LA
ÉTICA EN JESUCRISTO
INTRODUCCIÓN
La ética es uno de los grandes temas
del momento. Incluso se puede decir, con todo respeto, que la ética se ha
puesto de moda. Con sus matices particulares, por supuesto. Pero el hecho es
que hoy la ética interesa cada día a más gente. Más aún, los temas relacionados
con la ética están a la orden del día y en boca de todos. Bioética, caridad
mediática, acciones humanitarias, salvaguarda del entorno, moralización de los
negocios, de la política y de los medios de comunicación, debates sobre el
aborto, el acoso sexual, correos rosa y códigos de lenguaje
"correcto", cruzadas contra la droga y lucha antitabaco... Como se ha
dicho muy bien "la ética se ha convertido en el espacio privilegiado donde
se descifra el nuevo espíritu de la época"'. Más todavía, sin exageración
de ningún tipo, se puede asegurar que, en este momento, la ética se ve como un
asunto más importante y más urgente que la dogmática. Y, desde luego, parece
bastante claro que la ética tiene hoy más tirón que la espiritualidad y que la
mística. No hay que hacer ningún esfuerzo mental para persuadirse de que las
cosas están así. Un ejemplo muy claro, que confirma lo que acabo de decir, es
lo que está ocurriendo en España y, en general, en los países de la Unión Europea.
Los grandes temas, que hoy apasionan a los hombres de la religión y de la
política y que trascienden ampliamente a la opinión pública, son casi siempre
temas que rozan los comportamientos éticos o que entran de lleno en el ámbito
de la ética.
Los temas de los que hablan cada día
los obispos y los políticos y los temas que mucha gente debate en la calle y en
las tertulias de todo color y de cualquier pelaje. Me refiero a cuestiones como
el debate sobre las células madre, el aborto y la eutanasia, los problemas
relacionados con la moral del sexo y de la familia, los matrimonios gey, el uso
del preservativo, la fecundación in vitro, la libertad religiosa, la enseñanza
de la religión en la escuela pública, la financiación de las distintas
confesiones religiosas, la laicidad del Estado y un largo etcétera que siempre
termina conectado con problemas éticos o que entra de lleno en ellos. ¿Qué nos
viene a decir todo esto? ¿Es positivo o negativo? ¿Es alentador o preocupante?
Hay dos hechos que, según creo, son innegables. En primer lugar, hace poco más
de cincuenta años, los grandes problemas teológicos, que se vivían y se
discutían apasionadamente en el cristianismo, eran sobre todo problemas
dogmáticos: la cristología, la eclesiología, la escatología, la antropología
teológica, en la que fue determinante el debate sobre el problema del
"Sobrenatural". Pero hoy, en contraste con lo que acabo de decir, los
temas teológicos que ahora se discuten y apasionan son sobre todo problemas
morales, los temas relacionados con la ética, que acabo de apuntar de forma muy
resumida. En segundo lugar, hace unos cincuenta años, en el cristianismo (tanto
cató lico como protestante) había una generación de grandes teólogos cuyos
nombres perduran, y quedarán por mucho tiempo, como los hombres geniales que
han hecho posible la renovación de la teología cristiana. Hoy escasean las
grandes personalidades teológicas y no parece exagerado decir que la teología
se ha empobrecido de forma alarmante. Nombres como Bultmann, Barth, Bonhoeffer
o Tillich, en el protestantismo; o como Rahner, Congar, De Lubac o Von
Balthasar, en el catolicismo, ya no se encuentran. Ni hay trazas de que se
vayan a encontrar a corto o medio plazo. Al decir esto, no pretendo insinuar
que la dogmática tenga más categoría que la ética. Me limito a constatar un
hecho que está a la vista de todos. Por supuesto, yo no pretendo analizar aquí
por qué ha ocurrido este hecho tan perjudicial para la Iglesia. Eso
necesitaría, no uno, sino varios estudios serios y voluminosos.
Lo peor de todo, me parece a mí, es
que la ética va demasiadas veces a remolque de intereses que nada tienen que
ver con la ética. Me refiero concretamente a intereses políticos y económicos.
Lo cual es explicable. Porque, con frecuencia, la política y la economía no son
precisamente ejemplares. Por eso, tanto los hombres de la política como los de
la economía, tienen que buscar legitimación en planteamientos éticos, para
justificar lo que hacen o dejan de hacer.
Pero también es cierto que, por eso
mismo, los profesionales de la ética tendrían que asumir, como tarea
primordial, el esfuerzo por desenmascarar las turbias utilizaciones de la
ética, que tantas veces hacen los políticos y los capitalistas, de criterios y
valores que ellos se inventan y nos proponen como los supremos valores que hay
que salvaguardar a toda costa. Por ejemplo, todos sabemos que últimamente se
viene utilizando la mentira para legitimar la violencia. La gente de la
política hace esto con más descaro cada día. Y lo sorprendente es que muchos
moralistas de oficio no dicen ni media palabra sobre cosas tan escandalosas
como peligrosas para la vida.
1 UNA ÉTICA DESCONCERTANTE
Vivimos en una sociedad que vive en
proceso de cambio. Un cambio constante, rápido, acelerado y profundo. Nuestra
sociedad está cambiando a una velocidad que cada día nos sorprende y con
frecuencia nos desconcierta. Porque lo más llamativo no es que cada día nos
enteramos de nuevos descubrimientos y avances en la ciencia y en la técnica. Lo
más desconcertante es que somos nosotros mismos los que estamos cambiando. Se
ha dicho, con toda razón, que "de todos los cambios que ocurren en el
mundo, ninguno supera en importancia a los que tienen lugar en nuestra vida
privada".
"Hay en marcha una revolución
mundial sobre cómo nos concebimos a nosotros mismos y cómo formamos lazos y
relaciones con los demás". Lo que es cierto hasta el extremo de que
"no podemos sustraernos del torbellino de cambios que llegan hasta el
corazón mismo de nuestra vida emocional"'. Por otra parte, es importante
saber que, si es cierto que estos cambios se están produciendo en todo el
mundo, en los países ricos y avanzados los cambios se producen con mucha más
rapidez y, sobre todo, de manera que alcanzan niveles de profundidad que
seguramente no imaginamos.
Ésta es la conclusión más importante a
que ha llegado el excelente estudio que ha llevado a cabo el profesor de la
Universidad, A Giddens, Un mundo desbocado. Los efectos de la globalización en
nuestras vidas.
Una particularidad que interesa
destacar es, de los XI países que ha analizado el estudio de Inglehart, resulta
que España es el país que está viviendo el cambio más rápido y más profundo de
todo el mundo. Por eso, con tanta frecuencia nos llevamos las manos a la cabeza
por las cosas que oímos y vemos. La gente ya no es como era hasta hace pocos
años. Y conste que se trata de un cambio acelerado. Los jóvenes cambian más
rápidamente que los mayores. Y los niños nos sorprenden todos los días con
cosas que antiguamente no se hacían o no se preguntaban. Y es que lo que está
cambiando son las creencias, los valores y las identidades. La gente ya no cree
en lo que creía antes. Ni se le da importancia a lo que antes la tenía. En
definitiva, somos diferentes. Es decir, está emergiendo un nuevo tipo de
hombre, un nuevo modelo de persona. De ahí, la enorme dificultad con que se
tropieza para que la gente siga comportándose de acuerdo con el modelo de buen
comportamiento que siempre se tuvo como tal. Y quienes más notan esta
dificultad son, como es lógico, los padres al educar a sus hijos, los
educadores al enseñar cómo deben portarse los niños y los jóvenes, y los
sacerdotes cuando imparten a los fieles sobre lo que se debe hacer y lo que se
debe evitar. No hay manera. Y el hecho es que cada día aumenta el número de
personas que se sienten desoladas porque se ha perdido el respeto que antes
había, las buenas maneras que nos enseñaron nuestros mayores, y las sanas
costumbres que antiguamente regían la buena conducta de la gente de orden.
La ética de Jesús fue una ética de
cambio. Jesús, en efecto, cambió muchas cosas. Pero, sin duda alguna, de todo
lo que Jesús modificó, lo que más llama la atención es el cambio que introdujo
en los valores que deben regir la vida de las personas y en la conducta que
tienen que adoptar quienes pretendan asumir la forma de vida que traza el
Evangelio. Los cambios, que introdujo Jesús en su forma de entender la ética,
fueron tan profundos que sorprendieron, desconcertaron y hasta escandalizaron a
mucha gente. Lo que más llama la atención, en este sentido, es que Jesús
desconcertó y escandalizó, sobre todo, a la gente más religiosa de su tiempo.
Los pecadores, los publícanos, las prostitutas, las mujeres de mala fama, los
excluidos de la sociedad.
Lo cual quiere decir que aquellas
gentes desgraciadas se sentían bien con Jesús. Sin duda, porque él los
comprendía, los acogía, nunca les echaba nada en cara, los trataba con respeto
y, por supuesto, siempre encontraban cariño en Jesús aquellas personas que,
para la gente "respetable", eran unos desgraciados. Leyendo los
evangelios con atención, uno advierte enseguida que Jesús se dio cuenta de que
la religión, que entonces había en su pueblo y en su tiempo, no iba a ninguna
parte. Y menos aún, la ética que predicaba aquella religión. Era, por supuesto,
una religión solemne, ordenada, autoritaria, con muchos sacerdotes y levitas,
con un templo imponente, que tenía cientos de funcionarios, y normas para todo
y para todos. Pero está visto que Jesús comprendió pronto que con todo aquello
no se conseguía lo que más importa en la vida, a saber: que todos seamos más
buenas personas y que todos vivamos más felices. Porque, en definitiva, una
religión y una ética que no sirven para eso, ¿para qué sirven? De ahí, la
relación entre el Evangelio y el cambio. Justamente lo que ahora necesitamos.
Cambio y desconcierto.
Está fuera de duda que Jesús provocó
enseguida una impresión fuerte de cambio. Porque con él apareció, en su tiempo,
en aquella sociedad y en aquella cultura, algo completamente nuevo. El
evangelio de Marcos lo dice con toda claridad y desde el primer momento. Apenas
Jesús se había puesto a predicar, resultó que un sábado "entró en la
sinagoga e inmediatamente se puso a predicar". Y el evangelio dice a
continuación: "Estaban impresionados de su enseñanza, pues les enseñaba
como quien tiene autoridad, no como los letrados". O sea, la gente notó enseguida la diferencia
entre Jesús y los teólogos de entonces. La diferencia estaba en la
"autoridad", cosa que, por lo visto, no tenían los teólogos aquéllos.
Y es que los letrados se dedicaban a repetir lo que les habían enseñado a
ellos. No tenían libertad. Ni, por tanto, creatividad.
Por eso, sin duda, aquellas gentes
tenían la impresión de que estaban escuchando a alguien que hablaba "con
autoridad". Una cosa es la "autoridad" y otra cosa la
"potestad". Max Weber supo distinguir sabiamente ambas cosas.
Potestad es la capacidad de obligar y someter, en tanto que autoridad es la
capacidad de convencer y persuadir. Los letrados obligaban y sometían o, al
menos, eso es lo que pretendían hacer. Jesús, por el contrario, convencía y
persuadía. Por eso Jesús no enseñaba con potestad, sino con autoridad. Y eso es
lo que dejó a la gente pasmada. Tan asombrada que aquello llegó al desconcierto.
Lo dice expresamente el relato de Marcos: "Se quedaron todos tan
desconcertados que se preguntaban unos a otros: ¿qué significa esto? ¡un nuevo
modo de enseñar, con autoridad!"
2 LA HUMANIDAD DE DIOS
Una ética que se fundamenta en Dios En
su excelente estudio sobre Hebermas como filósofo de la religión, Juan A.
Estrada analiza con precisión los límites que el propio Habermas encuentra en
la filosofía cuando se trata de fundamentar una ética bien argumentada. De ahí
nuestra insatisfacción por los límites de la razón, que deja siempre un espacio
abierto a la trascendencia indemostrable.
Se trata de comprender que las
experiencias, que los humanos tenemos en este mundo, han sido "hasta ahora
articuladas adecuadamente sólo en el lenguaje religioso". Habermas no
llega más allá de esta afirmación. Lo cual es un ejemplo (uno más entre tantos)
de la dificultad que muchos experimentan a la hora de fundamentar una ética
desde la religión o, más exactamente, desde la teología. Y se comprende tal
dificultad. Porque, para empezar, ahí está el hecho incuestionable de tantas
personas de buena voluntad que, sin necesidad de echar mano de religión alguna,
se comportan como gente cabal y que, por supuesto, dan ejemplo de integridad y
honradez a casi todos los creyentes del mundo entero.
"a partir de la Ilustración, los
modernos han tenido la ambición de sentar las bases de una moral independiente
de los dogmas religiosos, que no recurra a ninguna revelación, liberada de los
miedos y recompensas del más allá: ofensiva antirreligiosa que estableció la
primera ola de la ética moderna laica.
El problema, que a mucha gente se le
plantea cuando se trata este asunto, es que el Dios que les han enseñado es una
cosa tan extraña y hasta tan difícil de aceptar que prefieren buscarles otro
sentido y otra orientación a sus vidas, al margen de toda religión y de toda
creencia sobrenatural.
Por eso, si es que queremos comprender
a fondo la ética de Jesús, lo primero tiene que ser repensar la idea que
tenemos de Dios. Y analizar a fondo si ese Dios nuestro coincide o no coincide
con el Dios que anunció Jesús. He aquí el primer problema que se plantea cuando
se trata de analizar la ética de Cristo. Porque sólo así es posible entender la
ética que él nos dejó como proyecto de vida.
El evangelio nos decir que el Dios,
que nosotros no podíamos conocer, se nos dio a conocer en Jesús, el "Hijo
único del Padre". En otras palabras, Jesús es la revelación de Dios. O
sea, lo que nosotros no podíamos conocer ni alcanzar nos fue revelado en un ser
humano, en el hombre Jesús de Nazaret. Es lo mismo que, de otra manera, se nos
dice en el himno solemne de la carta a los colosenses cuando allí se afirma que
Cristo es la "imagen de Dios invisible" (Col 1, 15). Lo propio de la
"imagen" es representar, dar a conocer, revelar. Pues eso,
exactamente eso, es lo que se realizó en la persona, en la vida y en las
palabras de Jesús.
3 "JESÚS SE FUE A GALILEA"
El evangelio de Marcos dice que
"cuando detuvieron a Juan (Bautista), Jesús se fue a Galilea" (Mr. 1,
14). Es la primera decisión que tomó Jesús en cuanto empezó a poner en práctica
la tarea o, mejor dicho, la misión que tenía que llevar a cabo en este mundo.
Una decisión que fue clave en su vida. Porque, según los tres evangelios
sinópticos, Jesús se quedó en Galilea hasta poco antes de su muerte. Es decir,
Jesús vio claramente que el mejor sitio donde él podía y debía comunicar su
mensaje era precisamente Galilea. Ahora bien, es evidente que el sitio desde
donde alguien habla condiciona lo que esa persona dice. No es lo mismo hablar
desde una cátedra universitaria importante que desde la ventana de una casa
perdida en cualquier pueblo perdido.
Cuando un profesor, un orador, un
comunicador quiere difundir una doctrina o hacer propaganda de un producto, lo
primero que elige cuidadosamente es dónde va a hablar o publicar su mensaje..
Porque de eso depende decisivamente la difusión de lo que quiere decir. Bien
sabemos que ahora se cuida eso mucho. Y hasta se pagan cantidades enormes de
dinero por tener un buen medio de difusión, una buena plataforma desde la que
se pueda obtener la mejor resonancia posible.
Los profesionales de la propaganda y
la publicidad saben mucho de esto. Y en esto se ha llegado, como es bien
sabido, a las técnicas más refinadas y sofisticadas que uno se pueda imaginar.
Pues bien, está visto que Jesús tuvo criterios muy particulares sobre este
asunto capital en la tarea de cualquier orador o predicador. Porque el hecho es
que Jesús, para realizar su misión docente, no se fue a la capital, Jerusalén,
ni siquiera a la importante provincia de Judea. Todo lo contrario. Jesús se fue
enseguida a una región lejana, habitada por humildes campesinos y pescadores
pobres, gentes que además resultaban sospechosas, como enseguida voy a
explicar. Todo esto significa, por lo pronto, que la primera decisión
importante, que tomó Jesús, fue irse a vivir y a desarrollar su actividad, a
predicar su mensaje, en la región de los pobres y de las gentes que, en aquel
tiempo, eran consideradas como una población que carecía de influencia, que no
vivía en la abundancia y que, para colmo, tenía mala fama.
Hoy, a ningún difusor de enseñanzas,
teorías o propagandas se le ocurriría hacer, así las cosas. También en esto los
criterios de Jesús iban por caminos muy distintos de lo que son nuestros
caminos.
Galilea en tiempo de Jesús Para
comprender con cierta profundidad lo que fue aquella decisión de Jesús, lo
primero es tener una idea, al menos elemental, de lo que representaba en aquel
tiempo la región de Galilea. Los "galileos" del tiempo de Jesús no
gozaban de especial estima. Las gentes de aquella provincia tenían más bien
mala reputación. A Nicodemo le decían sus colegas fariseos: "¿Eres tú
también galileo? Busca en las Escrituras y verás que de Galilea nunca salió un
profeta" (Jn 7, 52). Y en el relato de la pasión, a Pedro le echan en
cara: "Tú también estabas con Jesús, el galileo" (Mt 26, 69). Parece,
pues, que si a uno le llamaban "galileo" no era precisamente un
elogio. Por eso seguramente, al relatar el juicio político que se le hizo a
Jesús, el evangelio de Lucas cuenta que "cuando Pilatos oyó decir
"Galilea", preguntó si aquel hombre era galileo" (Le 23, 6). Y,
en consecuencia, el procurador romano intentó quitárselo de encima enviándolo
al reyezuelo de Galilea, Herodes, que por aquellos días se encontraba en
Jerusalén. Más tarde, precisamente el día de Pentecostés, en medio de la
confusión que se organizó con motivo del ruido, el viento y las lenguas, el
libro de los Hechos dice que la gente, sin duda algo escamada por aquel
barullo, se preguntaba: "¿No son galileos todos esos que nos hablan” (Hech
2, 7)? Es posible que eso se dijera de los discípulos de Jesús en tono
despectivo. En cualquier caso, es seguro que los galileos estaban tan mal
vistos, que la expresión "galileo estúpido" era, según parece, una
forma habitual de insultar a alguien, como consta en los escritos de los
rabinos de aquel tiempo'. Además, se sabe que los judíos se reían de los
galileos y hacían chistes por su forma de hablar. Y había quienes decían que
los galileos eran ignorantes impuros con los que no se debía mantener relación
alguna.
4. LO PRIMERO ES LA VIDA, NO LA
RELIGIÓN
Los tres evangelios sinópticos cuentan
que Jesús curó a un manco precisamente el día (un sábado) en el que las leyes
religiosas del judaismo prohibían hacer ese tipo de curaciones (Me 3, 1-6; Mt
12, 9-14; Le 6, 6-11). El evangelio de Marcos sitúa este episodio en un momento
especialmente conflictivo. En el capítulo segundo de este evangelio, se relatan
los primeros enfrentamientos que tuvo Jesús con los dirigentes religiosos de
Israel. Ahí se cuenta que primero acusaron a Jesús de lo peor que se podía
acusar a un judío, el pecado de blasfemia (Me 2, 7). Un pecado que, además de
ofensa a Dios, era un delito y que, por tanto, según Núm 15, 30 s; Lev 24, 11
ss se castigaba nada menos que con la pena de muerte. Así pues, al acusar a
Jesús de blasfemia, se estaba haciendo contra él la denuncia más fuerte que se
hace contra él en toda la sección de enfrentamientos, que va desde el comienzo
del capítulo segundo del evangelio de Marcos hasta el relato de la curación del
manco, que, como veremos, termina precisamente con el complot para dar muerte a
Jesús. Después de ese incidente, sin duda muy grave en la mentalidad de entonces,
el evangelio de Marcos cuenta que los letrados y los fariseos le echan en cara
que andaba con malas compañías, pecadores y publícanos (Me 2, 15-16). A renglón
seguido, se explica cómo y por qué Jesús y sus discípulos no se sometían a la
ley del ayuno en los días que eso estaba. Y, lo más delicado de todo, este
capítulo de Marcos termina con el relato de la primera desobediencia
(consciente y manifiesta) de los discípulos de Jesús al obligatorio descanso
del sábado (Me 2, 23-24). Pero al final del relato se nos dice que Jesús, de
manera sorprendente para un buen israelita de entonces, en lugar de reprender a
los discípulos por su desobediencia a las normas religiosas establecidas,
defiende el comportamiento de sus seguidores. Para terminar con la afirmación
lapidaria: "El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado
(Me 2, 27). Para Jesús, la "meta suprema" es el amor a los demás, no
el cumplimiento del precepto religioso. Una afirmación que, si se toma
verdaderamente en serio, antepone lo humano (amar) a lo religioso (cumplir
observancias sagradas). Es decir, estamos ante una auténtica subversión del
"orden sagrado" que las religiones han establecido en este mundo y en
virtud del cual, con demasiada frecuencia, han introducido un principio de
desorden radical en la convivencia humana. Hasta degenerar, no raras veces y
como bien sabemos, en formas brutales de violencia. La experiencia que estamos
viviendo en la actualidad, sobre todo a partir del 11 S y del 11 M, es
elocuente a este respecto. Todo esto supuesto y como es obvio, según los datos
que acabo de aportar, en el evangelio de Marcos quedan patentes cuatro cosas:
1) que los discípulos de Jesús no cumplían con determinados e importantes
deberes de la religión oficialmente establecida en aquella sociedad.
El "hombre-para-los-demás"
es una persona centrada, pero no centrada solamente en sí misma, sino centrada
en una realidad más amplia, más total y, por eso mismo, más rica y más
enriquecedora. Con frecuencia, las religiones predican la propia santidad, el
ideal de la propia perfección y, por supuesto, la apremíente necesidad de huir
de la propia condenación y alcanzar la propia salvación. A fin de cuentas,
siempre lo propio. He ahí el peligro o la posible "trampa" en que, sin
darnos cuenta, podemos quedar atrapadas las personas que frecuentamos las
prácticas religiosas y tenemos convicciones de fe. Es la sutil contradicción en
que tantas veces incurre la ética que se fundamenta en la religión. Por eso no
es extraño encontrar personas muy religiosas y, al mismo tiempo, profundamente
egoístas y centradas en sí mismas. Con un agravante: como todo se hace por el
motivo más noble del mundo, es decir, por Dios, el sujeto queda incapacitado
para darse cuenta de la contradicción en la que vive. Lo cual explica, entre
otras cosas, lo difícil que es "convertir" a la "gente de
Iglesia". No porque sean duros de corazón, sino porque se sienten seguros
y ajenos, por tanto, a cualquier forma de sospecha. Lo primero es la vida La necesidad
básica y primera es la vida. La integridad de la vida, la seguridad de vivir,
la dignidad y los derechos de la vida, la felicidad de vivir. Una ética,
cristianamente entendida, tiene que poner este criterio por encima de todo lo
demás. No sólo al comienzo de la vida (proble- ma del aborto o de las
investigaciones con células madre) y al final de la vida (problema de la
eutanasia), sino a lo largo de toda la vida. Es sorprendente, y hasta
posiblemente escandaloso, que los movimientos religiosos fúndamentalistas no se
interesen por luchar contra la pena de muerte o contra las llamadas guerras
"preventivas" de la misma manera que luchan contra el aborto o la
eutanasia. Pero hay algo que es mucho más grave: el sistema económico mundial
actualmente vigente (el capitalismo neo-liberal) ha organizado las cosas de
manera que, mientras la riqueza mundial se concentra progresivamente en menos
personas, cada día mueren unos 70.000 seres humanos por falta de alimentos y
por las consecuencias de la malnutrición. Si tomamos en serio una ética que
pone en el centro de sus preocupaciones y proyectos la defensa de la vida, lo
primero que tienen que hacer quienes abrazan esa ética es luchar contra este
sistema genocida y criminal.
Pienso, al decir esto, en la pena de
muerte, en la fabricación y comercio de armamentos bélicos especialmente en los
armamentos atómicos, en los cientos de miles de niños que se ven obligados a
trabajar como auténticos esclavos, en las mujeres y niños con los que se
trafica para redes de prostitución o comercio de órganos... Pienso en tantas y
tan brutales agresiones contra la vida sobre las que quienes condenan el aborto
o ciertas púdicas sexuales no dicen ni media palabra.
5. "SE ME CONMUEVE N LAS ENTRAÑAS AL VER
A ESTA GENTE " (Me 8, 2)
Hay mucha gente que tiene unas
determinadas ideas, unas convicciones (seguramente firmes), pero resulta que
luego, a la hora de la verdad, hace todo lo contrario de lo que piensa y de lo
que habla. Porque se trata de personas que tienen sus ideas en cosas y
proyectos en los que no tienen puesta su sensibilidad. Cada persona es ¡o que
es su sensibilidad. Y cada cual hace lo que le dicta su sensibilidad. Hacemos
aquello a lo que somos sensibles. Y dejamos de hacer todo aquello a lo que
somos insensibles. Más aún, la sensibilidad tiene tanta fuerza en la vida, que
termina por modificar incluso las convicciones más firmes y, en general, la
manera de pensar. La sensibilidad no es lo mismo que la voluntad. La voluntad
es decisión, en tanto que la sensibilidad es atracción. Aquí está el secreto y
la clave del comportamiento humano. No porque en la conducta de las personas no
influyan sus decisiones, sino porque toda decisión, en la medida en que exige
esfuerzo, se hace alguna que otra vez. Por el contrario, la atracción está
presente a todas horas, en cada acto, en cada momento.
Sin remontarnos a tiempos más remotos,
ya Tomás de Aquino, en el siglo de oro de la gran escolástica, hacía una fina
distinción entre el "amor" y la "dilección", afirmando que
el amor es más divino, precisamente porque es más pasivo. El amor es, para los
teólogos escolásticos de los siglos XII y XIII, una "pasión", la
primera y la más importante de todas las pasiones que tiene y vive el ser
humano. "El amor, afirma Tomás de Aquino, es la primera de las pasiones del
apetito concupiscible"'. Y de ahí, el mismo Tomas de Aquino concluye de
manera sorprendente: "el amor (o sea, la pasión) es más divino que la
dilección". ¿Por qué? Porque "el hombre puede dirigirse mejor a Dios
por el amor, ya que es atraído pasivamente, de alguna manera, por el mismo
Dios"'. La razón que da santo Tomás, para decir esto, resulta sin duda
desconcertante para algunas mentalidades: el amor merece ese elogio
precisamente porque es "pasión", o sea implica la fuerza que imprime
en la conducta lo pasional: "porque el amor comporta cierta pasión,
principalmente en cuanto que reside en el apetito sensitivo" \ Es más
divino.
sentirse seducido y dejarse seducir
que, a fuerza de puños y de esfuerzo voluntarioso, intentar acercarse a Dios y
así pretender ser buena persona. Y eso es más divino porque, en el fondo, es lo
más humano que hay en la vida. Se trata de la "ley de la encarnación"
tomada en serio y llevada hasta sus últimas consecuencias. Si Dios, en la
Encarnación, se ha fundido y confundido con lo humano, eso quiere decir que
Dios se ajusta y se acomoda a las leyes de lo que entraña nuestra humanidad.
Y la experiencia nos enseña que, según
las leyes de lo humano, lo que más funde a las personas es exactamente el amor
(inseparable de la pasión) que nos hace un sólo ser, es decir, nos funde en la
unidad. Por lo demás, esta fuerza de la sensibilidad en la vida es lo que
manejan a la perfección los grandes maestros de la seducción y del engaño, los
profesionales de la publicidad comercial. En eso está el secreto de su
eficacia. El secreto que consiste en asociar, en el inconsciente de la persona,
la presunta bondad de una marca de perfume o de alcohol con el atractivo
seductor de la mirada o la figura de una mujer hermosa. Sin la menor duda, el que
se siente así, seducido y arrastrado (por lo que sea o por quien sea), hace
aquello que le seduce y le arrastra. En eso está la clave de lo fuerte y lo
decisiva que es la sensibilidad en nuestras vidas y en nuestro comportamiento.
Sensibilidad y conducta Por lo que acabo de explicar, se comprende la fuerza
que tiene la sensibilidad a la hora de entender y poner en práctica una
conducta ética correcta. La ética no se puede construir sólo desde la
especulación abstracta o desde la lógica del discurso racional que pretende
demostrar con argumentos lo que se debe o no se debe hacer. Una ética que se
queda sólo en eso, no pasa de ser una teoría más, quizá una buena teoría, en el
mejor de los casos. Pero una teoría que nunca tendrá más fuerza determinante
para las conductas que el arrastre que tienen los mensajes dirigidos a la
sensibilidad de las personas. Las situaciones más fuertes, que se nos presentan
en la vida, no se pueden gestionar solamente desde la lógica de la razón.
Las situaciones más fuertes, sobre
todo cuando se trata de situaciones de sufrimiento o de bienestar o disfrute de
la vida, no se pueden gestionar adecuadamente nada más que desde la
sensibilidad. Seguramente en eso ha consistido una de las intuiciones más
profundas de la ética que ha formulado sabiamente Emmanuel Lévinas. Para este
autor, en efecto, una ética, hoy en día, no puede ser elaborada por el mero
recurso a la idea de la razón, sino poniendo en juego la idea de la
sensibilidad. La ética es una nueva sensibilidad para con los otros\ El que es
sensible ante la dignidad, los derechos o el dolor de otra persona, ése se
comportará éticamente de manera correcta con quien tiene ante sí. De la misma
manera que quien es insensible ante las situaciones humanas con las que se
enfrenta en la vida, por muchas ideas morales que haya almacenado en su cabeza,
será un indeseable, un indiferente ante el dolor ajeno, un violento, en
definitiva.
Lévinas tiene toda la razón del mundo
cuando insiste en que la sensibilidad, en la apertura al encuentro con el otro
(o con los otros) es la clave de la ética. Es la relación entre
"rostro" y "sensibilidad"", que expresa la profunda y
misteriosa relación entre "rostro" e "Infinito".
Y ahí precisamente, en el encuentro
con el "otro", en el "rostro del otro", que es siempre
encuentro marcado por la sensibilidad, encontramos al "Otro". Dios
está donde se afirma el Otro. Dios está en los lugares donde se supera la
identidad, donde se encuentra la diferencia'". Pero, como es lógico,
superar la "identidad" y encontrar precisamente la
"diferencia" es algo que sólo se puede hacer realidad porque la
sensibilidad (y no meramente la razón) es el motor de la vida y la conducta.
Por lo tanto, cuando los evangelios
utilizan este verbo, para referirse a las relaciones o comportamientos de
Jesús, en realidad de lo que hablan es de la sensibilidad de Jesús. Cosa que,
con frecuencia, no aparece con claridad en las traducciones del texto griego
original. Porque no es raro que los traductores, cuando se encuentran con este
verbo, lo traducen por "tener misericordia" o "tener
compasión" y, en ocasiones, "tener lástima".
6. ÉTICA DE OBLIGACIONES, ÉTICA DE LA
FELICIDAD
El judaismo helenístico había hecho de
Moisés un héroe, un genio. Los judíos de Palestina, por su parte, veían en
Moisés el autor inspirado de los cinco libros de la Tora (la Ley divina) (Mt
22, 24; Me 10, 3 s; Le 20, 28; Me 7, 10), el mediador supremo de la Ley entre
Dios y el pueblo (Jn 7, 19. 22; Rm 9, 15; 10, 5; c£ Gen 3, 19), el maestro
definitivo (Mt 8, 4; Me 1, 44; Le 5, 14; Mt 23, 2; Jn 7, 22 s), el profeta por
excelencia cuya venida se esperaba (Hech 3, 22; 7, 37)'. Tanto estimaban los
judíos de aquel tiempo a Moisés que esa estima resultó ser un serio impedimento
para reconocer y aceptar lo que se afirmaba en los hechos y en las palabras de
Jesús (Jn 5, 45-47; 9, 28-29; 2 Cor 3, 12-15). Frente a esta actitud del
judaismo de entonces, lógicamente comprensible, los cristianos tuvieron desde
el primer momento, la firme convicción de que Jesús era superior a Moisés.
Ley para los judíos de entonces, una
carga tan pesada como un "yugo"'. Y fue de esta carga y de este yugo
de lo que Jesús vino a aliviar a la gente, para hacer soportable la religión y
la vida (Mt 11, 29-30), como explican acertadamente los mejores comentarios al
evangelio de Mateo \ Una idea que, desde diversos puntos de vista, estaba bien
asimilada entre los primeros cristianos, que siempre vieron la superioridad de
Jesús con respecto a Moisés (Mt 17, 2 par; Hech 7, 20-40; 13, 38; 26, 22; Heb 3,
2 s). Como es lógico, para un cristiano, que consideraba a Jesús como el Hijo
de Dios, esta superioridad de Cristo sobre Moisés tenía que resultar algo
enteramente comprensible. Y también el cumplimiento o plenitud de la Ley, que,
según la fe cristiana, se realiza en el amor al prójimo (Gal 5, 14; 1 Cor 7-19;
Rra 2, 25 ss; 3, 31; 8, 4; 13, 8-10) \ Por eso cuando, en el relato de la
transfiguración (Me 9, 2-13 par), aparecen junto a Jesús Moisés y Elias, cosa
que entusiasma a Pedro, se dice que, al aparecer la nube (símbolo bíblico de la
presencia divina), los discípulos no vieron nada más que a Jesús solo (Me 9, 8
par). Y la voz del cielo dijo: "Este es mi Hijo a quien yo quiero,
escuchadlo" (Me 9, 7). Moisés ha desaparecido. Sólo queda Jesús. Es decir,
ha desaparecido la Ley y solamente nos queda el Evangelio. Desde el punto de
vista del mensaje ético de Cristo, ¿qué sentido tiene esto? Con esta pregunta
estamos tocando una de las cuestiones más fundamentales del mensaje moral de
Jesucristo. Es lo que vamos a ver a continuación. No preceptos, sino dicha y
alegría El evangelio de Mateo empieza su relato del sermón del monte diciendo:
"Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó y se le acercaron sus
discípulos. El abrió su boca y les enseñaba diciendo:" (Mt 5, 1-2). A
continuación, Jesús expone su programa, las bienaventuranzas (Mt 5, 3-12).
Probablemente, la forma del relato contenga una alusión a la subida de Moisés
al monte Sinaí (Ex 19, 3. 12; 24, 15. 18; 34, 1 s. 4). También la conclusión
del sermón del monte evoca esos textos alusivos a Moisés. En este sentido, se
ha dicho, seguramente con bastante acierto, que Jesús, al subir al monte de las
bienaventuranzas, "asume la función de un nuevo Moisés". Sea lo que
sea de este punto concreto, es seguro que Jesús, en el sermón del monte,
promulga su programa. Un programa ético. Jesús pasado de una ética de deberes y
obligaciones a una ética de felicidad y dicha. Aquí está la sorprendente
innovación del proyecto moral que nos ofrece Jesús.
Las bienaventuranzas no se quedan en
unos límites que no se pueden transgredir, sino que marcan unas metas que nunca
vamos a llegar a alcanzar en plenitud. No son prohibiciones, sino propuestas.
No son la negación de lo que no se puede hacer, sino la afirmación de lo que nos
da vida y nos hace indeciblemente dichosos. Es el Evangelio, la "buena
noticia", el "tesoro" (Mt 13, 44) y la "perla" (Mt 13,
45 s), que llenan al ser humano de un gozo indecible. En efecto, lo primero que
aparece en las bienaventuranzas es que el programa de Jesús para los suyos es
un programa de felicidad. Cada afirmación de Jesús empieza con la palabra
makárioi, "dichosos". Esa palabra significa, en griego, la condición
del que está libre de preocupaciones y trabajos diarios; y describe, en
lenguaje poético, el estado de los dioses y de aquellos que participan de su
existencia feliz. Por consiguiente, Jesús propone la dicha sin límites, la
felicidad plena para sus seguidores. Dios no quiere el dolor, la tristeza y el
sufrimiento. Dios quiere precisamente todo lo contrario: que el ser humano se
realice plenamente, que viva feliz, que la dicha abunde y sobreabunde en su
vida.
El problema que plantean las
bienaventuranzas consiste en que el camino que proponen, para alcanzar la
felicidad, resulta estraño y sorprendente, al menos a primera vista. Porque las
bienaventuranzas indican que son felices las personas que no reúnen las
condiciones que todo el mundo considera indispensables para ser feliz. Decir
que los "pobres", los que "sufren", los que "tienen hambre
y sed", los que viven "perseguidos", todas esas gentes son los
"dichosos" de este mundo, aquellos a los que se puede calificar como
los makarioi, los auténticamente felices.
Por supuesto, todos están de acuerdo
en que la promesa de felicidad que ofrecen las bienaventuranzas no se refiere
exclusivamente a la "otra vida". Es decir, no se trata de una promesa
de felicidad para después de la muerte. Jesús habla, ante todo, de la felicidad
en esta vida. Pero, ¿en qué consiste ese programa de felicidad? Hay quienes se
inclinan a pensar que en las bienaventuranzas se nos ofrece la promesa de la
gracia, es decir, los más desgraciados de este mundo son dichosos porque la
gracia generosa de Dios los hace felices. Es la explicación que prefieren,
sobre todo, los estudiosos de la Biblia.
Otros autores piensan, más bien, que
las bienaventuranzas son una exhortación ética, no estructurada a partir de
unas normas, sino de unos ideales de orden moral que entrañan exigencias de
desprendimiento y generosidad que van más allá de toda ley y que piden mayor
entrega que cualquier norma por perfecta que sea.
CRITICA.
Una de las características
determinantes de la personalidad de Jesús de Nazaret es su poder de
convocatoria. Los relatos del evangelio reflejan repetidamente cómo la gente
acudía en masa cada vez que Jesús se hacía presente en alguno de los pueblos y
aldeas de Galilea. Cómo en alguna ocasión era tal la cantidad de gente que lo
rodeaba que su propia familia no pudo abrirse paso para acercarse a él. Otras
veces, cuando quiso retirarse del bullicio de la multitud, y pidió a Pedro que
lo llevase en la barca a un lugar más solitario, la multitud los siguió por
tierra desde la costa del lago para reencontrarlo cuando desembarcase.
El origen de este poder de convocatoria,
de este atractivo que la personalidad de Jesús despertaba en la población de
Galilea partía de que, cómo decían los que le escuchaban, enseñaba como quien tiene autoridad, y
no como los escribas, que se limitaban a repetir las
lecciones y textos memorizados. Esta originalidad personal de Jesús, al
presentar su visión de Dios y de la religión, consistía en que no proponía un
catálogo de obligaciones y prohibiciones. Jesús fue un fiel cumplidor de la
ley. Así mismo fue un lector crítico de la ley. Crítico en el sentido de que
puso de manifiesto los absurdos a que se podía llegar haciendo de la ley un
lectura meramente literal, sin penetrar en el sentido subyacente a sus
enunciados. La frase de Jesús es significativa: "El sábado se ha hecho para el hombre, y no el hombre para el
sábado".
El mensaje que Jesús transmitía era
una proclamación de valores superiores inspiradores de la vida del hombre en su
camino hacia Dios. Las parábolas, mediante las cuales pretendió explicar en
forma popular su personal concepción de la vida humana, no contienen
obligaciones ni prohibiciones, sino planteamientos globales sobre el sentido y
la razón de ser de la vida. El tesoro oculto con mayor valor que cualquier otra
cosa, la semilla (palabra de Dios al hombre) que se pierde o fructifica, el
samaritano que interrumpe su viaje para atender a un herido son formas globales
de explicar por qué y para qué vivimos. Esta forma de expresarse fue la que a
unos los entusiasmaba y a otros les causaba desconcierto. Desconcierto que les
llevó a pensar que Jesús era un personaje peligroso porque ponía en cuestión la
doctrina dominante de los teólogos de la época (los escribas), incluso las
estructuras de la organización religiosa del Templo de Jerusalén.
Haciendo una síntesis de los valores
que Jesús personalmente apreció, y pretendió transmitir a sus seguidores,
pudiéramos subrayar tres fundamentales: la pobreza, la verdad, la misericordia.
Jesús fue amante de la pobreza, no de
la miseria. En una sociedad dominada por poderosos terratenientes, por
funcionarios del imperio o de los reyes subordinados al imperio, por la clase
sacerdotal de los saduceos, que cobraban exacciones a las clases inferiores de
campesinos y artesanos, Jesús se situó en este último grupo. Sea su propia
familia, sean las personas que incorporó a su grupo, pertenecían a este sector
social de menor renta. Fue crítico respecto del comportamiento de la clase
dominante de la época. No se puede servir a Dios y al dinero afirmó en cierta
ocasión, otra vez dijo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una
aguja que un rico se incorpore al proyecto del Reino de los Cielos, contrapuso
la figura del rico que daba lujosos banquetes al pobre que no tenía donde
caerse muerto.
El segundo valor de Jesús fue la
verdad. La obsesión de Jesús por la verdad le llevó a distanciarse del grupo de
los fariseos. Estos conservadores religiosos habían reducido las relaciones del
hombre con Dios a ritos y normativas legales rigurosas. Les dijo claramente que
lo que mancha al hombre no es comer carne de cerdo, de vacuno o de pollo. Eso
para Dios es insignificante. Lo que mancha al hombre son las intenciones que
alberga en su corazón.
Finalmente, la misericordia. El
evangelio de Mateo resume en dos dimensiones la actividad de Jesús adulto. "Recorría Galilea proclamando el
evangelio y sanando toda enfermedad, toda dolencia del pueblo. Después de la muerte y resurrección de Jesús, Pedro sintetizó su vida
diciendo "pasó por el mundo
haciendo el bien Todos los milagros de Jesús
que relata el evangelio tienen una raíz de humanismo y de compasión. Enfermos
desasistidos, viudas que pierden al hijo único, leprosos excluidos de los
núcleos urbanos, mendigos al borde del camino, niños pequeños. Se negó
rotundamente a ejercer su poder taumaturgo en beneficio propio, ni para
despertar la espectacularidad tirándose desde la explanada del Templo al
barranco del arroyo Cedrón.
Este fue Jesús de Nazaret. Solamente a
través de El podemos llegar a hacernos idea de cómo es Dios. A Dios no lo ha
visto nadie --nos dice el evangelio de Juan -- solamente sabemos de Dios lo que
Jesús nos ha contado.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario