imperfecto y siempre sujeto a la
aprehensión que se posea del objeto. La “teología en nosotros” comprendería
aquellas verdades transmitidas en la Escritura y las que se deducen de ella.
Además, la Escritura sólo dice las verdades que el hombre es capaz de
comprender desde su situación histórica; por ello, para conocer la revelación
es necesaria la gracia sobrenatural. Desde estos presupuestos básicos en la
comprensión de la relación entre filosofía y teología, Escoto concluye que la
teología no es una ciencia subalterna al modo tomista, ya que no dependería de
ninguna otra ciencia. Con otras palabras: la ciencia teológica adquiere un
conocimiento perfecto en sí mismo, sin compartir el carácter contingente y
finito del discurso del conocimiento humano, aunque obviamente utilice algunas
características de ésta para poder explicitar sus contenidos.
Suele
considerarse muy original de Escoto que defina en el prólogo de la Ordinatio la teología como “ciencia
práctica”: “La teología está al servicio del amor y de la salvación de los
hombres. La teología tiende ciertamente al conocimiento y clarificación de lo
creído, pero está en función de una praxis que se articula en el amor”.
Dios Uno y Trino
Su
doctrina toma inicio del enunciado modal que dice que “todo lo que no incluye
contradicción es posible”. El argumento de Escoto prosigue en relación a los
temas de la necesidad y libertad en Dios.
Sin
entrar en los detalles de esta compleja cuestión, sí es posible descubrir que
la doctrina trinitaria escotista armoniza la necesidad con la libertad, en la
generación del Verbo de Dios; así, de este modo, compagina admirablemente la
tradición agustiniana y la tomista acerca de la Santísima Trinidad, incluyendo
en su reflexión la clasificación de las facultades psicológicas (memoria,
inteligencia, voluntad) y las dos actividades inmanentes del alma humana
(conocer y amar).
Cristología
La
doctrina cristológica de Escoto es muy rica. En ella destaca su doctrina sobre
la Encarnación del Verbo. En concreto defiende que la Encarnación se hubiera
realizado aun cuando Adán no hubiese pecado. Desde esta doctrina fundamental en
la teología escotista, nos centraremos en la cuestión que se refiere al motivo de
la Encarnación. La tradición teológica exponía así la cuestión: ¿si Adán no hubiese pecado, el
Hijo de Dios, el Verbo, se hubiera encarnado?
Escoto
no se sujeta al orden hipotético, ya que opina, Dios es libre y no depende de
ninguna condición humana; en este caso, del pecado de Adán.
Su
doctrina cristológica acentúa que Cristo es centro y culmen de la manifestación
de la gloria de Dios ad extra: Cristo
expresa la gloria máxima de Dios: “Él no es el último entre las criaturas, sino
el primero. Es el vértice de la creación porque es la cabeza de todos los seres
creados. Cristo es fruto y producto de la total liberalidad del Padre”.
Desde
otra perspectiva podría decirse: en Cristo, Dios que es Amor, encuentra al
amante adecuado y perfecto, su mayor glorificador y Aquél que lleva a plenitud
la creación. Será la primacía del amor, auténtica expresión de la naturaleza de
Dios, la que responda, “dé razón”, sobre la Encarnación del Verbo, y no la
previsión del pecado de Adán; aunque, matiza Escoto, este pecado haya
condicionado de hecho el modo concreto de la Encarnación, esto es, su
fragilidad, pasibilidad y condición mortal en la cruz (Ordinatio, I, d. 41, q.un, n. 40-41).
Mariología
La
mariología de Escoto se encuentra desarrollada principalmente en la Lectura, Ordinatio y Reportationes
Parisiensia. En ella, destaca su defensa de la Inmaculada Concepción.
La escuela franciscana resuelve la
segunda gran objeción que se refería a la incompatibilidad entre la
universalidad de la Redención y la Concepción Inmaculada de María con la
doctrina de la redención preservativa.
Guillermo de Ware (†1300), maestro de Escoto en Oxford, niega que María
contrajera pecado original, por ser preservada gracias a los méritos de la
pasión de Cristo.
Los
principales méritos de Duns Escoto en este debate son los siguientes: “1º)
Desarrolla la idea de redención preservativa, como la redención más perfecta;
2º) propone una fórmula clara, según la cual, aunque María no tuvo pecado
original, tuvo su ´débito’: habría sido enemiga si no hubiese sido preservada” así se expresa Escoto: “La Bienaventurada Virgen María jamás fue enemiga de
Dios, ni por el pecado actual, ni menos por el pecado original; lo hubiese
sido, si no hubiera sido preservada.
Escoto
destaca que la Inmaculada Concepción de María no quita nada a la unicidad y
universalidad de la mediación de Cristo, sino que la destaca aún más, ya que
brota de ella; es decir, gracias a Cristo, María, su Madre, ha merecido ser
preservada del pecado original.
De
este modo, en la doctrina sobre la concepción inmaculada de María, se presenta
a Cristo como el perfecto Mediador, pues ella ha sido preservada de toda mancha
de pecado gracias a la Redención de Cristo. El argumento de la santificación
preventiva de María alcanza en Escoto su auténtica dimensión cristológica:
María es fruto de la Redención; más aún, ella es la más perfectamente redimida
pues no se trata de una simple exención del pecado original, sino de una
auténtica redención que le ha evitado contraerlo. María no sólo ha sido
santificada desde el primer instante de su concepción en atención al Redentor,
sino por los méritos del Redentor.
Otro problema fundamental de su metafísica es el que
se refiere a la universalización de la sustancia común en el entendimiento, realizada
por la especie inteligible. La especie es necesariamente exigida por el
conocimiento intelectual, y si la imagen es el objeto del conocimiento
sensible, y representa la realidad bajo el aspecto de la singularidad, la
especie es la representación de la universalidad. No es creada por el
entendimiento, pero sí es su objeto adecuado. El primer conocimiento confuso
del entendimiento es el de la especie especialísima,
menos universal y más individualizada, más próxima a la imagen sensible. Pero
el primer conocimiento distinto del entendimiento es el del ser, objeto de la
metafísica.
Como Aristóteles, Duns Escoto situó la metafísica por
encima de todas las ciencias, por ser teoría del ser en cuanto ser, teoría de
la sustancia. Su teoría del universal es en realidad la teoría de la sustancia
como pura estructura ontológica, fundamento de la universalidad lógica y de la
individualidad natural. La noción del ser es común a todo lo existente, es
unívoca y trascendente, y sin ella no podríamos conocer a Dios, causa de la
perfección de las criaturas, pero sin poseer atributos semejantes; Dios y las
criaturas son diversos, y el principio de univocidad del ser lo considera medio
para demostrar la existencia de Dios, pues sabemos que existe, pero sólo
podemos creer sus atributos por demostración causal. Dios es así la primeridad necesaria, incausable y existente en acto. Dios
es también un fin absolutamente primero, primera naturaleza eminente. Sólo
puede ser uno, siendo suprema comunicabilidad, amabilidad y perfección. Infinito,
porque trasciende todo grado posible de perfección.
El alma intelectiva es forma sustancial del cuerpo
humano, que en cuanto tal piensa. Pero Duns Escoto cree que el cuerpo tiene
también forma propia, anterior a su unión con el alma, que lo predispone a tal
unión. A partir de la naturaleza del alma no se puede deducir su inmortalidad, ni
que sea indestructible. La razón tampoco confirma que su aspiración sea la
felicidad eterna, y una justicia que premie el bien y castigue el mal. La
inmortalidad del alma es pues verdad de fe.
Duns confirma la libertad de la voluntad humana. En el
acto voluntario el entendimiento depende de la voluntad, y la bondad del objeto
no causa necesariamente asentimiento de la voluntad. La única ley moral para el
ser humano es el mandato de la voluntad divina, por lo que distingue la
ley de naturaleza y la positiva
divina, distinguiendo en la ley natural los principios prácticos que
son evidentes por sí, de los que son conformes a tales principios, pero no son
evidentes ni necesarios: sólo los primeros son leyes naturales en sentido
estricto. Sólo la obediencia a Dios es precepto natural, el amor de Dios acto
verdaderamente bueno, y el odio a Dios verdaderamente malo. El amor a Dios es condición del amor al prójimo, y al amor Dios
corresponde con la gracia. Contra la justificación tradicional de la redención
concebida como liberación del pecado original Duns afirma la contingencia de la
redención, y la voluntariedad de la encarnación de Cristo. El humano podía
haber sido redimido de otra forma, por lo que la muerte de Cristo fue
contingente, debida solamente a decisión divina. Duns Escoto creyó en la
Inmaculada Concepción de María.
METAFÍSICA Y ESPIRITUALIDAD DEL AMOR EN DUNS ESCOTO Gloria Silvana
Elías1 Universidad Nacional de Tucumán (UNT) Consejo Nacional de
Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)-Argentina. RESUMEN: Este
escrito se inscribe dentro de la teoría extática del amor según Duns Escoto, la
que está influenciada por la doctrina de San Anselmo respecto de las dos
inclinaciones o afectos de la voluntad: la affectio commodi y la affectio
iustitiae. El objetivo del mismo es mostrar cómo Juan Duns Escoto logra superar
la aparente contradicción que cabe entre tender por naturaleza a Dios y elegir
a Dios a partir de la reflexión sobre los dos afectos que conforman la voluntad
humana.
Volviendo a la afirmación de que la voluntad puede decir no a la
felicidad, Scaramuzzi reflexiona al respecto, y retoma la enunciación de Escoto
en Cuestiones Cuodlibetales XVI “Volo modo non elicere actum circa illud
obiectum” (ESCOTO, 1968, p. 587), en este momento no quiero el acto por el que
conseguiría el objeto que hace a la felicidad. Es decir, si bien por naturaleza
la voluntad aspira al fin último, es libre en cuanto a la elección de los
medios para alcanzarlo, a la vez que es libre de no desear actualmente el
objeto concreto que hace a la felicidad. Escoto acepta todo el orden metafísico
tomasiano del amor, pero lo supera en cuanto concibe a la voluntad libre y
capaz de una dimensión amorosa distinta de este orden metafísico; es la
dimensión que Rohmer denomina ‘moral’, la cual trasciende la dimensión ‘física’
o ‘natural’ del amor; para Escoto es necesario descubrir otra raíz de la acción
moral que no sea la naturaleza humana, sino Dios, no como un fin relativo a mi
naturaleza, sino como un fin objetivo extrínseco, que ‘debo’ yo querer
libremente por su infinita perfección.
Los dos órdenes de amor constituyen la voluntad humana, y entre
ellos existe una tensión que debe superarse a favor del amor benevolente, del
afecto que 6 San Anselmo realiza dicha distinción en De concordia praescientiae
et praedestinationis necnon gratiae Dei cum libero arbitrio.
RESUMEN DE LA METAFISICA DE JUAN DUNS ESCOTO
Juan Duns Escoto (conocido como el
"Doctor Sutil") nació como lo indica su nombre en Escocia, en el año
1265. A los quince años ingreso en la congregación franciscana. Estudió primero
en Escocia y luego en Inglaterra (Oxford) y en Francia (París). En 1300 enseño
Teología en Oxford. Volvió a Paris en 1302 para doctorarse en Teología allí
mismo en 1305. En 1307 se trasladó a Colonia (Alemania) donde murió
tempranamente, a la edad de 43 años (1308). Fue una figura central de la
escolástica tardía y un duro crítico de la filosofía de Tomas de Aquino, aunque
más crítico aún del agustinismo de Enrique de Gante (profesor de la Universidad
de París entre 1274 y 1290).
Entre sus obras se destacan sus Comentarios a
las Sentencias de Pedro Lombardo (teólogo italiano cuya obra Sentencias era un
manual básico de Teología), algunos escritos sobre Lógica, Cuestiones sobre
Metafísica, Cuestiones Quodlibetales y el tratado De primo principio.
Escoto señala que, así como el objeto propio
de la Teología es Dios en cuanto Dios, el objeto propio de la Metafísica es el
ser en cuanto ser. Por ello la Metafísica no puede alcanzar a Dios sino en
cuanto éste es ser. Pero si bien la Metafísica estudia al ser en cuanto ser y
no a un tipo de ser en particular, se ve limitada para abordar su objeto al
contar sólo con el conocimiento sensible. No conoce de modo directo a los seres
inmateriales (ángeles, Dios). Para salvar esta desproporción entre el objeto de
conocimiento de la Metafísica (el ser en cuanto ser) y su fuente de
conocimiento (lo sensible), Escoto considera que se debe dar una noción de ser
tan completamente abstracta que pueda aplicarse a todo ser en un mismo sentido
(sentido unívoco). Por otro lado, esta noción de ser es la primera de todas, ya
que el ser es lo primero que conoce el entendimiento.
Para alcanzar a Dios hemos de buscar la causa
del ser (sentido unívoco) y no la causa del ser sensible, porque por este
último camino llegamos a un primer motor que es él también parte del mundo. Por
ello sus demostraciones, si bien parten de nociones tomadas de la experiencia,
prescinden de lo sensible y operan en el plano de lo posible, universal y
necesario; ya que lo que vale para lo posible vale también para lo real, peno
no se da necesariamente lo mismo a la inversa.
Escoto distingue distintos modos de ser, de
entre los cuales los dos primeros son lo finito y lo infinito. Esta división es
anterior incluso a la de las diez categorías de Aristóteles, puesto que las
categorías, al implicar determinación (limitación), corresponden al ámbito de
lo finito. Para demostrar la existencia de Dios, el metafísico debe probar la
existencia del ser infinito.
Al abordar la relación entre el ser infinito y
los seres finitos, se distancia de Avicena, quien sostenía que lo posible
procedía de la necesario por necesidad. Escoto sostendrá que lo finito procede
de lo infinito por un acto de libertad. Trata con ello de escapar de la
primacía de la necesidad que, como concepción propia de la filosofía griega,
cobraba fuerza en su tiempo a través de Avicena y Averroes. Y a la libertad
divina la entiende como limitada sólo por el Principio de No Contradicción y no
por el bien, que depende de la voluntad de Dios. Lo que es bueno, es bueno
porque Dios lo quiere y lo manda. Si él lo hubiese querido, otras podrían haber
sido las leyes morales. A excepción de los dos primeros mandamientos del
decálogo, que Dios no podría haber cambiado sin contradicción, todos los demás
se fundamentan tan sólo en la su voluntad. Con esto se hace evidente que en
Escoto el voluntarismo a desplazado al intelectualismo. También con el fin de
ubicar a Dios por encima de toda necesidad, y considerando que todo
entendimiento es una naturaleza, afirma que Dios está por encima de sus ideas.
Respecto de los universales, se pregunta qué
diferencia habría entre la Metafísica (cuyo objeto es el ser) y la Lógica (cuyo
objeto son los conceptos) si sólo fuesen un producto del entendimiento. Para
salvar esta dificultad, Escoto considera a la esencia como indiferente respecto
de la individualidad y la universalidad. Ella contiene virtualmente a ambos modos
de ser. El universal es la esencia captada en los individuos por el
entendimiento. El individuo, por su parte, se explica por la
"hecceidad", acto último que concreta en lo singular la forma de su
especie.
Como el objeto de la Metafísica no es Dios
sino el ser en cuanto ser, la esencia de Dios queda en la oscuridad para la
sola razón. Es muy poco lo que podemos decir de Dios más allá de que existe.
También escapa a la sola razón conocer si hay o no providencia divina y saber
si el alma es o no inmortal. Es más, la razón no puede alcanzar por sí sola
nada de lo que Dios a revelado. Ello no impide que, siguiendo a Anselmo,
intentemos dar razones del dato revelado partiendo de la misma Revelación. Pero
para ello necesitamos de la fe y la Teología. Escoto entiende, al igual que
Anselmo, que es posible una "Metafísica Cristiana" que, partiendo de
las verdades reveladas sobre Dios y la inmortalidad del alma, las analice y
piense filosóficamente.
En cuanto al obrar del hombre, Duns Escoto
sostiene que la voluntad es la causa total de los actos voluntarios. No niega
la intervención del intelecto, porque debemos conocer algo para quererlo, pero
afirma que, si bien las ideas determinan la voluntad, previamente la voluntad
determina la selección de esas ideas.
Respecto de las diferencias entre Tomás y Duns
Escoto, siendo los dos aristotélicos, dice Gilson: “Se podría sostener sin
inexactitud que, contrariamente a la idea que uno se forma de sus obras, ni
Tomás de Aquino ni Duns Escoto partieron del mismo Aristóteles. El Aristóteles
de Santo Tomás se parece mucho al de Averroes; el de Duns Escoto se parece más
bien al Aristóteles de Avicena. Además, no pertenecen a la misma generación;
entre la de Tomás de Aquino y la de Duns Escoto pasa el corte de la condenación
del averroísmo en 1277. Las obras que se llevaron a cabo después de ella llevan
casi todas su señal. Para un gran número de teólogos de fines del siglo XIII y
de comienzos del XIV parece que esa condenación tuvo el valor de una experiencia
crucial: se había querido confiar en la Filosofía, y resulta que la Filosofía
es Aristóteles; y se veía, por fin, claramente a dónde conducían Aristóteles y
la Filosofía. Puesto que Aristóteles no había podido alcanzar por la razón las
verdades fundamentales de la religión cristiana, la Filosofía, por sí misma, se
revelaba incapaz de hacerlo. Era la prueba experimental. La influencia de
Averroes se extendió en este punto más allá de los círculos averroístas.
Después de 1277, se ve cómo cambia la marcha de todo el pensamiento medieval.
Tras una corta luna de miel, Teología y Filosofía creen advertir que su boda
había sido un error. En espera de la separación de cuerpos, que no tardará, se
procede a la separación de bienes. Cada una vuelve a tomar posesión de sus
problemas y prohíbe a la otra que los toque.”
COMENTARIOS:
Al explicar la abstracción lo hace por medio de su teoría de la natura communis (unidad común, específica, de esencia o de inteligibilidad): para que nuestro entendimiento pueda relacionar lo universal con lo concreto, debe haber una fundamentación de dicha relación que sea de carácter neutro respecto a ambos “términos”. La natura communis es, gracias a su carácter neutral, el fundamento para que nuestro entendimiento pueda relacionar lo universal con lo concreto. En este sentido puede decirse que nuestro entendimiento agente confiere a la natura communis un modo peculiar de ser.
Pero, Escoto está ante todo defendiendo que nuestro entendimiento puede conocer de modo intuitivo; es decir, además de un conocimiento abstracto posee también la capacidad de un conocimiento del singular. Aunque en nuestro estado actual conozcamos de modo abstracto (no intuitivo), la orientación fundamental de nuestro espíritu es el conocimiento intuitivo de lo singular. La propia naturaleza de nuestro entendimiento comprende una apertura y orientación al ser, se trata de una concepción dinámica de nuestro entendimiento heredada de la tradición agustiniana, sin olvidar que Escoto se inspira también en la noción aristotélica de abstracción.
En opinión de Escoto, desde la metafísica se puede acceder a Dios de modo racional. A partir de la noción de ente, donde filosofía y teología se encuentran, podrá demostrarse de modo ontológico la existencia de Dios. Para trascender el orden físico es necesario situarse en el orden de la metafísica u ontología, pues el ente común es lo que une a lo creado e increado, a lo finito e infinito.
Un capítulo importante en la teología natural de Escoto es el que se refiere a la demostración de la existencia de Dios. Escoto concibe a Dios, ante todo, como el ser infinito; éste sería el concepto más perfecto y más simple que podemos tener de Él.
El proceso de demostración prosigue la vía a posteriori; y en él se pueden distinguir dos partes: 1ª) en la primera se cuestiona si es posible el ente infinito; 2ª) en la segunda, si tal ente existe. Ambas cuestiones responden correlativamente a la negación de la posibilidad del infinito actual, en la tradición agustiniana; y al estado de inevidencia en relación a Dios, por nuestro estado actual de viadores. Planteada de este modo la cuestión de la existencia de Dios y de su demostración, veamos la respuesta de Escoto.
En principio no hay argumentos mayores para descartar la posibilidad; además, la experiencia sensible nos hace ver que existen cosas, luego éstas son posibles. Estos seres deben tener una causa distinta a ellos, ya que si no habría que concebirlos como produciéndose a sí mismos o como hechos por la nada, ambas cosas absurdas. El razonamiento nos lleva ante la necesidad de admitir un ser que fuese “productor improducido”, luego es posible.
En lo referido a la comprensión escotista de la naturaleza de Dios debe destacarse la libertad divina, comprendida como causa de todo ser contingente. Escoto distingue entre una potentia absoluta y una potentia ordinata. Por la potentia absoluta Dios puede querer todo cuanto no implique contradicción; por la potentia ordinata, una vez que Dios quiere algo esto se convierte en ley inmutable.
Escoto destaca además el atributo de la omnipotencia, y distingue entre la omnipotencia filosófica y teológica. Aquella sería la infinita potencia divina que admite la colaboración de otras causas segundas; ésta significa que Dios puede obrar sin necesidad de otras causas.
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