«... la doctrina social tiene
de por sí el valor
de un instrumento de evangelización: en cuanto tal,
anuncia a Dios y su misterio de salvación en Cristo
a todo hombre y, por la misma razón, revela al hombre a sí mismo.
Solamente bajo esta perspectiva se ocupa de lo demás:
de los derechos humanos de cada uno y, en particular,
del “proletariado”, la familia y la educación,
los deberes del Estado, el ordenamiento de la sociedad nacional
e internacional, la vida económica, la cultura, la guerra y la paz,
así como del respeto a la vida desde el momento
de la concepción hasta la muerte ».
de un instrumento de evangelización: en cuanto tal,
anuncia a Dios y su misterio de salvación en Cristo
a todo hombre y, por la misma razón, revela al hombre a sí mismo.
Solamente bajo esta perspectiva se ocupa de lo demás:
de los derechos humanos de cada uno y, en particular,
del “proletariado”, la familia y la educación,
los deberes del Estado, el ordenamiento de la sociedad nacional
e internacional, la vida económica, la cultura, la guerra y la paz,
así como del respeto a la vida desde el momento
de la concepción hasta la muerte ».
(Centesimus annus, 54)
LA FAMILIA CÉLULA VITAL DE LA SOCIEDAD
209 La importancia y la
centralidad de la familia, en orden a la persona y a la sociedad, está
repetidamente subrayada en la Sagrada Escritura: « No está bien que el
hombre esté solo » (Gn 2,18). A partir de los textos que narran la
creación del hombre (cf. Gn 1,26-28; 2,7-24) se nota cómo
—según el designio de Dios— la pareja constituye « la expresión primera de la
comunión de personas humanas ».458 Eva es creada semejante a
Adán, como aquella que, en su alteridad, lo completa (cf. Gn 2,18)
para formar con él « una sola carne » (Gn 2,24; cf. Mt 19,5-6).459 Al
mismo tiempo, ambos tienen una misión procreadora que los hace colaboradores del
Creador: « Sed fecundos y multiplicaos, henchid la tierra » (Gn 1,28).
La familia es considerada, en el designio del Creador, como « el lugar
primario de la“humanización” de la persona y de la sociedad » y «
cuna de la vida y del amor ».460
210 En la familia se aprende
a conocer el amor y la fidelidad del Señor, así como la necesidad de
corresponderle (cf. Ex 12,25-27; 13,8.14-15; Dt 6,20-
25; 13,7-11; 1 S 3,13); los hijos aprenden las primeras y más decisivas
lecciones de la sabiduría práctica a las que van unidas las virtudes (cf. Pr 1,8-9;
4,1-4; 6,20-21; Si 3,1-16; 7,27-28). Por todo ello, el Señor
se hace garante del amor y de la fidelidad conyugales (cf. Ml 2,14-15).
Jesús nació y vivió en una familia
concreta aceptando todas sus características propias 461 y
dio así una excelsa dignidad a la institución matrimonial, constituyéndola
como sacramento de la nueva alianza (cf. Mt 19,3-9). En esta
perspectiva, la pareja encuentra su plena dignidad y la familia su solidez.
211 Iluminada por la luz del
mensaje bíblico, la Iglesia considera la familia como la primera sociedad
natural, titular de derechos propios y originarios, y la sitúa en el centro de
la vida social: relegar la familia « a un papel subalterno y
secundario, excluyéndola del lugar que le compete en la sociedad, significa
causar un grave daño al auténtico crecimiento de todo el cuerpo social ».462 La
familia, ciertamente, nacida de la íntima comunión de vida y de amor conyugal
fundada sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer,463 posee
una específica y original dimensión social, en cuanto lugar primario de
relaciones interpersonales, célula primera y vital de la sociedad: 464 es
una institución divina, fundamento de la vida de las personas y prototipo de
toda organización social.
212 La familia es importante
y central en relación a la persona. En esta cuna de la vida
y del amor, el hombre nace y crece. Cuando nace un
niño, la sociedad recibe el regalo de una nueva persona, que está « llamada,
desde lo más íntimo de sí a la comunión con los demás y a la entrega a
los demás ».465 En la familia, por tanto, la entrega recíproca
del hombre y de la mujer unidos en matrimonio, crea un ambiente de vida en el
cual el niño puede « desarrollar sus potencialidades, hacerse consciente de su
dignidad y prepararse a afrontar su destino único e irrepetible ».466
En el clima de afecto natural que une a
los miembros de una comunidad familiar, las personas son reconocidas y
responsabilizadas en su integridad: « La primera estructura fundamental
a favor de la “ecología humana” es la familia, en cuyo seno el hombre recibe
las primeras nociones sobre la verdad y el bien; aprende qué quiere decir amar
y ser amado y, por consiguiente, qué quiere decir en concreto ser una persona
».467 Las obligaciones de sus miembros no están limitadas por
los términos de un contrato, sino que derivan de la esencia misma de la
familia, fundada sobre un pacto conyugal irrevocable y estructurada por las
relaciones que derivan de la generación o adopción de los hijos.
213 La familia, comunidad
natural en donde se experimenta la sociabilidad humana, contribuye en modo
único e insustituible al bien de la sociedad. La comunidad familiar
nace de la comunión de las personas: « La “comunión” se refiere a la
relación personal entre el “yo” y el “tú”. La “comunidad”, en cambio, supera
este esquema apuntando hacia una “sociedad”, un “nosotros”. La familia,
comunidad de personas, es por consiguiente la primera “sociedad” humana».468
Una sociedad a medida de la familia es la
mejor garantía contra toda tendencia de tipo individualista o colectivista,
porque en ella la persona es siempre el centro de la atención en cuanto fin y
nunca como medio. Es evidente que el bien de las personas y el buen
funcionamiento de la sociedad están estrechamente relacionados con « la
prosperidad de la comunidad conyugal y familiar ».469 Sin
familias fuertes en la comunión y estables en el compromiso, los pueblos se debilitan.
En la familia se inculcan desde los primeros años de vida los valores morales,
se transmite el patrimonio espiritual de la comunidad religiosa y el patrimonio
cultural de la Nación. En ella se aprenden las responsabilidades sociales y la
solidaridad.470
214 Ha de afirmarse la
prioridad de la familia respecto a la sociedad y al Estado. La familia, al menos
en su función procreativa, es la condición misma de la existencia de aquéllos.
En las demás funciones en pro de cada uno de sus miembros, la familia precede,
por su importancia y valor, a las funciones que la sociedad y el Estado deben
desempeñar.471La familia, sujeto titular de derechos inviolables,
encuentra su legitimación en la naturaleza humana y no en el reconocimiento del
Estado. La familia no está, por lo tanto, en función de la sociedad y
del Estado, sino que la sociedad y el Estado están en función de la familia.
Todo modelo social que busque el bien del
hombre no puede prescindir de la centralidad y de la responsabilidad social de
la familia. La sociedad y el Estado, en sus relaciones con la familia, tienen
la obligación de atenerse al principio de subsidiaridad. En virtud de este
principio, las autoridades públicas no deben sustraer a la familia las tareas
que puede desempeñar sola o libremente asociada con otras familias; por otra
parte, las mismas autoridades tienen el deber de auxiliar a la familia,
asegurándole las ayudas que necesita para asumir de forma adecuada todas sus
responsabilidades.472
II. EL MATRIMONIO, FUNDAMENTO DE LA FAMILIA
215 La familia tiene su
fundamento en la libre voluntad de los cónyuges de unirse en matrimonio,
respetando el significado y los valores propios de esta institución, que no
depende del hombre, sino de Dios mismo: « Este vínculo
sagrado, en atención al bien, tanto de los esposos y de la prole como de la
sociedad, no depende de la decisión humana. Pues es el mismo Dios el autor del
matrimonio, al cual ha dotado con bienes y fines varios ».473 La
institución matrimonial —« fundada por el Creador y en posesión de sus propias
leyes, la íntima comunidad conyugal de vida y amor » 474 —
no es una creación debida a convenciones humanas o imposiciones legislativas,
sino que debe su estabilidad al ordenamiento divino.475 Nace,
también para la sociedad, « del acto humano por el cual los esposos se dan y se
reciben mutuamente » 476 y se funda sobre la misma
naturaleza del amor conyugal que, en cuanto don total y exclusivo, de persona a
persona, comporta un compromiso definitivo expresado con el consentimiento
recíproco, irrevocable y público.477Este compromiso pide que las
relaciones entre los miembros de la familia estén marcadas también por el
sentido de la justicia y el respeto de los recíprocos derechos y deberes.
216 Ningún poder puede abolir
el derecho natural al matrimonio ni modificar sus características ni su
finalidad. El matrimonio tiene características propias, originarias y
permanentes. A pesar de los numerosos cambios que han tenido lugar
a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales y
actitudes espirituales, en todas las culturas existe un cierto sentido de la
dignidad de la unión matrimonial, aunque no siempre se trasluzca con la misma
claridad.478 Esta dignidad ha de ser respetada en sus
características específicas, que exigen ser salvaguardadas frente a cualquier
intento de alteración de su naturaleza. La sociedad no puede disponer del
vínculo matrimonial, con el cual los dos esposos se prometen fidelidad,
asistencia recíproca y apertura a los hijos, aunque ciertamente le compete
regular sus efectos civiles.
217 El matrimonio tiene como
rasgos característicos: la totalidad, en razón de la
cual los cónyuges se entregan recíprocamente en todos los aspectos de la
persona, físicos y espirituales; la unidad que los hace « una
sola carne » (Gn 2,24); la indisolubilidad y la
fidelidad que exige la donación recíproca y definitiva; la fecundidad a
la que naturalmente está abierto.479 El sabio designio de Dios
sobre el matrimonio —designio accesible a la razón humana, no obstante las
dificultades debidas a la dureza del corazón (cf. Mt 19,8; Mc10,5)—
no puede ser juzgado exclusivamente a la luz de los comportamientos de hecho y
de las situaciones concretas que se alejan de él. La poligamia es
una negación radical del designio original de Dios, « porque es contraria a la
igual dignidad personal del hombre y de la mujer, que en el matrimonio se dan
con un amor total y por lo mismo único y exclusivo ».480
218 El matrimonio, en su
verdad « objetiva », está ordenado a la procreación y educación de los hijos.481 La
unión matrimonial, en efecto, permite vivir en plenitud el don sincero de sí
mismo, cuyo fruto son los hijos, que, a su vez, son un don para los padres,
para la entera familia y para toda la sociedad.482 El matrimonio,
sin embargo, no ha sido instituido únicamente en orden a la procreación: 483 su
carácter indisoluble y su valor de comunión permanecen incluso cuando los
hijos, aun siendo vivamente deseados, no lleguen a coronar la vida conyugal.
Los esposos, en este caso, « pueden manifestar su generosidad adoptando niños
abandonados o realizando servicios abnegados en beneficio del prójimo ».484
219 Los bautizados, por
institución de Cristo, viven la realidad humana y original del matrimonio, en
la forma sobrenatural del sacramento, signo e instrumento de Gracia. La historia de la
salvación está atravesada por el tema de la alianza esponsal, expresión
significativa de la comunión de amor entre Dios y los hombres y clave simbólica
para comprender las etapas de la alianza entre Dios y su pueblo.485 El
centro de la revelación del proyecto de amor divino es el don que Dios hace a
la humanidad de su Hijo Jesucristo, « el Esposo que ama y se da como Salvador
de la humanidad, uniéndola a sí como su cuerpo. El revela la verdad original
del matrimonio, la verdad del “principio” (cf. Gn 2,24; Mt 19,5)
y, liberando al hombre de la dureza del corazón, lo hace capaz de realizarla
plenamente ».486Del amor esponsal de Cristo por la Iglesia, cuya
plenitud se manifiesta en la entrega consumada en la Cruz, brota la
sacramentalidad del matrimonio, cuya Gracia conforma el amor de los esposos con
el Amor de Cristo por la Iglesia. El matrimonio, en cuanto sacramento, es una
alianza de un hombre y una mujer en el amor.487
220 El sacramento del
matrimonio asume la realidad humana del amor conyugal con todas las
implicaciones y « capacita y compromete a los esposos y a los padres cristianos a
vivir su vocación de laicos, y, por consiguiente, a “buscar el Reino de Dios
gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios” ».488 Íntimamente
unida a la Iglesia por el vínculo sacramental que la hace Iglesia
doméstica o pequeña Iglesia, la familia cristiana está
llamada « a ser signo de unidad para el mundo y a ejercer de ese modo su
función profética, dando testimonio del Reino y de la paz de Cristo, hacia el
cual el mundo entero está en camino ».489
La caridad conyugal, que brota de la
caridad misma de Cristo, ofrecida por medio del Sacramento, hace a los cónyuges
cristianos testigos de una sociabilidad nueva, inspirada por el Evangelio y por
el Misterio pascual. La dimensión natural de su amor es constantemente
purificada, consolidada y elevada por la gracia sacramental. De esta manera,
los cónyuges cristianos, además de ayudarse recíprocamente en el camino de la
santificación, son en el mundo signo e instrumento de la caridad de Cristo. Con
su misma vida, están llamados a ser testigos y anunciadores del sentido
religioso del matrimonio, que la sociedad actual reconoce cada vez con mayor
dificultad, especialmente cuando acepta visiones relativistas del mismo
fundamento natural de la institución matrimonial.
III. LA SUBJETIVIDAD SOCIAL DE LA
FAMILIA
221 La familia se presenta
como espacio de comunión —tan necesaria en una sociedad cada vez más
individualista—, que debe desarrollarse como una auténtica comunidad de
personas 490 gracias al incesante dinamismo del amor,
dimensión fundamental de la experiencia humana, cuyo lugar privilegiado para
manifestarse es precisamente la familia: « El amor hace que el hombre se
realice mediante la entrega sincera de sí mismo. Amar significa dar y recibir
lo que no se puede comprar ni vender, sino sólo regalar libre y recíprocamente
».491
Gracias al amor, realidad esencial para
definir el matrimonio y la familia, cada persona, hombre y mujer, es
reconocida, aceptada y respetada en su dignidad. Del amor nacen
relaciones vividas como entrega gratuita, que « respetando y favoreciendo en
todos y cada uno la dignidad personal como único título de valor, se hace
acogida cordial, encuentro y diálogo, disponibilidad desinteresada, servicio
generoso y solidaridad profunda ».492 La existencia de familias
que viven con este espíritu pone al descubierto las carencias y contradicciones
de una sociedad que tiende a privilegiar relaciones basadas principalmente,
cuando no exclusivamente, en criterios de eficiencia y funcionalidad. La
familia que vive construyendo cada día una red de relaciones interpersonales,
internas y externas, se convierte en la « primera e insustituible escuela de
socialidad, ejemplo y estímulo para las relaciones comunitarias más amplias en
un clima de respeto, justicia, diálogo y amor ».493
222 El amor se expresa también
mediante la atención esmerada de los ancianos que viven en la familia: su
presencia supone un gran valor. Son un ejemplo de vinculación entre
generaciones, un recurso para el bienestar de la familia y de toda la sociedad:
« No sólo pueden dar testimonio de que hay aspectos de la vida, como los
valores humanos y culturales, morales y sociales, que no se miden en términos
económicos o funcionales, sino ofrecer también una aportación eficaz en el
ámbito laboral y en el de la responsabilidad. Se trata, en fin, no sólo de
hacer algo por los ancianos, sino de aceptar también a estas personas como
colaboradores responsables, con modalidades que lo hagan realmente posible,
como agentes de proyectos compartidos, bien en fase de programación, de diálogo
o de actuación ».494 Como dice la Sagrada Escritura, las
personas « todavía en la vejez tienen fruto » (Sal92,15). Los ancianos
constituyen una importante escuela de vida, capaz de transmitir valores y
tradiciones y de favorecer el crecimiento de los más jóvenes: estos aprenden
así a buscar no sólo el propio bien, sino también el de los demás. Si los
ancianos se hallan en una situación de sufrimiento y dependencia, no sólo
necesitan cuidados médicos y asistencia adecuada, sino, sobre todo, ser
tratados con amor.
223 El ser humano ha sido
creado para amar y no puede vivir sin amor. El amor, cuando se
manifiesta en el don total de dos personas en su complementariedad, no puede
limitarse a emociones o sentimientos, y mucho menos a la mera expresión sexual.
Una sociedad que tiende a relativizar y a banalizar cada vez más la experiencia
del amor y de la sexualidad, exalta los aspectos efímeros de la vida y oscurece
los valores fundamentales. Se hace más urgente que nunca anunciar y testimoniar
que la verdad del amor y de la sexualidad conyugal se
encuentra allí donde se realiza la entrega plena y total de las personas con
las características de la unidad y de la fidelidad.495 Esta
verdad, fuente de alegría, esperanza y vida, resulta impenetrable e
inalcanzable mientras se permanezca encerrados en el relativismo y en el
escepticismo.
224 En relación a las
teorías que consideran la identidad de género como un mero producto cultural y
social derivado de la interacción entre la comunidad y el individuo, con
independencia de la identidad sexual personal y del verdadero significado de la
sexualidad, la Iglesia no se cansará de ofrecer la propia enseñanza: «
Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad
sexual. La diferencia y la complementariedadfísicas,
morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al
desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja humana y de la sociedad
depende en parte de la manera en que son vividas entre los sexos la
complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos ».496 Esta
perspectiva lleva a considerar necesaria la adecuación del
derecho positivo a la ley natural, según la cual la identidad sexual es
indiscutible, porque es la condición objetiva para formar una pareja en el
matrimonio.
225 La naturaleza del amor
conyugal exige la estabilidad de la relación matrimonial y su indisolubilidad. La falta de estos
requisitos perjudica la relación de amor exclusiva y total, propia del vínculo
matrimonial, trayendo consigo graves sufrimientos para los hijos e incluso
efectos negativos para el tejido social.
La estabilidad y la indisolubilidad de la
unión matrimonial no deben quedar confiadas exclusivamente a la intención y al
compromiso de los individuos: la responsabilidad en el cuidado y la promoción
de la familia, como institución natural y fundamental, precisamente en
consideración de sus aspectos vitales e irrenunciables, compete principalmente
a toda la sociedad. La necesidad de conferir un carácter institucional al
matrimonio, fundándolo sobre un acto público, social y jurídicamente
reconocido, deriva de exigencias básicas de naturaleza social.
La introducción del divorcio en las
legislaciones civiles ha alimentado una visión relativista de la unión conyugal y se ha
manifestado ampliamente como una « verdadera plaga social ».497 Las
parejas que conservan y afianzan los bienes de la estabilidad y de la
indisolubilidad « cumplen... de manera útil y valiente, el cometido a ellas
confiado de ser un “signo” en el mundo —un signo pequeño y precioso, a veces
expuesto a la tentación, pero siempre renovado— de la incansable fidelidad con
que Dios y Jesucristo aman a todos los hombres y a cada hombre ».498
226 La Iglesia no abandona a
su suerte aquellos que, tras un divorcio, han vuelto a contraer matrimonio. La
Iglesia ora por ellos, los anima en las dificultades de orden espiritual que se
les presentan y los sostiene en la fe y en la esperanza. Por su parte, estas
personas, en cuanto bautizados, pueden y deben participar en la vida de la
Iglesia: se les exhorta a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el
sacrificio de la Misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de
caridad y las iniciativas de la comunidad a favor de la justicia y de la paz, a
educar a los hijos en la fe, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia
para implorar así, día a día, la gracia de Dios.
La reconciliación en el sacramento de la
penitencia, —que abriría el camino al sacramento eucarístico— puede concederse
sólo a aquéllos que, arrepentidos, están sinceramente dispuestos a una forma de
vida que ya no esté en contradicción con la indisolubilidad del matrimonio.499
Actuando así, la Iglesia profesa su propia
fidelidad a Cristo y a su verdad; al mismo tiempo, se comporta con ánimo
materno para con estos hijos suyos, especialmente con aquellos que sin culpa
suya, han sido abandonados por su cónyuge legítimo. La Iglesia cree con firme
convicción que incluso cuantos se han apartado del mandamiento del Señor y
persisten en ese estado, podrán obtener de Dios la gracia de la conversión y de
la salvación si perseveran en la oración, en la penitencia y en la caridad.500
227 Las uniones de hecho,
cuyo número ha ido progresivamente aumentando, se basan sobre un falso concepto
de la libertad de elección de los individuos 501 y
sobre una concepción privada del matrimonio y de la familia. El matrimonio
no es un simple pacto de convivencia, sino una relación con una dimensión
social única respecto a las demás, ya que la familia, con el cuidado y la
educación de los hijos, se configura como el instrumento principal e
insustituible para el crecimiento integral de toda persona y para su positiva
inserción en la vida social.
La eventual equiparación legislativa entre
la familia y las « uniones de hecho » se traduciría en un descrédito del modelo
de familia, que no se puede realizar en una relación precaria entre personas,502 sino
sólo en una unión permanente originada en el matrimonio, es decir, en el pacto
entre un hombre y una mujer, fundado sobre una elección recíproca y libre que
implica la plena comunión conyugal orientada a la procreación.
228 Un problema particular,
vinculado a las uniones de hecho, es el que se refiere a la petición de
reconocimiento jurídico de las uniones homosexuales, objeto, cada vez más,
de debate público. Sólo una antropología que responda a la plena verdad del
hombre puede dar una respuesta adecuada al problema, que presenta diversos
aspectos tanto en el plano social como eclesial.503 A la luz de
esta antropología se evidencia « qué incongruente es la pretensión de atribuir
una realidad “conyugal” a la unión entre personas del mismo sexo. Se opone a
esto, ante todo, la imposibilidad objetiva de hacer fructificar el matrimonio
mediante la transmisión de la vida, según el proyecto inscrito por Dios en la misma
estructura del ser humano. Asimismo, también se opone a ello la ausencia de los
presupuestos para la complementariedad interpersonal querida por el Creador,
tanto en el plano físico-biológico como en el eminentemente psicológico, entre
el varón y la mujer. Únicamente en la unión entre dos personas sexualmente
diversas puede realizarse la perfección de cada una de ellas, en una síntesis
de unidad y mutua complementariedad psíco-física».504
La persona homosexual debe ser plenamente
respetada en su dignidad,505 y animada a seguir
el plan de Dios con un esfuerzo especial en el ejercicio de la castidad.506 Este
respeto no significa la legitimación de comportamientos contrarios a la ley
moral ni, mucho menos, el reconocimiento de un derecho al matrimonio entre
personas del mismo sexo, con la consiguiente equiparación de estas uniones con
la familia: 507 « Si, desde el punto de vista legal, el
casamiento entre dos personas de sexo diferente fuese sólo considerado como uno
de los matrimonios posibles, el concepto de matrimonio sufriría un cambio
radical, con grave deterioro del bien común. Poniendo la unión homosexual en un
plano jurídico análogo al del matrimonio o al de la familia, el Estado actúa
arbitrariamente y entra en contradicción con sus propios deberes ».508
229 La solidez del núcleo
familiar es un recurso determinante para la calidad de la convivencia social.
Por ello la comunidad civil no puede permanecer indiferente ante las tendencias
disgregadoras que minan en la base sus propios fundamentos. Si una legislación
puede en ocasiones tolerar comportamientos moralmente inaceptables,509 no
debe jamás debilitar el reconocimiento del matrimonio monogámico indisoluble,
como única forma auténtica de la familia. Es necesario, por tanto, que las
autoridades públicas « resistiendo a las tendencias disgregadoras de la misma
sociedad y nocivas para la dignidad, seguridad y bienestar de los ciudadanos,
procuren que la opinión pública no sea llevada a menospreciar la importancia
institucional del matrimonio y de la familia ».510
Es tarea de la comunidad cristiana y de
todos aquellos que se preocupan sinceramente por el bien de la sociedad,
reafirmar que « la familia constituye, más que una unidad jurídica, social y
económica, una comunidad de amor y de solidaridad, insustituible para la
enseñanza y transmisión de los valores culturales, éticos, sociales,
espirituales y religiosos, esenciales para el desarrollo y bienestar de los
propios miembros y de la sociedad ».511
230 El amor conyugal está
por su naturaleza abierto a la acogida de la vida.512 En
la tarea procreadora se revela de forma eminente la dignidad del ser humano,
llamado a hacerse intérprete de la bondad y de la fecundidad que proviene de
Dios: « La paternidad y la maternidad humanas, aún siendo biológicamente
parecidas a las de otros seres de la naturaleza, tienen en sí mismas,
de manera esencial y exclusiva, una “semejanza” con Dios,
sobre la que se funda la familia, entendida como comunidad de vida humana, como
comunidad de personas unidas en el amor (communio personarum) ».513
La procreación expresa la subjetividad
social de la familia e inicia un dinamismo de amor y de solidaridad entre las
generaciones que constituye la base de la sociedad. Es necesario redescubrir
el valor social de partícula del bien común insita en cada
nuevo ser humano: cada niño « hace de sí mismo un don a los hermanos, hermanas,
padres, a toda la familia. Su vida se convierte en don para los mismos
donantes de la vida, los cuales no dejarán de sentir la presencia del
hijo, su participación en la vida de ellos, su aportación a su bien común y al
de la comunidad familiar ».514
231 La familia fundada en el
matrimonio es verdaderamente el santuario de la vida, « el ámbito donde
la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra
los múltiples ataques a los que está expuesta, y puede desarrollarse según las
exigencias de un auténtico crecimiento humano ».515 La función
de la familia es determinante e insustituible en la promoción y construcción de
la cultura de la vida,516 contra la difusión de una «
“anticivilización” destructora, como demuestran hoy tantas tendencias y
situaciones de hecho ».517
Las familias cristianas tienen, en virtud
del sacramento recibido, la peculiar misión de ser testigos y anunciadoras del
Evangelio de la vida. Es un compromiso que adquiere, en la
sociedad, el valor de verdadera y valiente profecía. Por este motivo, « servir
el Evangelio de la vida supone que las familias, participando
especialmente en asociaciones familiares, trabajan para que las leyes e
instituciones del Estado no violen de ningún modo el derecho a la vida, desde
la concepción hasta la muerte natural, sino que la defiendan y promuevan ».518
232 La familia contribuye de
modo eminente al bien social por medio de la paternidad y la maternidad
responsables, formas peculiares de la especial participación de los cónyuges en
la obra creadora de Dios.519 La carga que conlleva
esta responsabilidad, no se puede invocar para justificar posturas egoístas,
sino que debe guiar las opciones de los cónyuges hacia una generosa acogida de
la vida: « En relación con las condiciones físicas, económicas, psicológicas y
sociales, la paternidad responsable se pone en práctica, ya sea con la deliberación
ponderada y generosa de tener una familia numerosa, ya sea con la decisión,
tomada por graves motivos y en el respeto de la ley moral, de evitar un nuevo
nacimiento durante
algún tiempo o por tiempo indefinido ».520 Las
motivaciones que deben guiar a los esposos en el ejercicio responsable de la
paternidad y de la maternidad, derivan del pleno reconocimiento de los propios
deberes hacia Dios, hacia sí mismos, hacia la familia y hacia la sociedad, en
una justa jerarquía de valores.
233 En cuanto a los « medios
» para la procreación responsable, se han de rechazar como moralmente ilícitos
tanto la esterilización como el aborto.521 Este
último, en particular, es un delito abominable y constituye siempre un desorden
moral particularmente grave; 522lejos de ser un derecho, es más
bien un triste fenómeno que contribuye gravemente a la difusión de una
mentalidad contra la vida, amenazando peligrosamente la convivencia social
justa y democrática.523
Se ha de rechazar también el recurso a los
medios contraceptivos en sus diversas formas.524Este
rechazo deriva de una concepción correcta e íntegra de la persona y de la
sexualidad humana,525 y tiene el valor de una instancia
moral en defensa del verdadero desarrollo de los pueblos.526 Las
mismas razones de orden antropológico, justifican, en cambio, como lícito el
recurso a la abstinencia en los períodos de fertilidad femenina.527 Rechazar
la contracepción y recurrir a los métodos naturales de regulación de la
natalidad comporta la decisión de vivir las relaciones interpersonales entre
los cónyuges con recíproco respeto y total acogida; de ahí derivarán también
consecuencias positivas para la realización de un orden social más humano.
234 El juicio acerca del
intervalo entre los nacimientos y el número de los hijos corresponde solamente
a los esposos. Este es uno de sus derechos inalienables, que ejercen ante Dios,
considerando los deberes para consigo mismos, con los hijos ya nacidos, la
familia y la sociedad.528 La intervención del poder público, en
el ámbito de su competencia, para la difusión de una información apropiada y la
adopción de oportunas medidas demográficas, debe cumplirse respetando las
personas y la libertad de las parejas: no puede jamás sustituir sus
decisiones; 529 tanto menos lo pueden hacer las diversas
organizaciones que trabajan en este campo.
Son moralmente condenables, como atentados
a la dignidad de la persona y de la familia, los programas de ayuda económica
destinados a financiar campañas de esterilización y anticoncepción o
subordinados a la aceptación de dichas campañas. La solución de las
cuestiones relacionadas con el crecimiento demográfico se debe buscar, más
bien, respetando contemporáneamente la moral sexual y la social, promoviendo
una mayor justicia y una auténtica solidaridad para dar en todas partes
dignidad a la vida, comenzando por las condiciones económicas, sociales y
culturales.
235 El deseo de maternidad y
paternidad no justifica ningún « derecho al hijo », en cambio, son evidentes
los derechos de quien aún no ha nacido, al que se deben garantizar las mejores
condiciones de existencia, mediante la estabilidad de la familia fundada sobre
el matrimonio y la complementariedad de las dos figuras, paterna y materna.530 El
acelerado desarrollo de la investigación y de sus aplicaciones técnicas en el
campo de la reproducción, plantea nuevas y delicadas cuestiones que exigen la
intervención de la sociedad y la existencia de normas que regulen este ámbito
de la convivencia humana.
Es necesario reafirmar que no son
moralmente aceptables todas aquellas técnicas de reproducción —como
la donación de esperma o de óvulos; la maternidad sustitutiva; la fecundación
artificial heteróloga— en las que se recurre al útero o a los gametos de
personas extrañas a los cónyuges. Estas prácticas dañan el derecho del hijo a
nacer de un padre y de una madre que lo sean tanto desde el punto de vista
biológico como jurídico. También son reprobables las prácticas que separan el
acto unitivo del procreativo mediante técnicas de laboratorio, como la
inseminación y la fecundación artificial homóloga, de forma que el hijo aparece
más como el resultado de un acto técnico, que como el fruto natural del acto
humano de donación plena y total de los esposos.531 Evitar el
recurso a las diversas formas de la llamada procreación asistida,
la cual sustituye el acto conyugal, significa respetar —tanto en los mismos
padres como en los hijos que pretenden generar— la dignidad integral de la
persona humana.532 Son lícitos, en cambio, los medios que se
configuran como ayuda al acto conyugal o en orden a lograr sus efectos.533
236 Una cuestión de
particular importancia social y cultural, por las múltiples y graves
implicaciones morales que presenta, es la clonación humana, término que, de por
sí, en sentido general, significa reproducción de una entidad biológica
genéticamente idéntica a la originante. La clonación ha
adquirido, tanto en el pensamiento como en la praxis experimental, diversos
significados que suponen, a su vez, procedimientos diversos desde el punto de
vista de las modalidades técnicas de realización, así como finalidades
diferentes. Puede significar la simple replicación en
laboratorio de células o de porciones de ADN. Pero hoy específicamente se
entiende por clonación la reproducción de individuos, en estado embrional, con
modalidades diversas de la fecundación natural y en modo que sean genéticamente
idénticos al individuo del que se originan. Este tipo de clonación puede tener
una finalidad reproductiva de embriones humanos o una
finalidad, llamada terapéutica, que tiende a utilizar estos
embriones para fines de investigación científica o, más específicamente, para
la producción de células estaminales.
Desde el punto de vista ético, la simple replicación de
células normales o de porciones del ADN no presenta problemas particulares. Muy
diferente es el juicio del Magisterio acerca de la clonación propiamente dicha.
Ésta es contraria a la dignidad de la procreación humana porque se realiza en
ausencia total del acto de amor personal entre los esposos, tratándose de una
reproducción agámica y asexual.534 En segundo lugar, este tipo
de reproducción representa una forma de dominio total sobre el individuo
reproducido por parte de quien lo reproduce.535 El hecho que la
clonación se realice para reproducir embriones de los cuales extraer células
que puedan usarse con fines terapéuticos no atenúa la gravedad moral, porque
además para extraer tales células el embrión primero debe ser producido y
después eliminado.536
237 Los padres, como
ministros de la vida, nunca deben olvidar que la dimensión espiritual de la
procreación merece una consideración superior a la reservada a cualquier otro
aspecto: « La paternidad y la maternidad representan un cometido de
naturaleza no simplemente física, sino espiritual; en efecto, por ellas
pasa la genealogía de la persona, que tiene su inicio eterno en Dios y que debe
conducir a Él ».537 Acogiendo la vida humana en la unidad de
sus dimensiones, físicas y espirituales, las familias contribuyen a la « comunión
de las generaciones », y dan así una contribución esencial e
insustituible al desarrollo de la sociedad. Por esta razón, « la familia tiene
derecho a la asistencia de la sociedad en lo referente a sus deberes en la
procreación y educación de los hijos. Las parejas casadas con familia numerosa,
tienen derecho a una ayuda adecuada y no deben ser discriminadas ».538
238 Con la obra educativa,
la familia forma al hombre en la plenitud de su dignidad, según todas sus
dimensiones, comprendida la social. La familia constituye « una comunidad de
amor y de solidaridad, insustituible para la enseñanza y transmisión de los
valores culturales, éticos, sociales, espirituales y religiosos, esenciales
para el desarrollo y bienestar de sus propios miembros y de la sociedad ».539 Cumpliendo
con su misión educativa, la familia contribuye al bien común y constituye la
primera escuela de virtudes sociales, de la que todas las sociedades tienen
necesidad.540 La familia ayuda a que las personas desarrollen
su libertad y su responsabilidad, premisas indispensables para asumir cualquier
tarea en la sociedad. Además, con la educación se comunican algunos valores
fundamentales, que deben ser asimilados por cada persona, necesarios para ser
ciudadanos libres, honestos y responsables.541
239 La familia tiene una
función original e insustituible en la educación de los hijos.542 El
amor de los padres, que se pone al servicio de los hijos para ayudarles a
extraer de ellos («e-ducere») lo mejor de sí mismos, encuentra su plena
realización precisamente en la tarea educativa: « El amor de los padres se
transforma de fuente en alma y, por
consiguiente, ennorma que inspira y guía toda la acción educativa
concreta, enriqueciéndola con los valores de dulzura, constancia, bondad,
servicio, desinterés, espíritu de sacrificio, que son el fruto más precioso del
amor ».543
El derecho y el deber de los padres a la
educación de la prole se debe considerar « comoesencial, relacionado
como está con la transmisión de la vida humana; como original y
primario, respecto al deber educativo de los demás, por la unicidad de la
relación de amor que subsiste entre padres e hijos; como insustituible e inalienable,
y... por consiguiente, no puede ser totalmente delegado o usurpado por otros ».544 Los
padres tiene el derecho y el deber de impartir una educación religiosa y una
formación moral a sus hijos: 545 derecho que no puede ser
cancelado por el Estado, antes bien, debe ser respetado y promovido. Es un
deber primario, que la familia no puede descuidar o delegar.
240 Los padres son los
primeros, pero no los únicos, educadores de sus hijos. Corresponde a ellos, por
tanto, ejercer con sentido de responsabilidad, la labor educativa en estrecha y
vigilante colaboración con los organismos civiles y eclesiales: « La misma dimensión comunitaria,
civil y eclesial, del hombre exige y conduce a una acción más amplia y
articulada, fruto de la colaboración ordenada de las diversas fuerzas
educativas. Éstas son necesarias, aunque cada una puede y debe intervenir con
su competencia y con su contribución propias ».546 Los padres
tienen el derecho a elegir los instrumentos formativos conformes a sus propias
convicciones y a buscar los medios que puedan ayudarles mejor en su misión
educativa, incluso en el ámbito espiritual y religioso. Las autoridades
públicas tienen la obligación de garantizar este derecho y de asegurar las
condiciones concretas que permitan su ejercicio.547 En este
contexto, se sitúa el tema de la colaboración entre familia e institución
escolar.
241 Los padres tienen el
derecho de fundar y sostener instituciones educativas. Por su parte, las
autoridades públicas deben cuidar que « las subvenciones estatales se repartan
de tal manera que los padres sean verdaderamente libres para ejercer su
derecho, sin tener que soportar cargas injustas. Los padres no deben soportar,
directa o indirectamente, aquellas cargas suplementarias que impiden o limitan
injustamente el ejercicio de esta libertad ».548Ha de considerarse
una injusticia el rechazo de apoyo económico público a las escuelas no
estatales que tengan necesidad de él y ofrezcan un servicio a la sociedad
civil: « Cuando el Estado reivindica el monopolio escolar, va más allá de sus
derechos y conculca la justicia... El Estado no puede, sin cometer injusticia,
limitarse a tolerar las escuelas llamadas privadas. Éstas presentan un servicio
público y tienen, por consiguiente, el derecho a ser ayudadas económicamente ».549
242 La familia tiene la
responsabilidad de ofrecer una educación integral. En efecto, la
verdadera educación « se propone la formación de la persona humana en orden a
su fin último y al bien de las sociedades, de las que el hombre es miembro y en
cuyas responsabilidades participará cuando llegue a ser adulto ».550 Esta
integridad queda asegurada cuando —con el testimonio de vida y con la palabra—
se educa a los hijos al diálogo, al encuentro, a la sociabilidad, a la
legalidad, a la solidaridad y a la paz, mediante el cultivo de las virtudes
fundamentales de la justicia y de la caridad.551
En la educación de los hijos, las
funciones materna y paterna son igualmente necesarias.552Por lo
tanto, los padres deben obrar siempre conjuntamente. Ejercerán la autoridad con
respeto y delicadeza, pero también con firmeza y vigor: debe ser una autoridad
creíble, coherente, sabia y siempre orientada al bien integral de los hijos.
243 Los padres tienen una
particular responsabilidad en la esfera de la educación sexual. Es de fundamental
importancia, para un crecimiento armónico, que los hijos aprendan de modo
ordenado y progresivo el significado de la sexualidad y aprendan a apreciar los
valores humanos y morales a ella asociados: « Por los vínculos estrechos que
hay entre la dimensión sexual de la persona y sus valores éticos, esta
educación debe llevar a los hijos a conocer y estimar las normas morales como
garantía necesaria y preciosa para un crecimiento personal y responsable en la
sexualidad humana ».553 Los padres tienen la obligación de
verificar las modalidades en que se imparte la educación sexual en las
instituciones educativas, con el fin de controlar que un tema tan importante y
delicado sea tratado en forma apropiada.
244 La doctrina social de la
Iglesia indica constantemente la exigencia de respetar la dignidad de los niños. « En la familia,
comunidad de personas, debe reservarse una atención especialísima al niño,
desarrollando una profunda estima por su dignidad personal, así como un gran
respeto y un generoso servicio a sus derechos. Esto vale respecto a todo niño,
pero adquiere una urgencia singular cuando el niño es pequeño y necesita de
todo, está enfermo, delicado o es minusválido ».554
Los derechos de los niños deben ser
protegidos por los ordenamientos jurídicos. Es necesario, sobre
todo, el reconocimiento público en todos los países del valor social de la
infancia: « Ningún país del mundo, ningún sistema político, puede pensar en el
propio futuro de modo diverso si no es a través de la imagen de estas nuevas
generaciones, que tomarán de sus padres el múltiple patrimonio de los valores,
de los deberes, de las aspiraciones de la Nación a la que pertenecen, junto con
el de toda la familia humana ».555 El primer derecho del niño
es « a nacer en una familia verdadera »,556 un derecho cuyo
respeto ha sido siempre problemático y que hoy conoce nuevas formas de
violación debidas al desarrollo de las técnicas genéticas.
245 La situación de gran
parte de los niños en el mundo dista mucho de ser satisfactoria, por la falta
de condiciones que favorezcan su desarrollo integral, a pesar de la existencia
de un específico instrumento jurídico internacional para tutelar los derechos
del niño,557ratificado por la casi totalidad de los miembros de la
comunidad internacional. Se trata de condiciones vinculadas a la carencia de
servicios de salud, de una alimentación adecuada, de posibilidades de recibir
un mínimo de formación escolar y de una casa. Siguen sin resolverse además
algunos problemas gravísimos: el tráfico de niños, el trabajo infantil, el
fenómeno de los « niños de la calle », el uso de niños en conflictos armados,
el matrimonio de las niñas, la utilización de niños para el comercio de
material pornográfico, incluso a través de los más modernos y sofisticados
instrumentos de comunicación social. Es indispensable combatir, a nivel
nacional e internacional, las violaciones de la dignidad de los niños y de las
niñas causadas por la explotación sexual, por las personas dedicadas a la
pedofilia y por las violencias de todo tipo infligidas a estas personas
humanas, las más indefensas.558 Se trata de actos delictivos
que deben ser combatidos eficazmente con adecuadas medidas preventivas y
penales, mediante una acción firme por parte de las diversas autoridades.
IV. LA FAMILIA,
PROTAGONISTA DE LA VIDA SOCIAL
PROTAGONISTA DE LA VIDA SOCIAL
246 La subjetividad social
de las familias, tanto individualmente como asociadas, se expresa también con
manifestaciones de solidaridad y ayuda mutua, no sólo entre las mismas
familias, sino también mediante diversas formas de participación en la vida
social y política. Se trata de la consecuencia de la realidad familiar
fundada en el amor: naciendo del amor y creciendo en él, la solidaridad
pertenece a la familia como elemento constitutivo y estructural.
Es una solidaridad que puede asumir el
rostro del servicio y de la atención a cuantos viven en la pobreza y en la
indigencia, a los huérfanos, a los minusválidos, a los enfermos, a los
ancianos, a quien está de luto, a cuantos viven en la confusión, en la soledad
o en el abandono; una solidaridad que se abre a la acogida, a la tutela o a la
adopción; que sabe hacerse voz ante las instituciones de cualquier situación de
carencia, para que intervengan según sus finalidades específicas.
247 Las familias, lejos de
ser sólo objeto de la acción política, pueden y deben ser sujeto de esta
actividad, movilizándose para « procurar que las leyes y las instituciones del
Estado no sólo no ofendan, sino que sostengan y defiendan positivamente los
derechos y deberes de la familia. En este sentido, las familias deben crecer en
la conciencia de ser “protagonistas” de la llamada “política familiar” y asumir
la responsabilidad de transformar la sociedad ».559Con este fin, se
ha de reforzar el asociacionismo familiar: « Las familias tienen el derecho de
formar asociaciones con otras familias e instituciones, con el fin de cumplir
la tarea familiar de manera apropiada y eficaz, así como defender los derechos,
fomentar el bien y representar los intereses de la familia. En el orden
económico, social, jurídico y cultural, las familias y las asociaciones
familiares deben ver reconocido su propio papel en la planificación y el
desarrollo de programas que afectan a la vida familiar ».560
248 La relación que se da
entre la familia y la vida económica es particularmente significativa. Por una parte, en
efecto, la « eco-nomía » nació del trabajo doméstico: la casa
ha sido por mucho tiempo, y todavía —en muchos lugares— lo sigue siendo, unidad
de producción y centro de vida. El dinamismo de la vida económica, por otra
parte, se desarrolla a partir de la iniciativa de las personas y se realiza,
como círculos concéntricos, en redes cada vez más amplias de producción e
intercambio de bienes y servicios, que involucran de forma creciente a las
familias. La familia, por tanto, debe ser considerada protagonista esencial de
la vida económica, orientada no por la lógica del mercado, sino según la lógica
del compartir y de la solidaridad entre las generaciones.
249 Una relación muy
particular une a la familia con el trabajo: « La familia
constituye uno de los puntos de referencia más importantes, según los cuales
debe formarse el orden socio-ético del trabajo humano ».561 Esta
relación hunde sus raíces en la conexión que existe entre la persona y su
derecho a poseer el fruto de su trabajo y atañe no sólo a la persona como
individuo, sino también como miembro de una familia, entendida como « sociedad
doméstica ».562
El trabajo es esencial en cuanto
representa la condición que hace posible la fundación de una familia, cuyos
medios de subsistencia se adquieren mediante el trabajo. El trabajo condiciona
también el proceso de desarrollo de las personas, porque una familia afectada
por la desocupación, corre el peligro de no realizar plenamente sus
finalidades.563
La aportación que la familia puede ofrecer
a la realidad del trabajo es preciosa, y por muchas razones, insustituible. Se trata de una
contribución que se expresa tanto en términos económicos como a través de los
vastos recursos de solidaridad que la familia posee. Estos últimos constituyen
un apoyo importante para quien, en la familia, se encuentra sin trabajo o está
buscando una ocupación. Pero más radicalmente aún, es una contribución que se
realiza con la educación al sentido del trabajo y mediante el ofrecimiento de
orientaciones y apoyos ante las mismas decisiones profesionales.
250 Para tutelar esta
relación entre familia y trabajo, un elemento importante que se ha de apreciar
y salvaguardar es el salario familiar, es decir, un salario suficiente que
permita mantener y vivir dignamente a la familia.564 Este
salario debe permitir un cierto ahorro que favorezca la adquisición de alguna
forma de propiedad, como garantía de libertad. El derecho a la propiedad se
encuentra estrechamente ligado a la existencia de la familia, que se protege de
las necesidades gracias también al ahorro y a la creación de una propiedad
familiar.565Diversas pueden ser las formas de llevar a efecto el
salario familiar. Contribuyen a determinarlo algunas medidas sociales
importantes, como los subsidios familiares y otras prestaciones por las
personas a cargo, así como la remuneración del trabajo en el hogar de uno de
los padres.566
251 En la relación entre la
familia y el trabajo, una atención especial se reserva al trabajo de la mujer
en la familia, o labores de cuidado familiar, que implica también las
responsabilidades del hombre como marido y padre. Las labores de cuidado
familiar, comenzando por las de la madre, precisamente porque están orientadas
y dedicadas al servicio de la calidad de la vida, constituyen un tipo de
actividad laboral eminentemente personal y personalizante, que debe ser
socialmente reconocida y valorada,567 incluso mediante una
retribución económica al menos semejante a la de otras labores.568 Al
mismo tiempo, es necesario que se eliminen todos los obstáculos que impiden a
los esposos ejercer libremente su responsabilidad procreativa y, en especial,
los que impiden a la mujer desarrollar plenamente sus funciones maternas.569
252 El punto de partida para
una relación correcta y constructiva entre la familia y la sociedad es el
reconocimiento de la subjetividad y de la prioridad social de la familia. Esta íntima relación
entre las dos « impone también que la sociedad no deje de cumplir su deber
fundamental de respetar y promover la familia misma ».570 La
sociedad y, en especial, las instituciones estatales, —respetando la prioridad
y « preeminencia » de la familia— están llamadas a garantizar y
favorecer la genuina identidad de la vida familiar y a evitar y
combatir todo lo que la altera y daña. Esto exige que la acción política y
legislativa salvaguarde los valores de la familia, desde la promoción de la
intimidad y la convivencia familiar, hasta el respeto de la vida naciente y la
efectiva libertad de elección en la educación de los hijos. La sociedad y el
Estado no pueden, por tanto, ni absorber ni sustituir, ni reducir la dimensión
social de la familia; más bien deben honrarla, reconocerla, respetarla y
promoverla según el principio de subsidiaridad.571
253 El servicio de la
sociedad a la familia se concreta en el reconocimiento, el respeto y la
promoción de los derechos de la familia.572 Todo
esto requiere la realización de auténticas y eficaces políticas familiares, con
intervenciones precisas, capaces de hacer frente a las necesidades que derivan
de los derechos de la familia como tal. En este sentido, es necesario como
requisito previo, esencial e irrenunciable, el reconocimiento —lo
cual comporta la tutela, la valoración y la promoción— de la identidad de la
familia, sociedad natural fundada sobre el matrimonio. Este
reconocimiento establece una neta línea de demarcación entre la familia,
entendida correctamente, y las otras formas de convivencia, que —por su
naturaleza— no pueden merecer ni el nombre ni la condición de familia.
254 El reconocimiento, por
parte de las instituciones civiles y del Estado, de la prioridad de la familia
sobre cualquier otra comunidad y sobre la misma realidad estatal, comporta
superar las concepciones meramente individualistas y asumir la dimensión
familiar como perspectiva cultural y política, irrenunciable en la
consideración de las personas. Ello no se coloca como alternativa de
los derechos que las personas poseen individualmente, sino más bien como su
apoyo y tutela. Esta perspectiva hace posible elaborar criterios normativos
para una solución correcta de los diversos problemas sociales, porque las
personas no deben ser consideradas sólo singularmente, sino también en relación
a sus propios núcleos familiares, cuyos valores específicos y exigencias han de
ser tenidos en cuenta.
EL TRABAJO HUMANO
I. ASPECTOS BÍBLICOS
255 El Antiguo Testamento
presenta a Dios como Creador omnipotente (cf. Gn 2,2; Jb 38-41; Sal 104; Sal 147), que
plasma al hombre a su imagen y lo invita a trabajar la tierra (cf.Gn 2,5-6), y
a custodiar el jardín del Edén en donde lo ha puesto (cf. Gn 2,15).
Dios confía a la primera pareja humana la tarea de someter la tierra y
de dominar todo ser viviente (cf. Gn1,28). El dominio del
hombre sobre los demás seres vivos, sin embargo, no debe ser despótico e
irracional; al contrario, él debe « cultivar y custodiar » (cf. Gn 2,15)
los bienes creados por Dios: bienes que el hombre no ha creado sino que ha
recibido como un don precioso, confiado a su responsabilidad por el Creador.
Cultivar la tierra significa no abandonarla a sí misma; dominarla es tener
cuidado de ella, así como un rey sabio cuida de su pueblo y un pastor de su
grey.
En el designio del Creador, las realidades
creadas, buenas en sí mismas, existen en función del hombre. El asombro ante el
misterio de la grandeza del hombre hace exclamar al salmista: « ¿Qué es el
hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán, para que de él te cuides?
Apenas inferior a un dios le hiciste, coronándole de gloria y de esplendor; le
hiciste señor de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus pies »
(Sal 8,5-7).
256 El trabajo pertenece a
la condición originaria del hombre y precede a su caída; no es, por ello, ni un
castigo ni una maldición. Se convierte en fatiga y pena a causa
del pecado de Adán y Eva, que rompen su relación confiada y armoniosa con Dios
(cf. Gn 3, 6-8). La prohibición de comer « del árbol de la
ciencia del bien y del mal » (Gn 2,17) recuerda al hombre que ha
recibido todo como don y que sigue siendo una criatura y no el Creador. El
pecado de Adán y Eva fue provocado precisamente por esta tentación: « seréis
como dioses » (Gn 3,5). Quisieron tener el dominio absoluto sobre
todas las cosas, sin someterse a la voluntad del Creador. Desde entonces, el
suelo se ha vuelto avaro, ingrato, sordamente hostil (cf. Gn 4,12);
sólo con el sudor de la frente será posible obtener el alimento (cf. Gn 3,17.19).
Sin embargo, a pesar del pecado de los primeros padres, el designio del
Creador, el sentido de sus criaturas y, entre estas, del hombre, llamado a ser
cultivador y custodio de la creación, permanecen inalterados.
257 El trabajo debe ser
honrado porque es fuente de riqueza o, al menos, de condiciones para una vida
decorosa, y, en general, instrumento eficaz contra la pobreza (cf. Pr 10,4).Pero
no se debe ceder a la tentación de idolatrarlo, porque en él no se puede
encontrar el sentido último y definitivo de la vida. El trabajo es esencial,
pero es Dios, no el trabajo, la fuente de la vida y el fin del hombre. El
principio fundamental de la sabiduría es el temor del Señor; la exigencia de
justicia, que de él deriva, precede a la del beneficio: « Mejor es poco con
temor de Yahvéh, que gran tesoro con inquietud » (Pr 15,16); « Más
vale poco, con justicia, que mucha renta sin equidad » (Pr 16,8).
258 El culmen de la
enseñanza bíblica sobre el trabajo es el mandamiento del descanso sabático. El descanso abre al hombre,
sujeto a la necesidad del trabajo, la perspectiva de una libertad más plena, la
del Sábado eterno (cf. Hb 4,9-10). El descanso permite a los
hombres recordar y revivir las obras de Dios, desde la Creación hasta la
Redención, reconocerse a sí mismos como obra suya (cf. Ef 2,10),
y dar gracias por su vida y su subsistencia a Él, que de ellas es el Autor.
La memoria y la experiencia del sábado
constituyen un baluarte contra el sometimiento humano al trabajo, voluntario o
impuesto, y contra cualquier forma de explotación, oculta o manifiesta. El descanso sabático,
en efecto, además de permitir la participación en el culto a Dios, ha sido
instituido en defensa del pobre; su función es también liberadora de las
degeneraciones antisociales del trabajo humano. Este descanso, que puede durar
incluso un año, comporta una expropiación de los frutos de la tierra a favor de
los pobres y la suspensión de los derechos de propiedad de los dueños del
suelo: « Seis años sembrarás tu tierra y recogerás su producto; al séptimo la
dejarás descansar y en barbecho, para que coman los pobres de tu pueblo, y lo
que quede lo comerán los animales del campo. Harás lo mismo con tu viña y tu
olivar » (Ex 23,10-11). Esta costumbre responde a una profunda
intuición: la acumulación de bienes en manos de algunos se puede convertir en
una privación de bienes para otros.
259 En su predicación, Jesús
enseña a apreciar el trabajo. Él mismo « se hizo semejante a nosotros
en todo, dedicó la mayor parte de los años de su vida terrena al trabajo
manualjunto al banco del carpintero »,573 en el taller de
José (cf. Mt 13,55; Mc 6,3), al cual estaba
sometido (cf. Lc 2,51). Jesús condena el comportamiento del
siervo perezoso, que esconde bajo tierra el talento (cf. Mt 25,14-30)
y alaba al siervo fiel y prudente a quien el patrón encuentra realizando las
tareas que se le han confiado (cf. Mt 24,46). Él
describe su misma misión como un trabajar: « Mi Padre trabaja siempre,
y yo también trabajo » (Jn 5,17); y a sus discípulos
como obreros en la mies del Señor, que representa
a la humanidad por evangelizar (cf. Mt 9,37-38). Para estos
obreros vale el principio general según el cual « el obrero tiene derecho a su
salario » (Lc 10,7); están autorizados a hospedarse en las casas
donde los reciban, a comer y beber lo que les ofrezcan (cf. ibídem).
260 En su predicación, Jesús
enseña a los hombres a no dejarse dominar por el trabajo. Deben, ante todo,
preocuparse por su alma; ganar el mundo entero no es el objetivo de su
vida (cf. Mc 8,36). Los tesoros de la tierra se consumen,
mientras los del cielo son imperecederos: a estos debe apegar el hombre su
corazón (cf. Mt 6,19-21). El trabajo no debe afanar (cf. Mt 6,25.31.34):
el hombre preocupado y agitado por muchas cosas, corre el peligro de descuidar
el Reino de Dios y su justicia (cf. Mt 6,33), del que tiene
verdadera necesidad; todo lo demás, incluido el trabajo, encuentra su lugar, su
sentido y su valor, sólo si está orientado a la única cosa necesaria, que no se
le arrebatará jamás (cf. Lc 10,40-42).
261 Durante su ministerio
terreno, Jesús trabaja incansablemente, realizando obras poderosas para liberar
al hombre de la enfermedad, del sufrimiento y de la muerte. El sábado, que el
Antiguo Testamento había puesto como día de liberación y que, observado sólo
formalmente, se había vaciado de su significado auténtico, es reafirmado por
Jesús en su valor originario: « ¡El sábado ha sido instituido para el hombre y
no el hombre para el sábado! » (Mc 2,27). Con las curaciones,
realizadas en este día de descanso (cf. Mt 12,9-14;Mc 3,1-6; Lc 6,6-11;
13,10-17; 14,1-6), Jesús quiere demostrar que es Señor del sábado, porque Él es
verdaderamente el Hijo de Dios, y que es el día en que el hombre debe dedicarse
a Dios y a los demás. Liberar del mal, practicar la fraternidad y compartir,
significa conferir al trabajo su significado más noble, es decir, lo que
permite a la humanidad encaminarse hacia el Sábado eterno, en el cual, el
descanso se transforma en la fiesta a la que el hombre aspira interiormente.
Precisamente, en la medida en que orienta la humanidad a la experiencia del
sábado de Dios y de su vida de comunión, el trabajo inaugura sobre la tierra la
nueva creación.
262 La actividad humana de
enriquecimiento y de transformación del universo puede y debe manifestar las
perfecciones escondidas en él, que tienen en el Verbo increado su principio y
su modelo. Los escritos paulinos y joánicos destacan la dimensión trinitaria de la
creación y, en particular, la unión entre el Hijo-Verbo, el « Logos »,
y la creación (cf. Jn 1,3; 1 Co 8,6;Col 1,15-17).
Creado en Él y por medio de Él, redimido por Él, el universo no es una masa
casual, sino un « cosmos »,574 cuyo orden el hombre debe
descubrir, secundar y llevar a cumplimiento. « En Jesucristo, el mundo visible,
creado por Dios para el hombre —el mundo que, entrando el pecado, está sujeto a
la vanidad (Rm 8,20; cf. ibíd., 8,19-22)— adquiere
nuevamente el vínculo original con la misma fuente divina de la Sabiduría y del
Amor ».575De esta manera, es decir, esclareciendo en progresión
ascendente, « la inescrutable riqueza de Cristo » (Ef 3,8) en la
creación, el trabajo humano se transforma en un servicio a la grandeza de Dios.
263 El trabajo representa
una dimensión fundamental de la existencia humana no sólo como participación en
la obra de la creación, sino también de la redención. Quien soporta la
penosa fatiga del trabajo en unión con Jesús coopera, en cierto sentido, con el
Hijo de Dios en su obra redentora y se muestra como discípulo de Cristo llevando
la Cruz cada día, en la actividad que está llamado a cumplir. Desde esta
perspectiva, el trabajo puede ser considerado como un medio de santificación y
una animación de las realidades terrenas en el Espíritu de Cristo.576 El
trabajo, así presentado, es expresión de la plena humanidad del hombre, en su
condición histórica y en su orientación escatológica: su acción libre y
responsable muestra su íntima relación con el Creador y su potencial creativo,
mientras combate día a día la deformación del pecado, también al ganarse el pan
con el sudor de su frente.
264 La conciencia de la
transitoriedad de la « escena de este mundo » (cf. 1 Co 7,31) no
exime de ninguna tarea histórica, mucho menos del trabajo (cf. 2
Ts 3,7-15), que es parte integrante de la condición humana,
sin ser la única razón de la vida. Ningún cristiano, por el hecho de
pertenecer a una comunidad solidaria y fraterna, debe sentirse con derecho a no
trabajar y vivir a expensas de los demás (cf. 2 Ts 3,6-12). Al
contrario, el apóstol Pablo exhorta a todos a ambicionar « vivir en
tranquilidad » con el trabajo de las propias manos, para que « no
necesitéis de nadie » (1 Ts 4,11-12), y a practicar una
solidaridad, incluso material, que comparta los frutos del trabajo con quien «
se halle en necesidad » (Ef 4,28). Santiago defiende los derechos
conculcados de los trabajadores: « Mirad; el salario que no habéis pagado a los
obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los
segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos » (St 5,4).
Los creyentes deben vivir el trabajo al estilo de Cristo, convirtiéndolo en
ocasión para dar un testimonio cristiano « ante los de fuera » (1 Ts 4,12).
265 Los Padres de la Iglesia
jamás consideran el trabajo como « opus servile », —como era considerado, en
cambio, en la cultura de su tiempo—, sino siempre como « opus humanum », y
tratan de honrarlo en todas sus expresiones. Mediante el trabajo,
el hombre gobierna el mundo colaborando con Dios; junto a Él, es señor y realiza
obras buenas para sí mismo y para los demás. El ocio perjudica el ser del
hombre, mientras que la actividad es provechosa para su cuerpo y su espíritu.577 El
cristiano está obligado a trabajar no sólo para ganarse el pan, sino también
para atender al prójimo más pobre, a quien el Señor manda dar de comer, de
beber, vestirlo, acogerlo, cuidarlo y acompañarlo (cf. Mt 25,35-36).578 Cada
trabajador, afirma San Ambrosio, es la mano de Cristo que continúa creando y
haciendo el bien.579
266 Con el trabajo y la
laboriosidad, el hombre, partícipe del arte y de la sabiduría divina, embellece
la creación, el cosmos ya ordenado por el Padre; 580 suscita
las energías sociales y comunitarias que alimentan el bien común,581 en
beneficio sobre todo de los más necesitados. El trabajo humano, orientado
hacia la caridad, se convierte en medio de contemplación, se transforma en
oración devota, en vigilante ascesis y en anhelante esperanza del día que no
tiene ocaso. « En esta visión superior, el trabajo, castigo y al mismo tiempo
premio de la actividad humana, comporta otra relación, esencialmente religiosa,
que ha expresado felizmente la fórmula benedictina: ¡Ora et labora! El
hecho religioso confiere al trabajo humano una espiritualidad animadora y
redentora. Este parentesco entre trabajo y religión refleja la alianza
misteriosa, pero real, que media entre el actuar humano y el providencial de
Dios ».582
267 El curso de la historia
está marcado por las profundas transformaciones y las grandes conquistas del
trabajo, pero también por la explotación de tantos trabajadores y las ofensas a
su dignidad. La revolución industrial planteó a la Iglesia un gran desafío, al
que el Magisterio social respondió con la fuerza profética, afirmando
principios de validez universal y de perenne actualidad, para bien del hombre
que trabaja y de sus derechos.
Durante siglos, el mensaje de la Iglesia
se dirigía a una sociedad de tipo agrícola, caracterizada por ritmos regulares
y cíclicos; ahora había que anunciar y vivir el Evangelio en un nuevo areópago,
en el tumulto de los acontecimientos de una sociedad más dinámica, teniendo en
cuenta la complejidad de los nuevos fenómenos y de las increíbles
transformaciones que la técnica había hecho posibles. Como punto focal de la
solicitud pastoral de la Iglesia se situaba cada vez más urgentemente la
cuestión obrera, es decir el problema de la explotación de los
trabajadores, producto de la nueva organización industrial del trabajo de
matriz capitalista, y el problema, no menos grave, de la instrumentalización
ideológica, socialista y comunista, de las justas reivindicaciones del mundo
del trabajo. En este horizonte histórico se colocan las reflexiones y las
advertencias de la encíclica « Rerum novarum » de León XIII.
268 La « Rerum novarum » es,
ante todo, una apasionada defensa de la inalienable dignidad de los
trabajadores, a la cual se une la importancia del derecho de propiedad, del
principio de colaboración entre clases, de los derechos de los débiles y de los
pobres, de las obligaciones de los trabajadores y de los patronos, del derecho
de asociación.
Las orientaciones ideales expresadas en la
encíclica reforzaron el compromiso de animación cristiana de la vida social,
que se manifestó en el nacimiento y la consolidación de numerosas iniciativas
de alto nivel civil: uniones y centros de estudios sociales,
asociaciones, sociedades obreras, sindicatos, cooperativas, bancos rurales,
aseguradoras, obras de asistencia. Todo esto dio un notable impulso a la
legislación laboral en orden a la protección de los obreros, sobre todo de los
niños y de las mujeres; a la instrucción y a la mejora de los salarios y de la
higiene.
269 A partir de la « Rerum
novarum », la Iglesia no ha dejado de considerar los problemas del trabajo como
parte de una cuestión social que ha adquirido progresivamente dimensiones
mundiales.583 La encíclica « Laborem exercens »
enriquece la visión personalista del trabajo, característica de los precedentes
documentos sociales, indicando la necesidad de profundizar en los significados
y los compromisos que el trabajo comporta, poniendo de relieve el hecho que «
surgen siempre nuevos interrogantes y problemas, nacen siempre nuevas
esperanzas, pero nacen también temores y amenazas relacionados con esta
dimensión fundamental de la existencia humana, de la que la vida del hombre
está hecha cada día, de la que deriva la propia dignidad específica y en la que
a la vez, está contenida la medida incesante de la fatiga humana, del sufrimiento,
y también del daño y de la injusticia que invaden profundamente la vida social,
dentro de cada Nación y a escala internacional ».584 En efecto,
el trabajo, « clave esencial »585 de toda la cuestión social,
condiciona el desarrollo no sólo económico, sino también cultural y moral, de
las personas, de la familia, de la sociedad y de todo el género humano.
III. LA DIGNIDAD DEL TRABAJO
270 El trabajo humano tiene
una doble dimensión: objetiva y subjetiva. En sentido
objetivo,es el conjunto de actividades, recursos, instrumentos y técnicas
de las que el hombre se sirve para producir, para dominar la tierra,
según las palabras del libro del Génesis. El trabajo ensentido
subjetivo, es el actuar del hombre en cuanto ser dinámico, capaz de
realizar diversas acciones que pertenecen al proceso del trabajo y que
corresponden a su vocación personal: « El hombre debe someter la tierra, debe
dominarla, porque, como “imagen de Dios”, es una persona, es decir, un ser subjetivo
capaz de obrar de manera programada y racional, capaz de decidir acerca de sí y
que tiende a realizarse a sí mismo. Como persona, el hombre es, pues,
sujeto del trabajo ».586
El trabajo en sentido objetivo constituye
el aspecto contingente de la actividad humana, que varía
incesantemente en sus modalidades con la mutación de las condiciones técnicas,
culturales, sociales y políticas. El trabajo en sentido subjetivo se
configura, en cambio, como su dimensión estable, porque no depende de lo
que el hombre realiza concretamente, ni del tipo de actividad que ejercita,
sino sólo y exclusivamente de su dignidad de ser personal. Esta distinción es
decisiva, tanto para comprender cuál es el fundamento último del valor y de la
dignidad del trabajo, cuanto para implementar una organización de los sistemas
económicos y sociales, respetuosa de los derechos del hombre.
271 La subjetividad confiere
al trabajo su peculiar dignidad, que impide considerarlo como una simple
mercancía o un elemento impersonal de la organización productiva. El trabajo,
independientemente de su mayor o menor valor objetivo, es expresión esencial de
la persona, es « actus personae ». Cualquier forma de
materialismo y de economicismo que intentase reducir el trabajador a un mero
instrumento de producción, a simple fuerza-trabajo, a valor
exclusivamente material, acabaría por desnaturalizar irremediablemente la
esencia del trabajo, privándolo de su finalidad más noble y profundamente
humana. La persona es la medida de la dignidad del trabajo: « En
efecto, no hay duda de que el trabajo humano tiene un valor ético, el cual está
vinculado completa y directamente al hecho de que quien lo lleva a cabo es una
persona ».587
La dimensión subjetiva del trabajo debe
tener preeminencia sobre la objetiva, porque es la del hombre mismo que
realiza el trabajo, aquella que determina su calidad y su más alto valor. Si
falta esta conciencia o no se quiere reconocer esta verdad, el trabajo pierde
su significado más verdadero y profundo: en este caso, por desgracia frecuente
y difundido, la actividad laboral y las mismas técnicas utilizadas se
consideran más importantes que el hombre mismo y, de aliadas, se convierten en
enemigas de su dignidad.
272 El trabajo humano no
solamente procede de la persona, sino que está también esencialmente ordenado y
finalizado a ella. Independientemente de su contenido objetivo, el
trabajo debe estar orientado hacia el sujeto que lo realiza, porque la
finalidad del trabajo, de cualquier trabajo, es siempre el hombre. Aun cuando
no se puede ignorar la importancia del componente objetivo del trabajo desde el
punto de vista de su calidad, esta componente, sin embargo, está subordinada a
la realización del hombre, y por ello a la dimensión subjetiva, gracias a la
cual es posible afirmar que el trabajo es para el hombre y no el hombre
para el trabajo y que « la finalidad del trabajo, de cualquier trabajo
realizado por el hombre —aunque fuera el trabajo “más corriente”, más monótono
en la escala del modo común de valorar, e incluso el que más margina—, sigue
siendo siempre el hombre mismo ».588
273 El trabajo humano posee
también una intrínseca dimensión social. El trabajo de un
hombre, en efecto, se vincula naturalmente con el de otros hombres: « Hoy,
principalmente, el trabajar es trabajar con otros y trabajar para otros:
es un hacer algo para alguien ».589También los frutos del trabajo
son ocasión de intercambio, de relaciones y de encuentro. El trabajo, por
tanto, no se puede valorar justamente si no se tiene en cuenta su naturaleza
social, « ya que, si no existe un verdadero cuerpo social y orgánico, si no hay
un orden social y jurídico que garantice el ejercicio del trabajo, si los
diferentes oficios, dependientes unos de otros, no colaboran y se completan
entre sí y, lo que es más todavía, no se asocian y se funden como en una unidad
la inteligencia, el capital y el trabajo, la eficiencia humana no será capaz de
producir sus frutos. Luego el trabajo no puede ser valorado justamente ni
remunerado con equidad si no se tiene en cuenta su carácter social e individual
».590
274 El trabajo es también «
una obligación, es decir, un deber ».591 El
hombre debe trabajar, ya sea porque el Creador se lo ha ordenado, ya sea porque
debe responder a las exigencias de mantenimiento y desarrollo de su misma humanidad.
El trabajo se perfila como obligación moral con respecto al prójimo, que es en
primer lugar la propia familia, pero también la sociedad a la que pertenece; la
Nación de la cual se es hijo o hija; y toda la familia humana de la que se es
miembro: somos herederos del trabajo de generaciones y, a la vez, artífices del
futuro de todos los hombres que vivirán después de nosotros.
275 El trabajo confirma la
profunda identidad del hombre creado a imagen y semejanza de Dios: « Haciéndose —mediante
su trabajo— cada vez más dueño de la tierra y confirmando todavía —mediante el
trabajo— su dominio sobre el mundo visible, el hombre, en cada caso y en cada
fase de este proceso, se coloca en la línea del plan original del Creador; lo
cual está necesaria e indisolublemente unido al hecho de que el hombre ha sido
creado, varón y hembra, “a imagen de Dios” ».592 Esto califica
la actividad del hombre en el universo: no es el dueño, sino el depositario,
llamado a reflejar en su propio obrar la impronta de Aquel de quien es imagen.
276 El trabajo, por su
carácter subjetivo o personal, es superior a cualquier otro factor de
producción. Este principio vale, en particular, con respeto al capital. En la actualidad, el
término « capital » tiene diversas acepciones: en ciertas ocasiones indica los
medios materiales de producción de una empresa; en otras, los recursos
financieros invertidos en una iniciativa productiva o también, en operaciones
de mercados bursátiles. Se habla también, de modo no totalmente apropiado, de
« capital humano », para significar los recursos humanos, es
decir las personas mismas, en cuanto son capaces de esfuerzo laboral, de
conocimiento, de creatividad, de intuición de las exigencias de sus semejantes,
de acuerdo recíproco en cuanto miembros de una organización. Se hace referencia
al « capital social » cuando se quiere indicar la capacidad de
colaboración de una colectividad, fruto de la inversión en vínculos de
confianza recíproca. Esta multiplicidad de significados ofrece motivos
ulteriores para reflexionar acerca de qué pueda significar, en la actualidad,
la relación entre trabajo y capital.
277 La doctrina social ha
abordado las relaciones entre trabajo y capital destacando la prioridad del
primero sobre el segundo, así como su complementariedad.
El trabajo tiene una prioridad intrínseca
con respecto al capital: « Este principio se refiere directamente
al proceso mismo de producción, respecto al cual el trabajo es siempre una
causa eficiente primaria, mientras el “capital”, siendo el conjunto de los
medios de producción, es sólo un instrumento o la causa instrumental. Este
principio es una verdad evidente, que se deduce de toda la experiencia
histórica del hombre ».593 Y « pertenece al patrimonio estable de
la doctrina de la Iglesia ».594
Entre trabajo y capital debe existir
complementariedad. La misma lógica intrínseca al proceso productivo
demuestra la necesidad de su recíproca compenetración y la urgencia de dar vida
a sistemas económicos en los que la antinomia entre trabajo y capital sea
superada.595 En tiempos en los que, dentro de un sistema
económico menos complejo, el « capital » y el « trabajo asalariado »
identificaban con una cierta precisión no sólo dos factores productivos, sino
también y sobre todo, dos clases sociales concretas, la Iglesia afirmaba que
ambos eran en sí mismos legítimos.596 « Ni el capital puede
subsistir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital ».597 Se
trata de una verdad que vale también para el presente, porque « es absolutamente
falso atribuir únicamente al capital o únicamente al trabajo lo que es
resultado de la efectividad unida de los dos, y totalmente injusto que uno de
ellos, negada la eficacia del otro, trate de arrogarse para sí todo lo que hay
en el efecto ».598
278 En la reflexión acerca
de las relaciones entre trabajo y capital, sobre todo ante las imponentes
transformaciones de nuestro tiempo, se debe considerar que « el recurso
principal » y el « factor decisivo » 599 de
que dispone el hombre es el hombre mismo y que « el desarrollo
integral de la persona humana en el trabajo no contradice, sino que favorece
más bien la mayor productividad y eficacia del trabajo mismo ».600 El
mundo del trabajo, en efecto, está descubriendo cada vez más que el valor del «
capital humano » reside en los conocimientos de los trabajadores, en su
disponibilidad a establecer relaciones, en la creatividad, en el carácter
emprendedor de sí mismos, en la capacidad de afrontar conscientemente lo nuevo,
de trabajar juntos y de saber perseguir objetivos comunes. Se trata de
cualidades genuinamente personales, que pertenecen al sujeto del trabajo más
que a los aspectos objetivos, técnicos u operativos del trabajo mismo. Todo
esto conlleva un cambio de perspectiva en las relaciones entre trabajo y
capital: se puede afirmar que, a diferencia de cuanto sucedía en la antigua
organización del trabajo, donde el sujeto acababa por equipararse al objeto, a
la máquina, hoy, en cambio, la dimensión subjetiva del trabajo tiende a ser más
decisiva e importante que la objetiva.
279 La relación entre
trabajo y capital presenta, a menudo, los rasgos del conflicto, que adquiere
caracteres nuevos con los cambios en el contexto social y económico. Ayer, el conflicto
entre capital y trabajo se originaba, sobre todo, « por el hecho de que los
trabajadores, ofreciendo sus fuerzas para el trabajo, las ponían a disposición
del grupo de los empresarios, y que éste, guiado por el principio del máximo
rendimiento, trataba de establecer el salario más bajo posible para el trabajo
realizado por los obreros ».601Actualmente, el conflicto presenta
aspectos nuevos y, tal vez, más preocupantes: los progresos científicos y
tecnológicos y la mundialización de los mercados, de por sí fuente de
desarrollo y de progreso, exponen a los trabajadores al riesgo de ser
explotados por los engranajes de la economía y por la búsqueda desenfrenada de
productividad.602
280 No debe pensarse
equivocadamente que el proceso de superación de la dependencia del trabajo
respecto a la materia sea capaz por sí misma de superar la alienación en y del
trabajo. Esto sucede no sólo en las numerosas zonas existentes donde abunda el
desempleo, el trabajo informal, el trabajo infantil, el trabajo mal remunerado,
o la explotación en el trabajo; también se presenta con las nuevas formas,
mucho más sutiles, de explotación en los nuevos trabajos: el super-trabajo; el
trabajo-carrera que a veces roba espacio a dimensiones igualmente humanas y
necesarias para la persona; la excesiva flexibilidad del trabajo que hace
precaria y a veces imposible la vida familiar; la segmentación del trabajo, que
corre el riesgo de tener graves consecuencias para la percepción unitaria de la
propia existencia y para la estabilidad de las relaciones familiares. Si el
hombre está alienado cuando invierte la relación entre medios y fines, también
en el nuevo contexto de trabajo inmaterial, ligero, cualitativo más que
cuantitativo, pueden darse elementos de alienación, « según que aumente su
participación [del hombre] en una auténtica comunidad solidaria, o bien su
aislamiento en un complejo de relaciones de exacerbada competencia y de
recíproca exclusión ».603
281 La relación entre
trabajo y capital se realiza también mediante la participación de los
trabajadores en la propiedad, en su gestión y en sus frutos. Esta es una exigencia
frecuentemente olvidada, que es necesario, por tanto, valorar mejor: debe
procurarse que « toda persona, basándose en su propio trabajo, tenga pleno
título a considerarse, al mismo tiempo, “copropietario” de esa especie de gran
taller de trabajo en el que se compromete con todos. Un camino para conseguir
esa meta podría ser la de asociar, en cuanto sea posible, el trabajo a la
propiedad del capital y dar vida a una rica gama de cuerpos intermedios con
finalidades económicas, sociales, culturales: cuerpos que gocen de una
autonomía efectiva respecto a los poderes públicos, que persigan sus objetivos
específicos manteniendo relaciones de colaboración leal y mutua, con subordinación
a las exigencias del bien común, y que ofrezcan forma y naturaleza de
comunidades vivas, es decir, que los miembros respectivos sean considerados y
tratados como personas y sean estimulados a tomar parte activa en la vida de
dichas comunidades ».604 La nueva organización del trabajo, en
la que el saber cuenta más que la sola propiedad de los medios de producción,
confirma de forma concreta que el trabajo, por su carácter subjetivo, es título
de participación: es indispensable aceptar firmemente esta realidad para
valorar la justa posición del trabajo en el proceso productivo y para encontrar
modalidades de participación conformes a la subjetividad del trabajo en la
peculiaridad de las diversas situaciones concretas.605
282 El Magisterio social de
la Iglesia estructura la relación entre trabajo y capital también respecto a la
institución de la propiedad privada, al derecho y al uso de ésta. El derecho a la
propiedad privada está subordinado al principio del destino universal de los
bienes y no debe constituir motivo de impedimento al trabajo y al desarrollo de
otros. La propiedad, que se adquiere sobre todo mediante el trabajo, debe
servir al trabajo. Esto vale de modo particular para la propiedad de los medios
de producción; pero el principio concierne también a los bienes propios del
mundo financiero, técnico, intelectual y personal.
Los medios de producción « no pueden ser
poseídos contra el trabajo, no pueden ser ni siquiera poseídos para poseer ».606 Su
posesión se vuelve ilegítima « cuando o sirve para impedir el trabajo de los
demás u obtener unas ganancias que no son fruto de la expansión global del
trabajo y de la riqueza social, sino más bien de su limitación, de la
explotación ilícita, de la especulación y de la ruptura de la solidaridad en el
mundo laboral ».607
283 La propiedad privada y
pública, así como los diversos mecanismos del sistema económico, deben estar
predispuestas para garantizar una economía al servicio del hombre, de manera que contribuyan
a poner en práctica el principio del destino universal de los bienes. En esta
perspectiva adquiere gran importancia la cuestión relativa a la propiedad y al
uso de las nuevas tecnologías y conocimientos que constituyen, en nuestro
tiempo, una forma particular de propiedad, no menos importante que la propiedad
de la tierra y del capital.608Estos recursos, como todos los demás
bienes, tienen un destino universal; por lo tanto deben también
insertarse en un contexto de normas jurídicas y de reglas sociales que
garanticen su uso inspirado en criterios de justicia, equidad y respeto de los
derechos del hombre. Los nuevos conocimientos y tecnologías, gracias a sus
enormes potencialidades, pueden contribuir en modo decisivo a la promoción del
progreso social, pero pueden convertirse en factor de desempleo y
ensanchamiento de la distancia entre zonas desarrolladas y subdesarrolladas, si
permanecen concentrados en los países más ricos o en manos de grupos reducidos
de poder.
284 El descanso festivo es
un derecho.609 « El día séptimo cesó Dios de toda la tarea que había
hecho » (Gn 2,2): también los hombres, creados a su imagen, deben
gozar del descanso y tiempo libre para poder atender la vida familiar,
cultural, social y religiosa.610 A esto contribuye la
institución del día del Señor.611 Los creyentes, durante el
domingo y en los demás días festivos de precepto, deben abstenerse de «
trabajos o actividades que impidan el culto debido a Dios, la alegría propia
del día del Señor, la práctica de las obras de misericordia y el descanso
necesario del espíritu y del cuerpo ».612 Necesidades
familiares o exigencias de utilidad social pueden legítimamente eximir del
descanso dominical, pero no deben crear costumbres perjudiciales para la religión,
la vida familiar y la salud.
285 El domingo es un día que
se debe santificar mediante una caridad efectiva, dedicando especial atención a
la familia y a los parientes, así como también a los enfermos y a los ancianos. Tampoco se debe
olvidar a los « hermanos que tienen las misma necesidades y los mismos derechos
y no pueden descansar a causa de la pobreza y la miseria ».613 Es
además un tiempo propicio para la reflexión, el silencio y el estudio, que
favorecen el crecimiento de la vida interior y cristiana. Los creyentes
deberán distinguirse, también en este día, por su moderación, evitando todos
los excesos y las violencias que frecuentemente caracterizan las diversiones
masivas.614 El día del Señor debe vivirse siempre como el día
de la liberación, que lleva a participar en « la reunión solemne y asamblea de
los primogénitos inscritos en los cielos » (Hb 12,22-23) y anticipa
la celebración de la Pascua definitiva en la gloria del cielo.615
286 Las autoridades públicas
tienen el deber de vigilar para que los ciudadanos no se vean privados, por
motivos de productividad económica, de un tiempo destinado al descanso y al
culto divino. Los patronos tienen una obligación análoga con respecto a sus empleados.616Los
cristianos deben esforzarse, respetando la libertad religiosa y el bien común
de todos, para que las leyes reconozcan el domingo y las demás solemnidades
litúrgicas como días festivos: « Deben dar a todos un ejemplo público de
oración, de respeto y de alegría, y defender sus tradiciones como una contribución
preciosa a la vida espiritual de la sociedad humana ».617 Todo
cristiano deberá « evitar imponer sin necesidad a otro lo que le impediría
guardar el día del Señor ».618
IV. EL DERECHO AL TRABAJO
287 El trabajo es un derecho
fundamental y un bien para el hombre: 619 un bien
útil, digno de él, porque es idóneo para expresar y acrecentar la dignidad
humana. La Iglesia enseña el valor del trabajo no sólo porque es siempre
personal, sino también por el carácter de necesidad.620 El
trabajo es necesario para formar y mantener una familia,621 adquirir
el derecho
a la propiedad 622 y contribuir al bien común de la familia humana.623 La consideración de las implicaciones morales que la cuestión del trabajo comporta en la vida social, lleva a la Iglesia a indicar la desocupación como una « verdadera calamidad social »,624 sobre todo en relación con las jóvenes generaciones.
a la propiedad 622 y contribuir al bien común de la familia humana.623 La consideración de las implicaciones morales que la cuestión del trabajo comporta en la vida social, lleva a la Iglesia a indicar la desocupación como una « verdadera calamidad social »,624 sobre todo en relación con las jóvenes generaciones.
288 El trabajo es un bien de
todos, que debe estar disponible para todos aquellos capaces de él. La « plena ocupación
» es, por tanto, un objetivo obligado para todo ordenamiento económico
orientado a la justicia y al bien común. Una sociedad donde el derecho al
trabajo sea anulado o sistemáticamente negado y donde las medidas de política
económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles satisfactorios de
ocupación, « no puede conseguir su legitimación ética ni la justa paz social ».625 Una
función importante y, por ello, una responsabilidad específica y grave, tienen
en este ámbito los « empresarios indirectos »,626 es decir
aquellos sujetos —personas o instituciones de diverso tipo— que son capaces de
orientar, a nivel nacional o internacional, la política del
trabajo y de la economía.
trabajo y de la economía.
289 La capacidad propulsora
de una sociedad orientada hacia el bien común y proyectada hacia el futuro se
mide también, y sobre todo, a partir de las perspectivas de trabajo que puede
ofrecer. El alto índice de desempleo, la presencia de sistemas de instrucción
obsoletos y la persistencia de dificultades para acceder a la formación y al
mercado de trabajo constituyen para muchos, sobre todo jóvenes, un grave
obstáculo en el camino de la realización humana y profesional. Quien está
desempleado o subempleado padece, en efecto, las consecuencias profundamente
negativas que esta condición produce en la personalidad y corre el riesgo de
quedar al margen de la sociedad y de convertirse en víctima de la exclusión
social.627 Además de a los jóvenes, este drama afecta, por lo
general, a las mujeres, a los trabajadores menos especializados, a los
minusválidos, a los inmigrantes, a los ex-reclusos, a los analfabetos, personas
todas que encuentran mayores dificultades en la búsqueda de una colocación en
el mundo del trabajo.
290 La conservación del
empleo depende cada vez más de las capacidades profesionales.628El
sistema de instrucción y de educación no debe descuidar la formación humana y
técnica, necesaria para desarrollar con provecho las tareas requeridas. La
necesidad cada vez más difundida de cambiar varias veces de empleo a lo largo de
la vida, impone al sistema educativo favorecer la disponibilidad de las
personas a una actualización permanente y una reiterada cualifica. Los jóvenes
deben aprender a actuar autónomamente, a hacerse capaces de asumir
responsablemente la tarea de afrontar con la competencia adecuada los riesgos
vinculados a un contexto económico cambiante y frecuentemente imprevisible en
sus escenarios de evolución.629 Es igualmente indispensable
ofrecer ocasiones formativas oportunas a los adultos que buscan una nueva cualificación,
así como a los desempleados. En general, la vida laboral de las personas debe
encontrar nuevas y concretas formas de apoyo, comenzando precisamente por el
sistema formativo, de manera que sea menos difícil atravesar etapas de cambio,
de incertidumbre y de precariedad.
291 Los problemas de la
ocupación reclaman las responsabilidades del Estado, al cual compete el deber
de promover políticas que activen el empleo, es decir, que
favorezcan la creación de oportunidades de trabajo en el territorio nacional,
incentivando para ello el mundo productivo. El deber del Estado no consiste
tanto en asegurar directamente el derecho al trabajo de todos los ciudadanos,
constriñendo toda la vida económica y sofocando la libre iniciativa de las
personas, cuanto sobre todo en « secundar la actividad de las empresas, creando
condiciones que aseguren oportunidades de trabajo, estimulándola donde sea
insuficiente o sosteniéndola en momentos de crisis ».630
292 Teniendo en cuenta las
dimensiones planetarias que han asumido vertiginosamente las relaciones
económico-financieras y el mercado de trabajo, se debe promover una
colaboración internacional eficaz entre los Estados, mediante tratados,
acuerdos y planes de acción comunes que salvaguarden el derecho al trabajo,
incluso en las fases más críticas del ciclo económico, a nivel nacional e
internacional. Hay que ser conscientes de que el trabajo humano es un derecho
del que depende directamente la promoción de la justicia social y de la paz
civil. Tareas importantes en esta dirección corresponden a las Organizaciones
Internacionales, así como a las sindicales: uniéndose en las formas más
oportunas, deben esforzarse, ante todo, en el establecimiento de « una trama
cada vez más compacta de disposiciones jurídicas que protejan el trabajo de los
hombres, de las mujeres, de los jóvenes, y les aseguren una conveniente
retribución ».631
293 Para la promoción del
derecho al trabajo es importante, hoy como en tiempos de la « Rerum novarum »,
que exista realmente un « libre proceso de auto-organización de la sociedad ».632 Se
pueden encontrar significativos testimonios y ejemplos de auto-organización en
las numerosas iniciativas, privadas y sociales, caracterizadas por formas de
participación, de cooperación y de autogestión, que revelan la fusión de
energías solidarias. Estas iniciativas se ofrecen al mercado como un variado
sector de actividades laborales que se distinguen por una atención particular
al aspecto relacional de los bienes producidos y de los servicios prestados en
diversos ámbitos: educación, cuidado de la salud, servicios sociales básicos,
cultura. Las iniciativas del así llamado « tercer sector » constituyen una
oportunidad cada vez más relevante de desarrollo del trabajo y de la economía.
294 El trabajo es « el
fundamento sobre el que se forma la vida familiar, la cual es un derecho
natural y una vocación del hombre ».633 El trabajo asegura los
medios de subsistencia y garantiza el proceso educativo de los hijos.634 Familia
y trabajo, tan estrechamente interdependientes en la experiencia de la gran
mayoría de las personas, requieren una consideración más conforme a la
realidad, una atención que las abarque conjuntamente, sin las limitaciones de
una concepción privatista de la familia y economicista del trabajo. Es
necesario para ello que las empresas, las organizaciones profesionales, los
sindicatos y el Estado se hagan promotores de políticas laborales que no
perjudiquen, sino favorezcan el núcleo familiar desde el punto de vista
ocupacional. La vida familiar y el trabajo, en efecto, se condicionan
recíprocamente de diversas maneras. Los largos desplazamientos diarios al y del
puesto de trabajo, el doble trabajo, la fatiga física y psicológica limitan el
tiempo dedicado a la vida familiar; 635 las situaciones de
desocupación tienen repercusiones materiales y espirituales sobre las familias,
así como las tensiones y las crisis familiares influyen negativamente en las
actitudes y el rendimiento en el campo laboral.
295 El genio femenino es
necesario en todas las expresiones de la vida social; por ello se ha de
garantizar la presencia de las mujeres también en el ámbito laboral. El primer e
indispensable paso en esta dirección es la posibilidad concreta de acceso a la
formación profesional. El reconocimiento y la tutela de los derechos de
las mujeres en este ámbito dependen, en general, de la organización del trabajo,
que debe tener en cuenta la dignidad y la vocación de la mujer, cuya «
verdadera promoción... exige que el trabajo se estructure de manera que no deba
pagar su promoción con el abandono del carácter específico propio y en
perjuicio de la familia, en la que como madre tiene un papel insustituible ».636 Es
una cuestión con la que se miden la cualidad de la sociedad y
la efectiva tutela del derecho al trabajo de las mujeres.
La persistencia de muchas formas de
discriminación que ofenden la dignidad y vocación de la mujer en la esfera del
trabajo, se debe a una larga serie de condicionamientos perniciosos para la
mujer, que ha sido y es todavía « olvidada en sus prerrogativas, marginada
frecuentemente e incluso reducida a esclavitud ».637 Estas
dificultades, desafortunadamente, no han sido superadas, como lo demuestran en
todo el mundo las diversas situaciones que humillan a la mujer, sometiéndola a
formas de verdadera y propia explotación. La urgencia de un efectivo
reconocimiento de los derechos de la mujer en el trabajo se advierte
especialmente en los aspectos de la retribución, la seguridad y la previsión
social.638
296 El trabajo infantil y de
menores, en sus formas intolerables, constituye un tipo de violencia menos
visible, mas no por ello menos terrible.639 Una
violencia que, más allá de todas las implicaciones políticas, económicas y
jurídicas, sigue siendo esencialmente un problema moral. León XIII ya advertía:
« En cuanto a los niños, se ha de evitar cuidadosamente y sobre todo que entren
en talleres antes de que la edad haya dado el suficiente desarrollo a su
cuerpo, a su inteligencia y a su alma. Puesto que la actividad precoz agosta,
como a las hierbas tiernas, las fuerzas que brotan de la infancia, con lo que
la constitución de la niñez vendría a destruirse por completo ».640 La
plaga del trabajo infantil, a más de cien años de distancia, todavía no ha sido
eliminada.
Es verdad que, al menos por el momento, en
ciertos países, la contribución de los niños con su trabajo al presupuesto
familiar y a las economías nacionales es irrenunciable y que, en algún modo,
ciertas formas de trabajo a tiempo parcial pueden ser provechosas para los
mismos niños; con todo ello, la doctrina social denuncia el aumento de la «
explotación laboral de los menores en condiciones de auténtica esclavitud ».641 Esta
explotación constituye una grave violación de la dignidad humana de la que todo
individuo es portador, « prescindiendo de que sea pequeño o aparentemente
insignificante en términos utilitarios ».642
297 La inmigración puede ser
un recurso más que un obstáculo para el desarrollo. En el mundo
actual, en el que el desequilibrio entre países ricos y países pobres se agrava
y el desarrollo de las comunicaciones reduce rápidamente las distancias, crece
la emigración de personas en busca de mejores condiciones de vida, procedentes
de las zonas menos favorecidas de la tierra; su llegada a los países
desarrollados, a menudo es percibida como una amenaza para los elevados niveles
de bienestar, alcanzados gracias a decenios de crecimiento económico. Los
inmigrantes, sin embargo, en la mayoría de los casos, responden a un
requerimiento en la esfera del trabajo que de otra forma quedaría insatisfecho,
en sectores y territorios en los que la mano de obra local es insuficiente o no
está dispuesta a aportar su contribución laboral.
298 Las instituciones de los
países que reciben inmigrantes deben vigilar cuidadosamente para que no se
difunda la tentación de explotar a los trabajadores extranjeros, privándoles de
los derechos garantizados a los trabajadores nacionales, que deben ser
asegurados a todos sin discriminaciones. La regulación de los flujos
migratorios según criterios de equidad y de equilibrio 643 es
una de las condiciones indispensables para conseguir que la inserción se
realice con las garantías que exige la dignidad de la persona humana. Los
inmigrantes deben ser recibidos en cuanto personas y ayudados, junto con sus
familias, a integrarse en la vida social.644 En este sentido, se
ha de respetar y promover el derecho a la reunión de sus familias.645 Al
mismo tiempo, en la medida de lo posible, han de favorecerse todas aquellas
condiciones que permiten mayores posibilidades de trabajo en sus lugares de
origen.646
299 El trabajo agrícola
merece una especial atención, debido a la función social, cultural y económica
que desempeña en los sistemas económicos de muchos países, a los numerosos
problemas que debe afrontar en el contexto de una economía cada vez más
globalizada, y a su importancia creciente en la salvaguardia del ambiente
natural: « Por consiguiente, en muchas situaciones son necesarios cambios
radicales y urgentes para volver a dar a la agricultura —y a los hombres del
campo— el justo valor como base de una sana economía, en el conjunto del
desarrollo de la comunidad social ».647
Los cambios profundos y radicales que se
presentan actualmente en el ámbito social y cultural, y que afectan también a
la agricultura y, más en general, a todo el mundo rural, precisan con urgencia
una profunda reflexión sobre el significado del trabajo agrícola y sus
múltiples dimensiones. Se trata de un desafío de gran importancia, que debe
afrontarse con políticas agrícolas y ambientales capaces de superar una cierta
concepción residual y asistencial, y de elaborar nuevos procedimientos para
lograr una agricultura moderna, que esté en condiciones de desempeñar un papel
significativo en la vida social y económica.
300 En algunos países es
indispensable una redistribución de la tierra, en el marco de políticas
eficaces de reforma agraria, con el fin de eliminar el impedimento que supone
el latifundio improductivo, condenado por la doctrina social de la Iglesia,648 para
alcanzar un auténtico desarrollo económico: « Los países en vías de
desarrollo pueden contrarrestar eficazmente el proceso actual de concentración
de la propiedad de la tierra si hacen frente a algunas situaciones que se
presentan como auténticos nudos estructurales. Estas son: las carencias y los
retrasos a nivel legislativo sobre el tema del reconocimiento del título de
propiedad de la tierra y sobre el mercado del crédito; la falta de interés por
la investigación y por la capacitación agrícola; la negligencia por los
servicios sociales y por la creación de infraestructuras en las áreas rurales
».649 La reforma agraria es, por tanto, además de una necesidad
política, una obligación moral, ya que el no llevarla a cabo constituye, en
estos países, un obstáculo para los efectos benéficos que derivan de la
apertura de los mercados y, en general, de las ventajosas ocasiones de
crecimiento que la globalización actual puede ofrecer.650
V. DERECHOS
DE LOS TRABAJADORES
DE LOS TRABAJADORES
301 Los derechos de los
trabajadores, como todos los demás derechos, se basan en la naturaleza de la
persona humana y en su dignidad trascendente. El Magisterio
social de la Iglesia ha considerado oportuno enunciar algunos de ellos,
indicando la conveniencia de su reconocimiento en los ordenamientos jurídicos:
el derecho a una justa remuneración; 651 el derecho al
descanso; 652 el derecho « a ambientes de trabajo y a
procesos productivos que no comporten perjuicio a la salud física de los
trabajadores y no dañen su integridad moral »;653 el derecho a
que sea salvaguardada la propia personalidad en el lugar de trabajo, sin que
sean « conculcados de ningún modo en la propia conciencia o en la propia
dignidad »; 654 el derecho a subsidios adecuados e
indispensables para la subsistencia de los trabajadores desocupados y de sus
familias; 655 el derecho a la pensión, así como a la
seguridad social para la vejez, la enfermedad y en caso de accidentes
relacionados con la prestación laboral;656 el derecho a
previsiones sociales vinculadas a la maternidad; 657 el
derecho a reunirse y a asociarse.658 Estos derechos son
frecuentemente desatendidos, como confirman los tristes fenómenos del trabajo
infraremunerado, sin garantías ni representación adecuadas. Con frecuencia sucede
que las condiciones de trabajo para hombres, mujeres y niños, especialmente en
los países en vías de desarrollo, son tan inhumanas que ofenden su dignidad y
dañan su salud.
302 La remuneración es el
instrumento más importante para practicar la justicia en las relaciones
laborales.659 El « salario justo es el fruto legítimo del trabajo
»; 660 comete una grave injusticia quien lo niega o no lo
da a su debido tiempo y en la justa proporción al trabajo realizado (cf. Lv 19,13; Dt 24,14-15; St 5,4).
El salario es el instrumento que permite al trabajador acceder a los bienes de
la tierra: « La remuneración del trabajo debe ser tal que permita al hombre y a
su familia una vida digna en el plano material, social, cultural y espiritual,
teniendo presentes el puesto de trabajo y la productividad de cada uno, así
como las condiciones de la empresa y el bien común ».661 El
simple acuerdo entre el trabajador y el patrono acerca de la remuneración, no
basta para calificar de « justa » la remuneración acordada, porque ésta « no
debe ser en manera alguna insuficiente » 662 para el
sustento del trabajador: la justicia natural es anterior y superior a la
libertad del contrato.
303 El bienestar económico
de un país no se mide exclusivamente por la cantidad de bienes producidos, sino
también teniendo en cuenta el modo en que son producidos y el grado de equidad
en la distribución de la renta, que debería permitir a todos disponer de
lo necesario para el desarrollo y el perfeccionamiento de la propia persona.
Una justa distribución del rédito debe establecerse no sólo en base a los
criterios de justicia conmutativa, sino también de justicia social, es decir,
considerando, además del valor objetivo de las prestaciones laborales, la
dignidad humana de los sujetos que las realizan. Un bienestar económico
auténtico se alcanza también por medio de adecuadas políticas sociales
de redistribución de la renta que, teniendo en cuenta las condiciones
generales, consideren oportunamente los méritos y las necesidades de todos los
ciudadanos.
304 La doctrina social
reconoce la legitimidad de la huelga « cuando constituye un
recurso inevitable, si no necesario para obtener un beneficio proporcionado »,663 después
de haber constatado la ineficacia de todas las demás modalidades para superar
los conflictos.664 La huelga, una de las conquistas más
costosas del movimiento sindical, se puede definir como el rechazo colectivo y
concertado, por parte de los trabajadores, a seguir desarrollando sus
actividades, con el fin de obtener, por medio de la presión así realizada sobre
los patrones, sobre el Estado y sobre la opinión pública, mejoras en sus
condiciones de trabajo y en su situación social. También la huelga, aun cuando
aparezca « como una especie de ultimátum »,665 debe ser siempre
un método pacífico de reivindicación y de lucha por los propios derechos;
resulta « moralmente inaceptable cuando va acompañada de violencias o también
cuando se lleva a cabo en función de objetivos no directamente vinculados con
las condiciones del trabajo o contrarios al bien común ».666
VI. SOLIDARIDAD ENTRE LOS TRABAJADORES
305 El Magisterio reconoce la
función fundamental desarrollada por los sindicatos de trabajadores, cuya razón
de ser consiste en el derecho de los trabajadores a formar asociaciones o
uniones para defender los intereses vitales de los hombres empleados en las
diversas profesiones. Los sindicatos « se han desarrollado sobre
la base de la lucha de los trabajadores, del mundo del trabajo y, ante todo, de
lo trabajadores industriales para la tutela de sus justos
derechos frente a los empresarios y a los propietarios de los medios
de producción ».667 Las organizaciones sindicales, buscando su
fin específico al servicio del bien común, son un factor constructivo de orden
social y de solidaridad y, por ello, unelemento indispensable de la vida
social. El reconocimiento de los derechos del trabajo ha sido desde siempre
un problema de difícil solución, porque se realiza en el marco de procesos
históricos e institucionales complejos, y todavía hoy no se puede decir
cumplido. Lo que hace más actual y necesario el ejercicio de una auténtica
solidaridad entre los trabajadores.
306 La doctrina social
enseña que las relaciones en el mundo del trabajo se han de caracterizar por la
colaboración: el odio y la lucha por eliminar al otro, constituyen métodos
absolutamente inaceptables, porque en todo sistema social son
indispensables al proceso de producción tanto el trabajo como
el capital. A la luz de esta concepción, la doctrina social « no
considera de ninguna manera que los sindicatos constituyan únicamente el
reflejo de la estructura “de clase”, de la sociedad ni que sean el exponente de
la lucha de clases que gobierna inevitablemente la vida social ».668 Los
sindicatos son propiamente los promotores de la lucha por la justicia social,
por los derechos de los hombres del trabajo, en sus profesiones específicas: «
Esta “lucha” debe ser vista como una acción de defensa normal “en favor” del
justo bien; [...] no es una lucha “contra” los demás ».669 El
sindicato, siendo ante todo un medio para la solidaridad y la justicia, no
puede abusar de los instrumentos de lucha; en razón de su vocación, debe vencer
las tentaciones del corporativismo, saberse autorregular y ponderar las
consecuencias de sus opciones en relación al bien común.670
307 Al sindicato, además de
la función de defensa y de reivindicación, le competen las de representación,
dirigida a « la recta ordenación de la vida económica »,671 y
de educación de la conciencia social de los trabajadores, de manera que se
sientan parte activa, según las capacidades y aptitudes de cada uno, en toda la
obra del desarrollo económico y social, y en la construcción del bien común
universal. El sindicato y las demás formas de asociación de los trabajadores
deben asumir una función de colaboración con el resto de los sujetos sociales e
interesarse en la gestión de la cosa pública. Las organizaciones sindicales
tienen el deber de influir en el poder público, en orden a sensibilizarlo
debidamente sobre los problemas laborales y a comprometerlo a favorecer la
realización de los derechos de los trabajadores. Los sindicatos, sin embargo,
no tienen carácter de « partidos políticos » que luchan por el poder, y tampoco
deben estar sometidos a las decisiones de los partidos políticos o tener
vínculos demasiado estrechos con ellos: « En tal situación fácilmente se
apartan de lo que es su cometido específico, que es el de asegurar los justos
derechos de los hombres del trabajo en el marco del bien común de la sociedad
entera, y se convierten, en cambio, en un instrumento de presión para
realizar otras finalidades ».672
308 El contexto socioeconómico
actual, caracterizado por procesos de globalización económico-financiera cada
vez más rápidos, requiere la renovación de los sindicatos. En la
actualidad, los sindicatos están llamados a actuar en formas nuevas,673 ampliando
su radio de acción de solidaridad de modo que sean tutelados, además de las
categorías laborales tradicionales, los trabajadores con contratos atípicos o
a tiempo determinado; los trabajadores con un puesto de trabajo en peligro a
causa de las fusiones de empresas, cada vez más frecuentes, incluso a nivel
internacional; los desempleados, los inmigrantes, los trabajadores temporales;
aquellos que por falta de actualización profesional han sido expulsados del
mercado laboral y no pueden regresar a él por falta de cursos adecuados para
cualificarse de nuevo.
Ante los cambios introducidos en el mundo
del trabajo, la solidaridad se podrá recuperar, e incluso fundarse mejor que en
el pasado, si se actúa para volver a descubrir el valor subjetivo del trabajo: « Hay que seguir preguntándose
sobre el sujeto del trabajo y las condiciones en las que vive ». Por ello, «
son siempre necesarios nuevos movimientos de solidaridad de los hombres del
trabajo y de solidaridad con los hombres del trabajo ».674
309 En la búsqueda de «
nuevas formas de solidaridad »,675 las asociaciones
de trabajadores deben orientarse hacia la asunción de mayores responsabilidades,
no solamente respecto a los tradicionales mecanismos de la redistribución, sino
también en relación a la producción de la riqueza y a la creación de
condiciones sociales, políticas y culturales que permitan a todos aquellos que
pueden y desean trabajar, ejercer su derecho al trabajo, en el respeto pleno de
su dignidad de trabajadores. La superación gradual del modelo organizativo basado
sobre el trabajo asalariado en la gran empresa, hace además oportuna —salvando
los derechos fundamentales del trabajo— una actualización de las normas y de
los sistemas de seguridad social mediante los cuales los trabajadores han sido
hasta hoy tutelados.
VII. LAS « RES NOVAE » DEL MUNDO DEL
TRABAJO
310 Uno de los estímulos más
significativos para el actual cambio de la organización del trabajo procede del
fenómeno de la globalización, que permite experimentar formas nuevas de
producción, trasladando las plantas de producción en áreas diferentes a
aquellas en las que se toman las decisiones estratégicas y lejanas de los
mercados de consumo. Dos son los factores que impulsan este fenómeno: la
extraordinaria velocidad de comunicación sin límites de espacio y tiempo, y la
relativa facilidad para transportar mercancías y personas de una parte a otra
del planeta. Esto comporta una consecuencia fundamental sobre los procesos
productivos: la propiedad está cada vez más lejos, a menudo indiferente a los
efectos sociales de las opciones que realiza. Por otra parte, si es cierto que
la globalización, a priori, no es ni buena ni mala en sí misma, sino que
depende del uso que el hombre hace de ella,676 debe afirmarse
que es necesaria una globalización de la tutela, de los derechos
mínimos esenciales y de la equidad.
311 Una de las
características más relevantes de la nueva organización del trabajo es la
fragmentación física del ciclo productivo, impulsada por el afán de conseguir
una mayor eficiencia y mayores beneficios. Desde este punto de
vista, las tradicionales coordenadas espacio-temporales, dentro de las que el
ciclo productivo se definía, sufren una transformación sin precedentes, que
determina un cambio en la estructura misma del trabajo. Todo ello tiene
importantes consecuencias en la vida de las personas y de las comunidades,
sometidas a cambios radicales tanto en el ámbito de las condiciones materiales,
cuanto en el de la cultura y de los valores. Este fenómeno afecta, a nivel global
y local, a millones de personas, independientemente de la profesión que
ejercen, de su condición social, o de su preparación cultural. La
reorganización del tiempo, su regularización y los cambios en curso en el uso
del espacio —comparables, por su entidad, a la primera revolución industrial,
en cuanto que implican a todos los sectores productivos, en todos los
continentes, independientemente de su grado de desarrollo— deben considerarse,
por tanto, un desafío decisivo, incluidos los aspectos ético y cultural, en el
ámbito de la definición de un sistema renovado de tutela del trabajo.
312 La globalización de la
economía, con la liberación de los mercados, la acentuación de la competencia,
el crecimiento de empresas especializadas en el abastecimiento de productos y
servicios, requiere una mayor flexibilidad en el mercado de trabajo y en la
organización y gestión de los procesos productivos. Al valorar esta
delicada materia, parece oportuno conceder una mayor atención moral, cultural y
estratégica para orientar la acción social y política en la temática vinculada
a la identidad y los contenidos del nuevo trabajo, en un mercado y una economía
a su vez nuevos. Los cambios del mercado de trabajo son a menudo un efecto del
cambio del trabajo mismo, y no su causa.
313 El trabajo, sobre todo
en los sistemas económicos de los países más desarrollados, atraviesa una fase
que marca el paso de una economía de tipo industrial a una economía
esencialmente centrada en los servicios y en la innovación tecnológica. Los servicios y las
actividades caracterizados por un fuerte contenido informativo crecen de modo
más rápido que los tradicionales sectores primario y secundario, con
consecuencias de gran alcance en la organización de la producción y de los
intercambios, en el contenido y la forma de las prestaciones laborales y en los
sistemas de protección social.
Gracias a las innovaciones tecnológicas,
el mundo del trabajo se enriquece con nuevas profesiones, mientras otras
desaparecen. En la actual fase de transición se asiste, en efecto, a un pasar continuo
de empleados de la industria a los servicios. Mientras pierde terreno el modelo
económico y social vinculado a la grande fábrica y al trabajo de una clase
obrera homogénea, mejoran las perspectivas ocupacionales en el sector terciario
y aumentan, en particular, las actividades laborales en el ámbito de los
servicios a la persona, de las prestaciones a tiempo parcial,
interinas y « atípicas », es decir, las formas de trabajo que no se pueden
encuadrar ni como trabajo dependiente ni como trabajo autónomo.
314 La transición en curso
significa el paso de un trabajo dependiente a tiempo indeterminado, entendido
como puesto fijo, a un trabajo caracterizado por una pluralidad de actividades
laborales; de un mundo laboral compacto, definido y reconocido, a un universo de
trabajos, variado, fluido, rico de promesas, pero también cargado de preguntas
inquietantes, especialmente ante la creciente incertidumbre de las perspectivas
de empleo, a fenómenos persistentes de desocupación estructural, a la
inadecuación de los actuales sistemas de seguridad social. Las exigencias de la
competencia, de la innovación tecnológica y de la complejidad de los flujos
financieros deben armonizarse con la defensa del trabajador y de sus derechos.
La inseguridad y la precariedad no afectan
solamente a la condición laboral de los hombres que viven en los países más
desarrollados, sino también, y sobre todo, a las realidades económicamente
menos avanzadas del planeta, los países en vías de desarrollo y los países con
economías en transición. Estos últimos, además de los complejos problemas
vinculados al cambio de los modelos económicos y productivos, deben afrontar
cotidianamente las difíciles exigencias procedentes de la globalización en
curso. La situación resulta particularmente dramática para el mundo del
trabajo, afectado por vastos y radicales cambios culturales y estructurales, en
contextos frecuentemente privados de soportes legislativos, formativos y de
asistencia social.
315 La descentralización
productiva, que asigna a empresas menores múltiples tareas, anteriormente
concentradas en las grandes unidades productivas, robustece y da nuevo impulso
a la pequeña y mediana empresa. Surgen así, junto a la actividad
artesanal tradicional, nuevas empresas caracterizadas por pequeñas unidades
productivas que trabajan en modernos sectores de producción o bien en
actividades descentralizadas de las empresas mayores. Muchas actividades que
ayer requerían trabajo dependiente, hoy son realizadas en formas nuevas, que
favorecen el trabajo independiente y se caracterizan por una mayor componente
de riesgo y de responsabilidad.
El trabajo en las pequeñas y medianas
empresas, el trabajo artesanal y el trabajo independiente, pueden constituir
una ocasión para hacer más humana la vivencia laboral, ya sea por la
posibilidad de establecer relaciones interpersonales positivas en comunidades
de pequeñas dimensiones, ya sea por las mejores oportunidades que se ofrecen a
la iniciativa y al espíritu emprendedor; sin embargo, no son pocos, en estos
sectores, los casos de trato injusto, de trabajo mal pagado y sobre todo
inseguro.
316 En los países en vías de
desarrollo se ha difundido, en estos últimos años, el fenómeno de la expansión
de actividades económicas « informales » o « sumergidas », que representa una
señal de crecimiento económico prometedor, pero plantea problemas éticos y
jurídicos. El significativo aumento de los puestos de trabajo suscitado por tales
actividades se debe, en realidad, a la falta de especialización de gran parte
de los trabajadores locales y al desarrollo desordenado de los sectores
económicos formales. Un elevado número de personas se ven así obligadas a
trabajar en condiciones de grave desazón y en un marco carente de las reglas
necesarias que protejan la dignidad del trabajador. Los niveles de
productividad, renta y tenor de vida, son extremamente bajos y con frecuencia
se revelan insuficientes para garantizar que los trabajadores y sus familias
alcancen un nivel de subsistencia.
317 Ante las imponentes «
res novae » del mundo del trabajo, la doctrina social de la Iglesia recomienda,
ante todo, evitar el error de considerar que los cambios en curso suceden de
modo determinista. El factor decisivo y « el árbitro » de esta compleja
fase de cambio es una vez más el hombre, que debe seguir siendo el
verdadero protagonista de su trabajo. El hombre puede y debe hacerse cargo,
creativa y responsablemente, de las actuales innovaciones y reorganizaciones,
de manera que contribuyan al crecimiento de la persona, de la familia, de la
sociedad y de toda la familia humana.677 Es importante para
todos recordar el significado de la dimensión subjetiva del trabajo,
a la que la doctrina social de la Iglesia enseña a dar la debida prioridad,
porque el trabajo humano « procede directamente de personas creadas a imagen de
Dios y llamadas a prolongar, unidas y para mutuo beneficio, la obra de la
creación dominando la tierra ».678
318 Las interpretaciones de
tipo mecanicista y economicista de la actividad productiva, a pesar de su
extensión y su influjo, han sido superadas por el mismo análisis científico de
los problemas relacionados con el trabajo. Estas concepciones se
revelan hoy, más que ayer, totalmente inadecuadas para interpretar los hechos,
que demuestran cada día más el valor del trabajo como actividad libre y
creativa del hombre. De esta realidad concreta debe derivar también el impulso
para superar sin demora los horizontes teóricos y los criterios operativos
estrechos e insuficientes respecto a las dinámicas actuales, intrínsecamente
incapaces de identificar las apremiantes y concretas necesidades humanas en
toda su extensión, que van más allá de las categorías meramente económicas. La
Iglesia sabe bien, y así lo ha enseñado siempre, que el hombre, a diferencia de
cualquier otro ser viviente, tiene necesidades que no se limitan solamente al «
tener »,679 porque su naturaleza y su vocación están en
relación inseparable con el Trascendente. La persona humana emprende la
aventura de la transformación de las cosas mediante su trabajo para satisfacer
necesidades y carencias ante todo materiales, pero lo hace siguiendo un impulso
que la empuja siempre más allá de los resultados logrados, a la búsqueda de lo
que pueda responder más profundamente a sus innegables exigencias interiores.
319 Cambian las formas
históricas en las que se expresa el trabajo humano, pero no deben cambiar sus
exigencias permanentes, que se resumen en el respeto de los derechos
inalienables del hombre que trabaja. Ante el riesgo de ver negados estos
derechos, se deben proyectar y construir nuevas formas de solidaridad,
teniendo en cuenta la interdependencia que une entre sí a los hombres del
trabajo. Cuanto más profundos son los cambios, tanto más firme debe ser el
esfuerzo de la inteligencia y de la voluntad para tutelar la dignidad del
trabajo, reforzando, en los diversos niveles, las instituciones interesadas.
Esta perspectiva permite orientar mejor las actuales transformaciones en la
dirección, tan necesaria, de la complementariedad entre la dimensión económica
local y la global; entre economía « vieja » y « nueva »; entre la innovación
tecnológica y la exigencia de salvaguardar el trabajo humano; entre el
crecimiento económico y la compatibilidad ambiental del desarrollo.
320 La solución de las
vastas y complejas problemáticas del trabajo, que en algunas áreas adquieren
dimensiones dramáticas, exige la contribución específica de los científicos y
los hombres de cultura, que resulta particularmente importante para la elección
de soluciones justas. Es una responsabilidad que les debe
llevar a señalar las ventajas y los riesgos que se perfilan en los cambios y,
sobre todo, a sugerir líneas de acción para orientar el cambio en el sentido
más favorable para el desarrollo de toda la familia humana. A ellos corresponde
la delicada tarea de leer e interpretar los fenómenos sociales con inteligencia
y amor a la verdad, sin preocupaciones dictadas por intereses de grupo o
personales. Su contribución, en efecto, precisamente por ser de naturaleza
teórica, se convierte en una referencia esencial para la actuación concreta de
las políticas económicas.680
321 Los escenarios actuales
de profunda transformación del trabajo humano hacen todavía más urgente un
desarrollo auténticamente global y solidario, capaz de alcanzar todas las
regiones del mundo, incluyendo las menos favorecidas. Para estas últimas, la
puesta en marcha de un proceso de desarrollo solidario de vasto alcance, no
sólo aparece como una posibilidad concreta de creación de nuevos puestos de
trabajo, sino que también representa una verdadera condición para la
supervivencia de pueblos enteros: « Es preciso globalizar la solidaridad ».681
Los desequilibrios económicos y sociales
existentes en el mundo del trabajo se han de afrontar restableciendo la justa
jerarquía de valores y colocando en primer lugar la dignidad de la persona que
trabaja: « Las nuevas realidades, que se manifiestan con fuerza en el proceso
productivo, como la globalización de las finanzas, de la economía, del comercio
y del trabajo, jamás deben violar la dignidad y la centralidad de la persona
humana, ni la libertad y la democracia de los pueblos. La solidaridad, la
participación y la posibilidad de gestionar estos cambios radicales
constituyen, sino la solución, ciertamente la necesaria garantía ética para que
las personas y los pueblos no se conviertan en instrumentos, sino en
protagonistas de su futuro. Todo esto puede realizarse y, dado que es posible,
constituye un deber ».682
322 Se hace cada vez más
necesaria una consideración atenta de la nueva situación del trabajo en el
actual contexto de la globalización, desde una perspectiva que valore la
propensión natural de los hombres a establecer relaciones. A este propósito, se
debe afirmar que la universalidad es una dimensión del hombre, no de las cosas.
La técnica podrá ser la causa instrumental de la globalización, pero la
universalidad de la familia humana es su causa última. El trabajo, por tanto,
también tiene una dimensión universal, en cuanto se funda en el carácter
relacional del hombre. Las técnicas, especialmente electrónicas, han permitido
ampliar este aspecto relacional del trabajo a todo el planeta, imprimiendo a la
globalización un ritmo particularmente acelerado. El fundamento último de este
dinamismo es el hombre que trabaja, es siempre el elemento subjetivo y no el
objetivo. También el trabajo globalizado tiene su origen, por tanto, en el
fundamento antropológico de la intrínseca dimensión relacional del trabajo. Los
aspectos negativos de la globalización del trabajo no deben dañar las
posibilidades que se han abierto para todos de dar expresión a un
humanismo del trabajo a nivel planetario, a una solidaridad del mundo del
trabajo a este nivel, para que trabajando en un contexto semejante, dilatado e
interconexo, el hombre comprenda cada vez más su vocación unitaria y solidaria.
LA VIDA ECONÓMICA
I. ASPECTOS BÍBLICOS
323 En el Antiguo Testamento
se encuentra una doble postura frente a los bienes económicos y la riqueza. Por
un lado, de aprecio a la disponibilidad de bienes materiales considerados
necesarios para la vida: en ocasiones, la abundancia —pero no
la riqueza o el lujo— es vista como una bendición de Dios. En la literatura
sapiencial, la pobreza se describe como una consecuencia negativa del ocio y de
la falta de laboriosidad (cf. Pr 10,4), pero también como un
hecho natural (cf. Pr 22,2). Por otro lado, los bienes
económicos y la riqueza no son condenados en sí mismos, sino por su mal uso.
La tradición profética estigmatiza las estafas, la usura, la explotación, las
injusticias evidentes, especialmente con respecto a los más pobres (cf. Is 58,3-11; Jr 7,4-7; Os 4,1-2; Am 2,6-7; Mi 2,1-2).
Esta tradición, si bien considera un mal la pobreza de los oprimidos, de los
débiles, de los indigentes, ve también en ella un símbolo de la situación del
hombre delante de Dios; de Él proviene todo bien como un don que hay que
administrar y compartir.
324 Quien reconoce su
pobreza ante Dios, en cualquier situación que viva, es objeto de una atención
particular por parte de Dios: cuando el pobre busca, el Señor
responde; cuando grita, Él lo escucha. A los pobres se dirigen las promesas
divinas: ellos serán los herederos de la alianza entre Dios y su pueblo. La
intervención salvífica de Dios se actuará mediante un nuevo David (cf. Ez 34,22-31),
el cual, como y más que el rey David, será defensor de los pobres y promotor de
la justicia; Él establecerá una nueva alianza y escribirá una nueva ley en el
corazón de los creyentes (cf. Jr 31,31-34).
La pobreza, cuando es aceptada o buscada
con espíritu religioso, predispone al reconocimiento y a la aceptación del
orden creatural; en esta perspectiva, el « rico » es aquel que pone
su confianza en las cosas que posee más que en Dios, el hombre que se hace
fuerte mediante las obras de sus manos y que confía sólo en esta fuerza. La
pobreza se eleva a valor moral cuando se manifiesta como humilde disposición y
apertura a Dios, confianza en Él. Estas actitudes hacen al hombre capaz de
reconocer lo relativo de los bienes económicos y de tratarlos como dones
divinos que hay que administrar y compartir, porque la propiedad originaria de
todos los bienes pertenece a Dios.
325 Jesús asume toda la
tradición del Antiguo Testamento, también sobre los bienes económicos, sobre la
riqueza y la pobreza, confiriéndole una definitiva claridad y plenitud (cf. Mt 6,24
y 13,22; Lc 6,20-24 y 12,15-21; Rm 14,6-8 y 1
Tm 4,4). Él, infundiendo su Espíritu y cambiando los corazones,
instaura el « Reino de Dios », que hace posible una nueva convivencia en la
justicia, en la fraternidad, en la solidaridad y en el compartir. El Reino
inaugurado por Cristo perfecciona la bondad originaria de la creación y de la
actividad humana, herida por el pecado. Liberado del mal y reincorporado en la
comunión con Dios, todo hombre puede continuar la obra de Jesús con la ayuda de
su Espíritu: hacer justicia a los pobres, liberar a los oprimidos, consolar a
los afligidos, buscar activamente un nuevo orden social, en el que se ofrezcan
soluciones adecuadas a la pobreza material y se contrarresten más eficazmente
las fuerzas que obstaculizan los intentos de los más débiles para liberarse de
una condición de miseria y de esclavitud. Cuando esto sucede, el Reino de Dios
se hace ya presente sobre esta tierra, aun no perteneciendo a ella. En él
encontrarán finalmente cumplimiento las promesas de los Profetas.
326 A la luz de la
Revelación, la actividad económica ha de considerarse y ejercerse como una
respuesta agradecida a la vocación que Dios reserva a cada hombre. Éste ha sido colocado
en el jardín para cultivarlo y custodiarlo, usándolo según unos limites bien
precisos (cf. Gn 2,16-17), con el compromiso de perfeccionarlo
(cf. Gn 1,26-30; 2,15-16; Sb 9,2-3). Al
hacerse testigo de la grandeza y de la bondad del Creador, el hombre camina
hacia la plenitud de la libertad a la que Dios lo llama. Una buena
administración de los dones recibidos, incluidos los dones materiales, es una
obra de justicia hacia sí mismo y hacia los demás hombres: lo que se recibe ha
de ser bien usado, conservado, multiplicado, como enseña la parábola de los
talentos (cf. Mt 25,14-31; Lc 19,12-27).
La actividad económica y el progreso
material deben ponerse al servicio del hombre y de la sociedad: dedicándose a ellos
con la fe, la esperanza y la caridad de los discípulos de Cristo, la economía y
el progreso pueden transformarse en lugares de salvación y de santificación.
También en estos ámbitos es posible expresar un amor y una solidaridad más que
humanos y contribuir al crecimiento de una humanidad nueva, que prefigure el
mundo de los últimos tiempos.683 Jesús sintetiza toda la
Revelación pidiendo al creyente enriquecerse delante de Dios (cf. Lc 12,21):
y la economía es útil a este fin, cuando no traiciona su función de instrumento
para el crecimiento integral del hombre y de las sociedades, de la calidad
humana de la vida.
327 La fe en Jesucristo
permite una comprensión correcta del desarrollo social, en el contexto de un
humanismo integral y solidario. Para ello resulta muy útil la contribución
de la reflexión teológica ofrecida por el Magisterio social: « La fe en
Cristo redentor, mientras ilumina interiormente la naturaleza del
desarrollo, guía también en la tarea de colaboración. En la carta de san Pablo
a los Colosenses leemos que Cristo es “el primogénito de toda la creación” y
que “todo fue creado por él y para él” (1,15-16). En efecto, “todo tiene en él
su consistencia” porque “Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud
y reconciliar por él y para él todas la cosas” (ibíd., 1,20). En este
plan divino, que comienza desde la eternidad en Cristo, “Imagen” perfecta del
Padre, y culmina en él, “Primogénito de entre los muertos” (ibíd.,
1,15.18), se inserta nuestra historia, marcada por nuestro esfuerzo
personal y colectivo por elevar la condición humana, vencer los obstáculos que
surgen siempre en nuestro camino, disponiéndonos así a participar en la plenitud
que “reside en el Señor” y que él comunica “a su cuerpo, la Iglesia” (ibíd.,
1,18; cf. Ef 1,22-23), mientras el pecado, que siempre nos
acecha y compromete nuestras realizaciones humanas, es vencido y rescatado por
la “reconciliación” obrada por Cristo (cf. Col 1,20) ».684
328 Los bienes, aun cuando
son poseídos legítimamente, conservan siempre un destino universal. Toda forma
de acumulación indebida es inmoral, porque se halla en abierta contradicción
con el destino universal que Dios creador asignó a todos los bienes. La salvación
cristiana es una liberación integral del hombre, liberación de la necesidad,
pero también de la posesión misma: « Porque la raíz de todos los males es el
afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar de él, se extraviaron en la fe »
(1 Tm 6,10). Los Padres de la Iglesia insisten en la necesidad de
la conversión y de la transformación de las conciencias de los creyentes, más
que en la exigencia de cambiar las estructuras sociales y políticas de su
tiempo, instando a quien desarrolla una actividad económica y posee bienes a
considerarse administrador de cuanto Dios le ha confiado.
329 Las riquezas realizan su
función de servicio al hombre cuando son destinadas a producir beneficios para
los demás y para la sociedad: 685 « ¿Cómo
podríamos hacer el bien al prójimo —se pregunta Clemente de Alejandría— si
nadie poseyese nada? ».686 En la visión de San Juan Crisóstomo,
las riquezas pertenecen a algunos para que estos puedan ganar méritos compartiéndolas
con los demás.687 Las riquezas son un bien que viene de Dios:
quien lo posee lo debe usar y hacer circular, de manera que también los
necesitados puedan gozar de él; el mal se encuentra en el apego desordenado a
las riquezas, en el deseo de acapararlas. San Basilio el Grande invita a los
ricos a abrir las puertas de sus almacenes y exclama: « Un gran río se vierte,
en mil canales, sobre el terreno fértil: así, por mil caminos, tú haces llegar
la riqueza a las casas de los pobres ».688 La riqueza, explica
San Basilio, es como el agua que brota cada vez más pura de la fuente si se
bebe de ella con frecuencia, mientras que se pudre si la fuente permanece
inutilizada.689 El rico, dirá más tarde San Gregorio Magno, no
es sino un administrador de lo que posee; dar lo necesario a quien carece de
ello es una obra que hay que cumplir con humildad, porque los bienes no
pertenecen a quien los distribuye. Quien tiene las riquezas sólo para sí no es
inocente; darlas a quien tiene necesidad significa pagar una deuda.690
II. MORAL
Y ECONOMÍA
330 La doctrina social de la
Iglesia insiste en la connotación moral de la economía. Pío XI, en un
texto de la encíclica Quadragesimo anno, recuerda la relación
entre la economía y la moral: « Aun cuando la economía y la disciplina moral,
cada cual en su ámbito, tienen principios propios, a pesar de ello es erróneo
que el orden económico y el moral estén tan distanciados y ajenos entre sí, que
bajo ningún aspecto dependa aquél de éste. Las leyes llamadas económicas, fundadas
sobre la naturaleza de las cosas y en la índole del cuerpo y del alma humanos,
establecen, desde luego, con toda certeza qué fines no y cuáles sí, y con qué
medios, puede alcanzar la actividad humana dentro del orden económico; pero la
razón también, apoyándose igualmente en la naturaleza de las cosas y del
hombre, individual y socialmente considerado, demuestra claramente que a ese
orden económico en su totalidad le ha sido prescrito un fin por Dios Creador.
Una y la misma es, efectivamente, la ley moral que nos manda buscar, así como
directamente en la totalidad de nuestras acciones nuestro fin supremo y último,
así también en cada uno de los órdenes particulares esos fines que entendemos
que la naturaleza o, mejor dicho, el autor de la naturaleza, Dios, ha fijado a
cada orden de cosas factibles, y someterlos subordinadamente a aquél ».691
331 La relación entre moral
y economía es necesaria e intrínseca: actividad económica y comportamiento
moral se compenetran íntimamente. La necesaria distinción entre moral y
economía no comporta una separación entre los dos ámbitos, sino al contrario,
una reciprocidad importante. Así como en el ámbito moral se deben
tener en cuenta las razones y las exigencias de la economía, la actuación en el
campo económico debe estar abierta a las instancias morales: « También en la
vida económico-social deben respetarse y promoverse la dignidad de la persona
humana, su entera vocación y el bien de toda la sociedad. Porque el hombre es
el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social ».692 Dar
el justo y debido peso a las razones propias de la economía no significa
rechazar como irracional toda consideración de orden metaeconómico,
precisamente porque el fin de la economía no está en la economía misma, sino en
su destinación humana y social.693 A la economía, en efecto,
tanto en el ámbito científico, como en el nivel práctico, no se le confía el
fin de la realización del hombre y de la buena convivencia humana, sino una
tarea parcial: la producción, la distribución y el consumo de bienes materiales
y de servicios.
332 La dimensión moral de la
economía hace entender que la eficiencia económica y la promoción de un
desarrollo solidario de la humanidad son finalidades estrechamente vinculadas,
más que separadas o alternativas. La moral, constitutiva
de la vida económica, no es ni contraria ni neutral: cuando se inspira en la
justicia y la solidaridad, constituye un factor de eficiencia social para la
misma economía. Es un deber desarrollar de manera eficiente la actividad de producción
de los bienes, de otro modo se desperdician recursos; pero no es aceptable un
crecimiento económico obtenido con menoscabo de los seres humanos, de grupos
sociales y pueblos enteros, condenados a la indigencia y a la exclusión. La
expansión de la riqueza, visible en la disponibilidad de bienes y servicios, y
la exigencia moral de una justa difusión de estos últimos deben estimular al
hombre y a la sociedad en su conjunto a practicar la virtud esencial de la
solidaridad,694 para combatir con espíritu de justicia y de
caridad, dondequiera que existan, las « estructuras de pecado » 695 que
generan y mantienen la pobreza, el subdesarrollo y la degradación. Estas
estructuras están edificadas y consolidadas por muchos actos concretos de
egoísmo humano.
333 Para asumir un perfil
moral, la actividad económica debe tener como sujetos a todos los hombres y a
todos los pueblos. Todos tienen el derecho de participar en la vida
económica y el deber de contribuir, según sus capacidades, al progreso del
propio país y de la entera familia humana.696 Si, en alguna
medida, todos son responsables de todos, cada uno tiene el deber de
comprometerse en el desarrollo económico de todos: 697 es
un deber de solidaridad y de justicia, pero también es la vía mejor para hacer progresar
a toda la humanidad. Cuando se vive con sentido moral, la economía se realiza
como prestación de un servicio recíproco, mediante la producción de bienes y
servicios útiles al crecimiento de cada uno, y se convierte para cada hombre en
una oportunidad de vivir la solidaridad y la vocación a la « comunión con los
demás hombres, para lo cual fue creado por Dios ».698 El
esfuerzo de concebir y realizar proyectos económico-sociales capaces de
favorecer una sociedad más justa y un mundo más humano representa un desafío
difícil, pero también un deber estimulante, para todos los agentes económicos y
para quienes se dedican a las ciencias económicas.699
334 Objeto de la economía es
la formación de la riqueza y su incremento progresivo, en términos no sólo cuantitativos,
sino cualitativos: todo lo cual es moralmente correcto si está orientado al
desarrollo global y solidario del hombre y de la sociedad en la que vive y
trabaja. El desarrollo, en efecto, no puede reducirse a un mero
proceso de acumulación de bienes y servicios. Al contrario, la pura
acumulación, aun cuando fuese en pro del bien común, no es una condición
suficiente para la realización de la auténtica felicidad humana. En este
sentido, el Magisterio social pone en guardia contra la insidia que esconde un
tipo de desarrollo sólo cuantitativo, ya que la « excesiva disponibilidad de
toda clase de bienes materiales para algunas categorías sociales, fácilmente
hace a los hombres esclavos de la “posesión” y del goce inmediato... Es la
llamada civilización del “consumo” o consumismo... ».700
335 En la perspectiva del
desarrollo integral y solidario, se puede apreciar justamente la valoración
moral que la doctrina social hace sobre la economía de mercado, o simplemente
economía libre: « Si por “capitalismo” se entiende un sistema
económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del
mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con
los medios productivos, de la libre creatividad humana en el sector de la economía,
la respuesta es ciertamente positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar
de “economía de empresa”, “economía de mercado” o simplemente de “economía
libre”. Pero si por “capitalismo” se entiende un sistema en el cual la
libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto
jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere
como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso,
entonces la respuesta es absolutamente negativa ».701 De este
modo queda definida la perspectiva cristiana acerca de las condiciones sociales
y políticas de la actividad económica: no sólo sus reglas, sino también su
calidad moral y su significado.
336 La doctrina social de la
Iglesia considera la libertad de la persona en campo económico un valor
fundamental y un derecho inalienable que hay que promover y tutelar: « Cada uno tiene el derecho
de iniciativa económica, y podrá usar legítimamente de sus talentos para
contribuir a una abundancia provechosa para todos, y para recoger los justos
frutos de sus esfuerzos ».702 Esta enseñanza pone en guardia
contra las consecuencias negativas que se derivarían de la restricción o de la
negación del derecho de iniciativa económica: « La experiencia nos
demuestra que la negación de tal derecho o su limitación en nombre de una
pretendida “igualdad” de todos en la sociedad reduce o, sin más, destruye de
hecho el espíritu de iniciativa, es decir, la subjetividad creativa del
ciudadano ».703 En este sentido, la libre y
responsable iniciativa en campo económico puede definirse también como un acto
que revela la humanidad del hombre en cuanto sujeto creativo y relacional. La
iniciativa económica debe gozar, por tanto, de un espacio amplio. El
Estado tiene la obligación moral de imponer vínculos restrictivos sólo en orden
a las incompatibilidades entre la persecución del bien común y el tipo de
actividad económica puesta en marcha, o sus modalidades de desarrollo.704
337 La dimensión creativa es
un elemento esencial de la acción humana, también en el campo empresarial, y se
manifiesta especialmente en la aptitud para elaborar proyectos e innovar: « Organizar ese
esfuerzo productivo, programar su duración en el tiempo, procurar que
corresponda de manera positiva a las necesidades que debe satisfacer, asumiendo
los riesgos necesarios: todo esto es también una fuente de riqueza en la
sociedad actual. Así se hace cada vez más evidente y determinante el
papel del trabajo humano, disciplinado y creativo, y el de las
capacidades de iniciativa y de espíritu emprendedor, como parte
esencial del mismo trabajo ».705 Como fundamento de esta
enseñanza hay que señalar la convicción de que « el principal recurso del
hombre es, junto con la tierra, el hombre mismo. Es su inteligencia la que
descubre las potencialidades productivas de la tierra y las múltiples
modalidades con que se pueden satisfacer las necesidades humanas ».706
338 La empresa debe
caracterizarse por la capacidad de servir al bien común de la sociedad mediante
la producción de bienes y servicios útiles. En esta producción
de bienes y servicios con una lógica de eficiencia y de satisfacción de los
intereses de los diversos sujetos implicados, la empresa crea riqueza para toda
la sociedad: no sólo para los propietarios, sino también para los demás sujetos
interesados en su actividad. Además de esta función típicamente económica, la
empresa desempeña también una función social, creando oportunidades de
encuentro, de colaboración, de valoración de las capacidades de las personas
implicadas. En la empresa, por tanto, la dimensión económica es
condición para el logro de objetivos no sólo económicos, sino también sociales
y morales, que deben perseguirse conjuntamente.
El objetivo de la empresa se debe llevar a
cabo en términos y con criterios económicos, pero sin descuidar los valores
auténticos que permiten el desarrollo concreto de la persona y de la
sociedad. En esta visión personalista y comunitaria, « la
empresa no puede considerarse únicamente como una “sociedad de capitales”; es,
al mismo tiempo, una “sociedad de personas”, en la que entran a formar parte de
manera diversa y con responsabilidades específicas los que aportan el capital
necesario para su actividad y los que colaboran con su trabajo ».707
339 Los componentes de la
empresa deben ser conscientes de que la comunidad en la que trabajan
representa un bien para todos y no una estructura que permite satisfacer
exclusivamente los intereses personales de alguno. Sólo esta conciencia
permite llegar a construir una economía verdaderamente al servicio del hombre y
elaborar un proyecto de cooperación real entre las partes sociales.
Un ejemplo muy importante y significativo
en la dirección indicada procede de la actividad de las empresas cooperativas,
de la pequeña y mediana empresa, de las empresas artesanales y de las agrícolas
de dimensiones familiares. La doctrina social ha subrayado la
contribución que estas empresas ofrecen a la valoración del trabajo, al
crecimiento del sentido de responsabilidad personal y social, a la vida
democrática, a los valores humanos útiles para el progreso del mercado y de la
sociedad.708
340 La doctrina social
reconoce la justa función del beneficio, como primer indicador del buen
funcionamiento de la empresa: « Cuando una empresa da beneficios
significa que los factores productivos han sido utilizados adecuadamente ».709 Esto
no puede hacer olvidar el hecho que no siempre el beneficio indica que
la empresa esté sirviendo adecuadamente a la sociedad.710 Es
posible, por ejemplo, « que los balances económicos sean correctos y que al
mismo tiempo los hombres, que constituyen el patrimonio más valioso de la
empresa, sean humillados y ofendidos en su dignidad ».711 Esto
sucede cuando la empresa opera en sistemas socioculturales caracterizados por
la explotación de las personas, propensos a rehuir las obligaciones de justicia
social y a violar los derechos de los trabajadores.
Es indispensable que, dentro de la
empresa, la legítima búsqueda del beneficio se armonice con la irrenunciable
tutela de la dignidad de las personas que a título diverso trabajan en la
misma. Estas dos exigencias no se oponen en absoluto, ya que, por una parte,
no sería realista pensar que el futuro de la empresa esté asegurado sin la
producción de bienes y servicios y sin conseguir beneficios que sean el fruto
de la actividad económica desarrollada; por otra parte, permitiendo el
crecimiento de la persona que trabaja, se favorece una mayor productividad y
eficacia del trabajo mismo. La empresa debe ser una comunidad solidaria712no
encerrada en los intereses corporativos, tender a una « ecología social » 713 del
trabajo, y contribuir al bien común, incluida la salvaguardia del ambiente
natural.
341 Si en la actividad
económica y financiera la búsqueda de un justo beneficio es aceptable, el
recurso a la usura está moralmente condenado: « Los traficantes
cuyas prácticas usurarias y mercantiles provocan el hambre y la muerte de sus
hermanos los hombres, cometen indirectamente un homicidio. Este les es
imputable ».714 Esta condena se extiende también a las
relaciones económicas internacionales, especialmente en lo que se refiere a la
situación de los países menos desarrollados, a los que no se pueden aplicar «
sistemas financieros abusivos, si no usurarios ».715 El
Magisterio reciente ha usado palabras fuertes y claras a propósito de esta
práctica todavía dramáticamente difundida: « La usura, delito que también en
nuestros días es una infame realidad, capaz de estrangular la vida de muchas
personas ».716
342 La empresa se mueve hoy
en el marco de escenarios económicos de dimensiones cada vez más amplias, donde los Estados
nacionales tienen una capacidad limitada de gobernar los rápidos procesos de
cambio que afectan a las relaciones económico-financieras internacionales; esta
situación induce a las empresas a asumir responsabilidades nuevas y
mayores con respecto al pasado. Su papel, hoy más que nunca, resulta
determinante para un desarrollo auténticamente solidario e integral de la humanidad
e igualmente decisivo, en este sentido, su aceptación del hecho que « el
desarrollo o se convierte en un hecho común a todas las partes
del mundo o sufre un proceso de retroceso aun en las zonas
marcadas por un constante progreso. Fenómeno este particularmente indicador de
la naturaleza del auténticodesarrollo: o participan de él todas las
Naciones del mundo, o no será tal, ciertamente ».717
343 La iniciativa económica
es expresión de la inteligencia humana y de la exigencia de responder a las
necesidades del hombre con creatividad y en colaboración. En la creatividad y en
la cooperación se halla inscrita la auténtica noción de la competencia
empresarial: uncum-petere, es decir, un buscar juntos las soluciones más
adecuadas para responder del modo más idóneo a las necesidades que van
surgiendo progresivamente. El sentido de responsabilidad que brota de la libre
iniciativa económica se configura no sólo como virtud individual indispensable
para el crecimiento humano del individuo, sino también como virtud
social necesaria para el desarrollo de una comunidad solidaria: « En
este proceso están implicadas importantes virtudes, como son la diligencia, la
laboriosidad, la prudencia en asumir los riesgos razonables, la fiabilidad y la
lealtad en las relaciones interpersonales, la resolución de ánimo en la
ejecución de decisiones difíciles y dolorosas, pero necesarias para el trabajo
común de la empresa y para hacer frente a los eventuales reveses de fortuna ».718
344 El papel del empresario
y del dirigente revisten una importancia central desde el punto de vista
social, porque se sitúan en el corazón de la red de vínculos técnicos,
comerciales, financieros y culturales, que caracterizan la moderna realidad de
la empresa. Puesto que las decisiones empresariales producen, en razón de la
complejidad creciente de la actividad empresarial, múltiples efectos conjuntos
de gran relevancia no sólo económica, sino también social, el ejercicio de las
responsabilidades empresariales y directivas exige, además de un esfuerzo
continuo de actualización específica, una constante reflexión sobre los valores
morales que deben guiar las opciones personales de quien está investido de
tales funciones.
Los empresarios y los dirigentes no pueden
tener en cuenta exclusivamente el objetivo económico de la empresa, los
criterios de la eficiencia económica, las exigencias del cuidado del « capital
» como conjunto de medios de producción: el respeto concreto de la dignidad
humana de los trabajadores que laboran en la empresa, es también su deber
preciso.719 Las personas constituyen « el patrimonio más valioso
de la empresa »,720 el factor decisivo de la producción.721 En
las grandes decisiones estratégicas y financieras, de adquisición o de venta,
de reajuste o cierre de instalaciones, en la política de fusiones, los
criterios no pueden ser exclusivamente de naturaleza financiera o comercial.
345 La doctrina social
insiste en la necesidad de que el empresario y el dirigente se comprometan a
estructurar la actividad laboral en sus empresas de modo que favorezcan la
familia, especialmente a las madres de familia en el ejercicio de
sus tareas; 722 quesecunden, a la luz de una visión
integral del hombre y del desarrollo, la demanda de calidad« de la
mercancía que se produce y se consume; calidad de los servicios públicos que se
disfrutan; calidad del ambiente y de la vida en general »; 723 que
inviertan, en caso de que se den las condiciones económicas y de estabilidad
política para ello, en aquellos lugares y sectores productivos que ofrecen a
los individuos y a los pueblos « la ocasión de dar valor al propio trabajo ».724
346 Una de las cuestiones
prioritarias en economía es el empleo de los recursos,725 es
decir, de todos aquellos bienes y servicios a los que los sujetos económicos,
productores y consumidores, privados y públicos, atribuyen un valor debido a su
inherente utilidad en el campo de la producción y del consumo. Los recursos
son cuantitativamente escasos en la naturaleza, lo que implica, necesariamente,
que el sujeto económico particular, así como la sociedad, tengan que inventar
alguna estrategia para emplearlos del modo más racional posible, siguiendo una
lógica dictada por el principio de economicidad. De esto
dependen tanto la efectiva solución del problema económico más general, y
fundamental, de la limitación de los medios con respecto a las necesidades
individuales y sociales, privadas y públicas, cuanto la eficiencia global,
estructural y funcional, del entero sistema económico. Tal eficiencia apela
directamente a la responsabilidad y la capacidad de diversos sujetos, como el
mercado, el Estado y los cuerpos sociales intermedios.
347 El libre mercado es una
institución socialmente importante por su capacidad de garantizar resultados
eficientes en la producción de bienes y servicios. Históricamente, el
mercado ha dado prueba de saber iniciar y sostener, a largo plazo, el
desarrollo económico. Existen buenas razones para retener que, en muchas
circunstancias, « el libre mercado sea el instrumento más
eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades ».726 La
doctrina social de la Iglesia aprecia las seguras ventajas que ofrecen los
mecanismos del libre mercado, tanto para utilizar mejor los recursos, como para
agilizar el intercambio de productos: estos mecanismos, « sobre todo, dan la
primacía a la voluntad y a las preferencias de la persona, que, en el contrato,
se confrontan con las de otras personas ».727
Un mercado verdaderamente competitivo es
un instrumento eficaz para conseguir importantes objetivos de justicia: moderar los excesos de
ganancia de las empresas; responder a las exigencias de los consumidores; realizar
una mejor utilización y ahorro de los recursos; premiar los esfuerzos
empresariales y la habilidad de innovación; hacer circular la información, de
modo que realmente se puedan comparar y adquirir los productos en un contexto
de sana competencia.
348 El libre mercado no
puede juzgarse prescindiendo de los fines que persigue y de los valores que
transmite a nivel social. El mercado, en efecto, no puede
encontrar en sí mismo el principio de la propia legitimación. Pertenece a la
conciencia individual y a la responsabilidad pública establecer una justa
relación entre medios y fines.728 La utilidad
individual del agente económico, aunque legítima, no debe jamás
convertirse en el único objetivo. Al lado de ésta, existe otra, igualmente
fundamental y superior, la utilidad social,que debe procurarse no
en contraste, sino en coherencia con la lógica de mercado. Cuando realiza las
importantes funciones antes recordadas, el libre mercado se orienta al bien
común y al desarrollo integral del hombre, mientras que la inversión de la
relación entre medios y fines puede hacerlo degenerar en una institución
inhumana y alienante, con repercusiones incontrolables.
349 La doctrina social de la
Iglesia, aun reconociendo al mercado la función de instrumento insustituible de
regulación dentro del sistema económico, pone en evidencia la necesidad de
sujetarlo a finalidades morales que aseguren y, al mismo tiempo, circunscriban
adecuadamente el espacio de su autonomía.729 La
idea que se pueda confiar sólo al mercado el suministro de todas las categorías
de bienes no puede compartirse, porque se basa en una visión reductiva de la
persona y de la sociedad.730 Ante el riesgo concreto de una «
idolatría » del mercado, la doctrina social de la Iglesia subraya sus límites,
fácilmente perceptibles en su comprobada incapacidad de satisfacer importantes
exigencias humanas, que requieren bienes que, « por su naturaleza, no son ni
pueden ser simples mercancías »,731 bienes no negociables según
la regla del « intercambio de equivalentes » y la lógica del contrato, típicas
del mercado.
350 El mercado asume una
función social relevante en las sociedades contemporáneas, por lo cual es
importante identificar sus mejores potencialidades y crear condiciones que
permitan su concreto desarrollo. Los agentes deben ser efectivamente
libres para comparar, evaluar y elegir entre las diversas opciones. Sin embargo
la libertad, en ámbito económico, debe estar regulada por un apropiado marco
jurídico, capaz de ponerla al servicio de la libertad humana integral: « La
libertad económica es solamente un elemento de la libertad humana. Cuando
aquélla se vuelve autónoma, es decir, cuando el hombre es considerado más como
un productor o un consumidor de bienes que como un sujeto que produce y consume
para vivir, entonces pierde su necesaria relación con la persona humana y
termina por alienarla y oprimirla ».732
351 La acción del Estado y
de los demás poderes públicos debe conformarse al principio de subsidiaridad y
crear situaciones favorables al libre ejercicio de la actividad económica; debe
también inspirarse en el principio de solidaridad y establecer los límites a la
autonomía de las partes para defender a la más débil.733 La
solidaridad sin subsidiaridad puede degenerar fácilmente en asistencialismo,
mientras que la subsidiaridad sin solidaridad corre el peligro de alimentar
formas de localismo egoísta. Para respetar estos dos principios fundamentales,
la intervención del Estado en ámbito económico no debe ser ni ilimitada, ni insuficiente,
sino proporcionada a las exigencias reales de la sociedad: « El Estado tiene el
deber de secundar la actividad de las empresas, creando condiciones que
aseguren oportunidades de trabajo, estimulándola donde sea insuficiente o
sosteniéndola en momentos de crisis. El Estado tiene, además, el derecho a
intervenir, cuando situaciones particulares de monopolio creen rémoras u
obstáculos al desarrollo. Pero, aparte de estas incumbencias de armonización y
dirección del desarrollo, el Estado puede ejercer funciones de
suplencia en situaciones excepcionales ».734
352 La tarea fundamental del
Estado en ámbito económico es definir un marco jurídico apto para regular las
relaciones económicas, con el fin de « salvaguardar... las
condiciones fundamentales de una economía libre, que presupone una cierta
igualdad entre las partes, no sea que una de ellas supere talmente en poder a
la otra que la pueda reducir prácticamente a esclavitud ».735 La
actividad económica, sobre todo en un contexto de libre mercado, no puede
desarrollarse en un vacío institucional, jurídico y político: « Por el
contrario, supone una seguridad que garantiza la libertad individual y la
propiedad, además de un sistema monetario estable y servicios públicos
eficientes ».736 Para llevar a cabo su tarea, el Estado debe
elaborar una oportuna legislación, pero también dirigir con circunspección las
políticas económicas y sociales, sin ocasionar un menoscabo en las diversas
actividades de mercado, cuyo desarrollo debe permanecer libre de superestructuras
y constricciones autoritarias o, peor aún, totalitarias.
353 Es necesario que mercado
y Estado actúen concertadamente y sean complementarios. El libre mercado puede
proporcionar efectos benéficos a la colectividad solamente en presencia de una
organización del Estado que defina y oriente la dirección del desarrollo
económico, que haga respetar reglas justas y transparentes, que intervenga
también directamente, durante el tiempo estrictamente necesario,737 en
los casos en que el mercado no alcanza a obtener los resultados de eficiencia
deseados y cuando se trata de poner por obra el principio redistributivo. En
efecto, en algunos ámbitos, el mercado no es capaz, apoyándose en sus propios
mecanismos, de garantizar una distribución equitativa de algunos bienes y
servicios esenciales para el desarrollo humano de los ciudadanos: en este caso,
la complementariedad entre Estado y mercado es más necesaria que nunca.
354 El Estado puede instar a
los ciudadanos y a las empresas para que promuevan el bien común, disponiendo y
practicando una política económica que favorezca la participación de todos sus
ciudadanos en las actividades productivas. El respeto del
principio de subsidiaridad debe impulsar a las autoridades públicas a buscar
las condiciones favorables al desarrollo de las capacidades de iniciativa
individuales, de la autonomía y de la responsabilidad personales de los
ciudadanos, absteniéndose de cualquier intervención que pueda constituir un
condicionamiento indebido de las fuerzas empresariales.
En orden al bien común, proponerse con una
constante determinación el objetivo del justo equilibrio entre la libertad
privada y la acción pública, entendida como intervención directa en la economía
o como actividad de apoyo al desarrollo económico. En cualquier caso,
la intervención pública deberá atenerse a criterios de equidad, racionalidad y
eficiencia, sin sustituir la acción de los particulares, contrariando su
derecho a la libertad de iniciativa económica. El Estado, en este caso, resulta
nocivo para la sociedad: una intervención directa demasiado amplia termina por
anular la responsabilidad de los ciudadanos y produce un aumento excesivo de
los aparatos públicos, guiados más por lógicas burocráticas que por el objetivo
de satisfacer las necesidades de las personas.738
355 Los ingresos fiscales y
el gasto público asumen una importancia económica crucial para la comunidad
civil y política: el objetivo hacia el cual se debe tender es lograr una
finanza pública capaz de ser instrumento de desarrollo y de solidaridad. Una Hacienda pública
justa, eficiente y eficaz, produce efectos virtuosos en la economía, porque
logra favorecer el crecimiento de la ocupación, sostener las actividades
empresariales y las iniciativas sin fines de lucro, y contribuye a acrecentar la
credibilidad del Estado como garante de los sistemas de previsión y de
protección social, destinados en modo particular a proteger a los más débiles.
La finanza pública se orienta al bien
común cuando se atiene a algunos principios fundamentales: el pago de impuestos 739 como
especificación del deber de solidaridad; racionalidad y equidad en la
imposición de los tributos; 740 rigor e integridad
en la administración y en el destino de los recursos públicos.741 En
la redistribución de los recursos, las finanza pública debe seguir los
principios de la solidaridad, de la igualdad, de la valoración de los talentos,
y prestar gran atención al sostenimiento de las familias, destinando a tal fin
una adecuada cantidad de recursos.742
356 El sistema
económico-social debe caracterizarse por la presencia conjunta de la acción
pública y privada, incluida la acción privada sin fines de lucro. Se configura
así una pluralidad de centros de decisión y de lógicas de acción. Existen algunas
categorías de bienes, colectivos y de uso común, cuya utilización no puede
depender de los mecanismos del mercado 743 y que tampoco
es de competencia exclusiva del Estado. La tarea del Estado, en relación a
estos bienes, es más bien la de valorizar todas las iniciativas sociales y
económicas, promovidas por las formaciones intermedias que tienen efectos
públicos. La sociedad civil, organizada en sus cuerpos intermedios, es capaz de
contribuir al logro del bien común poniéndose en una relación de colaboración y
de eficaz complementariedad respecto al Estado y al mercado, favoreciendo así
el desarrollo de una oportuna democracia económica. En un contexto semejante,
la intervención del Estado debe estructurarse en orden al ejercicio de una
verdadera solidaridad, que como tal nunca debe estar separada de la
subsidiaridad.
357 Las organizaciones
privadas sin fines de lucro tienen su espacio específico en el ámbito
económico. Estas organizaciones se caracterizan por el valeroso intento de
conjugar armónicamente eficiencia productiva y solidaridad. Normalmente, se
constituyen en base a un pacto asociativo y son expresión de la tensión hacia
un ideal común de los sujetos que libremente deciden su adhesión. El Estado
debe respetar la naturaleza de estas organizaciones y valorar sus
características, aplicando concretamente el principio de subsidiaridad, que
postula precisamente el respeto y la promoción de la dignidad y de la autónoma
responsabilidad del sujeto « subsidiado ».
358 Los consumidores, que en
muchos casos disponen de amplios márgenes de poder adquisitivo, muy superiores
al umbral de subsistencia, pueden influir notablemente en la realidad económica
con su libre elección entre consumo y ahorro. En efecto, la
posibilidad de influir sobre las opciones del sistema económico está en manos
de quien debe decidir sobre el destino de los propios recursos financieros.
Hoy, más que en el pasado, es posible evaluar las alternativas disponibles, no
sólo en base al rendimiento previsto o a su grado de riesgo, sino también
expresando un juicio de valor sobre los proyectos de inversión que los recursos
financiarán, conscientes de que « la opción de invertir en un lugar y no en
otro, en un sector productivo en vez de en otro, es siempre una opción
moral y cultural ».744
359 La utilización del
propio poder adquisitivo debe ejercitarse en el contexto de las exigencias
morales de la justicia y de la solidaridad, y de responsabilidades sociales
precisas: no se debe olvidar « el deber de la caridad, esto es, el deber de ayudar
con lo propio “superfluo” y, a veces, incluso con lo propio “necesario”, para
dar al pobre lo indispensable para vivir ».745 Esta
responsabilidad confiere a los consumidores la posibilidad de orientar, gracias
a la mayor circulación de las informaciones, el comportamiento de los
productores, mediante la decisión —individual o colectiva— de preferir los
productos de unas empresas en vez de otras, teniendo en cuenta no sólo los
precios y la calidad de los productos, sino también la existencia de
condiciones correctas de trabajo en las empresas, el empeño por tutelar el
ambiente natural que las circunda, etc.
360 El fenómeno del
consumismo produce una orientación persistente hacia el « tener » en vez de
hacia el « ser ». El consumismo impide « distinguir correctamente
las nuevas y más elevadas formas de satisfacción de las nuevas necesidades
humanas, que son un obstáculo para la formación de una personalidad madura ».746 Para
contrastar este fenómeno es necesario esforzarse por construir « estilos de
vida, a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien,
así como la comunión con los demás hombres para un crecimiento común sean los
elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las
inversiones ».747 Es innegable que las influencias del contexto
social sobre los estilos de vida son notables: por ello el desafío cultural,
que hoy presenta el consumismo, debe ser afrontado en forma más incisiva, sobre
todo si se piensa en las generaciones futuras, que corren el riesgo de tener
que vivir en un ambiente natural esquilmado a causa de un consumo excesivo y
desordenado.748
V. LAS « RES NOVAE » EN ECONOMÍA
361 Nuestro tiempo está
marcado por el complejo fenómeno de la globalización
económico-financiera, esto es, por un proceso de creciente
integración de las economías nacionales, en el plano del comercio de bienes y
servicios y de las transacciones financieras, en el que un número cada vez
mayor de operadores asume un horizonte global para las decisiones que debe
realizar en función de las oportunidades de crecimiento y de beneficio. El
nuevo horizonte de la sociedad global no se da tanto por la presencia
simplemente de vínculos económicos y financieros entre agentes nacionales que
operan en países diversos —que, por otra parte, siempre han existido—, sino más
bien por la expansión y naturaleza absolutamente inéditas del sistema de
relaciones que se está desarrollando. Resulta cada vez más decisivo y central
el papel de los mercados financieros, cuyas dimensiones, a consecuencia de la
liberalización del comercio y de la circulación de los capitales, se han
acrecentado enormemente con una velocidad impresionante, al punto de consentir
a los operadores desplazar « en tiempo real », de una parte a la otra del
planeta, grandes cantidades de capital. Se trata de una realidad multiforme y
no fácil de descifrar, ya que se desarrolla en varios niveles y evoluciona
continuamente, según trayectorias difícilmente previsibles.
362 La globalización
alimenta nuevas esperanzas, pero origina también grandes interrogantes.749
Puede producir efectos potencialmente
beneficiosos para toda la humanidad: entrelazándose con el impetuoso
desarrollo de las telecomunicaciones, el crecimiento de las relaciones
económicas y financieras ha permitido simultáneamente una notable reducción en
los costos de las comunicaciones y de las nuevas tecnologías, y una aceleración
en el proceso de extensión a escala planetaria de los intercambios comerciales
y de las transacciones financieras. En otras palabras, ha sucedido que ambos
fenómenos, globalización económico-financiera y progreso tecnológico, se han
reforzado mutuamente, haciendo extremamente rápida toda la dinámica de la
actual fase económica.
Analizando el contexto actual, además de
identificar las oportunidades que se abren en la era de la economía global, se
descubren también los riesgos ligados a las nuevas dimensiones de las
relaciones comerciales y financieras. No faltan, en efecto, indicios reveladores
de una tendencia al aumento de las desigualdades, ya sea entre
países avanzados y países en vías de desarrollo, ya sea al interno de los
países industrializados. La creciente riqueza económica, hecha posible por los
procesos descritos, va acompañada de un crecimiento de la pobreza relativa.
363 El crecimiento del bien
común exige aprovechar las nuevas ocasiones de redistribución de la riqueza
entre las diversas áreas del planeta, a favor de las más necesitados, hasta
ahora excluidas o marginadas del progreso social y económico: 750 «
En definitiva, el desafío consiste en asegurar una globalización en la
solidaridad, una globalización sin dejar a nadie al margen ».751 El
mismo progreso tecnológico corre el riesgo de repartir injustamente entre los países
los propios efectos positivos. Las innovaciones, en efecto, pueden penetrar y
difundirse en una colectividad determinada, si sus potenciales beneficiarios
alcanzan un grado mínimo de saber y de recursos financieros: es evidente que,
en presencia de fuertes disparidades entre los países en el acceso a los
conocimientos técnico-científicos y a los más recientes productos tecnológicos,
el proceso de globalización termina por dilatar, más que reducir, las
desigualdades entre los países en términos de desarrollo económico y social.
Dada la naturaleza de las dinámicas en curso, la libre circulación de capitales
no basta por sí sola para favorecer el acercamiento de los países en vías de
desarrollo a los países más avanzados.
364 El comercio representa
un componente fundamental de las relaciones económicas internacionales,
contribuyendo de manera determinante a la especialización productiva y al
crecimiento económico de los diversos países. Hoy, más que
nunca, el comercio internacional, si se orienta oportunamente, promueve el
desarrollo y es capaz de crear nuevas fuentes de trabajo y suministrar recursos
útiles. La doctrina social muchas veces ha denunciado las distorsiones del
sistema de comercio internacional 752 que, a menudo, a
causa de las políticas proteccionistas, discrimina los productos procedentes de
los países pobres y obstaculiza el crecimiento de actividades industriales y la
transferencia de tecnología hacia estos países.753 El continuo
deterioro en los términos de intercambio de las materias primas y la
agudización de las diferencias entre países ricos y países pobres, ha impulsado
al Magisterio a reclamar la importancia de los criterios éticos que deberían
orientar las relaciones económicas internacionales: la persecución del bien
común y el destino universal de los bienes; la equidad en las relaciones
comerciales; la atención a los derechos y a las necesidades de los más pobres
en las políticas comerciales y de cooperación internacional. De no ser así, «
los pueblos pobres permanecen siempre pobres, y los ricos se hacen cada vez más
ricos ».754
365 Una solidaridad adecuada
a la era de la globalización exige la defensa de los derechos humanos. A este respecto, el
Magisterio señala que la presencia « de una autoridad pública internacional al
servicio de los derechos humanos, de la libertad y de la paz, no sólo no se ha
logrado aún completamente, sino que se debe constatar, por desgracia, la
frecuente indecisión de la comunidad internacional sobre el deber de respetar y
aplicar los derechos humanos. Este deber atañe a todos los
derechos fundamentales y no permite decisiones arbitrarias que acabarían en
formas de discriminación e injusticia. Al mismo tiempo, somos testigos del
incremento de una preocupante divergencia entre una serie de nuevos “derechos”
promovidos en las sociedades tecnológicamente avanzadas y derechos humanos
elementales que todavía no son respetados en situaciones de subdesarrollo:
pienso, por ejemplo, en el derecho a la alimentación, al agua potable, a la
vivienda, a la autodeterminación y a la independencia ».755
366 La extensión de la
globalización debe estar acompañada de una toma de conciencia más madura, por
parte de las organizaciones de la sociedad civil, de las nuevas tareas a las
que están llamadas a nivel mundial. Gracias también a una acción
decidida por parte de estas organizaciones, será posible colocar el actual
proceso de crecimiento de la economía y de las finanzas a escala planetaria en
un horizonte que garantice un efectivo respeto de los derechos del hombre y de
los pueblos, además de una justa distribución de los recursos, dentro de cada
país y entre los diversos países: « El libre intercambio sólo es equitativo si
está sometido a las exigencias de la justicia social ».756
Especial atención debe concederse a las
especificidades locales y a las diversidades culturales, que corren el riesgo
de ser comprometidas por los procesos económico-financieros en acto: « La globalización
no debe ser un nuevo tipo de colonialismo. Debe respetar la diversidad de las
culturas que, en el ámbito de la armonía universal de los pueblos, constituyen
las claves de interpretación de la vida. En particular, no tiene que despojar a
los pobres de lo que es más valioso para ellos, incluidas sus creencias y
prácticas religiosas, puesto que las convicciones religiosas auténticas son la
manifestación más clara de la libertad humana ».757
367 En la época de la
globalización, se debe subrayar con fuerza la solidaridad entre las
generaciones: « Antes, la solidaridad entre las generaciones era en numerosos países
una actitud natural por parte de la familia; ahora se ha convertido también en
un deber de la comunidad ».758 Es lógico que esta solidaridad
se siga promoviendo en las comunidades políticas nacionales, pero hoy el
problema se plantea también en la comunidad política global, a fin de que la
mundialización no se lleve a cabo a expensas de los más débiles y necesitados.
La solidaridad entre las generaciones exige que en la planificación global se
actúe según el principio del destino universal de los bienes, que hace
moralmente ilícito y económicamente contraproducente descargar los costos
actuales sobre las futuras generaciones: moralmente ilícito, porque significa
no asumir las debidas responsabilidades, económicamente contraproducente porque
la corrección de los daños es más costosa que la prevención. Este principio se
ha de aplicar, sobre todo, —aunque no sólo— en el campo de los recursos de la
tierra y de la salvaguardia de la creación, que resulta particularmente
delicado por la globalización, la cual interesa a todo el planeta entendido
como único ecosistema.759
368 Los mercados financieros
no son ciertamente una novedad de nuestra época: desde hace ya mucho tiempo, de
diversas formas, se ocuparon de responder a la exigencia de financiar
actividades productivas. La experiencia histórica enseña que en ausencia de
sistemas financieros adecuados no habría sido posible el crecimiento económico. Las inversiones a
gran escala, típicas de las modernas economías de mercado, no se habrían
realizado sin el papel fundamental de intermediario llevado a cabo por los
mercados financieros, que ha permitido, entre otras cosas, apreciar las
funciones positivas del ahorro para el desarrollo del sistema económico y social.
Si la creación de lo que ha sido definido « el mercado global de capitales » ha
producido efectos benéficos, gracias a que la mayor movilidad de los capitales
ha facilitado la disponibilidad de recursos a las actividades productivas, el
acrecentamiento de la movilidad, por otra parte, ha aumentado también el riesgo
de crisis financieras. El desarrollo de las finanzas, cuyas transacciones han
superado considerablemente en volumen, a las reales, corre el riesgo de seguir
una lógica cada vez más autoreferencial, sin conexión con la base real de la
economía.
369 Una economía financiera
con fin en sí misma está destinada a contradecir sus finalidades, ya que se
priva de sus raíces y de su razón constitutiva, es decir, de su papel
originario y esencial de servicio a la economía real y, en definitiva, de
desarrollo de las personas y de las comunidades humanas. El cuadro global resulta
aún más preocupante a la luz de la configuración fuertemente asimétrica que
caracteriza al sistema financiero internacional: los procesos de innovación y
desregulación de los mercados financieros tienden efectivamente a consolidarse
sólo en algunas partes del planeta. Lo cual es fuente de graves preocupaciones
de naturaleza ética, porque los países excluidos de los procesos descritos, aun
no gozando de los beneficios de estos productos, no están sin embargo
protegidos contra eventuales consecuencias negativas de inestabilidad
financiera en sus sistemas económicos reales, sobre todo si son frágiles y poco
desarrollados.760
La imprevista aceleración de los procesos,
como el enorme incremento en el valor de las carteras administrativas de las
instituciones financieras y la rápida proliferación de nuevos y sofisticados
instrumentos financieros hace extremadamente urgente la identificación
de soluciones institucionales capaces de favorecer eficazmente la estabilidad
del sistema, sin restarle potencialidades y eficiencia. Resulta
indispensable introducir un marco normativo que permita tutelar tal estabilidad
en todas sus complejas articulaciones, promover la competencia entre los
intermediarios y asegurar la máxima transparencia en favor de los
inversionistas.
370 La pérdida de
centralidad por parte de los actores estatales debe coincidir con un mayor
compromiso de la comunidad internacional en el ejercicio de una decidida
función de dirección económica y financiera. Una importante
consecuencia del proceso de globalización, en efecto, consiste en la gradual
pérdida de eficacia del Estado Nación en la guía de las dinámicas
económico-financieras nacionales. Los gobiernos de cada uno de los países ven
la propia acción en campo económico y social condicionada cada vez con mayor
fuerza por las expectativas de los mercados internacionales de capital y por la
insistente demanda de credibilidad provenientes del mundo financiero. A causa
de los nuevos vínculos entre los operadores globales, las tradicionales medidas
defensivas de los Estados aparecen condenadas al fracaso y, frente a las nuevas
áreas de atribuciones, la noción misma de mercado nacional pasa a un segundo
plano.
371 Cuanto mayores niveles
de complejidad organizativa y funcional alcanza el sistema económico-financiero
mundial, tanto más prioritaria se presenta la tarea de regular dichos procesos,
orientándolos a la consecución del bien común de la familia humana. Surge
concretamente la exigencia de que, más allá de los Estados nacionales, sea la
misma comunidad internacional quien asuma esta delicada función, con instrumentos
políticos y jurídicos adecuados y eficaces.
Es, por tanto, indispensable que las
instituciones económicas y financieras internacionales sepan hallar las
soluciones institucionales más apropiadas y elaboren las estrategias de acción
más oportunas con el fin de orientar un cambio que, de aceptarse pasivamente y
abandonado a sí mismo, provocaría resultados dramáticos sobre todo en perjuicio
de los estratos más débiles e indefensos de la población mundial.
En los Organismos Internacionales deben
estar igualmente representados los intereses de la gran familia humana; es
necesario que estas instituciones, « a la hora de valorar las consecuencias de
sus decisiones, tomen siempre en consideración a los pueblos y países que
tienen escaso peso en el mercado internacional y que, por otra parte, cargan
con toda una serie de necesidades reales y acuciantes que requieren un mayor
apoyo para un adecuado desarrollo ».761
372 También la política, al
igual que la economía, debe saber extender su radio de acción más allá de los
confines nacionales, adquiriendo rápidamente una dimensión operativa mundial
que le permita dirigir los procesos en curso a la luz de parámetros no sólo
económicos, sino también morales. El objetivo de fondo será guiar
estos procesos asegurando el respeto de la dignidad del hombre y el desarrollo
completo de su personalidad, en el horizonte del bien común.762 Asumir
semejante tarea, conlleva la responsabilidad de acelerar la consolidación de
las instituciones existentes, así como la creación de nuevos organismos a los
cuales confiar esta responsabilidad.763 El desarrollo
económico, en efecto, puede ser duradero si se realiza en un marco claro y
definido de normas y en un amplio proyecto de crecimiento moral, civil y
cultural de toda la familia humana.
373 Una de las tareas
fundamentales de los agentes de la economía internacional es la consecución de
un desarrollo integral y solidario para la humanidad, es decir, «
promover a todos los hombres y a todo el hombre ».764 Esta
tarea requiere una concepción de la economía que garantice, a nivel
internacional, la distribución equitativa de los recursos y responda a la
conciencia de la interdependencia —económica, política y cultural— que ya une
definitivamente a los pueblos entre sí y les hace sentirse vinculados a un
único destino.765 Los problemas sociales adquieren, cada vez
más, una dimensión planetaria. Ningún Estado puede por sí solo afrontarlos y
resolverlos. Las actuales generaciones experimentan directamente la necesidad
de la solidaridad y advierten concretamente la importancia de superar la
cultura individualista.766 Se registra cada vez con mayor
amplitud la exigencia de modelos de desarrollo que no prevean sólo « de elevar
a todos los pueblos al nivel del que gozan hoy los países más ricos, sino de
fundar sobre el trabajo solidario una vida más digna, hacer crecer
efectivamente la dignidad y la creatividad de toda persona, su capacidad de
responder a la propia vocación y, por tanto, a la llamada de Dios ».767
374 Un desarrollo más humano
y solidario ayudará también a los mismos países ricos. Estos países «
advierten a menudo una especie de extravío existencial, una incapacidad de
vivir y de gozar rectamente el sentido de la vida, aun en medio de la abundancia
de bienes materiales, una alienación y pérdida de la propia humanidad en muchas
personas, que se sienten reducidas al papel de engranajes en el mecanismo de la
producción y del consumo y no encuentran el modo de afirmar la propia dignidad
de hombres, creados a imagen y semejanza de Dios ».768 Los
países ricos han demostrado tener la capacidad de crear bienestar material,
pero a menudo lo han hecho a costa del hombre y de las clases sociales más
débiles: « No se puede ignorar que las fronteras de la riqueza y de la pobreza
atraviesan en su interior las mismas sociedades tanto desarrolladas como en
vías de desarrollo. Pues, al igual que existen desigualdades sociales hasta
llegar a los niveles de miseria en los países ricos, también, de forma
paralela, en los países menos desarrollados se ven a menudo manifestaciones de
egoísmo y ostentación desconcertantes y escandalosas ».769
375 Para la doctrina social,
la economía « es sólo un aspecto y una dimensión de la compleja actividad
humana. Si es absolutizada, si la producción y el consumo de las mercancías
ocupan el centro de la vida social y se convierten en el único valor de la
sociedad, no subordinado a ningún otro, la causa hay que buscarla no sólo y no
tanto en el sistema económico mismo, cuanto en el hecho de que todo el sistema
sociocultural, al ignorar la dimensión ética y religiosa, se ha debilitado,
limitándose únicamente a la producción de bienes y servicios ».770 La
vida del hombre, al igual que la vida social de la colectividad, no puede
reducirse a una dimensión materialista, aun cuando los bienes materiales sean
muy necesarios tanto para los fines de la supervivencia, cuanto para mejora del
tenor de vida: « Acrecentar el sentido de Dios y el conocimiento de sí mismo
constituye la base de todo desarrollo completo de la sociedad humana ».771
376 Ante el rápido
desarrollo del progreso técnico-económico y la mutación, igualmente rápida, de
los procesos de producción y de consumo, el Magisterio advierte la exigencia de
proponer una gran obra educativa y cultural: « La demanda de una
existencia cualitativamente más satisfactoria y más rica es algo en sí
legítimo; sin embargo hay que poner de relieve las nuevas responsabilidades y
peligros anejos a esta fase histórica... Al descubrir nuevas necesidades y
nuevas modalidades para su satisfacción, es necesario dejarse guiar por una
imagen integral del hombre, que respete todas las dimensiones de su ser y que
subordine las materiales e instintivas a las interiores y espirituales... Es,
pues, necesaria y urgente una gran obra educativa y cultural, que
comprenda la educación de los consumidores para un uso responsable de su
capacidad de elección, la formación de un profundo sentido de responsabilidad
en los productores y sobre todo en los profesionales de los medios de
comunicación social, además de la necesaria intervención de las autoridades
públicas ».772
LA COMUNIDAD POLÍTICA
I. ASPECTOS BÍBLICOS
377 El pueblo de Israel, en
la fase inicial de su historia, no tiene rey, como los otros pueblos, porque
reconoce solamente el señorío de Yahvéh. Dios interviene en la historia a
través de hombres carismáticos, como atestigua el Libro de los Jueces. Al
último de estos hombres, Samuel, juez y profeta, el pueblo le pedirá un rey
(cf. 1 S 8,5; 10,18-19). Samuel advierte a los israelitas las
consecuencias de un ejercicio despótico de la realeza (cf. 1 S 8,11-18).
El poder real, sin embargo, también se puede experimentar como un don de Yahvéh
que viene en auxilio de su pueblo (cf. 1 S 9,16). Al final,
Saúl recibirá la unción real (cf. 1 S 10,1-2). El
acontecimiento subraya las tensiones que llevaron a Israel a una concepción de
la realeza diferente de la de los pueblos vecinos: el rey, elegido por Yahvéh
(cf. Dt 17,15; 1 S 9,16) y por él consagrado
(cf. 1 S 16,12-13), será visto como su hijo (cf. Sal 2,7)
y deberá hacer visible su señorío y su diseño de salvación (cf. Sal 72).
Deberá, por tanto, hacerse defensor de los débiles y asegurar al pueblo la
justicia: las denuncias de los profetas se dirigirán precisamente a los
extravíos de los reyes (cf. 1R 21; Is 10,
1-4; Am 2,6-8; 8,4-8; Mi 3,1-4).
378 El prototipo de rey
elegido por Yahvéh es David, cuya condición humilde es subrayada con
satisfacción por la narración bíblica (cf. 1 S 16,1- 13).
David es el depositario de la promesa (cf. 2 S 7,13-16; Sal 89,2-38;
132,11-18), que lo hace iniciador de una especial tradición real, la tradición
« mesiánica ». Ésta, a pesar de todos los pecados y las infidelidades del mismo
David y de sus sucesores, culmina en Jesucristo, el « ungido de Yahvéh » (es
decir, « consagrado del Señor »: cf. 1 S 2,35; 24,7.11;
26,9.16; ver también Ex30,22-32) por excelencia, hijo de David (cf.
la genealogía en: Mt 1,1-17 y Lc 3,23-38; ver
también Rm 1,3).
El fracaso de la realeza en el plano
histórico no llevará a la desaparición del ideal de un rey que, fiel a Yahvéh,
gobierne con sabiduría y realice la justicia. Esta esperanza reaparece
con frecuencia en los Salmos (cf. Sal 2; 18; 20; 21; 72). En
los oráculos mesiánicos se espera para el tiempo escatológico la figura de un
rey en quien inhabita el Espíritu del Señor, lleno de sabiduría y capaz de
hacer justicia a los pobres (cf. Is 11,2-5; Jr 23,5-6).
Verdadero pastor del pueblo de Israel (cf. Ez 34,23-24;
37,24), él traerá la paz a los pueblos (cf. Za 9,9-10). En la
literatura sapiencial, el rey es presentado como aquel que pronuncia juicios
justos y aborrece la iniquidad (cf. Pr 16,12), juzga a los
pobres con justicia (cf. Pr 29,14) y es amigo del hombre de
corazón puro (cf. Pr 22,11). Poco a poco se va haciendo más
explícito el anuncio de cuanto los Evangelios y los demás textos del Nuevo
Testamento ven realizado en Jesús de Nazaret, encarnación definitiva de la
figura del rey descrita en el Antiguo Testamento.
379 Jesús rechaza el poder
opresivo y despótico de los jefes sobre las Naciones (cf. Mc10,42) y
su pretensión de hacerse llamar benefactores (cf. Lc 22,25), pero
jamás rechaza directamente las autoridades de su tiempo. En la
diatriba sobre el pago del tributo al César (cf. Mc 12,13-17; Mt 22,15-22; Lc 20,20-26),
afirma que es necesario dar a Dios lo que es de Dios, condenando implícitamente
cualquier intento de divinizar y de absolutizar el poder temporal: sólo Dios
puede exigir todo del hombre. Al mismo tiempo, el poder temporal tiene derecho
a aquello que le es debido: Jesús no considera injusto el tributo al César.
Jesús, el Mesías prometido, ha combatido y
derrotado la tentación de un mesianismo político, caracterizado por el dominio
sobre las Naciones (cf. Mt 4,8-11; Lc 4,5-8).
Él es el Hijo del hombre que ha venido « a servir y a dar su vida » (Mc 10,45;
cf. Mt 20,24-28; Lc22,24-27). A los discípulos que
discuten sobre quién es el más grande, el Señor les enseña a hacerse los
últimos y a servir a todos (cf. Mc 9,33-35), señalando a los
hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, que ambicionan sentarse a su derecha, el
camino de la cruz (cf. Mc 10,35-40; Mt 20,20-23).
380 La sumisión, no pasiva,
sino por razones de conciencia (cf. Rm 13,5), al
poder constituido responde al orden establecido por Dios. San Pablo define
las relaciones y los deberes de los cristianos hacia las autoridades (cf. Rm 13,1-7).
Insiste en el deber cívico de pagar los tributos: « Dad a cada cual lo que se
le debe: a quien impuestos, impuestos; a quien tributo, tributo; a quien
respeto, respeto; a quien honor, honor » (Rm 13,7). El Apóstol no
intenta ciertamente legitimar todo poder, sino más bien ayudar a los cristianos
a « procurar el bien ante todos los hombres » (Rm 12,17),
incluidas las relaciones con la autoridad, en cuanto está al servicio de Dios
para el bien de la persona (cf. Rm 13,4; 1 Tm 2,1-2; Tt 3,1)
y « para hacer justicia y castigar al que obra el mal » (Rm 13,4).
San Pedro exhorta a los cristianos a
permanecer sometidos « a causa del Señor, a toda institución humana » (1 P 2,13).
El rey y sus gobernantes están para el « castigo de los que obran el mal y
alabanza de los que obran el bien » (1 P 2,14). Su autoridad debe
ser « honrada » (cf. 1 P 2,17), es decir reconocida, porque
Dios exige un comportamiento recto, que cierre « la boca a los
ignorantes insensatos » (1 P 2,15). La libertad no puede
ser usada para cubrir la propia maldad, sino para servir a Dios (cf. 1
P 2,16). Se trata entonces de una obediencia libre y responsable a una
autoridad que hace respetar la justicia, asegurando el bien común.
381 La oración por los
gobernantes, recomendada por San Pablo durante las persecuciones, señala
explícitamente lo que debe garantizar la autoridad política: una vida pacífica
y tranquila, que transcurra con toda piedad y dignidad (1Tm 2,1-2).
Los cristianos deben estar « prontos para toda obra buena » (Tt 3,1),
« mostrando una perfecta mansedumbre con todos los hombres » (Tt 3,2),
conscientes de haber sido salvados no por sus obras, sino por la misericordia
de Dios. Sin el « baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que
él derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador
» (Tt 3,5-6), todos los hombres son « insensatos, desobedientes,
descarriados, esclavos de toda suerte de pasiones y placeres, viviendo en
malicia y envidia, aborrecibles y aborreciéndonos unos a otros » (Tt 3,3).
No se debe olvidar la miseria de la condición humana, marcada por el pecado y
rescatada por el amor de Dios.
382 Cuando el poder humano
se extralimita del orden querido por Dios, se auto-diviniza y reclama absoluta
sumisión: se convierte entonces en la Bestia del Apocalipsis, imagen del poder
imperial perseguidor, ebrio de « la sangre de los santos y la
sangre de los mártires de Jesús » (Ap 17,6). La Bestia tiene a su
servicio al « falso profeta » (Ap 19,20), que mueve a los hombres a
adorarla con portentos que seducen. Esta visión señala proféticamente todas las
insidias usadas por Satanás para gobernar a los hombres, insinuándose en su
espíritu con la mentira. Pero Cristo es el Cordero Vencedor de todo poder que
en el curso de la historia humana se absolutiza. Frente a este poder, San Juan
recomienda la resistencia de los mártires: de este modo los creyentes dan
testimonio de que el poder corrupto y satánico ha sido vencido, porque no tiene
ninguna influencia sobre ellos.
383 La Iglesia anuncia que
Cristo, vencedor de la muerte, reina sobre el universo que Él mismo ha
rescatado. Su Reino incluye también el tiempo presente y terminará sólo cuando
todo será consignado al Padre y la historia humana se concluirá con el juicio
final (cf. 1 Co15,20-28). Cristo revela a la autoridad humana,
siempre tentada por el dominio, que su significado auténtico y pleno es de
servicio. Dios es Padre único y Cristo único maestro para todos los hombres,
que son hermanos. La soberanía pertenece a Dios. El Señor, sin embargo, « no ha
querido retener para Él solo el ejercicio de todos los poderes. Entrega a cada
criatura las funciones que es capaz de ejercer, según las capacidades de su
naturaleza. Este modo de gobierno debe ser imitado en la vida social. El
comportamiento de Dios en el gobierno del mundo, que manifiesta tanto respeto a
la libertad humana, debe inspirar la sabiduría de los que gobiernan las
comunidades humanas. Estos deben comportarse como ministros de la providencia
divina ».773
El mensaje bíblico inspira incesantemente
el pensamiento cristiano sobre el poder político, recordando que éste procede
de Dios y es parte integrante del orden creado por Él. Este orden es percibido
por las conciencias y se realiza, en la vida social, mediante la verdad, la
justicia, la libertad y la solidaridad que procuran la paz.774
II. EL FUNDAMENTO
Y EL FIN DE LA COMUNIDAD POLÍTICA
Y EL FIN DE LA COMUNIDAD POLÍTICA
384 La persona humana
es el fundamento y el fin de la convivencia política.775 Dotado
de racionalidad, el hombre es responsable de sus propias decisiones y capaz de
perseguir proyectos que dan sentido a su vida, en el plano individual y social.
La apertura a la Trascendencia y a los demás es el rasgo que la caracteriza y
la distingue: sólo en relación con la Trascendencia y con los demás, la persona
humana alcanza su plena y completa realización. Esto significa que por ser una
criatura social y política por naturaleza, « la vida social no es, pues, para
el hombre sobrecarga accidental »,776 sino una dimensión
esencial e ineludible.
La comunidad política deriva de la
naturaleza de las personas, cuya conciencia « descubre y manda observar
estrictamente » 777 el orden inscrito
por Dios en todas sus criaturas: se trata de « una ley moral basada en la
religión, la cual posee capacidad muy superior a la de cualquier otra fuerza o
utilidad material para resolver los problemas de la vida individual y social,
así en el interior de las Naciones como en el seno de la sociedad internacional
».778Este orden debe ser gradualmente descubierto y desarrollado por
la humanidad. La comunidad política, realidad connatural a los hombres, existe
para obtener un fin de otra manera inalcanzable: el crecimiento más pleno de
cada uno de sus miembros, llamados a colaborar establemente para realizar el
bien común,779 bajo el impulso de su natural inclinación hacia
la verdad y el bien.
385 La comunidad política
encuentra en la referencia al pueblo su auténtica dimensión: ella « es, y debe ser
en realidad, la unidad orgánica y organizadora de un verdadero pueblo ».780El
pueblo no es una multitud amorfa, una masa inerte para manipular e
instrumentalizar, sino un conjunto de personas, cada una de las cuales —« en su
propio puesto y según su manera propia » 781 — tiene la
posibilidad de formar su opinión acerca de la cosa pública y la libertad de
expresar su sensibilidad política y hacerla valer de manera conveniente al bien
común. El pueblo « vive de la plenitud de vida de los hombres que lo componen,
cada uno de los cuales... es una persona consciente de su propia
responsabilidad y de sus propias convicciones ».782 Quienes
pertenecen a una comunidad política, aun estando unidosorgánicamente entre
sí como pueblo, conservan, sin embargo, una insuprimible autonomíaen
su existencia personal y en los fines que persiguen.
386 Lo que caracteriza en
primer lugar a un pueblo es el hecho de compartir la vida y los valores, fuente
de comunión espiritual y moral: « La sociedad humana... tiene que ser
considerada, ante todo, como una realidad de orden principalmente espiritual:
que impulse a los hombres, iluminados por la verdad, a comunicarse entre sí los
más diversos conocimientos; a defender sus derechos y cumplir sus deberes; a
desear los bienes del espíritu; a disfrutar en común del justo placer de la
belleza en todas sus manifestaciones; a sentirse inclinados continuamente a
compartir con los demás lo mejor de sí mismos; a asimilar con afán, en provecho
propio, los bienes espirituales del prójimo. Todos estos valores informan y, al
mismo tiempo, dirigen las manifestaciones de la cultura, de la economía, de la
convivencia social, del progreso y del orden político, del ordenamiento
jurídico y, finalmente, de cuantos elementos constituyen la expresión externa
de la comunidad humana en su incesante desarrollo ».783
387 A cada pueblo
corresponde normalmente una Nación, pero, por diversas razones, no siempre los
confines nacionales coinciden con los étnicos.784 Surge
así la cuestión de las minorías, que históricamente han dado lugar a no pocos
conflictos. El Magisterio afirma que las minorías constituyen grupos con
específicos derechos y deberes. En primer lugar, un grupo minoritario tiene
derecho a la propia existencia: « Este derecho puede no ser tenido en cuenta de
modos diversos, pudiendo llegar hasta el extremo de ser negado mediante formas
evidentes o indirectas de genocidio ».785 Además, las minorías
tienen derecho a mantener su cultura, incluida la lengua, así como sus
convicciones religiosas, incluida la celebración del culto. En la legítima
reivindicación de sus derechos, las minorías pueden verse empujadas a buscar
una mayor autonomía o incluso la independencia: en estas delicadas
circunstancias, el diálogo y la negociación son el camino para alcanzar la paz.
En todo caso, el recurso al terrorismo es injustificable y dañaría la causa que
se pretende defender. Las minorías tienen también deberes que cumplir, entre
los cuales se encuentra, sobre todo, la cooperación al bien común del Estado en
que se hallan insertos. En particular, « el grupo minoritario tiene el deber de
promover la libertad y la dignidad de cada uno de sus miembros y de respetar
las decisiones de cada individuo, incluso cuando uno de ellos decidiera pasar a
la cultura mayoritaria ».786
388 Considerar a la persona
humana como fundamento y fin de la comunidad política significa trabajar, ante
todo, por el reconocimiento y el respeto de su dignidad mediante la tutela y la
promoción de los derechos fundamentales e inalienables del hombre: « En la época actual
se considera que el bien común consiste principalmente en la defensa de los
derechos y deberes de la persona humana ».787 En los derechos
humanos están condensadas las principales exigencias morales y jurídicas que
deben presidir la construcción de la comunidad política. Estos constituyen una
norma objetiva que es el fundamento del derecho positivo y que no puede ser
ignorada por la comunidad política, porque la persona es, desde el punto de
vista ontológico y como finalidad, anterior a aquélla: el derecho positivo debe
garantizar la satisfacción de las exigencias humanas fundamentales.
389 La comunidad política
tiende al bien común cuando actúa a favor de la creación de un ambiente humano
en el que se ofrezca a los ciudadanos la posibilidad del ejercicio real de los
derechos humanos y del cumplimiento pleno de los respectivos deberes: « De hecho, la
experiencia enseña que, cuando falta una acción apropiada de los poderes
públicos en lo económico, lo político o lo cultural, se produce entre los
ciudadanos, sobre todo en nuestra época, un mayor número de desigualdades en
sectores cada vez más amplios, resultando así que los derechos y deberes de la
persona humana carecen de toda eficacia práctica ».788
La plena realización del bien común
requiere que la comunidad política desarrolle, en el ámbito de los derechos
humanos, una doble y complementaria acción, de defensa y de promoción: debe « evitar, por un
lado, que la preferencia dada a los derechos de algunos particulares o de determinados
grupos venga a ser origen de una posición de privilegio en la Nación, y para
soslayar, por otro, el peligro de que, por defender los derechos de todos,
incurran en la absurda posición de impedir el pleno desarrollo de los derechos
de cada uno ».789
390 El significado profundo
de la convivencia civil y política no surge inmediatamente del elenco de los
derechos y deberes de la persona. Esta convivencia adquiere todo su significado
si está basada en la amistad civil y en la fraternidad.790 El
campo del derecho, en efecto, es el de la tutela del interés y el respeto
exterior, el de la protección de los bienes materiales y su distribución según
reglas establecidas. El campo de la amistad, por el contrario, es el del
desinterés, el desapego de los bienes materiales, la donación, la
disponibilidad interior a las exigencias del otro.791 La
amistad civil,792 así entendida, es la actuación más
auténtica del principio de fraternidad, que es inseparable de los de libertad y
de igualdad.793 Se trata de un principio que se ha quedado en
gran parte sin practicar en las sociedades políticas modernas y contemporáneas,
sobre todo a causa del influjo ejercido por las ideologías individualistas y
colectivistas.
391 Una comunidad está
sólidamente fundada cuando tiende a la promoción integral de la persona y del
bien común. En este caso, el derecho se define, se respeta y se vive también
según las modalidades de la solidaridad y la dedicación al prójimo. La justicia
requiere que cada uno pueda gozar de sus propios bienes, de sus propios
derechos, y puede ser considerada como la medida mínima del amor.794 La
convivencia es tanto más humana cuanto más está caracterizada por el esfuerzo
hacia una conciencia más madura del ideal al que ella debe tender, que es la «
civilización del amor ».795
El hombre es una persona, no sólo un
individuo.796 Con el término « persona » se indica « una
naturaleza dotada de inteligencia y de libre albedrío »: 797 es
por tanto una realidad muy superior a la de un sujeto que se expresa en las
necesidades producidas por la sola dimensión material. La persona
humana, en efecto, aun cuando participa activamente en la tarea de satisfacer
las necesidades en el seno de la sociedad familiar, civil y política, no
encuentra su plena realización mientras no supera la lógica de la necesidad
para proyectarse en la de la gratuidad y del don, que responde con mayor
plenitud a su esencia y vocación comunitarias.
392 El precepto evangélico
de la caridad ilumina a los cristianos sobre el significado más profundo de la
convivencia política. La mejor manera de hacerla verdaderamente
humana « es fomentar el sentido interior de la justicia, de la benevolencia y
del servicio al bien común y robustecer las convicciones fundamentales en lo
que toca a la naturaleza verdadera de la comunidad política y al fin, recto
ejercicio y límites de los poderes públicos ».798 El objetivo
que los creyentes deben proponerse es la realización de relaciones
comunitarias entre las personas. La visión cristiana de la sociedad
política otorga la máxima importancia al valor de la comunidad, ya
sea como modelo organizativo de la convivencia, ya sea como estilo de vida
cotidiana.
III. LA AUTORIDAD POLÍTICA
393 La Iglesia se ha
confrontado con diversas concepciones de la autoridad, teniendo siempre cuidado
de defender y proponer un modelo fundado en la naturaleza social de las
personas: « En efecto, como Dios ha creado a los hombres sociales por naturaleza y
ninguna sociedad puede conservarse sin un jefe supremo que mueva a todos y a
cada uno con un mismo impulso eficaz, encaminado al bien común, resulta
necesaria en toda sociedad humana una autoridad que la dirija; una autoridad
que, como la misma sociedad, surge y deriva de la naturaleza, y, por tanto, del
mismo Dios, que es su autor ».799 La autoridad política es
por tanto necesaria,800 en razón de las tareas que se le
asignan y debe ser un componente positivo e insustituible de la convivencia
civil.801
394 La autoridad política
debe garantizar la vida ordenada y recta de la comunidad, sin suplantar la
libre actividad de los personas y de los grupos, sino disciplinándola y
orientándola hacia la realización del bien común, respetando y tutelando la
independencia de los sujetos individuales y sociales. La autoridad política es
el instrumento de coordinación y de dirección mediante el cual los particulares
y los cuerpos intermedios se deben orientar hacia un orden cuyas relaciones,
instituciones y procedimientos estén al servicio del crecimiento humano
integral. El ejercicio de la autoridad política, en efecto, « así en la
comunidad en cuanto tal como en las instituciones representativas, debe
realizarse siempre dentro de los límites del orden moral para procurar el bien
común —concebido dinámicamente— según el orden jurídico legítimamente
establecido o por establecer. Es entonces cuando los ciudadanos están obligados
en conciencia a obedecer ».802
395 El sujeto de la
autoridad política es el pueblo, considerado en su totalidad como titular de la
soberanía. El pueblo transfiere de diversos modos el ejercicio de su soberanía a
aquellos que elige libremente como sus representantes, pero conserva la
facultad de ejercitarla en el control de las acciones de los gobernantes y
también en su sustitución, en caso de que no cumplan satisfactoriamente sus
funciones. Si bien esto es un derecho válido en todo Estado y en cualquier
régimen político, el sistema de la democracia, gracias a sus procedimientos de
control, permite y garantiza su mejor actuación.803 El solo
consenso popular, sin embargo, no es suficiente para considerar justas las
modalidades del ejercicio de la autoridad política.
396 La autoridad debe
dejarse guiar por la ley moral: toda su dignidad deriva de ejercitarla en el
ámbito del orden moral,804 « que tiene a Dios
como primer principio y último fin ».805En razón de la necesaria
referencia a este orden, que la precede y la funda, de sus finalidades y
destinatarios, la autoridad no puede ser entendida como una fuerza determinada
por criterios de carácter puramente sociológico e histórico: « Hay, en efecto,
quienes osan negar la existencia de una ley moral objetiva, superior a la
realidad externa y al hombre mismo, absolutamente necesaria y universal y, por
último, igual para todos. Por esto, al no reconocer los hombres una única ley
de justicia con valor universal, no pueden llegar en nada a un acuerdo pleno y
seguro ».806 En este orden, « si se niega la idea de Dios, esos
preceptos necesariamente se desintegran por completo ».807 Precisamente
de este orden proceden la fuerza que la autoridad tiene para obligar 808 y
su legitimidad moral; 809 no del arbitrio o de la voluntad
de poder,810 y tiene el deber de traducir este orden en acciones
concretas para alcanzar el bien común.811
397 La autoridad debe
reconocer, respetar y promover los valores humanos y morales esenciales. Estos son innatos, «
derivan de la verdad misma del ser humano y expresan y tutelan la dignidad de
la persona. Son valores, por tanto, que ningún individuo, ninguna mayoría y
ningún Estado nunca pueden crear, modificar o destruir ».812 Estos
valores no se fundan en « mayorías » de opinión, provisionales y mudables, sino
que deben ser simplemente reconocidos, respetados y promovidos como elementos
de una ley moral objetiva, ley natural inscrita en el corazón del hombre (cf. Rm 2,15),
y punto de referencia normativo de la misma ley civil.813 Si, a
causa de un trágico oscurecimiento de la conciencia colectiva, el escepticismo
lograse poner en duda los principios fundamentales de la ley moral,814 el
mismo ordenamiento estatal quedaría desprovisto de sus fundamentos,
reduciéndose a un puro mecanismo de regulación pragmática de los diversos y
contrapuestos intereses.815
398 La autoridad debe emitir
leyes justas, es decir, conformes a la dignidad de la persona humana y a los
dictámenes de la recta razón: « En tanto la ley humana es tal en
cuanto es conforme a la recta razón y por tanto deriva de la ley eterna. Cuando
por el contrario una ley está en contraste con la razón, se le denomina ley
inicua; en tal caso cesa de ser ley y se convierte más bien en un acto de
violencia ».816 La autoridad que gobierna según la razón pone
al ciudadano en relación no tanto de sometimiento con respecto a otro hombre,
cuanto más bien de obediencia al orden moral y, por tanto, a Dios mismo que es
su fuente última.817Quien rechaza obedecer a la autoridad que actúa
según el orden moral « se rebela contra el orden divino » (Rm 13,2).818 Análogamente
la autoridad pública, que tiene su fundamento en la naturaleza humana y
pertenece al orden preestablecido por Dios,819 si no actúa en
orden al bien común, desatiende su fin propio y por ello mismo se hace
ilegítima.
399 El ciudadano no
está obligado en conciencia a seguir las prescripciones de las autoridades
civiles si éstas son contrarias a las exigencias del orden moral, a los
derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio.820 Las
leyes injustas colocan a la persona moralmente recta ante dramáticos problemas
de conciencia: cuando son llamados a colaborar en acciones moralmente
ilícitas, tienen la obligación de negarse.821Además de ser un
deber moral, este rechazo es también un derecho humano elemental que,
precisamente por ser tal, la misma ley civil debe reconocer y proteger: « Quien
recurre a la objeción de conciencia debe estar a salvo no sólo de sanciones
penales, sino también de cualquier daño en el plano legal, disciplinar,
económico y profesional ».822
Es un grave deber de conciencia no prestar
colaboración, ni siquiera formal, a aquellas prácticas que, aun siendo
admitidas por la legislación civil, están en contraste con la ley de Dios. Tal cooperación,
en efecto, no puede ser jamás justificada, ni invocando el respeto de la
libertad de otros, ni apoyándose en el hecho de que es prevista y requerida por
la ley civil. Nadie puede sustraerse jamás a la responsabilidad moral de los
actos realizados y sobre esta responsabilidad cada uno será juzgado por Dios
mismo (cf. Rm 2,6; 14,12).
400 Reconocer que el derecho
natural funda y limita el derecho positivo significa admitir que es legítimo
resistir a la autoridad en caso de que ésta viole grave y repetidamente los
principios del derecho natural. Santo Tomás de Aquino escribe que « se
está obligado a obedecer ... por cuanto lo exige el orden de la justicia ».823 El
fundamento del derecho de resistencia es, pues, el derecho de naturaleza.
Las expresiones concretas que la
realización de este derecho puede adoptar son diversas. También pueden ser
diversos los fines perseguidos. La resistencia a la autoridad
se propone confirmar la validez de una visión diferente de las cosas, ya sea
cuando se busca obtener un cambio parcial, por ejemplo, modificando algunas
leyes, ya sea cuando se lucha por un cambio radical de la situación.
401 La doctrina social
indica los criterios para el ejercicio del derecho de resistencia: « Laresistencia a
la opresión de quienes gobiernan no podrá recurrir legítimamente a las armas
sino cuando se reúnan las condiciones siguientes: 1) en caso de violaciones
ciertas, graves y prolongadas de los derechos fundamentales; 2) después de
haber agotado todos los otros recursos; 3) sin provocar desórdenes peores; 4)
que haya esperanza fundada de éxito; 5) si es imposible prever razonablemente
soluciones mejores ».824 La lucha armada debe considerarse un
remedio extremo para poner fin a una « tiranía evidente y prolongada que
atentase gravemente a los derechos fundamentales de la persona y dañase
peligrosamente el bien común del país ».825 La gravedad de los
peligros que el recurso a la violencia comporta hoy evidencia que es siempre
preferible el camino de la resistencia pasiva, « más conforme con
los principios morales y no menos prometedor del éxito ».826
402 Para tutelar el bien
común, la autoridad pública legítima tiene el derecho y el deber de conminar
penas proporcionadas a la gravedad de los delitos.827 El
Estado tiene la doble tarea de reprimir los comportamientos
lesivos de los derechos del hombre y de las reglas fundamentales de la
convivencia civil, y remediar, mediante el sistema de las penas, el
desorden causado por la acción delictiva. En el Estado de Derecho,
el poder de infligir penas queda justamente confiado a la Magistratura: « Las
Constituciones de los Estados modernos, al definir las relaciones que deben
existir entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, garantizan a este
último la independencia necesaria en el ámbito de la ley ».828
403 La pena no sirve
únicamente para defender el orden público y garantizar la seguridad de las
personas; ésta se convierte, además, en instrumento de corrección del culpable,
una corrección que asume también el valor moral de expiación cuando el culpable
acepta voluntariamente su pena.829 La finalidad a la que
tiende es doble: por una parte, favorecer la reinserción de las
personas condenadas; por otra parte, promover una justicia
reconciliadora, capaz de restaurar las relaciones de convivencia armoniosa
rotas por el acto criminal.
En este campo, es importante la actividad
que los capellanes de las cárceles están llamados a desempeñar, no sólo desde
el punto de vista específicamente religioso, sino también en defensa de la
dignidad de las personas detenidas. Lamentablemente, las condiciones en que
éstas cumplen su pena no favorecen siempre el respeto de su dignidad. Con
frecuencia las prisiones se convierten incluso en escenario de nuevos crímenes.
El ambiente de los Institutos Penitenciarios ofrece, sin embargo, un terreno
privilegiado para dar testimonio, una vez más, de la solicitud cristiana en el
campo social: « Estaba... en la cárcel y vinisteis a verme » (Mt 25,35-36).
404 La actividad de los
entes encargados de la averiguación de la responsabilidad penal, que es siempre
de carácter personal, ha de tender a la rigurosa búsqueda de la verdad y se ha
de ejercer con respeto pleno de la dignidad y de los derechos de la persona
humana: se trata de garantizar los derechos tanto del culpable como del inocente.
Se debe tener siempre presente el principio jurídico general en base al cual no
se puede aplicar una pena si antes no se ha probado el delito.
En la realización de las averiguaciones se
debe observar escrupulosamente la regla que prohíbe la práctica de la tortura, aun en el caso de
los crímenes más graves: « El discípulo de Cristo rechaza todo recurso a tales
medios, que nada es capaz de justificar y que envilecen la dignidad del hombre,
tanto en quien es la víctima como en quien es su verdugo ».830 Los
instrumentos jurídicos internacionales que velan por los derechos del hombre
indican justamente la prohibición de la tortura como un principio que no puede
ser derogado en ninguna circunstancia.
Queda excluido además « el recurso a una
detención motivada sólo por el intento de obtener noticias significativas para
el proceso ».831 También, se ha de asegurar « la rapidez de los
procesos: una duración excesiva de los mismos resulta intolerable para los
ciudadanos y termina por convertirse en una verdadera injusticia ».832
Los magistrados están obligados a la
necesaria reserva en el desarrollo de sus investigaciones para no violar el
derecho a la intimidad de los indagados y para no debilitar el principio de la
presunción de inocencia. Puesto que también un juez puede equivocarse, es
oportuno que la legislación establezca una justa indemnización para las
víctimas de los errores judiciales.
405 La Iglesia ve como un
signo de esperanza « la aversión cada vez más
difundida en la opinión pública a la pena de muerte, incluso como
instrumento de “legítima defensa” social, al considerar las posibilidades con
las que cuenta una sociedad moderna para reprimir eficazmente el crimen de modo
que, neutralizando a quien lo ha cometido, no se le prive definitivamente de la
posibilidad de redimirse ».833 Aun cuando la enseñanza
tradicional de la Iglesia no excluya —supuesta la plena comprobación de la
identidad y de la responsabilidad del culpable— la pena de muerte « si esta
fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las
vidas humanas »,834 los métodos incruentos de represión y
castigo son preferibles, ya que « corresponden mejor a las condiciones
concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana
».835 El número creciente de países que adoptan disposiciones
para abolir la pena de muerte o para suspender su aplicación es también una
prueba de que los casos en los cuales es absolutamente necesario eliminar al
reo « son ya muy raros, por no decir prácticamente inexistentes ».836La
creciente aversión de la opinión pública a la pena de muerte y las diversas
disposiciones que tienden a su abolición o a la suspensión de su aplicación,
constituyen manifestaciones visibles de una mayor sensibilidad moral.
IV. EL SISTEMA DE LA DEMOCRACIA
406 Un juicio explícito y
articulado sobre la democracia está contenido en la encíclica « Centesimus
annus »: « La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que
asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y
garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios
gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica. Por
esto mismo, no puede favorecer la formación de grupos dirigentes restringidos
que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder del
Estado. Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y
sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den
las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas,
mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la
“subjetividad” de la sociedad mediante la creación de estructuras de
participación y de corresponsabilidad ».837
407 Una auténtica democracia
no es sólo el resultado de un respeto formal de las reglas, sino que es el
fruto de la aceptación convencida de los valores que inspiran los
procedimientos democráticos: la dignidad de toda persona humana, el respeto de
los derechos del hombre, la asunción del « bien común » como fin y criterio
regulador de la vida política. Si no existe un consenso general sobre
estos valores, se pierde el significado de la democracia y se compromete su
estabilidad.
La doctrina social individúa uno de los
mayores riesgos para las democracias actuales en el relativismo ético, que
induce a considerar inexistente un criterio objetivo y universal para
establecer el fundamento y la correcta jerarquía de valores: « Hoy se tiende a
afirmar que el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la
actitud fundamental correspondientes a las formas políticas democráticas, y que
cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza
no son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad
sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos
equilibrios políticos. A este propósito, hay que observar que, si no existe una
verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y
las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de
poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un
totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia ».838 La
democracia es fundamentalmente « un “ordenamiento” y, como tal, un instrumento
y no un fin. Su carácter “moral” no es automático, sino que depende de su
conformidad con la ley moral a la que, como cualquier otro comportamiento
humano, debe someterse; esto es, depende de la moralidad de los fines que
persigue y de los medios de que se sirve ».839
408 El Magisterio reconoce
la validez del principio de la división de poderes en un Estado: « Es preferible que un
poder esté equilibrado por otros poderes y otras esferas de competencia, que lo
mantengan en su justo límite. Es éste el principio del “Estado de derecho”, en
el cual es soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los hombres ».840
En el sistema democrático, la autoridad
política es responsable ante el pueblo. Los organismos
representativos deben estar sometidos a un efectivo control por parte del
cuerpo social. Este control es posible ante todo mediante elecciones libres,
que permiten la elección y también la sustitución de los representantes. La
obligación por parte de los electos derendir cuentas de su
proceder, garantizado por el respeto de los plazos electorales, es un elemento
constitutivo de la representación democrática.
409 En su campo específico
(elaboración de leyes, actividad de gobierno y control sobre ella), los electos
deben empeñarse en la búsqueda y en la actuación de lo que pueda ayudar al buen
funcionamiento de la convivencia civil en su conjunto.841 La
obligación de los gobernantes de responder a los gobernados no implica en
absoluto que los representantes sean simples agentes pasivos de los electores.
El control ejercido por los ciudadanos, en efecto, no excluye la necesaria
libertad que tienen los electos, en el ejercicio de su mandato, con relación a
los objetivos que se deben proponer: estos no dependen exclusivamente de
intereses de parte, sino en medida mucho mayor de la función de síntesis y de
mediación en vistas al bien común, que constituye una de las finalidades
esenciales e irrenunciables de la autoridad política.
410 Quienes tienen
responsabilidades políticas no deben olvidar o subestimar la dimensión moral de
la representación, que consiste en el compromiso de compartir el
destino del pueblo y en buscar soluciones a los problemas sociales. En esta
perspectiva, una autoridad responsable significa también una autoridad ejercida
mediante el recurso a las virtudes que favorecen la práctica del poder
con espíritu de servicio 842 (paciencia, modestia,
moderación, caridad, generosidad); una autoridad ejercida por personas capaces
de asumir auténticamente como finalidad de su actuación el bien común y no el
prestigio o el logro de ventajas personales.
411 Entre las deformaciones
del sistema democrático, la corrupción política es una de las más graves 843 porque
traiciona al mismo tiempo los principios de la moral y las normas de la
justicia social; compromete el correcto funcionamiento del Estado,
influyendo negativamente en la relación entre gobernantes y gobernados;
introduce una creciente desconfianza respecto a las instituciones públicas,
causando un progresivo menosprecio de los ciudadanos por la política y sus
representantes, con el consiguiente debilitamiento de las instituciones. La
corrupción distorsiona de raíz el papel de las instituciones representativas,
porque las usa como terreno de intercambio político entre peticiones
clientelistas y prestaciones de los gobernantes. De este modo, las opciones
políticas favorecen los objetivos limitados de quienes poseen los medios para
influenciarlas e impiden la realización del bien común de todos los ciudadanos.
412 La administración
pública, a cualquier nivel —nacional, regional, municipal—, como instrumento
del Estado, tiene como finalidad servir a los ciudadanos: « El Estado, al
servicio de los ciudadanos, es el gestor de los bienes del pueblo, que debe
administrar en vista del bien común ».844 Esta perspectiva se
opone a la burocratización excesiva, que se verifica cuando « las
instituciones, volviéndose complejas en su organización y pretendiendo
gestionar toda área a disposición, terminan por ser abatidas por el
funcionalismo impersonal, por la exagerada burocracia, por los injustos
intereses privados, por el fácil y generalizado encogerse de hombros ».845 El
papel de quien trabaja en la administración pública no ha de concebirse como
algo impersonal y burocrático, sino como una ayuda solícita al ciudadano,
ejercitada con espíritu de servicio.
413 Los partidos políticos
tienen la tarea de favorecer una amplia participación y el acceso de todos a
las responsabilidades públicas. Los partidos están llamados a
interpretar las aspiraciones de la sociedad civil orientándolas al bien común,846 ofreciendo
a los ciudadanos la posibilidad efectiva de concurrir a la formación de las
opciones políticas. Los partidos deben ser democráticos en su estructura
interna, capaces de síntesis política y con visión de futuro.
El referéndum es también un instrumento de
participación política, con él se realiza una forma directa
de elaborar las decisiones políticas. La representación política no excluye, en
efecto, que los ciudadanos puedan ser interpelados directamente en las
decisiones de mayor importancia para la vida social.
414 La información se
encuentra entre los principales instrumentos de participación democrática. Es impensable la
participación sin el conocimiento de los problemas de la comunidad política, de
los datos de hecho y de las varias propuestas de solución. Es necesario
asegurar un pluralismo real en este delicado ámbito de la vida social,
garantizando una multiplicidad de formas e instrumentos en el campo de la
información y de la comunicación, y facilitando condiciones de igualdad en la
posesión y uso de estos instrumentos mediante leyes apropiadas. Entre los
obstáculos que se interponen a la plena realización del derecho a la
objetividad en la información,847 merece particular atención el
fenómeno de las concentraciones editoriales y televisivas, con peligrosos
efectos sobre todo el sistema democrático cuando a este fenómeno corresponden
vínculos cada vez más estrechos entre la actividad gubernativa, los poderes
financieros y la información.
415 Los medios de comunicación
social se deben utilizar para edificar y sostener la comunidad humana, en los
diversos sectores, económico, político, cultural, educativo, religioso: 848 «
La información de estos medios es un servicio del bien común. La sociedad tiene
derecho a una información fundada en la verdad, la libertad, la justicia y la
solidaridad ».849
La cuestión esencial en este ámbito es si
el actual sistema informativo contribuye a hacer a la persona humana realmente
mejor, es decir, más madura espiritualmente, más consciente de su dignidad
humana, más responsable, más abierta a los demás, en particular a los más
necesitados y a los más débiles. Otro aspecto de gran importancia es la
necesidad de que las nuevas tecnologías respeten las legítimas diferencias
culturales.
416 En el mundo de los
medios de comunicación social las dificultades intrínsecas de la comunicación
frecuentemente se agigantan a causa de la ideología, del deseo de ganancia y de
control político, de las rivalidades y conflictos entre grupos, y otros males
sociales. Los valores y principios morales valen también para el sector de las
comunicaciones sociales: « La dimensión ética no sólo atañe al contenido de la
comunicación (el mensaje) y al proceso de comunicación (cómo se realiza la
comunicación), sino también a cuestiones fundamentales, estructurales y
sistemáticas, que a menudo incluyen múltiples asuntos de política acerca de la
distribución de tecnología y productos de alta calidad (¿quién será rico y
quién pobre en información?) ».850
En estas tres áreas —el mensaje, el
proceso, las cuestiones estructurales— se debe aplicar un principio moral
fundamental: la persona y la comunidad humana son el fin y la medida del uso de
los medios de comunicación social. Un segundo principio es
complementario del primero: el bien de las personas no se puede realizar
independientemente del bien común de las comunidades a las que pertenecen.851 Es
necesaria una participación en el proceso de la toma de decisiones acerca de la
política de las comunicaciones. Esta participación, de forma pública, debe ser
auténticamente representativa y no dirigida a favorecer grupos particulares,
cuando los medios de comunicación social persiguen fines de lucro.852
V. LA COMUNIDAD POLÍTICA
AL SERVICIO DE LA SOCIEDAD CIVIL
AL SERVICIO DE LA SOCIEDAD CIVIL
417 La comunidad política se
constituye para servir a la sociedad civil, de la cual deriva. La Iglesia ha
contribuido a establecer la distinción entre comunidad política y sociedad
civil, sobre todo con su visión del hombre, entendido como ser autónomo,
relacional, abierto a la Trascendencia: esta visión contrasta tanto con las
ideologías políticas de carácter individualista, cuanto con las totalitarias
que tienden a absorber la sociedad civil en la esfera del Estado. El empeño de
la Iglesia en favor del pluralismo social se propone conseguir una realización
más adecuada del bien común y de la misma democracia, según los principios de
la solidaridad, la subsidiaridad y la justicia.
La sociedad civil es un conjunto de
relaciones y de recursos, culturales y asociativos, relativamente autónomos del
ámbito político y del económico: « El fin establecido para la sociedad
civil alcanza a todos, en cuanto persigue el bien común, del cual es justo que
participen todos y cada uno según la proporción debida ».853 Se
caracteriza por su capacidad de iniciativa, orientada a favorecer una
convivencia social más libre y justa, en la que los diversos grupos de
ciudadanos se asocian y se movilizan para elaborar y expresar sus
orientaciones, para hacer frente a sus necesidades fundamentales y para
defender sus legítimos intereses.
418 La comunidad política y
la sociedad civil, aun cuando estén recíprocamente vinculadas y sean
interdependientes, no son iguales en la jerarquía de los fines. La comunidad política
está esencialmente al servicio de la sociedad civil y, en último análisis, de
las personas y de los grupos que la componen.854 La sociedad
civil, por tanto, no puede considerarse un mero apéndice o una variable de la
comunidad política: al contrario, ella tiene la preeminencia, ya que es
precisamente la sociedad civil la que justifica la existencia de la comunidad
política.
El Estado debe aportar un marco jurídico
adecuado para el libre ejercicio de la actividades de los sujetos sociales y
estar preparado a intervenir, cuando sea necesario y respetando el principio de
subsidiaridad, para orientar al bien común la dialéctica entre las libres asociaciones
activas en la vida democrática. La sociedad civil es heterogénea y fragmentaria,
no carente de ambigüedades y contradicciones: es también lugar de
enfrentamiento entre intereses diversos, con el riesgo de que el más fuerte
prevalezca sobre el más indefenso.
419 La comunidad política
debe regular sus relaciones con la sociedad civil según el principio de
subsidiaridad: 855 es esencial que el crecimiento de la vida
democrática comience en el tejido social. Las actividades de la sociedad civil
—sobre todo devoluntariado y cooperación en el ámbito privado-social, sintéticamente
definido « tercer sector » para distinguirlo de los ámbitos
del Estado y del mercado— constituyen las modalidades más adecuadas para
desarrollar la dimensión social de la persona, que en tales actividades puede
encontrar espacio para su plena manifestación. La progresiva expansión de las
iniciativas sociales fuera de la esfera estatal crea nuevos espacios para la
presencia activa y para la acción directa de los ciudadanos, integrando las
funciones desarrolladas por el Estado. Este importante fenómeno con frecuencia
se ha realizado por caminos y con instrumentos informales, dando vida a
modalidades nuevas y positivas de ejercicio de los derechos de la persona que
enriquecen cualitativamente la vida democrática.
420 La cooperación, incluso
en sus formas menos estructuradas, se delinea como una de las respuestas más
fuertes a la lógica del conflicto y de la competencia sin límites, que hoy
aparece como predominante. Las relaciones que se instauran en
un clima de cooperación y solidaridad superan las divisiones ideológicas,
impulsando a la búsqueda de lo que une más allá de lo que divide.
Muchas experiencias de voluntariado
constituyen un ulterior ejemplo de gran valor, que lleva a considerar la
sociedad civil como el lugar donde siempre es posible recomponer una ética
pública centrada en la solidaridad, la colaboración concreta y el diálogo
fraterno. Todos deben mirar con confianza estas potencialidades y colaborar con
su acción personal para el bien de la comunidad en general y en particular de
los más débiles y necesitados. Es también así como se refuerza el principio de
la « subjetividad de la sociedad ».856
VI. EL ESTADO Y LAS COMUNIDADES
RELIGIOSAS
421 El Concilio Vaticano II
ha comprometido a la Iglesia Católica en la promoción de la libertad religiosa. La Declaración
« Dignitatis humanae » precisa en el subtítulo que pretende
proclamar « el derecho de la persona y de las comunidades a la libertad social
y civil en materia religiosa ». Para que esta libertad, querida por Dios e inscrita
en la naturaleza humana, pueda ejercerse, no debe ser obstaculizada, dado que «
la verdad no se impone de otra manera que por la fuerza de la misma verdad ».857 La
dignidad de la persona y la naturaleza misma de la búsqueda de Dios, exigen
para todos los hombres la inmunidad frente a cualquier coacción en el campo
religioso.858 La sociedad y el Estado no deben constreñir a una
persona a actuar contra su conciencia, ni impedirle actuar conforme a ella.859 La
libertad religiosa no supone una licencia moral para adherir al error, ni un
implícito derecho al error.860
422 La libertad de
conciencia y de religión « corresponde al hombre individual y socialmente
considerado ».861 El derecho a la libertad religiosa debe ser reconocido
en el ordenamiento jurídico y sancionado como derecho civil.862 Sin
embargo, no es de por sí un derecho ilimitado. Los justos límites al
ejercicio de la libertad religiosa deben ser determinados para cada situación
social mediante la prudencia política, según las exigencias del bien común, y
ratificados por la autoridad civil mediante normas jurídicas conformes al orden
moral objetivo. Son normas exigidas « por la tutela eficaz, en favor de todos
los ciudadanos, de estos derechos, y por la pacífica composición de tales derechos;
por la adecuada promoción de esa honesta paz pública, que es la ordenada
convivencia en la verdadera justicia; y por la debida custodia de la moralidad
pública ».863
423 En razón de sus vínculos
históricos y culturales con una Nación, una comunidad religiosa puede recibir
un especial reconocimiento por parte del Estado: este reconocimiento no debe,
en modo alguno, generar una discriminación de orden civil o social respecto a
otros grupos religiosos.864 La visión de las
relaciones entre los Estados y las organizaciones religiosas, promovida por el
Concilio Vaticano II, corresponde a las exigencias del Estado de derecho y a
las normas del derecho internacional.865 La Iglesia es
perfectamente consciente de que no todos comparten esta visión: por desgracia, «
numerosos Estados violan este derecho [a la libertad religiosa], hasta tal
punto que dar, hacer dar la catequesis o recibirla llega a ser un delito
susceptible de sanción ».866
424 La Iglesia y la
comunidad política, si bien se expresan ambas con estructuras organizativas
visibles, son de naturaleza diferente, tanto por su configuración como por las
finalidades que persiguen. El Concilio Vaticano II ha reafirmado
solemnemente que « la comunidad política y la Iglesia son independientes y
autónomas, cada una en su propio terreno ».867 La Iglesia se
organiza con formas adecuadas para satisfacer las exigencias espirituales de
sus fieles, mientras que las diversas comunidades políticas generan relaciones
e instituciones al servicio de todo lo que pertenece al bien común temporal. La
autonomía e independencia de las dos realidades se muestran claramente sobre
todo en el orden de los fines.
El deber de respetar la libertad religiosa
impone a la comunidad política que garantice a la Iglesia el necesario espacio
de acción. Por su parte, la Iglesia no tiene un campo de competencia específica
en lo que se refiere a la estructura de la comunidad política: « La Iglesia
respeta la legítima autonomía del orden democrático; pero no
posee título alguno para expresar preferencias por una u otra solución
institucional o constitucional »,868 ni tiene tampoco la tarea
de valorar los programas políticos, si no es por sus implicaciones religiosas y
morales.
b) Colaboración
425 La recíproca autonomía
de la Iglesia y la comunidad política no comporta una separación tal que
excluya la colaboración: ambas, aunque a título diverso, están al
servicio de la vocación personal y social de los mismos hombres. La Iglesia y la
comunidad política, en efecto, se expresan mediante formas organizativas que no
constituyen un fin en sí mismas, sino que están al servicio del hombre, para
permitirle el pleno ejercicio de sus derechos, inherentes a su identidad de
ciudadano y de cristiano, y un correcto cumplimiento de los correspondientes
deberes. La Iglesia y la comunidad política pueden desarrollar su servicio «
con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto mejor cultiven ambas entre
sí una sana cooperación, habida cuenta de las circunstancias de lugar y tiempo
».869
426 La Iglesia tiene derecho
al reconocimiento jurídico de su propia identidad. Precisamente porque su
misión abarca toda la realidad humana, la Iglesia, sintiéndose « íntima y
realmente solidaria del genero humano y de su historia »,870 reivindica
la libertad de expresar su juicio moral sobre estas realidades, cuantas veces
lo exija la defensa de los derechos fundamentales de la persona o la salvación
de las almas.871
La Iglesia por tanto pide: libertad de expresión,
de enseñanza, de evangelización; libertad de ejercer el culto públicamente;
libertad de organizarse y tener sus reglamentos internos; libertad de elección,
de educación, de nombramiento y de traslado de sus ministros; libertad de
construir edificios religiosos; libertad de adquirir y poseer bienes adecuados
para su actividad; libertad de asociarse para fines no sólo religiosos, sino
también educativos, culturales, de salud y caritativos.
427 Con el fin de prevenir y
atenuar posibles conflictos entre la Iglesia y la comunidad política, la
experiencia jurídica de la Iglesia y del Estado ha delineado diversas formas
estables de relación e instrumentos aptos para garantizar relaciones armónicas. Esta experiencia
es un punto de referencia esencial para los casos en que el Estado pretende
invadir el campo de acción de la Iglesia, obstaculizando su libre actividad,
incluso hasta perseguirla abiertamente o, viceversa, en los casos en que las
organizaciones eclesiales no actúen correctamente con respecto al Estado.
Comentario:
La fe en Jesucristo permite una comprensión correcta
del desarrollo social, en el contexto de un humanismo integral y solidario.
Para ello resulta muy útil la contribución de la reflexión teológica ofrecida
por el Magisterio social: « La fe en Cristo redentor, mientras ilumina
interiormente la naturaleza del desarrollo, guía también en la tarea de
colaboración. En la carta de san Pablo a los Colosenses leemos que Cristo es
“el primogénito de toda la creación” y que “todo fue creado por él y para él”.
En efecto, “todo tiene en él su consistencia” porque “Dios tuvo a bien hacer
residir en él toda la plenitud y reconciliar por él y para él todas la cosas”.
En este plan divino, que comienza desde la eternidad
en Cristo, “Imagen” perfecta del Padre, y culmina en él, “Primogénito de entre
los muertos”, se inserta nuestra historia, marcada por nuestro esfuerzo
personal y colectivo por elevar la condición humana, vencer los obstáculos que
surgen siempre en nuestro camino, disponiéndonos así a participar en la
plenitud que “reside en el Señor” y que él comunica “a su cuerpo, la Iglesia”
mientras el pecado, que siempre nos acecha y compromete nuestras realizaciones
humanas, es vencido y rescatado por la “reconciliación” obrada por Cristo.
Los padres,
como ministros de la vida, nunca deben olvidar que la dimensión espiritual de
la procreación merece una consideración superior a la reservada a cualquier
otro aspecto: « La paternidad y la maternidad representan un cometido de
naturaleza no simplemente física, sino espiritual; en efecto, por ellas pasa la
genealogía de la persona, que tiene su inicio eterno en Dios y que debe
conducir a Él ».537 Acogiendo la vida humana en la unidad de sus dimensiones,
físicas y espirituales, las familias contribuyen a la « comunión de las
generaciones », y dan así una contribución esencial e insustituible al
desarrollo de la sociedad. Por esta razón, « la familia tiene derecho a la
asistencia de la sociedad en lo referente a sus deberes en la procreación y
educación de los hijos. Las parejas casadas con familia numerosa, tienen
derecho a una ayuda adecuada y no deben ser discriminadas ».
Critica:
Jesús nació y vivió en una familia concreta aceptando
todas sus características propias 461 y dio así una excelsa dignidad a la
institución matrimonial, constituyéndola como sacramento de la nueva alianza.
En esta perspectiva, la pareja encuentra su plena dignidad y la familia su
solidez.
Iluminada por la luz del mensaje bíblico, la Iglesia
considera la familia como la primera sociedad natural, titular de derechos
propios y originarios, y la sitúa en el centro de la vida social: relegar la
familia « a un papel subalterno y secundario, excluyéndola del lugar que le
compete en la sociedad, significa causar un grave daño al auténtico crecimiento
de todo el cuerpo social ».462 La familia, ciertamente, nacida de la íntima
comunión de vida y de amor conyugal fundada sobre el matrimonio entre un hombre
y una mujer, posee una específica y original dimensión social, en cuanto lugar
primario de relaciones interpersonales, célula primera y vital de la sociedad:
es una institución divina, fundamento de la vida de las personas y prototipo de
toda organización social.
A partir de la « Rerum novarum », la Iglesia no ha
dejado de considerar los problemas del trabajo como parte de una cuestión
social que ha adquirido progresivamente dimensiones mundiales.583 La encíclica
« Laborem exercens » enriquece la visión personalista del trabajo,
característica de los precedentes documentos sociales, indicando la necesidad
de profundizar en los significados y los compromisos que el trabajo comporta,
poniendo de relieve el hecho que « surgen siempre nuevos interrogantes y
problemas, nacen siempre nuevas esperanzas, pero nacen también temores y amenazas
relacionados con esta dimensión fundamental de la existencia humana, de la que
la vida del hombre está hecha cada día, de la que deriva la propia dignidad
específica y en la que a la vez, está contenida la medida incesante de la
fatiga humana, del sufrimiento, y también del daño y de la injusticia que
invaden profundamente la vida social, dentro de cada Nación y a escala
internacional ». En efecto, el trabajo, « clave esencial » de toda la cuestión
social, condiciona el desarrollo no sólo económico, sino también cultural y
moral, de las personas, de la familia, de la sociedad y de todo el género
humano.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario