sábado, 19 de mayo de 2018


LA ÉTICA EN JESUCRISTO
INTRODUCCIÓN


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La ética es uno de los grandes temas del momento. Incluso se puede decir, con todo respeto, que la ética se ha puesto de moda. Con sus matices particulares, por supuesto. Pero el hecho es que hoy la ética interesa cada día a más gente. Más aún, los temas relacionados con la ética están a la orden del día y en boca de todos. Bioética, caridad mediática, acciones humanitarias, salvaguarda del entorno, moralización de los negocios, de la política y de los medios de comunicación, debates sobre el aborto, el acoso sexual, correos rosa y códigos de lenguaje "correcto", cruzadas contra la droga y lucha antitabaco... Como se ha dicho muy bien "la ética se ha convertido en el espacio privilegiado donde se descifra el nuevo espíritu de la época"'. Más todavía, sin exageración de ningún tipo, se puede asegurar que, en este momento, la ética se ve como un asunto más importante y más urgente que la dogmática. Y, desde luego, parece bastante claro que la ética tiene hoy más tirón que la espiritualidad y que la mística. No hay que hacer ningún esfuerzo mental para persuadirse de que las cosas están así. Un ejemplo muy claro, que confirma lo que acabo de decir, es lo que está ocurriendo en España y, en general, en los países de la Unión Europea. Los grandes temas, que hoy apasionan a los hombres de la religión y de la política y que trascienden ampliamente a la opinión pública, son casi siempre temas que rozan los comportamientos éticos o que entran de lleno en el ámbito de la ética.

Los temas de los que hablan cada día los obispos y los políticos y los temas que mucha gente debate en la calle y en las tertulias de todo color y de cualquier pelaje. Me refiero a cuestiones como el debate sobre las células madre, el aborto y la eutanasia, los problemas relacionados con la moral del sexo y de la familia, los matrimonios gey, el uso del preservativo, la fecundación in vitro, la libertad religiosa, la enseñanza de la religión en la escuela pública, la financiación de las distintas confesiones religiosas, la laicidad del Estado y un largo etcétera que siempre termina conectado con problemas éticos o que entra de lleno en ellos. ¿Qué nos viene a decir todo esto? ¿Es positivo o negativo? ¿Es alentador o preocupante? Hay dos hechos que, según creo, son innegables. En primer lugar, hace poco más de cincuenta años, los grandes problemas teológicos, que se vivían y se discutían apasionadamente en el cristianismo, eran sobre todo problemas dogmáticos: la cristología, la eclesiología, la escatología, la antropología teológica, en la que fue determinante el debate sobre el problema del "Sobrenatural". Pero hoy, en contraste con lo que acabo de decir, los temas teológicos que ahora se discuten y apasionan son sobre todo problemas morales, los temas relacionados con la ética, que acabo de apuntar de forma muy resumida. En segundo lugar, hace unos cincuenta años, en el cristianismo (tanto cató lico como protestante) había una generación de grandes teólogos cuyos nombres perduran, y quedarán por mucho tiempo, como los hombres geniales que han hecho posible la renovación de la teología cristiana. Hoy escasean las grandes personalidades teológicas y no parece exagerado decir que la teología se ha empobrecido de forma alarmante. Nombres como Bultmann, Barth, Bonhoeffer o Tillich, en el protestantismo; o como Rahner, Congar, De Lubac o Von Balthasar, en el catolicismo, ya no se encuentran. Ni hay trazas de que se vayan a encontrar a corto o medio plazo. Al decir esto, no pretendo insinuar que la dogmática tenga más categoría que la ética. Me limito a constatar un hecho que está a la vista de todos. Por supuesto, yo no pretendo analizar aquí por qué ha ocurrido este hecho tan perjudicial para la Iglesia. Eso necesitaría, no uno, sino varios estudios serios y voluminosos.

Lo peor de todo, me parece a mí, es que la ética va demasiadas veces a remolque de intereses que nada tienen que ver con la ética. Me refiero concretamente a intereses políticos y económicos. Lo cual es explicable. Porque, con frecuencia, la política y la economía no son precisamente ejemplares. Por eso, tanto los hombres de la política como los de la economía, tienen que buscar legitimación en planteamientos éticos, para justificar lo que hacen o dejan de hacer.

Pero también es cierto que, por eso mismo, los profesionales de la ética tendrían que asumir, como tarea primordial, el esfuerzo por desenmascarar las turbias utilizaciones de la ética, que tantas veces hacen los políticos y los capitalistas, de criterios y valores que ellos se inventan y nos proponen como los supremos valores que hay que salvaguardar a toda costa. Por ejemplo, todos sabemos que últimamente se viene utilizando la mentira para legitimar la violencia. La gente de la política hace esto con más descaro cada día. Y lo sorprendente es que muchos moralistas de oficio no dicen ni media palabra sobre cosas tan escandalosas como peligrosas para la vida.


1 UNA ÉTICA DESCONCERTANTE

Vivimos en una sociedad que vive en proceso de cambio. Un cambio constante, rápido, acelerado y profundo. Nuestra sociedad está cambiando a una velocidad que cada día nos sorprende y con frecuencia nos desconcierta. Porque lo más llamativo no es que cada día nos enteramos de nuevos descubrimientos y avances en la ciencia y en la técnica. Lo más desconcertante es que somos nosotros mismos los que estamos cambiando. Se ha dicho, con toda razón, que "de todos los cambios que ocurren en el mundo, ninguno supera en importancia a los que tienen lugar en nuestra vida privada".

"Hay en marcha una revolución mundial sobre cómo nos concebimos a nosotros mismos y cómo formamos lazos y relaciones con los demás". Lo que es cierto hasta el extremo de que "no podemos sustraernos del torbellino de cambios que llegan hasta el corazón mismo de nuestra vida emocional"'. Por otra parte, es importante saber que, si es cierto que estos cambios se están produciendo en todo el mundo, en los países ricos y avanzados los cambios se producen con mucha más rapidez y, sobre todo, de manera que alcanzan niveles de profundidad que seguramente no imaginamos.

Ésta es la conclusión más importante a que ha llegado el excelente estudio que ha llevado a cabo el profesor de la Universidad, A Giddens, Un mundo desbocado. Los efectos de la globalización en nuestras vidas.

Una particularidad que interesa destacar es, de los XI países que ha analizado el estudio de Inglehart, resulta que España es el país que está viviendo el cambio más rápido y más profundo de todo el mundo. Por eso, con tanta frecuencia nos llevamos las manos a la cabeza por las cosas que oímos y vemos. La gente ya no es como era hasta hace pocos años. Y conste que se trata de un cambio acelerado. Los jóvenes cambian más rápidamente que los mayores. Y los niños nos sorprenden todos los días con cosas que antiguamente no se hacían o no se preguntaban. Y es que lo que está cambiando son las creencias, los valores y las identidades. La gente ya no cree en lo que creía antes. Ni se le da importancia a lo que antes la tenía. En definitiva, somos diferentes. Es decir, está emergiendo un nuevo tipo de hombre, un nuevo modelo de persona. De ahí, la enorme dificultad con que se tropieza para que la gente siga comportándose de acuerdo con el modelo de buen comportamiento que siempre se tuvo como tal. Y quienes más notan esta dificultad son, como es lógico, los padres al educar a sus hijos, los educadores al enseñar cómo deben portarse los niños y los jóvenes, y los sacerdotes cuando imparten a los fieles sobre lo que se debe hacer y lo que se debe evitar. No hay manera. Y el hecho es que cada día aumenta el número de personas que se sienten desoladas porque se ha perdido el respeto que antes había, las buenas maneras que nos enseñaron nuestros mayores, y las sanas costumbres que antiguamente regían la buena conducta de la gente de orden.

La ética de Jesús fue una ética de cambio. Jesús, en efecto, cambió muchas cosas. Pero, sin duda alguna, de todo lo que Jesús modificó, lo que más llama la atención es el cambio que introdujo en los valores que deben regir la vida de las personas y en la conducta que tienen que adoptar quienes pretendan asumir la forma de vida que traza el Evangelio. Los cambios, que introdujo Jesús en su forma de entender la ética, fueron tan profundos que sorprendieron, desconcertaron y hasta escandalizaron a mucha gente. Lo que más llama la atención, en este sentido, es que Jesús desconcertó y escandalizó, sobre todo, a la gente más religiosa de su tiempo. Los pecadores, los publícanos, las prostitutas, las mujeres de mala fama, los excluidos de la sociedad.

Lo cual quiere decir que aquellas gentes desgraciadas se sentían bien con Jesús. Sin duda, porque él los comprendía, los acogía, nunca les echaba nada en cara, los trataba con respeto y, por supuesto, siempre encontraban cariño en Jesús aquellas personas que, para la gente "respetable", eran unos desgraciados. Leyendo los evangelios con atención, uno advierte enseguida que Jesús se dio cuenta de que la religión, que entonces había en su pueblo y en su tiempo, no iba a ninguna parte. Y menos aún, la ética que predicaba aquella religión. Era, por supuesto, una religión solemne, ordenada, autoritaria, con muchos sacerdotes y levitas, con un templo imponente, que tenía cientos de funcionarios, y normas para todo y para todos. Pero está visto que Jesús comprendió pronto que con todo aquello no se conseguía lo que más importa en la vida, a saber: que todos seamos más buenas personas y que todos vivamos más felices. Porque, en definitiva, una religión y una ética que no sirven para eso, ¿para qué sirven? De ahí, la relación entre el Evangelio y el cambio. Justamente lo que ahora necesitamos. Cambio y desconcierto.


Está fuera de duda que Jesús provocó enseguida una impresión fuerte de cambio. Porque con él apareció, en su tiempo, en aquella sociedad y en aquella cultura, algo completamente nuevo. El evangelio de Marcos lo dice con toda claridad y desde el primer momento. Apenas Jesús se había puesto a predicar, resultó que un sábado "entró en la sinagoga e inmediatamente se puso a predicar". Y el evangelio dice a continuación: "Estaban impresionados de su enseñanza, pues les enseñaba como quien tiene autoridad, no como los letrados".  O sea, la gente notó enseguida la diferencia entre Jesús y los teólogos de entonces. La diferencia estaba en la "autoridad", cosa que, por lo visto, no tenían los teólogos aquéllos. Y es que los letrados se dedicaban a repetir lo que les habían enseñado a ellos. No tenían libertad. Ni, por tanto, creatividad.

Por eso, sin duda, aquellas gentes tenían la impresión de que estaban escuchando a alguien que hablaba "con autoridad". Una cosa es la "autoridad" y otra cosa la "potestad". Max Weber supo distinguir sabiamente ambas cosas. Potestad es la capacidad de obligar y someter, en tanto que autoridad es la capacidad de convencer y persuadir. Los letrados obligaban y sometían o, al menos, eso es lo que pretendían hacer. Jesús, por el contrario, convencía y persuadía. Por eso Jesús no enseñaba con potestad, sino con autoridad. Y eso es lo que dejó a la gente pasmada. Tan asombrada que aquello llegó al desconcierto. Lo dice expresamente el relato de Marcos: "Se quedaron todos tan desconcertados que se preguntaban unos a otros: ¿qué significa esto? ¡un nuevo modo de enseñar, con autoridad!"



2 LA HUMANIDAD DE DIOS

Una ética que se fundamenta en Dios En su excelente estudio sobre Hebermas como filósofo de la religión, Juan A. Estrada analiza con precisión los límites que el propio Habermas encuentra en la filosofía cuando se trata de fundamentar una ética bien argumentada. De ahí nuestra insatisfacción por los límites de la razón, que deja siempre un espacio abierto a la trascendencia indemostrable.

Se trata de comprender que las experiencias, que los humanos tenemos en este mundo, han sido "hasta ahora articuladas adecuadamente sólo en el lenguaje religioso". Habermas no llega más allá de esta afirmación. Lo cual es un ejemplo (uno más entre tantos) de la dificultad que muchos experimentan a la hora de fundamentar una ética desde la religión o, más exactamente, desde la teología. Y se comprende tal dificultad. Porque, para empezar, ahí está el hecho incuestionable de tantas personas de buena voluntad que, sin necesidad de echar mano de religión alguna, se comportan como gente cabal y que, por supuesto, dan ejemplo de integridad y honradez a casi todos los creyentes del mundo entero.

"a partir de la Ilustración, los modernos han tenido la ambición de sentar las bases de una moral independiente de los dogmas religiosos, que no recurra a ninguna revelación, liberada de los miedos y recompensas del más allá: ofensiva antirreligiosa que estableció la primera ola de la ética moderna laica.

El problema, que a mucha gente se le plantea cuando se trata este asunto, es que el Dios que les han enseñado es una cosa tan extraña y hasta tan difícil de aceptar que prefieren buscarles otro sentido y otra orientación a sus vidas, al margen de toda religión y de toda creencia sobrenatural.

Por eso, si es que queremos comprender a fondo la ética de Jesús, lo primero tiene que ser repensar la idea que tenemos de Dios. Y analizar a fondo si ese Dios nuestro coincide o no coincide con el Dios que anunció Jesús. He aquí el primer problema que se plantea cuando se trata de analizar la ética de Cristo. Porque sólo así es posible entender la ética que él nos dejó como proyecto de vida.


El evangelio nos decir que el Dios, que nosotros no podíamos conocer, se nos dio a conocer en Jesús, el "Hijo único del Padre". En otras palabras, Jesús es la revelación de Dios. O sea, lo que nosotros no podíamos conocer ni alcanzar nos fue revelado en un ser humano, en el hombre Jesús de Nazaret. Es lo mismo que, de otra manera, se nos dice en el himno solemne de la carta a los colosenses cuando allí se afirma que Cristo es la "imagen de Dios invisible" (Col 1, 15). Lo propio de la "imagen" es representar, dar a conocer, revelar. Pues eso, exactamente eso, es lo que se realizó en la persona, en la vida y en las palabras de Jesús.



3 "JESÚS SE FUE A GALILEA"

El evangelio de Marcos dice que "cuando detuvieron a Juan (Bautista), Jesús se fue a Galilea" (Mr. 1, 14). Es la primera decisión que tomó Jesús en cuanto empezó a poner en práctica la tarea o, mejor dicho, la misión que tenía que llevar a cabo en este mundo. Una decisión que fue clave en su vida. Porque, según los tres evangelios sinópticos, Jesús se quedó en Galilea hasta poco antes de su muerte. Es decir, Jesús vio claramente que el mejor sitio donde él podía y debía comunicar su mensaje era precisamente Galilea. Ahora bien, es evidente que el sitio desde donde alguien habla condiciona lo que esa persona dice. No es lo mismo hablar desde una cátedra universitaria importante que desde la ventana de una casa perdida en cualquier pueblo perdido.

Cuando un profesor, un orador, un comunicador quiere difundir una doctrina o hacer propaganda de un producto, lo primero que elige cuidadosamente es dónde va a hablar o publicar su mensaje.. Porque de eso depende decisivamente la difusión de lo que quiere decir. Bien sabemos que ahora se cuida eso mucho. Y hasta se pagan cantidades enormes de dinero por tener un buen medio de difusión, una buena plataforma desde la que se pueda obtener la mejor resonancia posible.

Los profesionales de la propaganda y la publicidad saben mucho de esto. Y en esto se ha llegado, como es bien sabido, a las técnicas más refinadas y sofisticadas que uno se pueda imaginar. Pues bien, está visto que Jesús tuvo criterios muy particulares sobre este asunto capital en la tarea de cualquier orador o predicador. Porque el hecho es que Jesús, para realizar su misión docente, no se fue a la capital, Jerusalén, ni siquiera a la importante provincia de Judea. Todo lo contrario. Jesús se fue enseguida a una región lejana, habitada por humildes campesinos y pescadores pobres, gentes que además resultaban sospechosas, como enseguida voy a explicar. Todo esto significa, por lo pronto, que la primera decisión importante, que tomó Jesús, fue irse a vivir y a desarrollar su actividad, a predicar su mensaje, en la región de los pobres y de las gentes que, en aquel tiempo, eran consideradas como una población que carecía de influencia, que no vivía en la abundancia y que, para colmo, tenía mala fama.

Hoy, a ningún difusor de enseñanzas, teorías o propagandas se le ocurriría hacer, así las cosas. También en esto los criterios de Jesús iban por caminos muy distintos de lo que son nuestros caminos.

Galilea en tiempo de Jesús Para comprender con cierta profundidad lo que fue aquella decisión de Jesús, lo primero es tener una idea, al menos elemental, de lo que representaba en aquel tiempo la región de Galilea. Los "galileos" del tiempo de Jesús no gozaban de especial estima. Las gentes de aquella provincia tenían más bien mala reputación. A Nicodemo le decían sus colegas fariseos: "¿Eres tú también galileo? Busca en las Escrituras y verás que de Galilea nunca salió un profeta" (Jn 7, 52). Y en el relato de la pasión, a Pedro le echan en cara: "Tú también estabas con Jesús, el galileo" (Mt 26, 69). Parece, pues, que si a uno le llamaban "galileo" no era precisamente un elogio. Por eso seguramente, al relatar el juicio político que se le hizo a Jesús, el evangelio de Lucas cuenta que "cuando Pilatos oyó decir "Galilea", preguntó si aquel hombre era galileo" (Le 23, 6). Y, en consecuencia, el procurador romano intentó quitárselo de encima enviándolo al reyezuelo de Galilea, Herodes, que por aquellos días se encontraba en Jerusalén. Más tarde, precisamente el día de Pentecostés, en medio de la confusión que se organizó con motivo del ruido, el viento y las lenguas, el libro de los Hechos dice que la gente, sin duda algo escamada por aquel barullo, se preguntaba: "¿No son galileos todos esos que nos hablan” (Hech 2, 7)? Es posible que eso se dijera de los discípulos de Jesús en tono despectivo. En cualquier caso, es seguro que los galileos estaban tan mal vistos, que la expresión "galileo estúpido" era, según parece, una forma habitual de insultar a alguien, como consta en los escritos de los rabinos de aquel tiempo'. Además, se sabe que los judíos se reían de los galileos y hacían chistes por su forma de hablar. Y había quienes decían que los galileos eran ignorantes impuros con los que no se debía mantener relación alguna.

4. LO PRIMERO ES LA VIDA, NO LA RELIGIÓN

Los tres evangelios sinópticos cuentan que Jesús curó a un manco precisamente el día (un sábado) en el que las leyes religiosas del judaismo prohibían hacer ese tipo de curaciones (Me 3, 1-6; Mt 12, 9-14; Le 6, 6-11). El evangelio de Marcos sitúa este episodio en un momento especialmente conflictivo. En el capítulo segundo de este evangelio, se relatan los primeros enfrentamientos que tuvo Jesús con los dirigentes religiosos de Israel. Ahí se cuenta que primero acusaron a Jesús de lo peor que se podía acusar a un judío, el pecado de blasfemia (Me 2, 7). Un pecado que, además de ofensa a Dios, era un delito y que, por tanto, según Núm 15, 30 s; Lev 24, 11 ss se castigaba nada menos que con la pena de muerte. Así pues, al acusar a Jesús de blasfemia, se estaba haciendo contra él la denuncia más fuerte que se hace contra él en toda la sección de enfrentamientos, que va desde el comienzo del capítulo segundo del evangelio de Marcos hasta el relato de la curación del manco, que, como veremos, termina precisamente con el complot para dar muerte a Jesús. Después de ese incidente, sin duda muy grave en la mentalidad de entonces, el evangelio de Marcos cuenta que los letrados y los fariseos le echan en cara que andaba con malas compañías, pecadores y publícanos (Me 2, 15-16). A renglón seguido, se explica cómo y por qué Jesús y sus discípulos no se sometían a la ley del ayuno en los días que eso estaba. Y, lo más delicado de todo, este capítulo de Marcos termina con el relato de la primera desobediencia (consciente y manifiesta) de los discípulos de Jesús al obligatorio descanso del sábado (Me 2, 23-24). Pero al final del relato se nos dice que Jesús, de manera sorprendente para un buen israelita de entonces, en lugar de reprender a los discípulos por su desobediencia a las normas religiosas establecidas, defiende el comportamiento de sus seguidores. Para terminar con la afirmación lapidaria: "El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado (Me 2, 27). Para Jesús, la "meta suprema" es el amor a los demás, no el cumplimiento del precepto religioso. Una afirmación que, si se toma verdaderamente en serio, antepone lo humano (amar) a lo religioso (cumplir observancias sagradas). Es decir, estamos ante una auténtica subversión del "orden sagrado" que las religiones han establecido en este mundo y en virtud del cual, con demasiada frecuencia, han introducido un principio de desorden radical en la convivencia humana. Hasta degenerar, no raras veces y como bien sabemos, en formas brutales de violencia. La experiencia que estamos viviendo en la actualidad, sobre todo a partir del 11 S y del 11 M, es elocuente a este respecto. Todo esto supuesto y como es obvio, según los datos que acabo de aportar, en el evangelio de Marcos quedan patentes cuatro cosas: 1) que los discípulos de Jesús no cumplían con determinados e importantes deberes de la religión oficialmente establecida en aquella sociedad.

El "hombre-para-los-demás" es una persona centrada, pero no centrada solamente en sí misma, sino centrada en una realidad más amplia, más total y, por eso mismo, más rica y más enriquecedora. Con frecuencia, las religiones predican la propia santidad, el ideal de la propia perfección y, por supuesto, la apremíente necesidad de huir de la propia condenación y alcanzar la propia salvación. A fin de cuentas, siempre lo propio. He ahí el peligro o la posible "trampa" en que, sin darnos cuenta, podemos quedar atrapadas las personas que frecuentamos las prácticas religiosas y tenemos convicciones de fe. Es la sutil contradicción en que tantas veces incurre la ética que se fundamenta en la religión. Por eso no es extraño encontrar personas muy religiosas y, al mismo tiempo, profundamente egoístas y centradas en sí mismas. Con un agravante: como todo se hace por el motivo más noble del mundo, es decir, por Dios, el sujeto queda incapacitado para darse cuenta de la contradicción en la que vive. Lo cual explica, entre otras cosas, lo difícil que es "convertir" a la "gente de Iglesia". No porque sean duros de corazón, sino porque se sienten seguros y ajenos, por tanto, a cualquier forma de sospecha. Lo primero es la vida La necesidad básica y primera es la vida. La integridad de la vida, la seguridad de vivir, la dignidad y los derechos de la vida, la felicidad de vivir. Una ética, cristianamente entendida, tiene que poner este criterio por encima de todo lo demás. No sólo al comienzo de la vida (proble- ma del aborto o de las investigaciones con células madre) y al final de la vida (problema de la eutanasia), sino a lo largo de toda la vida. Es sorprendente, y hasta posiblemente escandaloso, que los movimientos religiosos fúndamentalistas no se interesen por luchar contra la pena de muerte o contra las llamadas guerras "preventivas" de la misma manera que luchan contra el aborto o la eutanasia. Pero hay algo que es mucho más grave: el sistema económico mundial actualmente vigente (el capitalismo neo-liberal) ha organizado las cosas de manera que, mientras la riqueza mundial se concentra progresivamente en menos personas, cada día mueren unos 70.000 seres humanos por falta de alimentos y por las consecuencias de la malnutrición. Si tomamos en serio una ética que pone en el centro de sus preocupaciones y proyectos la defensa de la vida, lo primero que tienen que hacer quienes abrazan esa ética es luchar contra este sistema genocida y criminal.


Pienso, al decir esto, en la pena de muerte, en la fabricación y comercio de armamentos bélicos especialmente en los armamentos atómicos, en los cientos de miles de niños que se ven obligados a trabajar como auténticos esclavos, en las mujeres y niños con los que se trafica para redes de prostitución o comercio de órganos... Pienso en tantas y tan brutales agresiones contra la vida sobre las que quienes condenan el aborto o ciertas púdicas sexuales no dicen ni media palabra.


 5. "SE ME CONMUEVE N LAS ENTRAÑAS AL VER A ESTA GENTE " (Me 8, 2)

Hay mucha gente que tiene unas determinadas ideas, unas convicciones (seguramente firmes), pero resulta que luego, a la hora de la verdad, hace todo lo contrario de lo que piensa y de lo que habla. Porque se trata de personas que tienen sus ideas en cosas y proyectos en los que no tienen puesta su sensibilidad. Cada persona es ¡o que es su sensibilidad. Y cada cual hace lo que le dicta su sensibilidad. Hacemos aquello a lo que somos sensibles. Y dejamos de hacer todo aquello a lo que somos insensibles. Más aún, la sensibilidad tiene tanta fuerza en la vida, que termina por modificar incluso las convicciones más firmes y, en general, la manera de pensar. La sensibilidad no es lo mismo que la voluntad. La voluntad es decisión, en tanto que la sensibilidad es atracción. Aquí está el secreto y la clave del comportamiento humano. No porque en la conducta de las personas no influyan sus decisiones, sino porque toda decisión, en la medida en que exige esfuerzo, se hace alguna que otra vez. Por el contrario, la atracción está presente a todas horas, en cada acto, en cada momento.

Sin remontarnos a tiempos más remotos, ya Tomás de Aquino, en el siglo de oro de la gran escolástica, hacía una fina distinción entre el "amor" y la "dilección", afirmando que el amor es más divino, precisamente porque es más pasivo. El amor es, para los teólogos escolásticos de los siglos XII y XIII, una "pasión", la primera y la más importante de todas las pasiones que tiene y vive el ser humano. "El amor, afirma Tomás de Aquino, es la primera de las pasiones del apetito concupiscible"'. Y de ahí, el mismo Tomas de Aquino concluye de manera sorprendente: "el amor (o sea, la pasión) es más divino que la dilección". ¿Por qué? Porque "el hombre puede dirigirse mejor a Dios por el amor, ya que es atraído pasivamente, de alguna manera, por el mismo Dios"'. La razón que da santo Tomás, para decir esto, resulta sin duda desconcertante para algunas mentalidades: el amor merece ese elogio precisamente porque es "pasión", o sea implica la fuerza que imprime en la conducta lo pasional: "porque el amor comporta cierta pasión, principalmente en cuanto que reside en el apetito sensitivo" \ Es más divino.
sentirse seducido y dejarse seducir que, a fuerza de puños y de esfuerzo voluntarioso, intentar acercarse a Dios y así pretender ser buena persona. Y eso es más divino porque, en el fondo, es lo más humano que hay en la vida. Se trata de la "ley de la encarnación" tomada en serio y llevada hasta sus últimas consecuencias. Si Dios, en la Encarnación, se ha fundido y confundido con lo humano, eso quiere decir que Dios se ajusta y se acomoda a las leyes de lo que entraña nuestra humanidad.

Y la experiencia nos enseña que, según las leyes de lo humano, lo que más funde a las personas es exactamente el amor (inseparable de la pasión) que nos hace un sólo ser, es decir, nos funde en la unidad. Por lo demás, esta fuerza de la sensibilidad en la vida es lo que manejan a la perfección los grandes maestros de la seducción y del engaño, los profesionales de la publicidad comercial. En eso está el secreto de su eficacia. El secreto que consiste en asociar, en el inconsciente de la persona, la presunta bondad de una marca de perfume o de alcohol con el atractivo seductor de la mirada o la figura de una mujer hermosa. Sin la menor duda, el que se siente así, seducido y arrastrado (por lo que sea o por quien sea), hace aquello que le seduce y le arrastra. En eso está la clave de lo fuerte y lo decisiva que es la sensibilidad en nuestras vidas y en nuestro comportamiento. Sensibilidad y conducta Por lo que acabo de explicar, se comprende la fuerza que tiene la sensibilidad a la hora de entender y poner en práctica una conducta ética correcta. La ética no se puede construir sólo desde la especulación abstracta o desde la lógica del discurso racional que pretende demostrar con argumentos lo que se debe o no se debe hacer. Una ética que se queda sólo en eso, no pasa de ser una teoría más, quizá una buena teoría, en el mejor de los casos. Pero una teoría que nunca tendrá más fuerza determinante para las conductas que el arrastre que tienen los mensajes dirigidos a la sensibilidad de las personas. Las situaciones más fuertes, que se nos presentan en la vida, no se pueden gestionar solamente desde la lógica de la razón.

Las situaciones más fuertes, sobre todo cuando se trata de situaciones de sufrimiento o de bienestar o disfrute de la vida, no se pueden gestionar adecuadamente nada más que desde la sensibilidad. Seguramente en eso ha consistido una de las intuiciones más profundas de la ética que ha formulado sabiamente Emmanuel Lévinas. Para este autor, en efecto, una ética, hoy en día, no puede ser elaborada por el mero recurso a la idea de la razón, sino poniendo en juego la idea de la sensibilidad. La ética es una nueva sensibilidad para con los otros\ El que es sensible ante la dignidad, los derechos o el dolor de otra persona, ése se comportará éticamente de manera correcta con quien tiene ante sí. De la misma manera que quien es insensible ante las situaciones humanas con las que se enfrenta en la vida, por muchas ideas morales que haya almacenado en su cabeza, será un indeseable, un indiferente ante el dolor ajeno, un violento, en definitiva.

Lévinas tiene toda la razón del mundo cuando insiste en que la sensibilidad, en la apertura al encuentro con el otro (o con los otros) es la clave de la ética. Es la relación entre "rostro" y "sensibilidad"", que expresa la profunda y misteriosa relación entre "rostro" e "Infinito".

Y ahí precisamente, en el encuentro con el "otro", en el "rostro del otro", que es siempre encuentro marcado por la sensibilidad, encontramos al "Otro". Dios está donde se afirma el Otro. Dios está en los lugares donde se supera la identidad, donde se encuentra la diferencia'". Pero, como es lógico, superar la "identidad" y encontrar precisamente la "diferencia" es algo que sólo se puede hacer realidad porque la sensibilidad (y no meramente la razón) es el motor de la vida y la conducta.

Por lo tanto, cuando los evangelios utilizan este verbo, para referirse a las relaciones o comportamientos de Jesús, en realidad de lo que hablan es de la sensibilidad de Jesús. Cosa que, con frecuencia, no aparece con claridad en las traducciones del texto griego original. Porque no es raro que los traductores, cuando se encuentran con este verbo, lo traducen por "tener misericordia" o "tener compasión" y, en ocasiones, "tener lástima".



6. ÉTICA DE OBLIGACIONES, ÉTICA DE LA FELICIDAD
El judaismo helenístico había hecho de Moisés un héroe, un genio. Los judíos de Palestina, por su parte, veían en Moisés el autor inspirado de los cinco libros de la Tora (la Ley divina) (Mt 22, 24; Me 10, 3 s; Le 20, 28; Me 7, 10), el mediador supremo de la Ley entre Dios y el pueblo (Jn 7, 19. 22; Rm 9, 15; 10, 5; c£ Gen 3, 19), el maestro definitivo (Mt 8, 4; Me 1, 44; Le 5, 14; Mt 23, 2; Jn 7, 22 s), el profeta por excelencia cuya venida se esperaba (Hech 3, 22; 7, 37)'. Tanto estimaban los judíos de aquel tiempo a Moisés que esa estima resultó ser un serio impedimento para reconocer y aceptar lo que se afirmaba en los hechos y en las palabras de Jesús (Jn 5, 45-47; 9, 28-29; 2 Cor 3, 12-15). Frente a esta actitud del judaismo de entonces, lógicamente comprensible, los cristianos tuvieron desde el primer momento, la firme convicción de que Jesús era superior a Moisés.

Ley para los judíos de entonces, una carga tan pesada como un "yugo"'. Y fue de esta carga y de este yugo de lo que Jesús vino a aliviar a la gente, para hacer soportable la religión y la vida (Mt 11, 29-30), como explican acertadamente los mejores comentarios al evangelio de Mateo \ Una idea que, desde diversos puntos de vista, estaba bien asimilada entre los primeros cristianos, que siempre vieron la superioridad de Jesús con respecto a Moisés (Mt 17, 2 par; Hech 7, 20-40; 13, 38; 26, 22; Heb 3, 2 s). Como es lógico, para un cristiano, que consideraba a Jesús como el Hijo de Dios, esta superioridad de Cristo sobre Moisés tenía que resultar algo enteramente comprensible. Y también el cumplimiento o plenitud de la Ley, que, según la fe cristiana, se realiza en el amor al prójimo (Gal 5, 14; 1 Cor 7-19; Rra 2, 25 ss; 3, 31; 8, 4; 13, 8-10) \ Por eso cuando, en el relato de la transfiguración (Me 9, 2-13 par), aparecen junto a Jesús Moisés y Elias, cosa que entusiasma a Pedro, se dice que, al aparecer la nube (símbolo bíblico de la presencia divina), los discípulos no vieron nada más que a Jesús solo (Me 9, 8 par). Y la voz del cielo dijo: "Este es mi Hijo a quien yo quiero, escuchadlo" (Me 9, 7). Moisés ha desaparecido. Sólo queda Jesús. Es decir, ha desaparecido la Ley y solamente nos queda el Evangelio. Desde el punto de vista del mensaje ético de Cristo, ¿qué sentido tiene esto? Con esta pregunta estamos tocando una de las cuestiones más fundamentales del mensaje moral de Jesucristo. Es lo que vamos a ver a continuación. No preceptos, sino dicha y alegría El evangelio de Mateo empieza su relato del sermón del monte diciendo: "Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos. El abrió su boca y les enseñaba diciendo:" (Mt 5, 1-2). A continuación, Jesús expone su programa, las bienaventuranzas (Mt 5, 3-12). Probablemente, la forma del relato contenga una alusión a la subida de Moisés al monte Sinaí (Ex 19, 3. 12; 24, 15. 18; 34, 1 s. 4). También la conclusión del sermón del monte evoca esos textos alusivos a Moisés. En este sentido, se ha dicho, seguramente con bastante acierto, que Jesús, al subir al monte de las bienaventuranzas, "asume la función de un nuevo Moisés". Sea lo que sea de este punto concreto, es seguro que Jesús, en el sermón del monte, promulga su programa. Un programa ético. Jesús pasado de una ética de deberes y obligaciones a una ética de felicidad y dicha. Aquí está la sorprendente innovación del proyecto moral que nos ofrece Jesús.

Las bienaventuranzas no se quedan en unos límites que no se pueden transgredir, sino que marcan unas metas que nunca vamos a llegar a alcanzar en plenitud. No son prohibiciones, sino propuestas. No son la negación de lo que no se puede hacer, sino la afirmación de lo que nos da vida y nos hace indeciblemente dichosos. Es el Evangelio, la "buena noticia", el "tesoro" (Mt 13, 44) y la "perla" (Mt 13, 45 s), que llenan al ser humano de un gozo indecible. En efecto, lo primero que aparece en las bienaventuranzas es que el programa de Jesús para los suyos es un programa de felicidad. Cada afirmación de Jesús empieza con la palabra makárioi, "dichosos". Esa palabra significa, en griego, la condición del que está libre de preocupaciones y trabajos diarios; y describe, en lenguaje poético, el estado de los dioses y de aquellos que participan de su existencia feliz. Por consiguiente, Jesús propone la dicha sin límites, la felicidad plena para sus seguidores. Dios no quiere el dolor, la tristeza y el sufrimiento. Dios quiere precisamente todo lo contrario: que el ser humano se realice plenamente, que viva feliz, que la dicha abunde y sobreabunde en su vida.

El problema que plantean las bienaventuranzas consiste en que el camino que proponen, para alcanzar la felicidad, resulta estraño y sorprendente, al menos a primera vista. Porque las bienaventuranzas indican que son felices las personas que no reúnen las condiciones que todo el mundo considera indispensables para ser feliz. Decir que los "pobres", los que "sufren", los que "tienen hambre y sed", los que viven "perseguidos", todas esas gentes son los "dichosos" de este mundo, aquellos a los que se puede calificar como los makarioi, los auténticamente felices.

Por supuesto, todos están de acuerdo en que la promesa de felicidad que ofrecen las bienaventuranzas no se refiere exclusivamente a la "otra vida". Es decir, no se trata de una promesa de felicidad para después de la muerte. Jesús habla, ante todo, de la felicidad en esta vida. Pero, ¿en qué consiste ese programa de felicidad? Hay quienes se inclinan a pensar que en las bienaventuranzas se nos ofrece la promesa de la gracia, es decir, los más desgraciados de este mundo son dichosos porque la gracia generosa de Dios los hace felices. Es la explicación que prefieren, sobre todo, los estudiosos de la Biblia.

Otros autores piensan, más bien, que las bienaventuranzas son una exhortación ética, no estructurada a partir de unas normas, sino de unos ideales de orden moral que entrañan exigencias de desprendimiento y generosidad que van más allá de toda ley y que piden mayor entrega que cualquier norma por perfecta que sea.





CRITICA.

Una de las características determinantes de la personalidad de Jesús de Nazaret es su poder de convocatoria. Los relatos del evangelio reflejan repetidamente cómo la gente acudía en masa cada vez que Jesús se hacía presente en alguno de los pueblos y aldeas de Galilea. Cómo en alguna ocasión era tal la cantidad de gente que lo rodeaba que su propia familia no pudo abrirse paso para acercarse a él. Otras veces, cuando quiso retirarse del bullicio de la multitud, y pidió a Pedro que lo llevase en la barca a un lugar más solitario, la multitud los siguió por tierra desde la costa del lago para reencontrarlo cuando desembarcase.

El origen de este poder de convocatoria, de este atractivo que la personalidad de Jesús despertaba en la población de Galilea partía de que, cómo decían los que le escuchaban, enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas, que se limitaban a repetir las lecciones y textos memorizados. Esta originalidad personal de Jesús, al presentar su visión de Dios y de la religión, consistía en que no proponía un catálogo de obligaciones y prohibiciones. Jesús fue un fiel cumplidor de la ley. Así mismo fue un lector crítico de la ley. Crítico en el sentido de que puso de manifiesto los absurdos a que se podía llegar haciendo de la ley un lectura meramente literal, sin penetrar en el sentido subyacente a sus enunciados. La frase de Jesús es significativa: "El sábado se ha hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado".

El mensaje que Jesús transmitía era una proclamación de valores superiores inspiradores de la vida del hombre en su camino hacia Dios. Las parábolas, mediante las cuales pretendió explicar en forma popular su personal concepción de la vida humana, no contienen obligaciones ni prohibiciones, sino planteamientos globales sobre el sentido y la razón de ser de la vida. El tesoro oculto con mayor valor que cualquier otra cosa, la semilla (palabra de Dios al hombre) que se pierde o fructifica, el samaritano que interrumpe su viaje para atender a un herido son formas globales de explicar por qué y para qué vivimos. Esta forma de expresarse fue la que a unos los entusiasmaba y a otros les causaba desconcierto. Desconcierto que les llevó a pensar que Jesús era un personaje peligroso porque ponía en cuestión la doctrina dominante de los teólogos de la época (los escribas), incluso las estructuras de la organización religiosa del Templo de Jerusalén.

Haciendo una síntesis de los valores que Jesús personalmente apreció, y pretendió transmitir a sus seguidores, pudiéramos subrayar tres fundamentales: la pobreza, la verdad, la misericordia.
Jesús fue amante de la pobreza, no de la miseria. En una sociedad dominada por poderosos terratenientes, por funcionarios del imperio o de los reyes subordinados al imperio, por la clase sacerdotal de los saduceos, que cobraban exacciones a las clases inferiores de campesinos y artesanos, Jesús se situó en este último grupo. Sea su propia familia, sean las personas que incorporó a su grupo, pertenecían a este sector social de menor renta. Fue crítico respecto del comportamiento de la clase dominante de la época. No se puede servir a Dios y al dinero afirmó en cierta ocasión, otra vez dijo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico se incorpore al proyecto del Reino de los Cielos, contrapuso la figura del rico que daba lujosos banquetes al pobre que no tenía donde caerse muerto.

El segundo valor de Jesús fue la verdad. La obsesión de Jesús por la verdad le llevó a distanciarse del grupo de los fariseos. Estos conservadores religiosos habían reducido las relaciones del hombre con Dios a ritos y normativas legales rigurosas. Les dijo claramente que lo que mancha al hombre no es comer carne de cerdo, de vacuno o de pollo. Eso para Dios es insignificante. Lo que mancha al hombre son las intenciones que alberga en su corazón.
Finalmente, la misericordia. El evangelio de Mateo resume en dos dimensiones la actividad de Jesús adulto. "Recorría Galilea proclamando el evangelio y sanando toda enfermedad, toda dolencia del pueblo. Después de la muerte y resurrección de Jesús, Pedro sintetizó su vida diciendo "pasó por el mundo haciendo el bien Todos los milagros de Jesús que relata el evangelio tienen una raíz de humanismo y de compasión. Enfermos desasistidos, viudas que pierden al hijo único, leprosos excluidos de los núcleos urbanos, mendigos al borde del camino, niños pequeños. Se negó rotundamente a ejercer su poder taumaturgo en beneficio propio, ni para despertar la espectacularidad tirándose desde la explanada del Templo al barranco del arroyo Cedrón.
Este fue Jesús de Nazaret. Solamente a través de El podemos llegar a hacernos idea de cómo es Dios. A Dios no lo ha visto nadie --nos dice el evangelio de Juan -- solamente sabemos de Dios lo que Jesús nos ha contado.






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