sábado, 19 de mayo de 2018



3 CLASE 

SEGUNDA PARTE DE LA ÉTICA DE JESÚS


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. JESÚS Y EL DINERO

CONDENA DEL DINERO Y APEGO AL DINERO


Es una cosa bien sabida que los predicadores eclesiásticos, sobre
todo si tienen querencia a derrotar por la izquierda, suelen arremeter
en sus sermones contra los muchos peligros que entrañan las riquezas,
el amor al dinero, cualquier afán de lucro y no digamos si lo que se trata de fustigar es la avaricia, la usura o simplemente la ganancia desmedida.

Al menos, antiguamente se decían cosas de este tipo. Ahora, que la vida ha cambiado tanto, se critica a los obispos por sus acuerdos con el Estado, a veces, por asuntos poco claros (o abiertamente oscuros) en cuestiones de bienes y finanzas de una Iglesia que luego denuncia las riquezas y el afán por el dinero.

Como es lógico, en este asunto cualquiera advierte más de una contradicción. ¿Cómo se explica que quien condena el dinero sea tan aficionado a él? ¿No indica esto, más que una contradicción moral, una
Confusión mental en un asunto que es de los más serios que hay en esta
vida para el común de los mortales?

EL "DINERO" Y EL "CAPITAL"

Para ponernos en la pista de una adecuada respuesta a lo que acabo
de preguntar, es conveniente tener presente algo que resulta curiosamente misterioso. En principio, el dinero es un mero instrumento de cambio, que han inventado los hombres, para facilitar las lógicas complicaciones que antiguamente llevaba consigo el "trueque" de bienes y mercaderías. El dinero, dice el conocido economista Roland Nitsche, son las "monedas y billetes de banco que permiten comprar mercancías y servicios" \ Pero el mismo autor añade inmediatamente: "Definición exacta, cierto, pero que queda bien lejos de explicarlo todo" \ Por una razón muy sencilla: no es lo mismo hablar de dinero que hablar de capital.

El dinero es el mero instrumento de cambio, mientras que el capital
es el "valor de lo que, de manera periódica o accidental, rinde u ocasiona rentas, intereses o frutos", según se dice en el Diccionario de la Real Academia Española. Por tanto, el capital es dinero. Pero dinero puesto a producir más beneficio económico mediante el rendimiento que proporcionan las rentas, los intereses o quizá otros frutos que se derivan de su utilización. Parece que quien primero habló de esta distinción entre "dinero" y "capital" fue Antonino de Florencia (1389-1459), que estableció una oposición neta entre el "préstamo de dinero" {ratio mutui) y la "inversión de capital" {ratio capitalis) \ En forma de préstamo, el dinero permanece estéril, sin embargo como capital resulta productivo.  Es decir, el dinero (si se invierte para producir más ganancias) no tiene el mero carácter de objeto, sino que, por encima de eso, "posee una propiedad creadora que es precisamente lo que llamamos capital", afirma  Nitsche.

Ahora bien, a partir de esta distinción, los moralistas cristianos establecieron una hábil e inteligente diferencia entre el "usurero" y el "empresario". El primero es un avaro que sólo aspira a acumular dinero improductivo, con todos los vicios que eso lleva consigo. El segundo, por el contrario, es un hombre emprendedor, que se arriesga (ya que puede ganar o perder) al poner su dinero a producir, en lugar de guardarlo avariciosamente.

De ahí que, según las enseñanzas de los moralistas cristianos (ya desde el siglo XV), la tarea empresarial es una actividad que conlleva y exige sus propias virtudes y que agrada a Dios \ Así nació el capital. Y, como es lógico, con el capital nació también el capitalismo y, en consecuencia, los capitalistas.

LA ACUMULACIÓN Y EL FETICHE

Según lo dicho hasta aquí, no habría nada que objetar. El problema
se plantea cuando caemos en la cuenta de dos hechos que se producen
cuando nos las tenemos que ver con el capital y el capitalismo.

En primer lugar, que la actividad empresarial y, por tanto, la actividad
capitalista nos ha demostrado, en su ya larga historia, que, por sus propias leyes y por su propia dinámica, lleva derechamente e inevitablemente a un proceso de acumulación del capital, que se concentra cada día más y más en menos personas. De donde resulta que capitalismo y desigualdad non dos realidades prácticamente inseparables. Donde hay capitalismo hay desigualdades económicas, sociales y culturales que claman al cielo. Y sabemos de sobra que esto, al menos hasta ahora, no se ha podido evitar. Todo lo contrario, a medida que el capitalismo se hace más fuerte, en esa misma medida las desigualdades (y todas las injusticias que llevan consigo) son cada día más agresivas y brutales. Y conste que, al hablar de este punto, no estamos ante una teoría más o menos discutible, sino ante un hecho que resulta tan asombroso como criminal.

En segundo lugar, que, como indicó Carlos Marx, los productos del trabajo, en cuanto se presentan como mercancías, son como una especie de "(etichismo". Un fetichismo "inseparable de ese modo de producción"\ Por supuesto, sabemos que Marx se equivocó en no pocas cosas. Y sabemos, por experiencia, que el dinero, y más el capital, entrañan una misteriosa seducción que bien se puede considerar como un fetiche, como algo casi religioso, que apasiona y ciega hasta el extremo de no ver la vida sino desde el punto de vista que suministra el afán por la ganancia y la acumulación

¿ES COMPATIBLE EL EVANGELIO CON EL PROGRESO ECONÓMICO?

Si a las incertidumbres y vaivenes que acabo de indicar añadimos ahora las profundas transformaciones que ha experimentado la economía globalizada y, por tanto, el capitalismo mundial, se comprende la dificultad que entraña la aplicación de las enseñanzas del Evangelio sobre el dinero en los tiempos que estamos viviendo. Baste pensar en esto: si todos los mortales tomasen al pie de la letra lo que dicen determinados textos evangélicos sobre la maldad del dinero y las riquezas, un buen día nos podríamos encontrar con la desconcertante escena de un padre de familia, trabajador en una fábrica de automóviles (pongamos por caso), que llega a su casa y les dice a su mujer y a sus hijos: "Mirad, el mundo es ya tan cristiano, que me he quedado sin trabajo, porque nadie compra coches y todos tenemos que vivir en tal pobreza,  que la única salida que nos queda es pasar hambre y vivir con muchas estrecheces y hasta es posible que en la más cruda miseria".

¿Sería esto realmente cristiano? ¿es imaginable que Dios quiera semejante situación? Yo sé que, al decir esto, estoy llevando el problema hasta el absurdo. Pero quizá por eso este modo de hablar nos ayude a situarnos mejor ante el problema. Porque tampoco se puede afirmar, así a la ligera, que el crecimiento económico constante es lo mejor para este mundo. De sobra sabemos que eso sólo se puede lograr a costa de empobrecer a millones de criaturas y de destrozar los recursos de la tierra, el equilibrio ecológico y el futuro de la vida. Lo que es tanto como decir que el crecimiento económico descontrolado es lo mismo que el auto-genocidio de la humanidad y, más que nada, el ensañamiento cruel sobre los millones de seres humanos más desgraciados de este mundo.

La pregunta acuciante y hasta angustiosa, que nos hacemos en este momento, es tan clara como difícil de responder: ¿qué nos quiso decir Jesús cuando habló sobre el dinero y las riquezas? Esta es la cuestión. Para cada ser humano, para los cristianos en concreto y especialmente
para la Iglesia.

"NADIE PUEDE SERVIR A DOS SEÑORES" (MT 6, 24)

En el sermón del monte, según la redacción que nos dejó el evangelio
de Mateo, Jesús expresa (al menos a primera vista) un rechazo tajante del dinero. Hasta el punto de que, según parece, quien sirve al dinero no puede servir a Dios. Lo cual produce la lógica impresión de que Dios y el dinero son incompatibles. O sea, el que quiera, de verdad, acercarse a Dios tiene que renunciar a la posesión de bienes. Y, por el contrario, el que prefiera retener el dinero (y los bienes que proporciona el dinero) no tiene más remedio que renunciar a entenderse con Dios. ¿Es esto realmente así? ¿Se puede asegurar tranquilamente que Dios y el dinero son absolutamente irreconciliables? Pero, entonces, si eso es efectivamente así, ¿no tendríamos que concluir, en sana lógica, que Dios está en contra del bienestar y del progreso, puesto que, si queremos bienestar y progreso, eso sólo se puede alcanzar mediante el
dinero y su utilización en forma de capital?

¿Es posible estar cerca de Dios teniendo al mismo tiempo un buen nivel de vida? ¿puede un cristiano considerarse seguidor de Jesús si posee una cuenta corriente (con "visa oro" incluida), percibe un buen sueldo y dispone de algunos bienes dentro de lo que, en un contexto social determinado, se puede considerar como un ciudadano que goza de una seguridad económica "razonable"? En definitiva, ¿qué quiso decir Jesús cuando afirmó que "no podéis servir a Dios y al dinero" (Mt 6, 24)?

No viene al caso recordar aquí las numerosas y, a veces, contradictorias
explicaciones que teólogos y clérigos han intentado buscar a las palabras de Jesús sobre la compatibilidad o incompatibilidad de Dios y
el dinero?. Por lo pronto, vendrá bien tener en cuenta que Jesús empieza diciendo: "No acumuléis riquezas en la tierra, donde la polilla y la carcoma las echan a perder y donde los ladrones abren boquetes y roban" (Mt 6, 19). Parece lo más razonable pensar que Jesús se refiere aquí a riquezas improductivas, es decir, dinero o bienes que se acumulan y se retienen de manera que no se utilizan para nada. Y por eso están expuestos a que la polilla y la carcoma acaben con lo que se tiene celosamente oculto y bien guardado. Dicho de otra manera, parece que Jesús habla de quienes acumulan cantidades de dinero de manera que se centran en eso sin pensar en otra finalidad o en otra utilidad que se pueda dar a ese dinero que poseen. Es el dinero como "tesoro" en el que se centra y queda atrapado el "corazón", como dice el mismo Jesús cuando afirma: "Porque donde está tu tesoro, allí está también tu corazón" (Mt 6, 21).

¿De qué se trata? Dios y el dinero Se ha dicho, seguramente con bastante razón, que "el dinero, como medio absoluto y al mismo tiempo punto de unión de incontables órdenes finales... tiene relaciones muy importantes con la idea de Dios, que solamente la psicología puede descubrir, puesto que goza del privilegio de no cometer ningún sacrilegio'"". Efectivamente, el hecho de ganar dinero, por sí solo y por sí mismo, no se considera en los tratados de moral como algo que ofenda a Dios. Pero no sólo eso. En la predicación religiosa, se ha dicho muchas veces que el dinero es una bendición divina. Por ejemplo, en el siglo XIX, el papa Gregorio XVI concedió numerosos títulos de nobleza a personas y familias acaudaladas por una razón que, a juicio del pontífice, justifica todo lo demás: "quienes poseen riquezas suelen ser una ayuda y un ornato para la sociedad cristiana" "'. Es más, a juicio de aquel papa, las riquezas son una bendición divina, que merece ser premiada por la Iglesia. Es la tesis que defiende este pontífice en los numerosos documentos magisteriales mediante los que concedió títulos de nobleza a personas acaudaladas, precisamente porque eran gente de mucho dinero, lo que les permitía llevar una vida espléndida. Para el papa Gregorio XVI, la cosa estaba clara: a más dinero, más bendición celestial. Y es que el dinero entraña algo, profundamente misterioso, que se parece a Dios.

A una persona le puede interesar el dinero por egoísmo y avaricia o, por el contrario, le puede interesar el dinero por altruismo y generosidad. El que se afana por ganar, para hacer un gran capital y pasárselo lo mejor posible sin pensar en otra cosa, ése evidentemente es un individuo que ha puesto su corazón en el dinero y en el dinero tiene su tesoro, lo único que de verdad le importa en la vida. Por el contrario, el que se afana por el dinero porque necesita ese dinero para montar una empresa en la que va a dar puestos de trabajo (debidamente remunerados) a mucha gente; o simplemente porque tiene una familia a la que no hay más remedio que sacar adelante cada mes, es claro que, en esos casos (y tantos otros por el estilo), el dinero no es, ni puede ser, enemigo de Dios. Porque Dios es el primero que quiere que la gente tenga puestos de trabajo, como es el primero que quiere también que, en cada casa y en cada familia, haya dinero para llegar a fin de mes sin apuros o necesidades que quedan al descubierto.


La sensatez de Jesús va por otro sitio. Va por el camino que lleva directo a la felicidad compartida. Eso sí está a nuestro alcance. Dar al que no tiene, compartir con el que carece de lo indispensable, proporcionar algo de alegría al que sólo ha saboreado la miseria y la tristeza. En definitiva, poner en práctica el programa de las bienaventuranzas. Eso sí que produce dicha, felicidad y da sentido a la vida. Por otra parte, y como es lógico, si todos los ricos del mundo pensaran así, es seguro que habría menos sufrimiento y más esperanza sobre todo entre quienes peor lo pasan en la vida. Así es la ética de Cristo.


JESÚS Y LOS RICOS

¿Sacamos, entonces, la conclusión de que los ricos no tienen solución posible a los ojos de Dios? ¿Se puede asegurar, así tranquilamente, que Jesús rechaza de forma implacable a todo el que tiene dinero y bienes y al que, por eso mismo, lo pasa bien en esta vida? Sinceramente, no es fácil responder a estas preguntas. Porque, si es verdad que Jesús dijo "¡ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo!" (Le 6, 24), no es menos cierto que el mismo Jesús, que amenazó a los ricos, tuvo amigos entre gentes de dinero y se dejó invitar a mesas bien surtidas, por ejemplo, a las comidas que organizaban los publícanos (Me 2, 15-16 par; Le 19, 1-10; 15, 1-2), que eran gente que no pasaba precisamente hambre y, además, el dinero que tenían era de origen oscuro y bastante dudoso. Y en dos ocasiones, que sepamos, asistió a banquetes en los que, según las costumbres orientales, Jesús fue perfumado, con ricos y caros perfumes, por mujeres que daban que hablar (Le 7, 37-38; Jn 12, 3). Además, sabemos también que Jesús solía ir acompañado de mujeres a las que hoy llamaríamos señoras "de buena sociedad", que además "le ayudaban con sus bienes" (Le 8, 2-3). Por eso hay que volver a preguntarse: realmente, ¿en qué quedamos? ¿aceptaba o rechazaba Jesús a los ricos?.

Dos cosas hay que decir como respuesta: 1) Jesús rechaza a los "camellos"; 2) Jesús acoge a los que "comparten". Cuando hablo del rechazo de los "camellos", me refiero al proverbio que utilizó Jesús cuando le dijo a un rico que "es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que no que entre un rico en el Reino de Dios" (Me 10, 25 par). En tiempo de Jesús, se utilizaba también la expresión del elefante y el ojo de la aguja. Y, según parece, en el lenguaje popular se empleaba a veces la contraposición de la hormiga y el camello". La cosa, por tanto, no admite duda. A no ser que se pretenda forzar el sentido del texto hasta hacerle decir lo contrario de lo que expresa su significado más obvio. Y no vale echar mano de la variante que hace del camello un cabo de amarra (kámelos). Porque eso disuelve precisamente lo paradójico que entraña la sentencia de Jesús. Una sentencia que afirma con fuerza ni más ni menos que esto: una persona que retiene sus bienes para sí solo y, por tanto, se interesa solamente por su propio bienestar, sin darle a su dinero ningún tipo de productividad y, por supuesto, negándose a compartir lo suyo con los que pasan faltas y por ello sufren, esa persona es imposible que entre en el Reino de Dios. Es decir, es imposible que una persona, que vive en esas condiciones y con semejante proyecto de vida, acepte y viva el proyecto de Jesús.



ÉTICA Y ECONOMÍA

El desorden y la confusión, que se advierten en casi todo cuanto se refiere al complejo mundo de los comportamientos éticos, se ponen actualmente de manifiesto sobre todo en lo que toca a las relaciones entre ética y economía. La confusión es tal, que, como se ha dicho muy
bien, "en lo que hace a las relaciones entre economía y ética, la apreciación más común dentro de nuestro horizonte histórico es la de considerarlas incompatibles. Tal como normalmente lo sentimos y vivimos, no parece que sea fácil vislumbrar que nuestro actual horizonte de la economía vaya a estar marcado por la ética". Esta dificultad llega hasta el extremo de que "parece como si hubiera una insuperable separación entre el mundo de la economía y el mundo ético, como si fueran total e irremediablemente incompatibles”.

La dificultad estriba en que, cuando hablamos de economía, estamos hablando, no simplemente de dinero, sino de capital. Ahora bien, como es bien sabido, hay tres clases de capital: el productivo, el comercial y el financiero. Y cada una de estas formas de capital genera cantidad de problemas que, desde el punto de vista de la ética, resultan cada día más difíciles de resolver.

Baste pensar en los numerosos problemas que hoy plantea el capital comercial en su forma dominante en la actualidad, el comercio global. Sobre todo, los problemas (concretamente de carácter ético) que provienen de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y las consecuencias que de eso se siguen sobre todo para los países más pobres del planeta. Pero, sin duda alguna, la dificultad mayor está en la globalización de la economía. Por poner un ejemplo muy simple: la camisa que cualquiera compra en cualquier tienda de ropa, seguramente está fabricada en un país en el que la gente vive de forma miserable; y en esa camisa han trabajado manos de niños y niñas que están sometidos a auténtica esclavitud. Es decir, lo más seguro es que Usted lleva puesta una camisa fabricada por esclavos. Y da lo mismo que la camisa sea cara o barata, que sea de marca o no tenga marca ninguna. En este momento, todo lo que sea manufactura de ropa, calzado y mil cosas más, que nos ponemos o nos comemos cada día, ya sea que compremos eso en unos grandes almacenes o en una "tienda de a cien", lo más probable es que esas cosas han sido trabajadas duramente, en noches agotadoras e interminables, por mujeres y niños que seguramente no ganan ni un dólar al día. Precisamente nuestras compras comerciales nos resultan, con frecuencia, bastante baratas (pensemos en las "rebajas") porque la productividad es escandalosamente barata, a costa de la salud y la miseria de millones de personas.

Del capital financiero, el que circula por las bolsas de valores y mercados de finanzas de todo el mundo, no para producir bienes o intercambiar lo que se produce, sino con la intención primordial y básica de "ir hacia donde se generen los mayores rendimientos"2/. Es decir, se trata de un capital destinado fundamentalmente a acumular y, por tanto, a concentrar la riqueza cada vez más y más en menos propietarios.

Ahora bien, el capital financiero tiene, entre otras, dos características que son clave para comprender lo que está ocurriendo ahora mismo en la economía mundial. La primera característica es la enormidad. Porque son tales las cantidades de capital, que se dedican a la pura especulación y a la ganancia de los ricos, que parece increíble lo que está sucediendo en este orden de cosas.

 "El volumen de transacciones económicas mundiales se mide normalmente en dólares estadounidenses. Para la mayoría de la gente, un millón de dólares es mucho dinero. Medido como fajo de billetes de cien dólares, abultaría  centímetros. Cien millones de dólares llegarían más alto que la catedral de San Pablo de Londres. Mil millones de dólares medirían casi 200 kilómetros, 20 veces más que el monte Everest".  Pues bien, añade Giddens, "sin embargo, se maneja mucho más de mil millones de dólares cada día en los mercados mundiales de capitales".


8. JESÚS Y EL PODER

La pregunta que hay que hacerse es ésta: el peligro más grave, que hoy amenaza a la humanidad, ¿proviene de la ambición por el dinero o tiene su causa principal en la ambición por el poden Me parece conveniente recordar que, como es fácil entender, al plantear esta pregunta, no se trata de afrontar una mera curiosidad propia de personas que no tienen cosas más serias en las que pensar.

Estamos, sin duda alguna, ante un asunto muy serio. Tan serio, que se trata de saber si la raíz más profunda del daño que nos causamos a nosotros mismos, y que causamos a los demás, está en el deseo de dinero o en el deseo de poder. Porque ahí es donde está el centro mismo del problema. Exactamente en el "deseo". Sabemos, en efecto, que la raíz última de los mil problemas que nos hacen sufrir y con los que causamos sufrimiento, está en el deseo. En un caso, el deseo de dinero. En el otro caso, el deseo de poder. Precisamente por eso, porque la raíz es común, por eso mismo se comprende que, con frecuencia, haya numerosas interferencias de estas "ambiciones" o "deseos desmedidos". Y la prueba está en que, tantas y tantas veces, resulta difícil saber si lo que mueve a determinados individuos, en sus comportamientos "ambiciosos", es el ansia de dinero o el ansia de poder.

Con todo, y aun a sabiendas de la complejidad del asunto, si aquí nos preguntamos por la "tentación más grave", es porque hay dos hechos que, no sólo dan pie, sino que obligan a afrontar este problema. El primer hecho está patente y a la vista de todo el mundo. Ahora mismo hay personas, que tienen tanto dinero, que ya no saben ni dónde meterlo, ni qué hacer con él, pero lo sorprendente es que siguen y siguen afanándose, día y noche, por acumular más y más capital. Si tienen hasta en exceso todo lo que puede ofrecer y proporcionar el dinero, ¿a qué viene seguir y seguir con el afán de acumular más y más? Lo que el dinero puede dar tiene un límite. Si, a pesar de eso, el deseo de dinero no ceja en su empeño, hay que preguntarse si ese empeño se centra en el dinero o si lo que busca es otra cosa, que va mucho más allá de lo que puede proporcionar el dinero. Es decir, hay que preguntarse si el deseo más poderoso, en la vida de cualquier ser humano, es el deseo de dinero o el deseo de poder.

Jesús de Nazaret  reunió un grupo de discípulos, que, en su círculo más reducido, se suele representar en los "Doce" apóstoles. Pues bien, en la convivencia con este grupo de hombres, Jesús fue paciente y tolerante hasta extremos que llaman la atención. Concretamente, Jesús nunca (que sepamos) les echó en cara a aquellos hombres ambición económica de ningún tipo. Ni les reprendió por asuntos de dinero. En el grupo había bolsa común (Jn 13, 29), según parece mal administrada (Jn 12, 6). Pero el evangelio de Juan, que es el que nos informa de estos detalles, no hace la menor alusión a que ni Jesús ni los demás del grupo dieran importancia a este asunto. Sin duda alguna, en el grupo aquél, el tema económico no parece que constituyera problema alguno. Por lo menos, es seguro que las comunidades cristianas, en las que se elaboraron y redactaron los relatos evangélicos, consideraron que no había nada significativo que destacar y contar a ese respecto. Sin embargo, cuando aparece el tema del poder, la prepotencia, la prioridad sobre los demás, el simple hecho de darse importancia o, por
el contrario, el desagradable asunto de los fracasos y frustraciones que nos acarrea la vida, en tales situaciones, Jesús es tajante y hasta intransigente. En tales ocasiones el mismo Jesús corta por lo sano y no
tiene pelos en la lengua, llamando a las cosas por su nombre.

La ética de Cristo se asienta sobre una base fundamental: Jesús vio claramente que el peligro más grave que amenaza a los seres humanos es la tentación del poder. Sin duda, porque eso es lo que más daño nos hace a todos, lo que más nos deshumaniza, lo que más nos divide y lo que, por eso mismo, hace prácticamente imposible la convivencia en paz, sin agresiones y sin violencia. De ahí que este es el punto capital en el que Jesús no toleró, de ninguna manera, las pequeñas o grandes ambiciones de las que los apóstoles dieron señales manifiestas. Y no es que aquellos hombres (según parece) fuesen más ambiciosos que el esto de los mortales. Sin duda, en esto eran como somos los demás. Ni
más ni menos. Sin embargo, Jesús vio que tenía que cortar de raíz incluso brotes a primera vista insignificantes de rivalidad y sobre todo las pretensiones de poder de unos sobre otros, por más que tales pretensiones apareciesen disfrazadas con las mejores intenciones, como diré en su momento. Porque Jesús quiso dejar bien establecido un principio que, de haberse aplicado sin concesiones, la historia de los seres humanos en el planeta tierra habría sido completamente distinta.

Jesús no se situó, ante sus discípulos, como el superior que exige "obediencia" a sus "siervos", sino como el amigo ejemplar que solicita "seguimiento" de sus fieles "amigos" (cf Jn 15, 15).  En efecto, el verbo "obedecer" (ypakoúein) aparece en los evangelios sólo tres veces. Cuando se dice que "el viento y el mar obedecen" a Jesús (Me 4, 41 par). Cuando el propio Jesús les dice a los discípulos que, si tienen fe, hasta un árbol silvestre (una morera) les obedecerá (Le 17, 6). Y cuando la gente se queda asombrada al ver que Jesús "da órdenes a los espíritus inmundos y le obedecen" (Me 1, 27). Es decir, en el lenguaje de los evangelios, la obediencia se aplica a los elementos inanimados (el mar, el viento), a las plantas del campo y a los demonios. De los discípulos o de cualquier otro ser humano, jamás se dice que se relacionase con Jesús mediante el sometimiento o la sumisión, que es la respuesta obediente a un mandato. Esto quiere decir, ante todo, que Jesús no le pide a nadie que renuncie a su libertad. Y menos aún que ponga esa libertad en manos de nadie, ni siquiera de Dios, enajenando la capacidad de decidir que, según el Nuevo Testamento, está presente y no puede faltar donde verdaderamente está el Señor de la vida y de la historia. Porque "donde hay Espíritu del Señor hay libertad (2 Cor 3, 17). Por eso, cuando Jesús le dice al Padre del cielo: "No se haga mi voluntad, sino la tuya".  No se trata de que Jesús renunció a su propia capacidad de decidir y a su libertad, sino que, en aquel momento decisivo, fue Jesús quien vio con lucidez y aceptó con plena libertad que lo más coherente, en aquella situación, era hacer lo que él vio que le pedía Dios.

El apóstol Pedro, que se quedó pasmado cuando vio que Jesús venía a hacer una cosa tan vulgar como era lavarle los pies (Jn 13, 6), una tarea que, en aquella cultura, era propia de esclavos o sirvientes''. Como es lógico, Pedro se negó en redondo a que aquello siguiera adelante (Jn 13, 8). Jesús, por supuesto, era consciente de que la cosa resultaba difícil de entender (Jn 13, 7). Y más difícil de aceptar. "No me lavarás los pies jamás" (Jn 13, 8 a), aseguró Pedro. Por eso Jesús fue tajante: "Si no dejas que te lave, no tienes nada que ver conmigo" (Jn 13, 8 b). O sea, Jesús estaba manifestando que allí había en juego algo tan serio, que si el mismísimo san Pedro no lo aceptaba, desde aquel instante quedaba rota toda relación entre Cristo y sus apóstoles. Porque parece razonable pensar que, si cortaba con la cabeza del "colegio apostólico" (en expresión de la teología posterior), semejante ruptura equivalía a cortar con todos. "Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros tenéis que lavaros los pies unos a otros. Es decir, os he dado un ejemplo para que igual que yo he hecho con vosotros, hagáis también vosotros" (Jn 13, 14-15).


9. LA AUTORIDAD EVANGÉLICA

Lo que acabo de indicar, sobre el poder y la autoridad, no significa ni quiere decir que en la Iglesia no tenga que existir una autoridad que coordine y organice el gobierno de la institución. Es una ley sociológica bien conocida que toda institución, que pretenda perpetuarse, necesita
Organizarse y, por tanto, tener sus dirigentes y coordinadores del gobierno. Lo que pasa es que la autoridad en la Iglesia no puede ser ni otra autoridad, ni más autoridad, que la autoridad que Jesús el Señor, con su vida y con su ejemplo, dejó suficientemente bien descrita y configurada.



CRITICA.

La dificultad escribe en que, cuando hablamos de economía, estamos hablando, no simplemente de dinero, sino de capital. Ahora bien, como es bien sabido, hay tres clases de capital: el productivo, el comercial y el financiero. Y cada una de estas formas de capital genera cantidad de problemas que, desde el punto de vista de la ética, resultan cada día más difíciles de resolver, No viene al caso recordar aquí las numerosas y, a veces, contradictorias.

Explicaciones que teólogos y clérigos han intentado buscar a las palabras de Jesús sobre la compatibilidad o incompatibilidad de Dios y
El dinero. Por lo pronto, vendrá bien tener en cuenta que Jesús empieza diciendo: "No acumuléis riquezas en la tierra, donde la polilla y la carcoma las echan a perder y donde los ladrones abren boquetes y roban. Parece lo más razonable pensar que Jesús se refiere aquí a riquezas improductivas, es decir, dinero o bienes que se acumulan y se retienen de manera que no se utilizan para nada. Y por eso están expuestos a que la polilla y la carcoma acaben con lo que se tiene celosamente oculto y bien guardado.
 Dicho de otra manera, parece que Jesús habla de quienes acumulan cantidades de dinero de manera que se centran en eso sin pensar en otra finalidad o en otra utilidad que se pueda dar a ese dinero que poseen. Es el dinero como tesoro en el que se centra y queda atrapado el corazón, como dice el mismo Jesús cuando afirma: "Porque donde está tu tesoro, allí está también tu corazón.
A una persona le puede interesar el dinero por egoísmo y avaricia o, por el contrario, le puede interesar el dinero por altruismo y generosidad. El que se afana por ganar, para hacer un gran capital y pasárselo lo mejor posible sin pensar en otra cosa, ése evidentemente es un individuo que ha puesto su corazón en el dinero y en el dinero tiene su tesoro, lo único que de verdad le importa en la vida. Por el contrario, el que se afana por el dinero porque necesita ese dinero para montar una empresa en la que va a dar puestos de trabajo (debidamente remunerados) a mucha gente; o simplemente porque tiene una familia a la que no hay más remedio que sacar adelante cada mes, es claro que, en esos casos (y tantos otros por el estilo), el dinero no es, ni puede ser, enemigo de Dios.

Porque Dios es el primero que quiere que la gente tenga puestos de trabajo, como es el primero que quiere también que, en cada casa y en cada familia, haya dinero para llegar a fin de mes sin apuros o necesidades que quedan al descubierto.

Porque eso disuelve precisamente lo paradójico que entraña la sentencia de Jesús. Una sentencia que afirma con fuerza ni más ni menos que esto: una persona que retiene sus bienes para sí solo y, por tanto, se interesa solamente por su propio bienestar, sin darle a su dinero ningún tipo de productividad y, por supuesto, negándose a compartir lo suyo con los que pasan faltas y por ello sufren, esa persona es imposible que entre en el Reino de Dios. Es decir, es imposible que una persona, que vive en esas condiciones y con semejante proyecto de vida, acepte y viva el proyecto de Jesús.






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